Yurchenko

Tú me miras con cara de dolor.
Yo te sonrío porque te comprendo.
Te digo que no llevo nada encima,
pero es mentira: tengo 10 céntimos.

102

¿Serías capaz
de asesinar
a un niño?
–le pregunté.

“Desde luego”,
respondió
sin pensar.

Le di la foto
de Alberto
y la mitad
del dinero.

Se levantó.
Salió de allí
muy tranquilo.

Encendí la radio
y me senté
a fumar.

Algo tendré que hacer con toda esta mierda

Era más de medianoche
en el azul de la ventana
y las cigarras crujían
canciones de amor
sobre la hierba.

En aquel
momento,
el Hombre
pisaba la Luna
con katiuskas
plateadas
y las estrellas
fingían que nada
estaba ocurriendo.

En la calle,
bajo el paramento
del muro principal,
un perro sin nombre
ladraba al azar
hipocorísticos
eslavos.

En la mesilla del cuarto
había una luz.

No sé si
eso importa.

Lucky Strike

Me entregaron el poder
en un sobre de color salmón.
Qué poco pesa el poder,
fue lo primero
que pensé.

Me preguntaron cómo
lo había conseguido
y no fui del todo sincero
cuando les dije que,
en realidad,
no lo sabía.

Poema de 34 euros

Una mañana
llegó a mi buzón
una oferta de empleo.
Alguien, en Barcelona,
necesitaba un redactor.

Buscaba a alguien
que escribiese artículos
sobre farolas
y balizas de jardín.

Me dije:
¿Quién mejor que yo?
Siempre me han
interesado
las farolas
y balizas de jardín.

A todo el mundo
le encantan
las farolas
y balizas de jardín.

La oferta decía:
quince artículos
de 500 palabras
en cinco días.

Está bien,
puedo
hacerlo,
pensé.

La letra
pequeña
decía:
40 euros.

Está bien,
no importa,
me dije.

Al menos
podré escribir
sobre farolas
y balizas de jardín.

Seguí
leyendo
la oferta.

La empresa
mediadora
se quedaría
con una
comisión
de seis euros.

Me dije:
no importa.
Podré tirar adelante
sin esos seis euros.

Así que empecé
a envolver mi alma
para regalo
y les escribí.

El anuncio pedía
gente positiva;
ahí radicaba
el esfuerzo.

Les dije:
adelante,
aquí estoy.
Podéis
contar
conmigo.

Tampoco quería
parecer demasiado
desesperado.

Temía que se
aprovechasen
de mi pasión
por las farolas
y balizas de jardín.

A la mañana siguiente,
nada más levantarme,
encendí el ordenador y
abrí la página de ofertas.

Allí estaba
mi demanda:
optimista,
reluciente,
hermosa,
frágil,
desestimada.

Lástima.
Me habría
encantado
escribir algo
sobre farolas
y balizas de jardín.

Un año después

Se oyen pájaros. Son cuervos
recios como en Père Lachaise.
Cuando creo que vienen por mí
me cubro los ojos con las manos.

Por las mañanas no hay apenas
ruido de pasos. La luz es tenue.
El sol se fue un día, pero aún no
he oído a nadie quejarse por ello.

El barrio me parece más tranquilo
desde que no estás. Alguna gente
ha muerto, otra ha nacido. Yo no
he vuelto a tener plantas en casa.

El cartero ya me saluda siempre.
Se llama Fernando. Lo sé desde
el día en que tuvo que prestarme
veinte céntimos para el autobús.

Ha pasado un año ya. Y sigo vivo.
Más vivo que tú, aunque parezca
lo contrario. Yo no estoy muerto.
No llevo la muerte dentro de mí.

14214

Tengo 45 años y hoy me suben a planta. Mi neurocirujano dice que soy un tipo con suerte y que debería alegrarme, pero yo ni siquiera recuerdo quién soy, ni por qué estoy aquí. Sólo sé lo que me cuentan y tampoco es que me fíe demasiado de esta gente. 

Tengo 45 años y me han despertado de un coma profundo de once años y medio transplantándome un nuevo cerebro. Supongo que por eso todos mis recuerdos son tan confusos. No estoy seguro tampoco de que ninguno de ellos me pertenezca. 

Tengo 45 años y no sé mi verdadero nombre. Todo el mundo me conoce aquí, en el Hospital General Ruiz Gallardón, como 14214 porque es la fecha de mi ingreso. Una enfermera muy amable me ha contado que intenté suicidarme, pero me salió mal.

Tengo 45 años y llevo dentro de mí el cerebro de otra persona. Todo cuanto escribo sale de mis dedos, pero nace en la mente de otro. A veces siento el deseo intenso de gritar GOOOOOOOL y me encanta la palabra proletario. Creo que era un hombre.

Tengo 45 años y esto es todo cuanto sé de mí. Estoy en una habitación blanca en la decimosexta planta del Hospital General Ruiz Gallardón. La comparto con otro tipo sin nombre: 30623, le llaman aquí. Acaban de subirlo de la Unidad de Quemados. 

Tengo 45 años, me gusta repetir, y no puedo moverme de cintura para abajo. No veo mis piernas, pero mis brazos son tan blancos como las paredes de esta habitación. No tengo vello corporal y la palabra sindical la saboreo como si fuese auténtica miel.

Tengo 45 años y puedo tocarme la nariz. Si cierro un ojo, puedo verla de refilón. Es grande y ancha y tiene el tabique ligeramente torcido. Las aletas son encarnadas. Lo primero que pienso al tocarme la nariz, no sé por qué, es hija de puta.

Tengo 45 años y quiero un espejo para saber al menos cómo soy por fuera. No pueden negármelo. Necesito conocer mi aspecto. Intentar recordar algo de lo que era, quienquiera que fuese yo, antes de que ocurriese lo que me trajo aquí y lo cambió todo.

Tengo 45 años y mi compañero de habitación quiere ver la televisión. No puede hablar, pero señala insistentemente el aparato con su brazo derecho. Le he intentado explicar que tampoco yo puedo moverme, pero creo que es sordo. 

Tengo 45 años y uso pañales. Una de las auxiliares que me atienden se llama Beatriz y tiene un descomunal par de tetas. A veces aprovecho para apoyar mi cabeza en ellas mientras me acomoda la almohada. Y grito GOOOOOOOL. 

Tengo 45 años y creo que estoy enamorado de Beatriz. No me importa que fume en nuestra habitación. Le he pedido que encienda la tele para que mi compañero deje de llorar, pero me ha explicado que funciona con bitcoins. No sé qué coño es bitcoins.

Tengo 45 años y me alegro de llamarme 14214 y no 13213. El número 13 me da escalofríos. Me paro a pensar. El 14 de febrero es San Valentín. ¿Qué clase de persona intentaría suicidarse el día de San Valentín? Pues una persona como yo, supongo. 

Tengo 45 años y desearía conseguir bitcoins para que 30623 deje de gritar. La enfermera china del turno de noche ha activado nuestro televisor tocando algún botón de su teléfono móvil. Increíble. Me pregunto si los coches también volarán ahí fuera. 

Tengo 45 años y no me puedo creer lo que estoy viendo. En el canal Teleseis todo el mundo está desnudo. No conozco a ninguno. Discuten encendidamente acerca del último aborto televisado de una mujer llamada Neymar Ronalda.

Tengo 45 años y veo a 30623 retorcerse en su cama y lo puedo entender. Cambio de canal con el mando a distancia y lo dejo en Plustevé. Hay un partido de fútbol. Los jugadores de los dos equipos van desnudos también, decorados con body painting.

Tengo 45 años y le pregunto a la enfermera china quién está jugando. Coca-Cola contra Vodafone, me explica. Lo que en otra época fueron Real Madrid y Valencia. Ella dice ser del Apple-Emirates, antiguamente conocido como Barcelona.

Tengo 45 años y acaba de marcar el Vodafone. Pero 30623 es de Coca-Cola y se quiere tirar de la cama. Pido ayuda a los celadores. Recuerdo que mi equipo era el Celta de Vigo. Les pregunto cómo se llama ahora. Whisky DYC, me contesta uno.

Tengo 45 años y el contador de bitcoins del televisor acaba de llegar a 0. Así que ahora, con la habitación en silencio, me dedico a ordenar un poco mis recuerdos. Me deprime que mi equipo, o el equipo del dueño de mi cerebro, haya perdido su identidad.

Tengo 45 años y han pasado ya seis meses desde que estoy despierto, pero no me dejan salir de aquí. Un día se llevaron a 30623 y no he vuelto a saber nada de él. Es curioso, pero, aunque nunca pudimos hablar, echo de menos su compañía.

Tengo 45 años y he perdido las piernas. Me han traído un periódico para que me distraiga. En la portada aparece una gran foto del presidente. Su cara me quiere sonar. El titular dice: Cantó anuncia nuevos recortes sociales. No quiero seguir leyendo.

Tengo 45 años y hoy he sabido a quién perteneció mi cerebro: a un tal Hugo Izarra, un escritor de segunda fila que dio la espalda a la literatura y se granjeó cierta popularidad en Twitter haciendo bromas de muy mal gusto sobre Adolf Hitler.

Tengo 45 años y me hacen gracia los chistes de Adolf Hitler que he leído en su vieja cuenta abandonada. Y, sin embargo, recuerdo bien quién fue Adolf Hitler. Es una de las pocas cosas de mi anterior vida que recuerdo bien. 

Tengo 45 años, estoy solo en el mundo, me deprimo cuando pierde el Whisky DYC y hace dos meses que no sé nada de Beatriz ni de ninguna de las personas a las que conocí aquí. Todo el personal ahora es voluntario.

Tengo 45 años y a veces desearía no haberme despertado nunca del coma.

Benson & Hedges & Me

Todo el barrio se ha ido
de vacaciones,
y aquí estoy, en la ventana,
mirando la luna menguar,
igual que yo, otra vez más.

Sólo una familia se ha quedado
a resolver a gritos sus diferencias.
Recuerdo que yo nunca discutí
y eso hace que me sienta igual,
pero distinto. Tal vez mejor.

La luna no, pero las luces
del otro lado de la ciudad
me observan como luciérnagas
y se preguntan qué diablos
hace un tipo como yo
escribiendo estupideces
a estas horas,
en la ventana.

Ni siquiera era bonita

Ni siquiera era bonita,
ni joven, ni interesante.

Pero yo no necesitaba
que fuese ni bonita,
ni joven, ni interesante.

Necesitaba sólo
que fuese real.
Y no lo era.

Y cuando llueva

Y cuando llueva
–y lloverá mucho–,
yo seré la lluvia
y tú serás
el suelo.

Sólo las nubes

Sólo las nubes te acompañarán siempre.
No serán siempre las mismas nubes,
pero tampoco tú serás
siempre el mismo.

Bohumil Hrabal | Cien años de nada


El taxista que me recoge en la terminal 2 del antiguo Ruzyne –ahora Václav Havel– se llama Zdeněk. Solo Zdeněk, me dice cuando le pregunto “¿Zdeněk qué más?”. No se fía de los periodistas, aunque le gusta la gente que escribe. A él también le habría gustado escribir. De joven, me cuenta, escribía poemas para una chica de Žižkov, Ludmila, de la que hace más de cuarenta años que no sabe nada. 

Tras esta confesión se hace un silencio incómodo que me invita a pensar en mis cosas mientras nos vamos alejando despacio del extrarradio de Praga. Zdeněk lleva la radio puesta, pero no me había dado cuenta hasta ahora. Veo los árboles pasar como recuerdos desde la ventanilla trasera del Škoda que nos conduce al centro de la ciudad. 

Pasan unos minutos y Zdeněk baja la radio y me mira a través del espejo para preguntarme: “Work?”. Y como no sé qué espera que le responda, insiste: “Tú, aquí, ¿trabajo?”. Le digo que algo así. Mitad trabajo, mitad placer. Vengo a Praga a buscar restos de Hrabal, en parte por nostalgia, pero también porque me han encargado escribir una nota sobre él. 

“¡Hrabal!”, dice, “yo conozco Bohumil Hrabal”. Y quiero creer que lo conoce igual que lo conozco yo, por sus libros. Porque en Chequia, más que en ningún otro lugar, Hrabal es un símbolo de algo que ya no existe y, sin embargo, quiere existir. Pero no, me aclara: “¡Yo bebo cerveza con Bohumil en mesa, conmigo!”. Le digo: ¿En serio?  Y dice sí. Lo dice tres veces. Sí, sí, sí.

Y volvemos a quedarnos callados. Podría preguntarle cosas, pero sé que no sabría explicármelas en un idioma que yo entendiese. Así que le ahorro el sufrimiento. Me limito a asentir y a sonreírle agradecido a través del retrovisor. Aún quedarán unos 10 minutos de trayecto hasta el hotel, en Národní Třída. 

“Conozco Hrabal el 94, continúa Zdeněk, “twenty years”, apunta apartando las manos del volante. “Yo bebo con Hrabal una vez en mesa”. Le pregunto dónde y me dice: “U Zlatého Tygra, Tigre… ¿de oro?”. No me sorprende. Es allí donde todos lo recuerdan. Como si no saliese jamás de ese bar. Como si se hubiese pasado la vida bebiendo allí dentro, en vez de escribir. Por no quedarme en silencio, por que no piense que no me interesa su anécdota, le pregunto si pudo hablar con él, a lo que Zdeněk responde con mímica: primero niega con la cabeza y solo dice “Hrabal” antes de pasarse una cremallera imaginaria por sus gordos labios checos. “But he smiles Zdeněk”, dice satisfecho. E insiste, levantando el dedo índice: “He smiles Zdeněk”. Le sonrió. Fantástico.

Una sonrisa de Hrabal es mucho más que lo que yo espero obtener de esta visita. Y se lo explico a él con un inglés muy sencillo, como si estuviese hablando con un niño. Le cuento que necesito encontrar sus huellas recorriendo los sitios que, de algún modo, fueron importantes para él a lo largo de su vida. 

“You money, I help!”, responde antes de que acabe la frase. Es mucho más listo de lo que parece. Mucho más. Es un zorro viejo. Le pregunto de cuánto dinero estamos hablando. Tres mil coronas por dos días completos, poco más de 100 euros. “Hrabal tour, for you!”, insiste. “Very special!”. Adelante, le digo. Qué diablos. 

Estaciona en la puerta del hotel, lleva mi maleta a recepción y me dice: “Tomorrow, 9 o’clock!”. Y me enseña todos sus dedos menos un pulgar que esconde tras la palma de la mano, por si no sé que nine significa nueve. Me despido de él y me instalo en mi habitación. Me ducho y salgo a pasear, aprovechando que son las cinco de la tarde y aún es de día, a pesar de marzo.

Hay una estación de metro cerca del hotel, pero Praga invita a caminar más que ninguna otra ciudad. Comienza a lloviznar y luego cae un chaparrón airado que pronto vuelve a ser solo llovizna, así que no me preocupo y sigo andando hasta Mustek. Me detengo un momento a observar las fachadas mojadas de los viejos edificios de color amarillo, verde y salmón, en el agua que empieza a resbalar por sus ventanas. Y pienso para mí que le sienta bien la lluvia a Praga, como un vestido gris a una mujer triste.

Al llegar a Lazarská recuerdo que se cruza con Spálená, la calle donde Hrabal trabajó, durante los cincuenta, en el depósito de papel viejo que más tarde le serviría de inspiración para escribir “Una soledad demasiado ruidosa”. El oscuro sótano en que Haňt’a se pasaría más de treinta y cinco años prensando libros y papel viejo y siendo culto a su pesar. Y recorro la calle entera. Me imagino, igual que él, de vuelta a casa una noche cualquiera, “pasando de largo tranvías y coches y peatones, cruzando en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente”, pero sonriente porque mi cartera no está llena de libros como la suya, “libros que me expliquen cosas sobre mí que todavía desconozco”, pero sí me empieza a inundar su espíritu, que es más intenso aún que el espíritu de Praga. Y ésa es, en realidad, la única razón que me ha traído aquí.

Camino por delante de la iglesia de la Santa Trinidad, paso por delante de su vicaría y me imagino la acera agujereada y a sus gitanillas, con sus faldas turquesa y roja, sentadas junto a la zanja. Me acerco a la pared blanca y ocre de la iglesia y la toco para sentir lo mismo que pudo haber sentido Hrabal si algún día cometió el instinto blando de tocarla. 

Hace tiempo que ha dejado de llover, y aunque me dirigía a Mustek con la firme intención de llegar a Husova y beber cerveza en el Tigre Dorado, decido volver al hotel con esta sensación. Y eso hago. 

Zdeněk y Jozef también
Al día siguiente, a las nueve en punto me encuentro a Zdeněk hablando con la recepcionista. Lleva una cazadora de cuero de los días de la Revolución de Terciopelo. Seguramente entonces estaba mucho más delgado que ahora, porque ya ni le abrocha. Su enorme barriga asoma como un huevo de dinosaurio. Éste es el hombre que me va a llevar a buscar el rastro de Hrabal por la ciudad, me digo. Y me invade una desazón que intento disimular con efusividad en cuanto me ve y me saluda.

“Good morning!”, grita escandalosamente, “¿Dormir bueno?”. Y aunque no es verdad, le digo que sí, que he dormido bueno. Y que estoy impaciente por empezar nuestra ruta. “Surprise for you”, dice. Al ver mi cara de susto, matiza: “Surprise... Good!”. Sorpresa bueno también. Genial.

Salimos a la calle. Su coche está aparcado encima de la acera. En el asiento del copiloto hay un hombre muy mayor con aspecto de indigente. Le pregunto a Zdeněk que quién es. “It’s brother-mother!”, dice. “Brother-mother Zdeněk!”, y se golpea el pecho con el puño. En su inglés comprendo que se refiere a su tío materno, lo que no comprendo aún es qué hace en el coche. “Brother-mother: Jozef”, me dice. Y aunque le saludo con amabilidad a través de la ventanilla, el viejo ni se inmuta. “No English”, lo excusa Zdeněk. 

Así que ésta era la sorpresa que me tenía reservada: un día con la reencarnación de Švejk y su tío octogenario. Me siento en la parte de atrás y empezamos el viaje. Ahora no suena la radio y Zdeněk va hablando con su tío. Solo habla él. De vez en cuando, me mira a través del espejo y me sonríe con todos los dientes.   

Mientras avanzamos por la ciudad, por calles empinadas que no conozco, contemplo el paisaje. La parte noble de Praga ha resistido bien el paso del tiempo. Hoy, con la luz blanca de la mañana, parece un enorme cementerio rebosante de belleza. Entiendo bien que los fantasmas decidan quedarse aquí. Dudo que exista ciudad más acogedora para ellos que la vieja Praga. 

Pero nosotros nos estamos alejando de ella. Aprovecho que se queda callado un momento para preguntar a Zdeněk qué planes tenemos. Dice: “Nymburk, Kersko!”. Y me alegro, mucho, porque en ese mismo momento comprendo que no he tirado mis 3.000 coronas.

Nymburk, Kersko
La pequeña ciudad de Nymburk está a una media hora de Praga. Es tranquila y colorida y un martes cualquiera a las diez de la mañana está absolutamente desierta. Aquí empezó a abrir los ojos Hrabal a la vida. Aquí aprendió a escuchar y a contar historias, por culpa de su tío Pepin, en esta pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo.

Brother-mother Jozef nació aquí, me explica su sobrino. Aunque ahora vive con él y su madre en Praga. “Todo mundo en Poděbrady”, protesta Zdeněk. “Nadie interesa Nymburk”. Su tío Jozef nos mira con cierta lástima rayana en la indiferencia, antes de señalar con su bastón la dirección que hemos de seguir. Apunta hacia un edificio de color marrón, en lo que parece una modesta nave industrial.

Zdeněk me cuenta que ésa es la famosa destilería de cerveza de Nymburk. De ahí salieron grandes historias. Pero también hay restos importantes de la vida de Hrabal por todas partes: aquí está la escuela elemental donde estudió, y también aquí, en el diario local, publicó sus primeros poemas. 

Seguimos a lo largo del sendero que transcurre junto al río Labe. Los pájaros compiten en los árboles por ver quién canta mejor y más alto. El ruido del agua nos acompaña. El olor a malta fermentada, también. Llegamos a un indicador que dice Kersko y Zdeněk me sonríe. “Surprise for you”, insiste. El viejo nos lleva la delantera. Es muy alto y sus zancadas nos dejan atrás. Kersko es un bosque. En realidad, es el bosque donde Hrabal y Pipsi acudían a refugiarse de la agitada vida social de Praga. Allí construyeron una casa, en 1965, y allí pasaron grandes temporadas escribiendo y dando de comer a sus más de veinticinco gatos.

Entonces, el viejo levanta de nuevo el bastón y se ríe. Ha-ha. Dos carcajadas secas. Es todo lo que ha dicho esta mañana. Señala al fondo, una vieja cabaña, diminuta, de color blanco, detrás de una verja verde. Y apura aún más el paso. Zdeněk y yo le seguimos, con la lengua fuera. Al llegar al portal, brother-mother Jozef pronuncia una frase larga que Zdeněk traduce como le da la gana, pero muy sonriente: “Él construya casa Hrabal”. Y, para mi sorpresa, el tío se saca una foto del bolsillo interior de su chaqueta y me la muestra: está ya amarillenta, deshecha por los bordes y alguna vez estuvo doblada. Se ve a un joven alto y flaco, que podría ser él, con una carretilla llena de escombro. A su lado, una mujer saluda a cámara. Zdeněk la señala y dice: “¡Eliška!”. La mujer de Hrabal.

Le sonrío y le estrecho la mano a brother-mother Jozef y le digo: “Buen trabajo”. Zdeněk se lo traduce y esta vez sé que lo ha hecho bien porque good y work son dos palabras que domina. El tío sonríe satisfecho y vuelve a levantar el bastón, esta vez para indicarnos el camino de vuelta a la civilización.  

En la ciudad nos detenemos en la destilería. Hay grandes pizarras que anuncian cervezas por tres coronas. De modo que brindamos por los Hrabal y aprovechamos también para comer algo a su salud. Por la tarde, Zdeněk se pone serio y nos lleva al lugar donde descansan los restos del culpable de nuestro viaje. Está en Hradištko, en un cementerio ínfimo. Alguien ha dejado margaritas debajo de la mano que sostiene simbólicamente su columna.

Mientras Zdeněk y su tío hablan en voz baja, yo pienso en el ataúd de roble que hay debajo de la gran losa de piedra y en la inscripción que lleva tallada: “Fábrica de cerveza de Polna”, el lugar en que sus padres se conocieron. La cerveza que yo llevo dentro no es de Polna, es Postřižiny, de Nymburk, pero yo la siento Polna en solidaridad con Bohumil.

Último día
Hoy solo ha venido Zdeněk a buscarme. Está serio, pensativo. Le pregunto si va todo bien, pero no dice nada. “¿Dónde iremos hoy?”, le consulto. “Libeň, Paris, Tygra, Bulovka”, responde. Y decido no molestarle más. Llegamos pronto al barrio de Libeň, bastante inhóspito y deprimido, y encontramos sitio para aparcar en la plaza Bohumil Hrabal. Unos metros más allá está Na Hrazi, la calle en que vivieron y Eliška y Bohumil. Empiezo a vislumbrar el famoso mural de Hrabal, los libros y los gatos. Pero es un lugar sin alma. El colorido de los muros, la belleza de su Perkeo gigante, contrasta salvajemente con lo devastada y horrible que es la zona.

En dos de las paredes del lado Este, más allá de la puerta principal, hay dos grandes textos. No me atrevo a preguntar a Zdeněk qué dicen. Sigue ausente. No es el mismo de los otros días. Le pregunto si quiere el dinero ya, si es eso, y con la mano me pide que pare. No hay mucho más que hacer allí, salvo recrearse con la apariencia de bunker naíf pro-felino del conjunto. Le digo que podemos irnos cuando quiera. 

De camino al Hotel París, donde comeremos, Zdeněk se sincera: “Wife no good. Wife divorce”. Le tiendo una mano al hombro y le digo que lo siento. Pero decir que lo sientes es fácil cuando no te duele a ti. Así que lo dejo en paz, sumido en sus pensamientos. En el restaurante del hotel, en medio de toda esa majestuosidad revenida, me acuerdo de Pipsi y de Jan Ditie. Siento la urgencia de volver a leer, una vez más, “Yo serví al rey de Inglaterra”.

Caminamos hasta la taberna favorita de Hrabal, El Tigre Dorado, y Zdeněk me advierte: “No like tourists, I speak”. De modo que pongo mi mejor cara de checo y entro tras él. Es tal y como la imaginaba: un gran pasillo forrado de pino. Todo está hecho de pino: el mostrador, las mesas, los bancos... Hay cuadros con el retrato de Hrabal y, al fondo, veo los cuernos de venado bajo los que se solía sentar. Son las tres de la tarde y estamos prácticamente solos. Salimos de allí tres horas y cinco litros de cerveza después, bastante borrachos. 

Conseguimos llegar a Bulovka, al hospital donde Hrabal puso fin a su dolor saltando desde su quinta planta. Y es un lugar estremecedor. Zdeněk habla con el vigilante de la garita y nos dejan pasar, como si tuviésemos aspecto de venir a visitar a algún paciente. Bajo el edificio principal, junto a las jardineras y una señal de tráfico, Zdeněk señala al cielo, luego señala al suelo, y dice: “Hrabal ploff”. Recordé las palabras de Lao-Tse que tanto le gustaba recordar: “Nacer es salir, morir es entrar”. Iba a decir que morir es saltar, pero “Hrabal ploff” tampoco está nada mal.

En el Café Gijón

Aquí estoy,
en el Café Gijón,
por primera vez.

No he traído cuaderno,
pero tienen servilletas
y me han prestado un
bolígrafo de publicidad.

Estoy en la mesa donde
Umbral solía sentarse.
Me he sentado en su lugar
a esperar un milagro
que no sucederá.
Estúpido de mí,
ya voy teniendo
edad para saber que
los milagros no existen.

Me gustaría poder
dar marcha atrás.
Me gustaría ser
inmaculado, no haber
cometido nunca
ningún error.

Pero, de haber sido así,
no estaría aquí hoy,
escribiendo ahora
en el Café Gijón.

En mi cabeza de árbol una vez anidaron los gorriones

Éramos como ahora,
pero mucho más jóvenes.
Como esos árboles del parque
que siempre se quieren tocar.
Pero más jóvenes.

Hoy sólo tengo enfermedad
y soledad y muerte y añoranza.
Qué poco dura la felicidad,
qué mal se lleva con
los años impares.

En mi cabeza de árbol
una vez anidaron los gorriones.
Fue hermoso sentirlos ahí arriba,
creciendo y piando, palpitando,
fue horrible sentirlos morir
en el invierno.

Ya no soy árbol ahora, pero soy leña.
Soy leña buena, de la que tú cortaste.
Soy la leña que alumbrará,
algún día, con suerte,
algún hogar.

Su lado de la cama siempre llevará su nombre

Respetar su lado de la cama.
Besar la almohada donde dormía,
sentir el peso invisible de su cabeza de aire.
Atesorar las pocas cosas, insignificantes,
que se dejó olvidadas entre las mías
como si fuesen reliquias de alguna
guerra importante. 

Empezar a creer en la telepatía,
decirle cosas que ya nunca más podrá oír.
Enfadarme con ella, disculparme después,
hacerle preguntas, llorar, despertarse a las
tres de la mañana todos los días.

Recorrer con los dedos su ausencia,
la ausencia de todas sus cosas.
Culpar de todo a las alcayatas,
a las marcas que dejaron sus cuadros,
a su mesilla de noche, al color de las paredes.
Echar de menos los malos tiempos
que precedieron a este infierno
de soledad y silencio.

Y abrir el armario roto de par en par
y sentarse en la cama,
en su lado,
a observar sus perchas,
huérfanas de ella, de su ropa, de sus
ambientadores de canela y naranja,
raquíticas, inmóviles y desnudas,
colgando como esqueletos.

Recordaré esta vida como un mal sueño

En esta vieja casa donde ya no quiero entrar,
en esta casa vieja, encerraré a todos los fantasmas
de las personas que fuimos, que íbamos a ser,
que jamás supimos ser, que nunca más seremos
porque no tenemos ganas, ni tiempo, ni salud.

Los encerraré a todos bajo llave.

Me llevaré
conmigo
cuatro cosas.

Me las llevaré
conmigo
para siempre.

John Fante | El otoño es mejor que la primavera


John Thomas Fante no dejó un bonito cadáver. En lugar de eso, dejó uno minimalista, compacto; un cuerpo diminuto, sin piernas, sin vista, sin fuerzas. Y, aún así, le llevó su tiempo abandonar lo que quedaba de él. El suficiente para dictar una última novela a Joyce, su mujer. No sabemos por qué. Tal vez porque era un escritor de verdad. Y un escritor de verdad no sabe hacer otra cosa que no sea escribir  

1 

A lo mejor, morirse no está tan mal. 

Esto podría haber pensado cualquiera en la piel de Fante durante sus últimos años: un escritor maltratado en vida, un cabrón amargado, ninguneado por haber elegido el camino fácil; el de los estudios cinematográficos y la literatura barata de guión de producciones de serie B. Alcohólico, malcarado, despótico, maltratador. Despreciado y amado, a partes iguales, por una esposa y unos hijos que habrían de vivir bajo su sombra, incluso después de muerto. 

Un pobre resentido, ciego y huérfano de extremidades inferiores, del que Bukowski intentó apropiarse y alardear, igual que si fuese un juguete roto encontrado en la basura, y de quien quiso –y creyó– ser amigo. Pero la verdad es que Fante lo aborrecía con ganas. Aborrecía su éxito, aborrecía su personaje, y aborrecía, sobre todo, que Bukowski estuviese viviendo la vida que le correspondía haber vivido a él. Tampoco le gustaban demasiado las cosas que escribía, a excepción de sus poemas. Si hubiera conservado la vista y la salud, tal vez le hubiese dado una oportunidad a La senda del perdedor, aunque difícilmente podría haber cambiado su opinión sobre aquel cretino de Hank. Su prosa nunca le pareció lo bastante buena, ni su popularidad lo bastante justificable. 

Todo esto se lo llegaría a confesar veladamente el propio Fante a Ben Pleasants en la que habría de ser su penúltima conversación, en 1982, cuando la enfermedad hablaba más que la persona, así que tampoco sirve para hacerse una idea demasiado rigurosa de sus sentimientos hacia el hombre que consiguió, para su propia gloria personal pero también para la de Fante, rescatar del ostracismo el nombre de aquel viejo autor italoamericano que cambió el humo y la imprenta por el champán y los focos: el creador de Arturo Bandini, el primer esbozo, un poco tosco, de lo que sería Chinaski. Aquel pobre Fante, oxidado, olvidado y cargado de una ira atroz y necesaria contra un mundo que le resultaba implacable y hostil. Como su enfermedad.  

2 

Lo poco que quedaba de Fante terminó de consumirse en la Residencia Hollywood de San Fernando Valley, en Los Ángeles, hace algo más de treinta años, el 8 de mayo de 1983. Hacia el final de sus días se fue convirtiendo en un ser cada vez más melancólico y delirante. Un ejemplo: murió con la convicción de que un celador del centro intentaba cargárselo con un dardo envenenado. 

Esto lo sabemos porque ahora lo cuenta Ben Pleasants, quien, al contrario del resto del mundo –Bukowski incluido–, iba a visitarle a menudo. Hasta en seis ocasiones, como mínimo, durante su convalecencia. Le acompañaba su grabadora y, en alguna ocasión, también su pareja, Marlene Sinderman, que, como Fante, se estaba quedando ciega por culpa de la diabetes. Pleasants registraba todas sus visitas en cintas de audio, con el consentimiento del viejo. Aún hoy las conserva, a excepción de la última. La última era tan incoherente que lo más honesto que podía hacer era eliminarla. 

Y eso hizo. 

O eso dice.  

[Sigue leyendo]

Mi corazón no deja de latir donde no debe

Mi corazón no deja de latir donde no debe:
igual que una piedra, tirita dentro de mi oído.
Es alguien llamando a una puerta
que no pienso abrir.

Mi corazón respira ya fuera de mí.
Como un pez que aprendió a vivir
lejos del agua, no se cansa de salir a pasear.
Lo siento ahora en sitios donde jamás
lo había sentido. Lo siento bien.
Lo siento distraído. A veces
lo siento triste también.
Pero lo siento.

Años de perro

Ahora que sé
que voy a morirme,
ahora que mi cuerpo
se encarga de recordarme
que nada de lo que aquí pase
tendrá jamás la menor importancia,
ahora que, vete a saber por qué,
no consigo apartar la mirada
del cielo, no consigo vivir
sin apartarme.

Ahora que sé todo eso,
ahora que todo eso
se me ha hecho saber
tan burocráticamente,
ahora que sé lo que puedo
y no puedo conseguir.

Ahora
sé lo que quiero.

Ahora y en la hora de nuestra muerte

Mirando más allá de los horribles edificios;
sorteando con la mirada sus horribles tejados y
a toda esa gente horrible que vive en su interior;
buscando un cielo azul en que poder extraviar
la mirada hasta encontrarse uno mismo
y comprender que la respuesta está
ahí, detrás de las cosas que nos
molestan, esperando por
nosotros, pecadores,
ahora y en la hora
de nuestra
muerte.

El aire fresco de la mañana

Respirar
el aire fresco de la mañana
y pensar que todo vuelve a empezar
una vez más,
que el mundo es otro lugar,
aunque siga siendo el mismo 
lugar de siempre
y sigan pasando las mismas cosas.

Respirar
el aire fresco de la mañana
–ya no hay niebla que caiga
como amenaza sobre esas cosas–
y olvidar que eres un día más viejo,
igual que el mundo,
y apartar la idea de la muerte
de tu cabeza
aunque sólo sea por unos instantes.

Respirar
el aire fresco de la mañana,
sentir envidia de los pájaros
y decirte: tengo que volver a escribir.
No sé por qué no estoy escribiendo
ahora, maldita sea.
Escribiré cualquier cosa,
aunque sea un poema
de mierda
como éste.

'The Only Living Boy In New York'

¿Será esto –al fin– la felicidad?

Un cielo brillante de color azul piscina
igual que un cuadro de David Hockney
–el sol en llamas, arriba en lo más alto–
atravesado por dos estelas blancas,
efímeras, como de algodón barato,
y yo, con mi diente roto,
mi estómago semilleno,
mi corazón tranquilo,
y Simon y Garfunkel
cantándome al oído:
'The Only Living Boy In New York'
'The Only Living Boy In New York'
como intentando encontrar
a toda esta soledad
que nunca busqué
su lado positivo,
su cosa alegre.

La vida intensa de la Muerte

La Muerte se esconde en las casas vacías;
se cuela en su interior por debajo de las puertas,
después de limpiarse el barro de los pies
en el felpudo.

A la Muerte le gusta meterse en los armarios,
curiosearlo todo, probarse la ropa de los
que ya no están,
mirarse en los espejos, oler a naftalina,
guardarse en los bolsillos motas de polvo,
revolverse como un gato en los ceniceros,
hacer todas las cosas que, de una u otra forma,
le recuerdan a su pobre infancia.

Pero también hay cosas
que la Muerte no soporta:
los timbres y los teléfonos,
las cerraduras sensibles,
los vecinos ruidosos, los niños,
la luz del día, los bastones con
cabeza de pato, las marinas,
los abuelos centenarios,
los disfraces, las sonrisas, 
las familias numerosas.

La Muerte prefiere otras cosas:
el tacto brillante o rugoso de las fotos en papel,
las viejas cartas de amor abrasadas por el tiempo,
el olor de los licores añejos del mueble-bar,
las persianas cerradas de par en par,
la madera húmeda que se resquebraja a su paso,
el esqueleto marrón de lo que una vez fue flor,
las polillas, los ratones, los pececillos de plata,
los libros antiguos, salvo los de Círculo de Lectores
que son horribles como la vida de una lombriz,
o imaginar, también le gusta imaginar
viejos programas en blanco y negro en
los televisores que ya nadie
volverá a encender.

Sobrevivir

Sobreponerse al amor,
o a la ausencia de amor,
como quien supera
una enfermedad grave
de la que no espera salvarse,
pero se salva.

Salir al mundo otra vez,
del amor, del desamor,
con idéntico envoltorio;
con el mismo cuerpo,
las mismas manos,
el mismo ombligo,
la misma frente,
la misma boca,
pero la mirada
inocultablemente
de otro.

La mirada
inocultablemente
muerta.

Sobreponerse al amor,
o a la ausencia de ese amor,
al verdadero amor que sólo es una vez,
pero se muere, se muere, se marchita,
se muere y asesina
por dentro a quien lo mata.

Sobreponerse al amor
como quien supera
una enfermedad grave
de la que preferiría
no haberse salvado.

Todos mis amigos están muertos

En esta carrera
donde lo único que importa
                     es no perder,  
 yo he ido perdiéndolo todo             
                     alegremente.

Me he despegado del mundo
con la pericia del cosmonauta;
me he sentado a esperar su final
       llenando mis bolsillos con las
                                      manos.

Y aquí me quedaré,
                vigilante,
como el último dinosaurio
                sobre la Tierra
                    reclamando
         a destiempo
 su meteorito.


Manifiesto

Yo,
que siempre he sido un infiltrado,
un impostor, un paria, un cero a la izquierda,
un simulacro fallido de hombre libre, un traidor cutre,
un gordo obsceno, un apestado.

Que me crié entre católicos sin estar siquiera bautizado,
que renegué un millón de veces del dios al que rezaban,
que me agaché y guardé silencio y admití ser como ellos
aunque por dentro los odiase con todas mis fuerzas.

Que me fingí conservador por mantener un puesto de trabajo miserable,
hasta que me di cuenta de que la dignidad valía más que el miedo al hambre,
y entre los pobres que me quieren hago gala de un éxito que no me pertenece,
siempre que puedo, porque es más fácil mentir que decir lo que se siente.

Que, en vez de gritar y rebelarme, pagué con desdén a quien me dio desprecio,
que sobreviví huyendo del conflicto, de la responsabilidad, del compromiso,
que me hice el loco cuando hubo locas que decían amarme, aun sin amarlas,
que oculté mi enfermedad por temor a ser rechazado por los estúpidos.

Yo,
abanderado del fracaso, mentiroso, chantajista,
cobarde, rata inmunda, poeta infame, oportunista,
que no siempre confié en quien debí haber confiado,
que vendí barata mi integridad, porque era pobre y además imbécil,
y me estrellé contra muros que sólo existieron dentro de mi cabeza,
admito todos y cada uno de mis errores, uno por uno,
y no me arrepiento de ninguno, porque soy un necio.

Salida

Un desvanecimiento, sólo eso.
No hay de qué preocuparse.
Ni siquiera deberías lamentarte,
esto es la vida. A veces cansa.
Por eso morimos, porque nos
cansamos. Fatiga. Nada más.

Ayer, anoche

Buscando la salida.
Intentando escribir un grito
sin perder la compostura
ni el aliento. Intentando
ser sincero hasta donde
la piedad consiente.

Sí, de eso se trata.

De responder cartas,
como en los años 90,
cuando recibía cartas.
Cerrar los sobres con
las dos manos. Mirar
el remite. Tocar las letras
por última vez, antes
de despedirse de
ellas para siempre.

Igual que ahora.

Y dejarlo todo escrito,
abandonarlo a su suerte
dentro de un buzón
que no entiende de
arrepentimientos:

«El mayor tesoro que me llevo
es todo lo que he perdido».

Otoño de Vivaldi

Hay un momento
–no importa si estás vivo o muerto–
en que la vida se detiene, toma aire
y, sin mirarte a los ojos, recoge sus cosas
y se va de tu cuerpo para siempre,
te abandona sin dejarte
siquiera una nota.

El amor es un poco así,
como la propia vida. Acude cuando
no le llamas, te invade, te ilumina,
se cansa de latir, se apaga y se va
y te deja reducido a esto
que eras hoy, que fuiste hoy
que ya no volverás a ser,
por mucho que te duela,
nunca más.





Bondad divina

Dios le puso al hombre
un corazón para rompérselo,
un par de manos que llevarse a la cabeza,
dos ojos con que verse envejecer en el espejo
y un par de piernas que cediesen con el tiempo.

Creó el amor para excusar la traición y la mentira.
Se inventó la justicia, fue una broma innecesaria.
Le prometió una familia, y un coche y una casa;
no le advirtió de los distintos ministerios
y se marchó por donde había llegado.

Brookdale Park, 1964

Ya lo sé, sí,
pero, entonces,
había tanta niebla
que era hasta difícil
encontrarse la nariz
sin ayuda de las manos.

Y, sin embargo, ellos,
una pareja de osados
amantes irresponsables,
desafiando a la niebla,
ya ves, junto a los árboles.

Ella, no sé, no tendría
más de catorce, pero
tenía una voz de un
hombre de cuarenta,
grave y algo arrogante.

Era ella quien hablaba.
Le decía a él: Tú tienes
dos y yo tengo uno. Tú
tienes dos y todo el mundo
tiene derecho a saberlo.

Aminoré la marcha, pero
sus reproches acababan
allí, en aquel punto.

Y aun sin saber bien de qué hablaba,
le di la razón a aquella chica.
Porque yo intenté algo parecido
alguna vez, protestar
por lo que creía justo,
supongo.

Cuadrilátero

Ella, desatada, me habla sin pudor
del furor y del castigo de la falta de sexo
y yo, mientras tanto, pensando en mi infierno
y en sus ángeles guardianes custodiando
sus cuatro esquinas, mi jaula y sus accesos.

Le digo, sin venir a cuento: Escucha, preciosa,
sabes que un día de otoño lo tiene cualquiera.
Y ella me dice: No olvides poner sal y aceite en
la lista de la compra. Y yo destapo el bolígrafo
y escribo lo que ordena, con letra de médico.

Nunca vas a escribirme un poema de amor,
ella reclama. Y puede que tenga algo de razón.
Le digo que el amor no es algo que quepa dentro
de una lata. Ella se para y me escruta. Las cajas de
recuerdos no son más que proyectos de ataúdes.

Y en eso convenimos. Y también en el paté y las
hierbas provenzales. Y en que la falta de carne nos
hace sentir más solos, más condenados y absurdos
en este cuadrilátero invisible, que suele resurgir
cada invierno, con el olor de la pascua y el azufre.

Chelsea Hotel no. 3

Janis frunció el ceño
cuando vio mi cicatriz.

¿Qué ocurre?, pregunté;
¿Es que ya no te gustan
los hombres con heridas?

No me gustan las historias
que se repiten, respondió.

Y apoyó su espalda
en la ventana y miró
hacia otra parte.

Todo acabará cuando llegue agosto



Todo acabará cuando llegue agosto;
la voz de los cantantes, el tacto de las hojas,
la felicidad engañosa de ciertas promesas.

Porque todo termina donde empieza agosto;
la enfermedad y la furia, el amor y la inocencia,
las tarrinas de helado de mascarpone y fresa.

Empezará otro agosto, este agosto.
Ya no habrá más lágrimas en terminales,
ni pornografía entusiasta, ni invisibles.

Llegará agosto, el verdadero agosto,
y lo que ayer nos sacudía el corazón
hoy sólo nos hará menear la cabeza.

Todo acabará cuando llegue agosto,
porque todo termina donde empieza
agosto, afortunadamente.




* * *

El amor es crueldad accidental

Pido perdón a los mosquitos
que murieron estrellados
contra el cristal de
mi parabrisas,
y a las mujeres que
me amaron, y yo amé,
en mayor o menor medida.

Starling Patrol



Bandadas de pájaros
—no importa qué pájaros—
desplazándose en el aire
con la exuberancia de
algunas prostitutas.

No diré que gráciles y
frondosas, pero imprevistas,
inundan el cielo y danzan
agitadas por el viento
cálido del Este, que
hace que todo
huela
a pan de centeno.




* * *

La ciudad nos observa con ojos tranquilos

La ciudad nos observa con ojos tranquilos
porque tú y yo somos elementos en concordia
y cada paso que damos estaba ya escrito en el
Gran Libro de los Pasos y es gracioso vernos
así, como si siempre hubiésemos sabido dónde
acertar con el pie, dónde poner cada palabra.

Aquí, entre la gente que avanza y corre y empuja,
tú y yo somos dos estatuas de piel tan diminuta,
representando un papel para nosotros mismos.


Algunos poetas suben al cielo sin chaqueta y otros no



Después de escuchar a las viejas preconizando
con vehemencia las virtudes del Linimento de
Sloan, de observar sus extremidades como
si fuesen de otro, de sentir el bombeo de
la sangre concentrado en las muñecas,
el poeta C.B., existencialista sombrío
desconvencido y pragmático, invitó
a todos sus amigos a desalojar el
local y, poniéndose la chaqueta,
les deseó buena suerte y subió
a su casa a descansar con los
gatos. A admirarse la tripa
velluda, pálida y blanda.
A escribir algo, versos
sueltos, lo que fuese,
por malo que fuese.
Porque era triste
que un escritor
no escribiese.




* * *

Por algo octubre es el décimo mes



Los adultos dicen que los niños
tienen la llave, pero yo tengo un
llavero y no voy a ninguna parte.

Se dice también que los jóvenes
son la respuesta al futuro, por
poco resolutivos que parezcan.

Parece que los mayores también
tienen derecho a vivir, aunque en
menor medida. Y así anda la cosa.




* * *

Consumir antes de (ver fecha)

La felicidad es un bien perecedero,
como la fruta y la leche, como las hortalizas,
como los refrescos con gas, como los zumos.
Perseveramos en negarlo, a pesar de todo.

La felicidad es efímera. Es delicada.
Luce espléndida en el carro de la compra,
en las bolsas relucientes del mercado,
dentro de su envoltorio de plástico.

Pero lleva una fecha de caducidad
grabada al dorso, e ignorarla sólo
lleva a provocar fatales accidentes,
evitables y ridículos, como el amor.

Parece que todos los muertos son buenos

Parece que todos los muertos son buenos
y apacibles y mansos como las ovejas.
Los cantantes de rock, los jugadores
de rugby, los porteros de los clubs
de noche, los asesinos a sueldo:
todos son dignos de despertar
compasión y buen recuerdo
entre los que se quedan
aquí, esperando turno.

La muerte puede ser
lenta a veces, como la cola
de las cajas de los supermercados.
Y rápida también, como un descenso
administrativo. Llegados a este punto,
los viejos procuran ser buenos los últimos
días y sustituyen sus listines por páginas de
esquelas y rezan y van a misa y hacen todo lo
contrario de lo que hacían cuando estaban vivos.

Terapia

Así
que fui
a mi médico
de cabecera y
le expliqué mi
problema:

«Doctor,
cuando me
enamoro
no puedo
escribir».

«Pues no
se enamore»,
me dijo.

Y eso
fue todo.

Montero Glez | Armado y peligroso


Llega con Pistola y cuchillo bajo el brazo, la novela que hará aún más inmortal el espíritu de Camarón y, en sus propias palabras, la mejor de cuantas ha escrito. Por esa razón, aunque le aburran las entrevistas, accede a dedicarnos unas horas: “La propaganda es algo que nunca rechazo”, dice. Por eso tú y yo estamos hablando ahora.

Ya conocemos la situación: son tiempos de sequía. Las editoriales, esclavas de la ley de la oferta y la demanda, sólo queman sus naves con fórmulas rentables. Y no vamos a culparlas por ello, que de algo tienen que vivir los ricos, pero no deja de ser lamentable que tipos desbordados de talento, como Montero Glez, se vean relegados a la sombra o al silencio de las librerías, allá donde sólo llegan los que se aventuran.

Madrileño, exiliado desde hace 13 años en Chiclana por voluntad propia, amante de la intensidad y del verbo, de la carne y la experiencia, nos recibe en el poblado fantasma de Caño Chanarro, lodazal viejo que muy pronto dejará de ser ruina para ser recuerdo.

Cada vez que te leo, acabo sintiendo inevitablemente la misma sensación, que eres uno de los autores españoles más infravalorados de todos los tiempos. ¿Crees que la literatura está siendo justa contigo?
Mira, yo nunca me atreví a soñar que tendría tantos lectores. A mí se me lee. La gente no pilla mis libros para tenerlos de adorno. Mis lectores se rascan el bolsillo, o van al préstamo público, o roban mis libros. Y lo hacen para leerme. Date cuenta de una cosa: si tú y la gente como tú me valoráis, no estoy infravalorado. Otra cosa es que yo siga siendo una china en el zapato de los que pisan los Salones Literarios. Un ruido dentro del Canal Único de Información, que decía Vázquez Montalbán, un nudo de resistencia que llama mi admirado Subcomandante Marcos.

A veces da la impresión de que hace falta morirse para que descubran el genio de uno.
No sé si hace falta morirse, cuando me muera lo sabré. De todas las maneras, viendo lo que hay, te diré que siempre es más fácil para la industria del entretenimiento manejar un cadáver que a un artista vivo.

Como ocurre con Bolaño, menospreciado por editoriales y lectores durante gran parte de su vida y subido a los altares tras su muerte. ¿Qué te hace tan diferente de él, a tu entender, además de seguir respirando?
El que no me guste la literatura de Bolaño no quiere decir que no me apenara su muerte. De la misma manera, celebro su éxito. Celebro la lucecita que le queda a su viuda.

Sí, la lucecita de su CPU, que tiembla de pavor cada vez que siente cerca los dedos sedientos del expolio. No me has respondido, ¿qué es lo que no te gusta de Bolaño?
A mí me gusta que en una novela los personajes contaminen de vida las páginas del libro. Me gusta que me entretengan y Bolaño no lo consigue. Pero quiero ser respetuoso con él, con los suyos. Como te decía antes, me parece una putada que el chaval no pueda disfrutar de su éxito.

Cierto, pero no me negarás que hay mucho fariseísmo tras su desgracia. Piénsalo por un momento, si te fueses a morir ahora, ¿qué cosas que has escrito no querrías que saliesen nunca a la luz?
Si esas cosas dan de comer a mi viuda, a mí me da igual. Ya ves tú. Que saquen hasta las cartas encendidas que me escribo con mis lectoras.

Hablabas antes de los salones literarios, todavía recuerdo las imágenes del día en que subiste a recoger el Azorín hace dos años, rodeado de tanto fantasma literario, de tanta corbata y tanto Rolex y tanto estómago agradecido. Tú, que emigraste al sur huyendo de estas cosas, ¿no te sentiste un poco marciano en aquel ambiente?
No. De todas las maneras esa pregunta se la tendrás que hacer a los que aquella noche se sintieron marcianos o marcianas. Yo no me sentí marciano, para nada. Huí de Madrid porque a mí las ciudades no me gustan, excepto Sevilla, claro. Vivo próximo al mar desde hace trece años. La Naturaleza es mi gran maestra. Aquí tengo pocos estímulos, pero muy intensos. En Madrid había muchos, pero poco intensos.

Curiosamente, fuiste a ganar el premio con una de tus novelas más controvertidas, “Pólvora negra”. Cuesta creer que otras, como “Sed de champán” o “Cuando la noche obliga” se volviesen a casa sin nada. ¿De cuál de todas ellas te sientes más orgulloso?
De la que no está aún publicada, de ésa es de la que estoy más satisfecho, de la que todavía es mía y pronto dejará de serlo para ser vuestra. “Pistola y Cuchillo” se titulará. Y en ella sigo ahora.

Sé que hay supersticiosos que prefieren no hablar de sus novelas hasta que nacen, pero la tuya ya está en la incubadora. ¿Quieres hablarme un poco de ella?
“Pistola y cuchillo” es una novela dura. El tema principal es la amistad, el empeño de la palabra dada que, al perderla, se pierde con ella el honor. Es una novela de sombras, pocos personajes y mucho diálogo. Casi teatral. Corta pero muy intensa. Se ha venido destilando de poco en poco, desde hace dos años. He desescrito mucho más que he escrito. La hice con tiempo, que es como se tienen que hacer estas cosas. Aún estoy con el último borrador pero puedes poner que ya es león muerto. El primer borrador lo escribí del tirón, en la Venta Vargas. Luego, sobre él, he ido sumando borradores. Cuando iba por el cuarto borrador tuve una conversación con Antonio Muñoz Molina, uno de mis maestros, uno de los novelistas que más admiro. Hablé con él, con motivo de una entrevista para su novela, gran novela, “La noche de los tiempos”. Total que él me explicaba la importancia de la primera persona en su novela y, mientras me contaba esto, yo me daba cuenta de la falta de la primera persona en la mía. Iba por el quinto borrador. Volví otra vez atrás y empecé a buscarme otra vez. Así, con voz propia desde el arranque, empecé de nuevo a sumar borradores hasta llegar al séptimo. Hago siete borradores de un trabajo. Ni uno más, ni uno menos. Luego cuando me vienen las galeradas, pido repasar los juegos tres veces. Pero lo que te quería contar es que la he ido elaborando sin prisas y con mucho gusto, muy sentida. Date cuenta el respeto que tengo yo a un artista como Camarón. Es otro de mis maestros, junto con Francisco de Goya y Lorca. Un quejío cósmico que arrancaba de la tierra con todo su sabor de sangre. Tardará mucho en nacer otro igual de diferente a todos. Cogía de todos y no se parecía a nadie. Un monstruo que hizo del barro materia luminosa.

Hay veces, pocas, en que cometo la imprudencia de leer reseñas literarias. Cuando lo he hecho sobre alguno de tus libros, me he llevado las manos a la cabeza al ver que hay quien te compara con Bukowski. Parece que cuando hablamos de literatura sólo sabemos comparar con lo anterior, y a veces, sólo con lo que conocemos.
Bukowski tuvo un maestro: Céline. Céline no está superado y, si lo está, ha sido por obra y gracia de Vallejo, Fernando Vallejo, el mejor escritor que ha dado la lengua castellana. Esa lengua con la que se escribió el Siglo de Oro y que estaba estancada hasta que llegó él a sodomizarla hasta hacerla gemir de gusto como una perra. A veces me comparan con él y con Paco Umbral, pero eso son palabras mayores. Yo soy un principiante; un aprendiz deslumbrado ante la prosa de sus maestros.

¿Cuál ha sido la comparación más absurda que has tenido que escuchar?
El otro día me hizo gracia que me metieran en el mismo saco que a los nocilleros. Hay gente que escucha campanas y se pone a bailar la Jota.

Con los nocilleros, tiene delito...
Mira, quiero precisar una cosa ya que he sacado el tema: Agustín Fernández Mallo es un tipo cojonudo, buen chaval. Estuve firmando con él en una de las últimas Ferias del libro en Madrid y nos hicimos amigos. Si tengo guasa con él es porque me cae simpático. Es un tío valiente. A veces no sé qué admirar más o la valentía de Agustín por dar a la imprenta sus cagadas o la valentía de sus editores por promocionar tamaña mierda. Mira que después de toda aquella porquería teenager, que no son más que una mala traducción de Bukowski, después de aquello me dije: No creo que la industria saque una mierda más grande. Pues sí: Nocilla. ¿Qué será lo próximo?

Ahora que mentas a Fernández Mallo, recuerdo que él y su portada mediática tienen gran parte de culpa de que hoy me concedas esta entrevista. ¿Quieres saludar a Toni Iturbe?
Toni Iturbe es mi compadre. Soy padrino de su hijo Darío. Espero que Toni no muera nunca, pues si me tengo que hacer cargo de la educación del niño… En fin, creo que aprendería la palabra “joder” muy deprisa.

Compadreos aparte... ¿Tendrás que combinar Nocilla con Pistola para que te concedan la repercusión que mereces?
Lo de la propaganda es algo que no rechazo. Por lo mismo ahora tú y yo estamos hablando. Pero, ¿sabes?, concedo entrevistas a los medios y luego no salen: el Canal Único de Información censura mi voz. Yo no voy a moderar mi lenguaje, pues sólo tengo uno, sin dobleces. Me comporto igual en la cama, que en la mesa, que delante de una hoja en blanco. Yo al coño llamo coño; nunca vagina. Date cuenta de que la cultura de este país ha sido secuestrada por una pandilla de mojigatos que poco o nada tienen que ver con lo que es la cultura. Gracias a la Internet les quedan los días contados.

Antes hablábamos de comparar, a ráfagas me recuerdas a Valle-Inclán, pero también al tío Paco. Creo, de hecho, que eres una versión mejorada y más humana del gran Umbral. Siempre lo he creído. Su punto débil era la novela, el tuyo no.
Ramón María del Valle-Inclán era novelista; Paco Umbral no, aunque escribió la mejor biografía novelada de Valle-Inclán, la de los botines blancos de piqué. Unos botines que pisan el empedrado del Madrid de principios del siglo XX y que resuenan en los espejos de ese modernismo que traería Rubén Darío de Latinoamérica, embotellado en París. Es apasionante el estudio de aquella época de la que hay que mamar si uno aspira a convertirse en escritor con voluntad de prosa. Por eso, a Paco Umbral, aunque no fuera novelista, no le pasaba nada. Manejaba el idioma hasta conseguir la electricidad. Porque mamó de ese pezón, el pezón saliente del modernismo.

Anda que no se las trajo finas con uno de tus grandes amigos y valedor universal, Arturo Pérez Reverte...
Cuando murió Paco Umbral escribí un telegrama de pésame a Arturo. En él ponía: “Te acompaño en el sentimiento. Ya no tienes con quién batirte”.

No haber entrado en la Real Academia, como sí hizo Reverte, fue una de sus grandes frustraciones. ¿A ti te desvela eso de los sillones o te conformas con una banqueta en la Feria del Libro?
Yo soy un hereje. Nunca entraré en esos sitios. Desde que murió don Camilo José Cela la Real Academia es un club gay, y digo gay y no digo de maricones porque para ser gay hace falta tener mucho dinero.

Al hilo de esta observación, creo que nadie, desde Cela y Umbral, ha vuelto a tratar con tanto mimo el lenguaje como tú. Tal vez tu estampa de escritor lumpen te haya ayudado a burlar semejante ratonera. Aún así, tú no estás del todo de acuerdo con esta clasificación...
Es que no soy lumpen. El lumpen es una “no clase” ya que no tiene conciencia de clase. Yo sí tengo conciencia de clase. Mi abuelo fue artesano, zapatero remendón del barrio de los Cuatro Caminos. Él y mi abuela, que tiene 95 años y que aún vive, fueron los que me criaron. Yo tengo conciencia de clase, de clase trabajadora. Tengo odio, no tengo rechazo, tengo odio a los burgueses. Si trabajo el lumpen es porque en el lumpen hay más literatura que en la puta burguesía. Pero no soy lumpen.

Pero también has vivido el lumpen en tus carnes. No se puede escribir tan bien sobre el lumpen sin haberlo conocido.
He vivido todo lo escrito. Incluso para “Pólvora Negra” estuve en contacto con los explosivos y la química. Mira: Mateo Morral tenía orquitis y, para saber el tiempo que tardó en salir de la pensión, una vez arrojada la bomba, y refugiarse en el periódico de José Nakens, para medir el tiempo, me amarré el cordón de mi zapato al escroto; estrangulación se llama. Así conseguí la orquitis de Mateo, inflamación testicular, dolor de riñones y envaramiento de la cintura. Con paso apurado fui el Mateo. Para falsificar la realidad, antes hay que conocerla. Lo mismo con el lumpen. “Sed de champán” la arranqué en la Rosilla, un poblado que había a las afueras de Madrid, un mercado de droga.
Lo de la orquitis suena terriblemente gonzo. ¿Cómo lo solucionaste?
La cosa tuvo a largo plazo efectos secundarios. No es broma, se me enquistaron los testículos que parecían una bomba Orsini y luego me salieron unas manchas rojas en la punta del glande que ríete tú de los dálmatas. El urólogo me dijo que lo de las manchas eran angiomas. Así, a primera vista, se notan, pero cuando empalmo pasan desapercibidas. Lo otro, los quistes eran benignos, me dijo, y que sólo desaparecían eyaculando sin contención. Dejé de practicar tantra y estuve de eyaculador precoz hasta ahora, que ya han desaparecido.

Me ha gustado eso de que hay que conocer la realidad antes de falsificarla. ¿Alguna vez, orquitis aparte, pusiste en riesgo tu vida en pos de la novela? ¿Te diste al estraperlo para ambientar “Manteca colorá”?
Intento no jugarme lo único que tengo, el único capital del que dispongo, mi vida. Lo que sí es cierto es que la adversidad no es un mérito, es algo secundario. Aquí en el sur, donde vivo, he ejercido en diversas profesiones que llaman liberales. Yo no soy un privilegiado que ha dicho: pues ahora quiero ser escritor, y pumba, me han puesto todo como a otros y a otras, pero, ¿sabes por qué? Pues porque yo soy escritor de raza, de la raza de los acusados y para los que pertenecemos a esa minoría la cosa anda jodida. Daniel Ruiz García es otro escritor de raza y Miguel Baquero y Pedro de Paz y Javier Puebla y pocos más. Todos nos tenemos que buscar la vida. Faulkner trabajó en la mina, Onetti vendía neumáticos, yo, tabaco de contrabando. En fin.

¿Recuerdas en qué momento se instaló en tu interior el bicho de la literatura?
Lo hizo el día que murió mi abuelo Ángel, el que era zapatero. Tendría yo trece años y ese día escribí como un loco lo que sentía en aquellos momentos. Fue lo primero que escribí por mi cuenta; sin obligación del profesor cuando te mandaba hacer una redacción sobre la primavera. ¿Sabes? Me sentí nuevo, me sentí poderoso. La pena no se me fue, pero me ayudó a dejarla luminosa y limpia. Mística. Luego, con los años, la combiné con la picaresca para poder vivir de ello.

Al principio de esta entrevista mencionabas a Vallejo. Otro maricón ilustre, el gran Reinaldo Arenas, decía siempre que la literatura no era un don, sino una maldición.
Y otro más, Truman Capote, que decía que cuando Dios te concede un don te concede un látigo. Bueno, esto es el resultado de la moral judeocristiana que llevamos en la genética. Pero yo no soy autodestructivo y no me gusta flagelarme. Yo, si he venido a esta vida a sufrir, pues que me pongan otra copa. Mira, yo me lo paso bien haciendo lo que hago, sobre todo documentándome. Esa parte la disfruto mucho. Es como el calentón antes del polvo. En el fondo soy como Nacho Vidal, también yo disfruto con mi trabajo.

¿Es así como te gustaría ser recordado, como un tipo que disfrutó haciendo lo único que sabía hacer?
Me da igual eso, lo que no me gustaría es sentirme recordado como un hombre de orden, pues soy todo lo contrario. El orden es peligroso. Pero, ya puestos, me molaría una estatua como la de Victor Noir en el cementerio de Pere Lachaisse en París y que las tías fuesen a desgastarme los morros y la entrepierna hasta hacerme revivir.


Jobriath | El fiasco más grande de todos los tiempos



Situémonos. Pongamos que sabes cantar. Bien. Que también tocas algún instrumento. Mejor aún. Que, sin saber bien cómo, tu maqueta, que ha ido rebotando de discográfica en discográfica, cae un día en manos de un iluminado llamado Jerry Brandt. ¿Bien?

Bien.

Ahora imagínate, unos días después, anunciado en una colosal valla publicitaria de casi quince metros de altura, haciendo sombra desde lo alto de Times Square; tu cara en las portadas de las mejores revistas musicales del momento; tu anuncio en todas las revistas, en los periódicos. Imagina a un empresario sin escrúpulos, cegado por la ambición, vendiendo tu estampa como si fueses a desbancar al mismísimo Bowie de la cumbre del Glam, como si tu carisma pudiese eclipsar al mismísimo Elvis, como si resultase que los Beatles, en comparación contigo, sólo hubiesen sido unos tipos con suerte. Imagina que una de las casas de discos más importantes del momento se cree esa patraña y decide firmar el contrato más caro de la historia. Y tú acabas creyéndotelo también, claro, y decides que es verdad.

Ésta es la historia del delirio más grande de la historia del rock and roll, un fracaso de proporciones bíblicas llamado Jobriath. Algo, más o menos, parecido a lo que sigue:

Ni siquiera los biógrafos han sido capaces de ponerse de acuerdo a la hora de señalar la fecha de su nacimiento. Mientras unos aseguran que Bruce Wayne Campbell —sí, así se llamaba: Bruce Wayne Campbell— vino al mundo en 1945, otros sostienen que lo hizo al año siguiente. En cualquier caso, no fue hasta 1967 cuando empezó a hacer algo de ruido. Coincidió con su ocurrencia de renombrarse Jobriath Salisbury, mientras interpretaba a Woof en el musical «Hair», a caballo entre Los Angeles y Nueva York. Su experiencia como actor precedió a su participación en Pidgeon, un grupo oscuro que navegaba de manera confusa entre el folk-rock y el hippismo, hasta que naufragó. Esta deriva le mantuvo entretenido hasta 1972.

Movámonos ahora en el tiempo y en el espacio. Un año más tarde, en Nueva York, aparece en escena Jerry Brandt, el gran visionario Jerry Brandt, el promotor que descubrió a Carly Simon, el empresario que se deshizo del Electric Circus. Un carroñero de la escena artística, un manipulador a escala industrial ávido de nuevos horizontes que se dedicaba a bucear entre las cintas que rechazaban las grandes casas en busca de la quintaesencia incomprendida.

Fue así como descubrió a aquel Jobriath, por azar, en el despacho de Clive Davis, presidente de la Columbia Records, mientras el ejecutivo escuchaba los últimos cortes de una grabación que procedía de Los Angeles. Lo que Davis encontró “loco y desestructurado” y tachó de “atentado melódico”, a Brandt le pareció música celestial. Lo cautivó hasta tal punto que atravesó el país de costa a costa en busca de su particular octava maravilla.

Se la encontró flotando en vómito. Literalmente.

Aunque la versión que pomposamente regalaba en todas las entrevistas que concedía en 1973 hablaba de hadas en habitaciones blancas y de amor a primera vista, lo único cierto es que Jobriath había tocado fondo cuando Brandt se cruzó en su camino. Se prostituía por cerveza y, básicamente, a eso se limitaba su atormentada existencia.

Brandt le explicó lo que pensaba hacer con él. Posiblemente aquello le sorprendió tan borracho que la idea no le pareció descabellada, o tal vez no, tal vez simplemente se dejó llevar, porque cualquier cosa sería mejor que lo que tenía. O que lo que no tenía.

De este modo comienza su delirante aventura neoyorquina. Con una visita a Elektra, acompañado de Brandt, donde el productor lo anuncia como una especie de nuevo Mesías del rock, un tipo en la línea de Bowie, pero con mucho más estilo; con el desparpajo de Elvis, pero mucho más refrescante; con el talento compositivo de los Beatles, pero con un mensaje trasgresor: era Jobriath, el artista definitivo. (Nada de esto era cierto, obviamente, a excepción del alarmante parecido con Bowie, que fue interpretado por muchos como “un vulgar plagio” o “el fin de la era del fag-rock”).

En realidad, Jobriath sólo aventajaba a Bowie en amaneramiento. No era mediocre, pero tampoco iba a cambiar el mundo con sus canciones. No nos engañemos, la sociedad americana de principios de los setenta no veía con buenos ojos que fuese predicando su homosexualidad a voz en cuello. “Soy un hada real”, decía a menudo para presentarse. Sorprendentemente, Elektra dejó a un lado sus prejuicios y decidió apostar por el artista. De manera brutal, se invirtieron más de 500.000 dólares de la época en su promoción.

Esto supuso aparecer en Penthouse, en la Rolling Stone, en Vogue y hasta en el New York Times. Todos los artículos reproducían la famosa escena de Jobriath desnudo y sin piernas, arrastrándose melancólicamente por un suelo púrpura: era la viva imagen del Glam. El problema es que ese suelo púrpura ya lo habían pisado demasiadas reinas. No sólo Bowie, también Lou Reed, Iggy Pop, Marc Bolan, Slade, Freddie Mercury y hasta Gary Glitter hacían del escenario de la lentejuela y la purpurina un espacio irrespirable para alguien tan desconocido, y al tiempo tan igual, como Jobriath.

Aún así, Elektra, que se sentía en deuda con Brandt por haberles descubierto a Carly Simon, siguió adelante con su calculado plan de destronar a la reina del Glam. Movió pieza prometiendo un extravagante debut en directo del artista, que ahora había cambiado su apellido por Boone, en la Casa de la Ópera de París. El proyecto, en el que se invirtieron otros 200.000 dólares, consistía en una gira de presentación por las cunas de la Ópera de Europa, incluyendo citas en escenarios tan emblemáticos como La Scala de Milán o Covent Garden. Jobriath anunció, para hacer boca, que aparecería “disfrazado de King Kong, encaramado en lo alto de una representación del Empire State que se convertirá en un pene gigante, y yo me habré transformado en Marlene Dietrich”. Todo se quedó en nada, porque la gira nunca tuvo lugar.

Entretanto, su segundo disco, “Creatures of the night”, se editó al año siguiente. Sin la repercusión mediática del primer álbum, es obvio, porque Elektra había ido perdiendo la fe en aquella estrella fugaz de aspecto extraterrestre. Ya no hubo reseñas ni paneles.

Su debut en directo no tendría lugar hasta ese año, y no fue, desde luego, el que cabría esperar después de la millonaria campaña promocional: en el Bottom Line de Nueva York, dos noches seguidas, ante una audiencia de 400 personas. Un periodista de la época observó con ironía que “aquello recordaba más a un decadente Tab Hunter tocando en un night-club de Beverly Hills que a un fenómeno del rock and roll”.

En efecto, fue un rotundo fracaso desde el mismo instante en que posó sus pies sobre el escenario. Jobriath no se había rehabilitado, seguía fiel a sus adicciones, y sus denodados intentos por ocupar el trono de la reina de los gays dieron con sus huesos fuera de Elektra, que prefirió verle hundirse antes que seguir promoviendo “aquella escandalosa apología de la homosexualidad”. Se ganó el rechazo casi unánime de una sociedad, la americana, que todavía no estaba preparada para tanta sinceridad. Y, como era de esperar, también el desprecio de Brandt, quien años más tarde describiría a su protegido como “un gilipollas alcohólico”.

A pesar de todo, Jobriath and The Creatures, abandonados ya por su manager y su casa de discos, repudiados por la prensa y el público en general, decidieron emprender por su cuenta y riesgo la que habría de ser su primera y última gira por los Estados Unidos.

Fue aún más desastroso de lo que se podría prever. Jobriath, que había entrado en una vertiginosa espiral de alcoholismo y drogadicción, se arrastraba lamentablemente por los contados escenarios donde eran contratados. En el Nassau Colisseum de Nueva York llegaron a ser agredidos “por maricones”. Hayden Wayne, uno de los miembros del grupo que lo acompañaba, reconocería más tarde que no había sido un acierto por parte de Brandt “venderlo como la auténtica hada del rock and roll” en aquella época.

Condenado en parte por el contrato que había firmado con Elektra, que le impedía volver a editar un disco en diez años, Jobriath anunció su retirada del mundo de la música en 1975. Se refugió en su apartamento en la cima piramidal del Hotel Chelsea, y allí se prostituyó y se pudrió lentamente y contrajo el SIDA que acabaría con su vida ocho años más tarde, en 1983. Paradójicamente, cuando expiraba la cláusula de su contrato.

Antes de morir, en un último gesto de dignidad artística, Jobriath Boone se transformó en Cole Berlin, una especie de vodevil ambulante que interpretaba temas lounge como «Sunday Brunch» al piano de clubes de alterne y bares de mala muerte. Una parodia de sí mismo en la que, muy probablemente, también llegó a creer.


El fuego de la nieve de Berlín



Dice haber crecido, pero, lo quiera o no, Luis Miguélez es una estrella del rock and roll, una de esas cosas que ni la edad puede cambiar. Conserva ademanes de rockero pero sus modales son más refinados. Se ve que el exilio le ha sofisticado un poco. Tal vez por eso me ha citado aquí, en el jardín del elegante Cafe im Literaturhaus de Berlín, en el número 23 de la Fasanenstraße, esquina con Ku'damm.

Llega puntual, de blanco impoluto: cazadora de plástico –diseño exclusivo de Eppo Dekker, apunta–, Doc Martens, vaqueros y cinturón de remaches. Detrás de sus amplias gafas de espejo, describe los veranos grises de Berlín con una sensibilidad que fluctúa entre lo castizo y lo urbanita. «Nunca sabes cuándo va a llover, pero el invierno en esta ciudad es muy duro», apostilla.

–¿Por qué aquí?

–Bueno, estamos cerca de mi casa y me encanta la atmósfera de este lugar. Estamos en el corazón de lo que era Berlín Occidental y aquí todo es más elegante y tranquilo que la imagen alternativa que demanda el turista habitual.

Mientras la camarera nos toma la comanda, observo que no tiene ojeras. Yo sí tengo.

–Creo que hoy desayuno un combinado tipo —dice.

Le digo que será lo mismo para mí. Él se encarga de pedirlo. Se expresa en un alemán más que correcto. Sonríe. No tardan en traernos dos croissant con mantequilla, miel, mermelada y un huevo cocido con un milchcafe, que, según él, «es lo más parecido a nuestro café con leche, pero el doble de grande». Acostumbrado a todas las posibilidades del café en España, –explica– en Berlín tuve que ir probando hasta encontrar lo que me gustaba.

Grabadora sobre la mesa, cinta que echa a andar, carraspeo. Empieza la entrevista:

–Explícame, ¿qué has venido a hacer a Berlín?

–Ni siquiera me lo había preguntado. Lo cierto es que estaba muy harto de Madrid y necesitaba airear mente y cuerpo, no sabía qué hacer. Habíamos empezado a planear «Glamour To Kill» y fue esto lo que me hizo decidirme a venir. Llegué en noviembre de 2001 con una maleta y mi guitarra. A los dos días de estar aquí, sentí la nieve bajo mis pies y una energía especial que cada día encendía más el fuego de mi inspiración y ese fuego es el que todavía sigo sintiendo después de ocho años.

–¿Y por qué Berlín y no Amsterdam, New York, Londres o San Francisco?

–Mi idea inicial era New York, pero Bin Laden llegó antes que yo. Cambió mis planes. Londres no me apasiona para vivir y en Berlín se respira un ambiente más abierto, todo el mundo quiere hacer cosas. Es más fácil conectar con otros artistas y con el resto del mundo. Por otro lado, la cultura alemana y sus costumbres, como el respeto y la buena educación, me han enseñado mucho; ya no podría vivir sin ello.

–Así que no llegaste huyendo de nada, sólo buscabas un poco de tranquilidad, como Bowie a finales de los 70. ¿Has probado también a componer canciones esparciendo recortes de periódico por la moqueta?

–He ido pegando papeles enormes blancos en las paredes y día a día se iban llenando de frases, lecciones de alemán, flyers de fiestas, dibujos, de todo. Por aquella época, Antonio [Glamour] y Juan [Tormento] venían a Berlín, se quedaban en mi casa, actuábamos, grabábamos el disco a la vez y aquellos murales se iban convirtiendo en el diario de nuestras vidas. Era el año 2002.

–Un alarmante parecido. Sólo falta que ahora te cruces con Brian Eno y te empiece a obsesionar la música de aeropuerto. Por lo que más quieras, no olvides que eres un Ziggy Stardust.

Eres un Aligator!... De momento, y a pesar de todas las horas que consumo en aviones y aeropuertos, todavía no me se me ha ocurrido nada como lo de Eno, aunque me guste. Yo trabajo con el computer y sonidos electrónicos, pero me considero guitarrista. Y en los aviones, lo único que me apetece es tomarme una pastilla para dormir y llegar a mi destino sin enterarme.

–Ahora que lo pienso, Berlín no es el único paralelismo entre Bowie y tú. Los dos parecéis escapar de vuestro pasado con la velocidad de la pólvora. ¿Te da miedo estancarte? ¿Te molesta que te sigan preguntando a estas alturas por Alaska, Almodóvar, McNamara y el Madrid de la Movida?

–Nadie tiene el poder de decidir lo que quieres. He estado saltando de un sitio a otro como los camaleones. He trabajado con artistas de muchos estilos, todos diferentes, y con todos he aprendido muchas cosas y, a la vez, he aportado otras muchas. Ahora, en la madurez, me apetece dedicarme a mí: cuidarme y mimarme, me apetece cantar, actuar y dar la cara. En eso se resume «Glitter Klinik»: Juan [Tormento], Grace [Ryan] y yo somos amigos y los tres nos conocemos, nos divertimos y tenemos claro cuál es el papel de cada uno. Creo que es un proyecto definitivo en constante evolución.

–Hablando de la evolución, ¿qué tal te llevas con la justicia poética?

–No sé a qué te refieres exactamente con eso de la justicia poética. Me llevo bien con la justicia, soy Libra y a veces también puedo ser muy poético y escribir letras como “Gritando amor”.

–Quiero decir que es evidente que has sido el cerebro de todos los (muchos) grupos por los que has pasado, ¿cómo llevas que algunos aún frunzan el ceño cuando alguien pronuncia tu nombre? ¿Te produce algún tipo de desaliento o te da la risa?

–La madurez hace que todo te entre por un lado y te salga por el otro. No sé quien puede fruncir el ceño al oír mi nombre y no me importa. Yo soy artista, me considero una persona honesta y al que no le guste lo que hago, que pase la página y busque algo que le guste. Así de simple.

–Claro que sí. Pero nos estamos desviando del tema, se supone que hemos venido aquí para hablar de vuestro último trabajo.

–Como todos mis trabajos, creo que el disco ya lo dice todo por sí mismo. Quiero añadir que nadie venga buscando la segunda parte del «Rockstation», como he leído en repetidas ocasiones. Jamás haré una segunda parte de nada. «Bye Bye Supersonic» es un disco nuevo, fresco y con muchas emociones y sentimientos que cautivan a jóvenes de una nueva década.

–Aún así, algunas de las canciones que incluís en este nuevo disco se remontan a la época de «Rockstation». ¿Ves factible volver a grabar con Fabio ahora que se ha entregado a la descansada vida y a la retirada senda o «Bye Bye Supersonic» supone, como parece profetizar el título, la última colaboración entre Miguélez y McNamara?

–El título es casual y estético y no pronostica nada. Fabio y yo tenemos mucho material grabado y enmaquetado y siempre que escucho algo me parece de lo más moderno. Siempre hemos hecho discos esporádicos y por diversión. Somos amigos desde hace muchos años y eso nada ni nadie puede cambiarlo.

–Me alegro... Se dice que ya estás con lo próximo. ¿Te queda tiempo para dormir?

–Duermo lo necesario, disfruto con la música y no sé hacer otra cosa. Hoy día el show-bussiness ha cambiado mucho y eso permite a los artistas hacer los discos cuando a ti te apetece y es lo que yo hago. Ahora estamos con los preparativos del segundo disco de Glitter Klinik y espero que vea la luz en enero del 2010, me gusta esa fecha! ...

–Con el primer disco no os ha ido nada mal, desde luego.

–Cierto, con «Beautiful & Nasty» hemos ganado el premio al mejor disco de música de vanguardia en la primera edición de los Premios UFI 2009 de la música independiente. Eso anima mucho.

Asiente al escucharse a sí mismo. Sin darse cuenta, echa un vistazo discreto a su reloj. Comprendo que es hora de acabar esta entrevista. Lanzo al aire la última pregunta:

–Una difícil: dibújame un mapa breve de tus principales influencias musicales.

–Son muchas, pero destacaré sólo diez: «Foxy Lady», de Jimi Hendrix; «School's Out», de Alice Cooper; «Heroes», de David Bowie; «Angie», de los Rolling Stones; «Looking For A Kiss», de los New York Dolls; «Die Roboter», de Kraftwerk; «Shout At The Devil», de Motley Crüe; «London Calling», de The Clash; «Samba Pa Ti», de Santana; y «La Espabilá», de Antoñita Peñuelas.

Clic. Justo en ese momento la cinta llega a su final. Ni a propósito.

—¿Sabes una cosa, Luis?

—No, dime.

—Me he dejado la cartera en el hotel.

Kein Problem, —se ríe— estás invitado.

Nos levantamos y paga la cuenta de los dos. Me siento doblemente en deuda con él. Se despide, amistoso, y se vuelve por donde ha venido, Fasanenstraße arriba, ajeno a los escaparates de Gucci y Chanel que esta mañana gris iluminan la avenida.

Yo también tendré que volver andando.

Reinaldo Arenas | ¿Te gusta entonces el mar?



Ahora me comen.
Ahora siento cómo suben y me tiran de las uñas.
Oigo su roer llegarme hasta los testículos.
Tierra, me echan tierra.
Bailan, bailan sobre este montón de tierra
y piedra
que me cubre.
Me aplastan y vituperan
repitiendo no sé qué aberrante resolución que me atañe.
Me han sepultado.
Han danzado sobre mí.
Han apisonado bien el suelo.
Se han ido, se han ido dejándome bien muerto y enterrado.
Éste es mi momento.

(Reinaldo Arenas)

Nuestro momento.

No sé qué es metáfora de qué; si el mar de la vida o al revés. Reinaldo Arenas tampoco lo tuvo demasiado claro, sospecho. En realidad, se trata de una metafísica bastante innecesaria, pero la poesía se queda en poco si también le arrebatamos eso.

En su propio “autoepitafio”, que firmó poco antes de su muerte, el cubano advertía que «sabía que la vida es riesgo o abstinencia, / que toda ambición es gran demencia / y que el más sórdido horror tiene su encanto». Él apostó siempre por el riesgo.

El horror del que habla, el “inminente espanto”, es una constante palpable en la poesía y la narrativa que Reinaldo Arenas perpetró desde finales de los sesenta y hasta su exilio neoyorquino, a comienzos de los años ochenta.

El mar, en contrapartida, representa la única salida de este “lugar imposible”, el salvoconducto a la vida digna, el reducto último de la esperanza. Ése que converge con el horror cuando, como la propia vida, hace naufragar a sus amantes.

No resumiremos aquí la vida de Reinaldo, no. Su vida debe ser leída y reconocida a través de sus propias palabras en la imprescindible autobiografía Antes que anochezca, donde explica sus peripecias vitales pormenorizadamente; desde la tierra que comía siendo niño en Holguín hasta el SIDA que contrajo en Nueva York, pasando por los años de la represión castrista, la persecución y los abusos sufridos en la prisión del Morro en La Habana o las tertulias clandestinas del Parque Lenin, entre otras historias.

Hablaremos de su relación con el mar, de la niebla de la libertad que intuía en los versos: «Y se oye más allá del mar en el canto de una sirena de motor / tan imposible ya como las homéricas». El mismo piélago omnipresente que presume en la sinfonía de las «resonancias magistrales, / esas inesperadas estancias que levantan parajes mágicos / y despliegan cortinajes, / esa armonía que ahora se abre como un mar, / esa música».

De su amante el mar, a quien recordaba en tierra firme, desde la nostalgia y el rencor con que se nombran los amantes de verdad, en Nueva York:

«Ya no tenemos el mar, / pero tenemos voz para inventarlo. / No tenemos el mar, / pero tenemos mares que no podremos olvidar: / El mar encrespado de la cólera, / el mar viscoso del destierro, / el fúlgido mar de la soledad, / el mar de la traición y el desamparo. / No tenemos el mar, pero tenemos mares».

De su odiado mar, de quien condenaba su insaciable voracidad de sarcófago infinito:

«Tenemos uñas, / siempre tendremos uñas / y las aguas hirvientes de las furias, / y esas aguas, las pestilentes, las agresivas aguas, / se alzarán victoriosas con sus víctimas / hasta formar un solo mar de horror, un mar unánime / un mar / sin tiempo y sin orillas sobre el abultado vientre del verdugo».

El mar acompañó a Reinaldo en todo momento. Su recuerdo le ayudó a ser fuerte incluso cuando manejaba la convicción de que «todo lo cotidiano resulta aborrecible» y que «sólo hay un lugar para vivir: el imposible».

Volvemos a pasar, una vez más, la mano por su epitafio:

«Conoció la prisión, el ostracismo, / el exilio, las múltiples ofensas / típicas de la vileza humana; / pero siempre le acompañó cierto estoicismo / que le ayudó a caminar por cuerdas tensas / o a disfrutar del esplendor de la mañana. / Y cuando ya se bamboleaba, surgía una ventana / por la cual se lanzaba al infinito».

Como no podía ser de otra forma, en la última estrofa de su último poema, Reinaldo Arenas se muestra esplendorosamente fiel a sus fijaciones cuando se refiere al destino de sus restos: “No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito, / ni un túmulo de arena donde reposase su esqueleto / (ni después de muerto quiso verse quieto) / Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar / donde habrán de fluir constantemente. / No ha perdido la costumbre de soñar: / espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente».

La vida es metáfora del mar, en este momento.