
I missed the plane,
oh, what a shame,
before you came,
Lo peor es que todos estamos perfectamente sobrios. Ése es el problema.
I missed the plane,
I missed the plane,
before you came,
Te ponen un vaso de agua cuando llegas. Un vaso de agua para toda la noche, para acompañar este plato de aperitivos más salados que el Mar Muerto. Cierran puertas y ventanas. Encienden todas las estufas. Te sientan en sillas de jardín, blancas, de hierro forjado, y te plantan la carta de canciones. Pero todas las canciones son la misma. La maldita «I missed the plane» de los Heaven Sucks. Una tras otra. Siempre.
Oh, what a shame,
I missed the plane,
I missed the plane,
No hay opción. Estamos condenados a cantarla y a escucharla a todas horas, sin parar. Y no digo que un poco no nos lo merezcamos. Especialmente yo, después de lo que hice. Pero creo que empieza a proceder una ampliación del repertorio. Otro tema, es lo único que pedimos. Acabaremos volviéndonos locos, demonios. He visto a hombres de dos metros perder sus tímpanos, literalmente, por torturas mucho menos crueles. Yo mismo he estado a punto de arrancármelos en un arrebato de lucidez o desesperación, pero ellos lo impidieron. Ellos, otra vez.
Oh, what a shame,
before you came,
before you came,
La jodida canción de los Heaven Sucks, ahí es nada. No podían habernos castigado con «My Way» de Sinatra, que también se presta. O con cualquiera de los Platters, aunque fuesen negros. No. Tenían que ser los Heaven Sucks. Joder. La banda más imbécil de los ochenta. Aquí se creerán que nos gustan porque son surfistas de California, pero no. En realidad, los odiamos tanto como ellos. Incluso bastante más.
I missed the plane,
oh, what a shame,
before you came,
He tenido que cantarla tantas veces en las últimas semanas que hasta me permito la licencia de improvisar en tonos más agudos, a veces más graves, buscando nuevos matices, desconocidos, por inaudito que parezca a estas alturas, en las texturas invisibles del sonido. Aquí donde me veis, soy un explorador temerario. Un renovador a conciencia de la ingrata música de garaje de los 80. A mis años.
Before you came,
before you came,
before you came,
Es lo primero que nos explican al llegar. Que éste es el castigo para los que jodimos a los de su especie. Y, cada vez que hacen hincapié en el verbo joder, los cabrones me miran con especial rencor. Joder, que han pasado más de sesenta años desde aquello. Estos putos japoneses no conocen el significado de la palabra perdón.
Oh, what a shame,
oh, what a shame,
oh, what a shame,
Entonces te llaman. Dicen: Paul Tibbets, a cantar. O, directamente, te empujan al escenario mientras suenan los primeros golpes de batería —caja, caja, platillo, caja. Caja, platillo— que indican que, una vez más, empieza la jodida pesadilla. Luces de colores: rojo, amarillo, azul. Rojo, verde, blanco. Al compás de cada línea. Por ese orden.
I missed the plane,
I missed the plane,
I missed the plane,
Dicen tu nombre, sí. Y entonces sabes que estás jodido. Mientras cantas se te pasan muchas imágenes por la cabeza. Yo pienso en todo lo que dejé allá abajo. En la primera exhibición. En niños corriendo detrás de nubes de caramelos. En la gloriosa bandera de los Estados Unidos de América. Son cosas que me ayudan, sí. Procuro no pensar en Hiroshima, pero estos cabrones se encargan de recordármelo cada vez que salgo a cantar. Son los malditos vídeos que acompañan a los créditos de la canción.
I missed the plane,
oh, what a shame,
oh, what a shame,
Pero, os digo una cosa: Nagasaki e Hiroshima, una broma de niños en comparación con esto. Aquello fue darle a un botón. No hay botón que pueda detener esta tortura. Y si lo hay, desde luego, no está a nuestro alcance. Hablo con conocimiento de causa. Lo hemos intentado en más de una ocasión.
Before you came,
I missed the plane,
I missed the plane,
Tengo que irme. Me toca otra vez. Sólo espero que en el infierno americano, a esos cabrones amarillos, hamburguesas de tofu, que arrasaron con Pearl Harbor, los estén friendo a cantar «Enola Gay».
* * *