miércoles 21 de julio de 2010

Standdart #2



Ya puedes leer cuando quieras el último número de Standdart.

Con Ouka Leele, Montxo Armendáriz, María de Medeiros, Montero Glez, Jordi Esteva, Sergio Makaroff, Julián Rodríguez, Laurie Lipton, Dana Ellyn, Kiko Alcázar, Luis Mey, Luis Montero, Sr García, John Lennon, Berlín, Nueva York, Alive, Diego Durán, Jordi Corominas, Rebeca Yanke, Natalia Zarco, Elena González, Iria Medraño, Miguel Sanfeliu, Luis González Vayá, Javi Brasil, Ricardo Navarro, Fabiola De Anda, Sal Duluoz, Miguel Núñez, Mar Cuervo, Berta Nogueira y Alicia López Alonso.


Aquí.

sábado 24 de abril de 2010

Otoño de Vivaldi


A mi tío Carlos,
incapaz de cansarse de esta mierda de vida.

Hay un momento
—no importa si estás vivo o muerto—
en que la vida se detiene, toma aire
y, sin mirarte a los ojos, recoge sus cosas
y se va de tu cuerpo para siempre,
te abandona sin dejarte
siquiera una nota.

El amor es un poco así,
como la propia vida. Acude cuando
no le llamas, te invade, te ilumina,
se cansa de latir, se apaga y se va
y te deja reducido a esto
que eras hoy, que fuiste hoy
que ya no volverás a ser,
por mucho que te duela,
nunca más.



* * *

miércoles 14 de abril de 2010

Cándidos y obtusos


El hombre en la silla de ruedas
culpaba a su mujer de cada cosa.
Del tiempo de espera, de su dolor de espalda,
del embotellamiento, de los parquímetros, de la lluvia
y hasta de la vida. Ella supo mantener la compostura,
y, tal vez porque no estaban solos en la sala
y no quería resultar demasiado previsible,
le respondió alguna cosa bonita.

El tipo no le prestaba atención.
Estaba ocupado quejándose, gruñendo,
revolviéndose en su trono para tiranos,
gesticulando y resoplando igual que un
halcón herido.

La culpa es tuya, le recriminó.
Tenías que haber llamado a la puerta.
Tenías que haber hablado con la enfermera,
que me viera aquí, que llevamos más de una hora
esperando a que nos atiendan, joder,
maldita inútil.

Hay personas que, como palabras,
caen en desuso. Se vuelven frágiles y ridículas,
se desvanecen, se apagan, se desmoronan.
Y, como viejas palabras que nadie nombra,
un día deciden morirse para hacer sitio.

Y hay también otras personas
más obtusas, más egoístas,
que se resisten.



* * *

domingo 10 de enero de 2010

Standdart



A partir de ahora estaré aquí, siempre.



Gracias.





* * *

martes 15 de septiembre de 2009

El fuego de la nieve de Berlín



Dice haber crecido, pero, lo quiera o no, Luis Miguélez es una estrella del rock and roll, una de esas cosas que ni la edad puede cambiar. Conserva ademanes de rockero pero sus modales son más refinados. Se ve que el exilio le ha sofisticado un poco. Tal vez por eso me ha citado aquí, en el jardín del elegante Cafe im Literaturhaus de Berlín, en el número 23 de la Fasanenstraße, esquina con Ku'damm.

Llega puntual, vestido de blanco impoluto: cazadora de plástico —diseño exclusivo de Eppo Dekker, apunta—, Doc Martens, vaqueros y cinturón de remaches. Detrás de sus amplias gafas de espejo, describe los veranos grises de Berlín con una sensibilidad que fluctúa entre lo castizo y lo urbanita. «Nunca sabes cuándo va a llover, pero el invierno en esta ciudad es muy duro», apostilla.

—¿Por qué aquí?

—Bueno, estamos cerca de mi casa y me encanta la atmósfera de este lugar. Estamos en el corazón de lo que era Berlín Occidental y aquí todo es más elegante y tranquilo que la imagen alternativa que demanda el turista habitual.

Mientras la camarera nos toma la comanda, observo que no tiene ojeras. Yo sí tengo.

—Creo que hoy desayuno un combinado tipo —dice.

Le digo que será lo mismo para mí. Él se encarga de pedirlo. Se expresa en un alemán más que correcto. Sonríe. No tardan en traernos dos croissant con mantequilla, miel, mermelada y un huevo cocido con un milchcafe, que, según él, «es lo más parecido a nuestro café con leche, pero el doble de grande». Acostumbrado a todas las posibilidades del café en España, —explica— en Berlín tuve que ir probando hasta encontrar lo que me gustaba.

Grabadora sobre la mesa, cinta que echa a andar, carraspeo. Empieza la entrevista:

—Explícame, ¿qué has venido a hacer a Berlín?

—Ni siquiera me lo había preguntado. Lo cierto es que estaba muy harto de Madrid y necesitaba airear mente y cuerpo, no sabía qué hacer. Habíamos empezado a planear «Glamour To Kill» y fue esto lo que me hizo decidirme a venir. Llegué en noviembre de 2001 con una maleta y mi guitarra. A los dos días de estar aquí, sentí la nieve bajo mis pies y una energía especial que cada día encendía más el fuego de mi inspiración y ese fuego es el que todavía sigo sintiendo después de ocho años.

—¿Y por qué Berlín y no Amsterdam, New York, Londres o San Francisco?

—Mi idea inicial era New York, pero Bin Laden llegó antes que yo. Cambió mis planes. Londres no me apasiona para vivir y en Berlín se respira un ambiente más abierto, todo el mundo quiere hacer cosas. Es más fácil conectar con otros artistas y con el resto del mundo. Por otro lado, la cultura alemana y sus costumbres, como el respeto y la buena educación, me han enseñado mucho; ya no podría vivir sin ello.

—Así que no llegaste huyendo de nada, sólo buscabas un poco de tranquilidad, como Bowie a finales de los 70. ¿Has probado también a componer canciones esparciendo recortes de periódico por la moqueta?

—He ido pegando papeles enormes blancos en las paredes y día a día se iban llenando de frases, lecciones de alemán, flyers de fiestas, dibujos, de todo. Por aquella época, Antonio [Glamour] y Juan [Tormento] venían a Berlín, se quedaban en mi casa, actuábamos, grabábamos el disco a la vez y aquellos murales se iban convirtiendo en el diario de nuestras vidas. Era el año 2002.

—Un alarmante parecido. Sólo falta que ahora te cruces con Brian Eno y te empiece a obsesionar la música de aeropuerto. Por lo que más quieras, no olvides que eres un Ziggy Stardust.

Eres un Aligator!... De momento, y a pesar de todas las horas que consumo en aviones y aeropuertos, todavía no me se me ha ocurrido nada como lo de Eno, aunque me guste. Yo trabajo con el computer y sonidos electrónicos, pero me considero guitarrista. Y en los aviones, lo único que me apetece es tomarme una pastilla para dormir y llegar a mi destino sin enterarme.

—Ahora que lo pienso, Berlín no es el único paralelismo entre Bowie y tú. Los dos parecéis escapar de vuestro pasado con la velocidad de la pólvora. ¿Te da miedo estancarte? ¿Te molesta que te sigan preguntando a estas alturas por Alaska, Almodóvar, McNamara y el Madrid de la Movida?

—Nadie tiene el poder de decidir lo que quieres. He estado saltando de un sitio a otro como los camaleones. He trabajado con artistas de muchos estilos, todos diferentes, y con todos he aprendido muchas cosas y, a la vez, he aportado otras muchas. Ahora, en la madurez, me apetece dedicarme a mí: cuidarme y mimarme, me apetece cantar, actuar y dar la cara. En eso se resume «Glitter Klinik»: Juan [Tormento], Grace [Ryan] y yo somos amigos y los tres nos conocemos, nos divertimos y tenemos claro cuál es el papel de cada uno. Creo que es un proyecto definitivo en constante evolución.

—Hablando de la evolución, ¿qué tal te llevas con la justicia poética?

—No sé a qué te refieres exactamente con eso de la justicia poética. Me llevo bien con la justicia, soy Libra y a veces también puedo ser muy poético y escribir letras como “Gritando amor”.

—Quiero decir que es evidente que has sido el cerebro de todos los (muchos) grupos por los que has pasado, ¿cómo llevas que algunos aún frunzan el ceño cuando alguien pronuncia tu nombre? ¿Te produce algún tipo de desaliento o te da la risa?

—La madurez hace que todo te entre por un lado y te salga por el otro. No sé quien puede fruncir el ceño al oír mi nombre y no me importa. Yo soy artista, me considero una persona honesta y al que no le guste lo que hago, que pase la página y busque algo que le guste. Así de simple.

—Claro que sí. Pero nos estamos desviando del tema, se supone que hemos venido aquí para hablar de vuestro último trabajo.

—Como todos mis trabajos, creo que el disco ya lo dice todo por sí mismo. Quiero añadir que nadie venga buscando la segunda parte del «Rockstation», como he leído en repetidas ocasiones. Jamás haré una segunda parte de nada. «Bye Bye Supersonic» es un disco nuevo, fresco y con muchas emociones y sentimientos que cautivan a jóvenes de una nueva década.

—Aún así, algunas de las canciones que incluís en este nuevo disco se remontan a la época de «Rockstation». ¿Ves factible volver a grabar con Fabio ahora que se ha entregado a la descansada vida y a la retirada senda o «Bye Bye Supersonic» supone, como parece profetizar el título, la última colaboración entre Miguélez y McNamara?

—El título es casual y estético y no pronostica nada. Fabio y yo tenemos mucho material grabado y enmaquetado y siempre que escucho algo me parece de lo más moderno. Siempre hemos hecho discos esporádicos y por diversión. Somos amigos desde hace muchos años y eso nada ni nadie puede cambiarlo.

—Me alegro... Se dice que ya estás con lo próximo. ¿Te queda tiempo para dormir?

—Duermo lo necesario, disfruto con la música y no sé hacer otra cosa. Hoy día el show-bussiness ha cambiado mucho y eso permite a los artistas hacer los discos cuando a ti te apetece y es lo que yo hago. Ahora estamos con los preparativos del segundo disco de Glitter Klinik y espero que vea la luz en enero del 2010, me gusta esa fecha! ...

—Con el primer disco no os ha ido nada mal, desde luego.

—Cierto, con «Beautiful & Nasty» hemos ganado el premio al mejor disco de música de vanguardia en la primera edición de los Premios UFI 2009 de la música independiente. Eso anima mucho.

Asiente al escucharse a sí mismo. Sin darse cuenta, echa un vistazo discreto a su reloj. Comprendo que es hora de acabar esta entrevista. Lanzo al aire la última pregunta:

—Una difícil: dibújame un mapa breve de tus principales influencias musicales.

Son muchas, pero destacaré sólo diez: «Foxy Lady», de Jimi Hendrix; «School's Out», de Alice Cooper; «Heroes», de David Bowie; «Angie», de los Rolling Stones; «Looking For A Kiss», de los New York Dolls; «Die Roboter», de Kraftwerk; «Shout At The Devil», de Motley Crüe; «London Calling», de The Clash; «Samba Pa Ti», de Santana; y «La Espabilá», de Antoñita Peñuelas.

Clic. Justo en ese momento la cinta llega a su final. Ni a propósito.

—¿Sabes una cosa, Luis?

—No, dime.

—Me he dejado la cartera en el hotel.

Kein Problem, —se ríe— estás invitado.

Nos levantamos y paga la cuenta de los dos. Me siento doblemente en deuda con él. Se despide, amistoso, y se vuelve por donde ha venido, Fasanenstraße arriba, ajeno a los escaparates de Gucci y Chanel que esta mañana gris iluminan la avenida.

Yo también tendré que volver andando.



* * *

domingo 24 de mayo de 2009

Leves y etéreos



Vaciamos de colillas los ceniceros,
uno por uno, los despojamos de muerte.
Le digo: creo que estamos fumando demasiado
últimamente.

Tienes razón, me responde
llevándose a la boca otro cigarro.
Estamos fumando demasiado
últimamente.

No hará ni un mes que nuestra madrina
nos dejó para siempre, se convirtió en
polvo gris, igual que el rastro que da
sentido a nuestros ceniceros.

Creímos que su sobrina era buena,
pero corrió a vaciar su casa, vino desde
muy lejos para llevarse su abrigo de visón.

Echó los objetos de valor en una bolsa
y se despidió de su viudo para siempre.
Hizo con sus recuerdos lo que nosotros
hacemos con las colillas.

¿Sabes? —le digo—. Un hombre me ha dicho
hoy en la librería que mis argumentos
poéticos eran leves y etéreos.

Tiene razón, me dice
echándome el humo a la cara.
Tus argumentos lo son.




* * *

viernes 1 de mayo de 2009

El día de la madre



Por la mañana me despertó un hambre atroz. Y los pájaros, sí, los putos pájaros también, cantando su cancioncita de amor en la ventana. El sol nos calienta a todos las pelotas, de acuerdo, pero a los pájaros les reblandece el cerebro. Se ponen a cantar en cuanto sale como si el mundo hubiese sido alguna vez un lugar bonito. Ignoran que existen hombres rudos y resolutivos, hombres como yo, que saben dónde comprar una escopeta. Los de mi ventana, pensé, no conocían aún el encanto de los Ochmoniak.


Les perdoné la vida, en cualquier caso, porque podía sentir las paredes del intestino delgado apremiando, pegándose igual que sellos las unas a las otras, gruñendo y rugiendo como leones recién enjaulados, las muy hijas de puta. Tenía que hacer algo con aquello, me dije. Así que, sintiéndolo mucho, comprobé que Vanish seguía sumida en su sueño eterno y la dejé allí, a su suerte, lidiando con Morfeo y las islas y los cocos, manchándome la funda de la almohada con su sangre parda, tranquilamente.

Cerré la habitación con llave y bajé al primer piso. No creía en los milagros, pero esperaba un guiño imprevisto, una equivocación de parte de la suerte, que me permitiese llevarme a la barriga algo de lo que había. Abrí una vez más cada armario, uno por uno, hasta llegar al de las latas de crema de champiñón Campbell’s. Habría por lo menos cincuenta latas apiladas. La más reciente, que era también la más cercana, llevaba la friolera de siete años caducada. Habían resistido intactas en vida de mamá, pero acabaron muriéndose con ella. Eran, de algún modo, supervivientes de despensa y también mi único vínculo con mi madre desde 1960, pero me moría de hambre.

Mientras buscaba algo con que abrirlas, casi la pude ver allí, frente a aquel mismo armario, escupiendo sangre sobre las baldosas. Yo no tendría ni dieciséis años. Papá acababa de romperle la nariz después de una de sus peleas. Algunas cosas son difíciles de recordar. Otras, no. Otras viven con nosotros hasta el último día en el infierno, igual que una lata de crema de champiñones. Podía recordar algunas de ellas, sí. Recordé a mi padre con total nitidez, gritándome en el jardín trasero de la casa:

—¡Maldito inútil! ¡Un hombre que no sabe pegar con las dos manos no es un hombre!

Aquel tipo de cosas me enfurecían. Bueno, ¿y a quién no? Sólo era un crío, vivía intentando agradar a mi padre. Sabía que yo representaba todo lo que él nunca había querido y me esforzaba por parecer todo lo que no era. Éramos jodidamente distintos, maldita sea. Pertenecíamos los dos a la casta de los perdedores, era más que evidente, pero, dentro de aquella maldición que nos unía, ocupábamos peldaños muy distantes. Y aquello era lo que nos hacía odiarnos, si cabe, con más fuerza.

—¿Se puede saber para qué coño tienes la izquierda, imbécil? ¡Aprende a pegar como los hombres!

Encontré a mi madre tendida en el suelo de la cocina. Después de molerla a golpes, mi padre siempre se iba al garaje. Tenía la costumbre de arreglar cosas. Era gracioso: las personas más habilidosas con las manos solían ser también las más hijas de puta. Allí lo encontré, en su mesa de trabajo, intentando arreglar un transistor con sus asquerosas manazas de cabrón.

No dije una palabra. Fui hacia él con todas mis fuerzas, agarré su cuello con los cinco dedos de mi mano derecha, apreté los dientes y, con todo el odio del mundo, comencé a atizarle con mi puño izquierdo hasta derribarlo. Recuerdo sus ojos desorbitados mirando los míos, inyectados en sangre, su nuca golpeando contra el suelo, el transistor emitiendo un zumbido similar al que se oía en el interior de mi cabeza cada vez que mi padre pasaba por encima de mi madre como un ciclón. Sí, recuerdo todas esas cosas.

Le golpeé y le golpeé hasta romperle la nariz. Era lo menos que podía hacer por mi madre. La cara le sangraba. Mi puño seguía encontrándola sin cesar. Supongo que me ensañé, no lo sé, ahora lo recuerdo así tal vez porque ya esté muerto, pero no me arrepiento ni de una sola de las hostias que le di aquel día. Me hicieron un hombre.

Luego huí. Mi padre contó a todos que me había echado de casa, pero no fue así. Me fui de allí porque sabía que mi madre no me perdonaría lo que había hecho. Ella era así de imbécil también. Y, de cualquier forma, prefería ser yo quien se fuese. A aquella edad era ya un pequeño hijo de puta orgulloso.



* * *

miércoles 29 de abril de 2009

Música para atravesar los túneles



Adheridos a la vida subterránea
involuntariamente, conducimos
con una sola mano en el volante,
los ojos en los espejos, a ritmo
de procesión, por las tripas del
centro de esas ciudades viejas.

Nos dejamos deslumbrar por la
música ambiental, que es aguda
y ambarina como luces de ambulancia,
y, aunque somos hacendados del silencio,
la canción de los motores nos obliga a
traicionar también estos principios.

No estamos dentro, le digo a Esther,
sino debajo. Y ella ríe y menea la cabeza.
Mira sus caras de satisfacción: se creen
importantes por tener un coche caro,
pero aquí todos vivimos sometidos
por el límite que marcan los radares.

Entramos huyendo de la noche y de la lluvia
en esta digestión de tres kilómetros y medio
triste y larga como la vida de los dictadores.
Recorremos las cañerías del mundo buscando
ese pedazo de luz que prometían las señales,
ignorando, ingenuos, profecías y diatribas.

En la calle, la tierra se amontona en las aceras
al borde de las zanjas, como montañas de azúcar.
Las putas salen, menean sus muslos ante la cáfila,
como siempre, en cuanto el sol nos abandona.
Tenemos nuestras reservas y la única respuesta
que brinda al hombre el oráculo de las entrañas:

Ahí fuera espera una muerte para cada uno.




* * *

lunes 27 de abril de 2009

La llave de todas las puertas



Con cada golpe que su culo daba en los peldaños emitía un sonidito esperanzador, un gemido sordo y breve, que me sirvió para recordar que aquellos casi cincuenta kilos de carne y vendas que porteaba de arriba abajo una y otra vez pertenecían a un ser vivo. Me sentí mejor cuando alcancé, por fin, la moqueta del rellano de la planta de arriba. No tenía la espalda para muchas fiestas, a decir verdad.

Llegué al cuarto y la dejé sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y la cabeza descansando en el colchón. El vendaje de emergencia había comenzado a desprendérsele y su cara, un moratón con ojos, asomaba por debajo del blanco de la gasa. Había sangre negra en su barbilla y en su nariz. La poca luz que llegaba hasta aquel punto era más que suficiente para entrever la carnicería provocada por la hostia que Vanish, la momia aventurera, había regalado a las escaleras.

—¿Qué coño voy a hacer contigo? —le pregunté.

No se inmutó. Estaba claro que su destino era permanecer en silencio y sin sentido durante el resto de sus días. Volví a mirarla, sentado en cuclillas sobre ella; no había ninguna recompensa en todo aquello. Comprendí que cuanto más intentaba hacer por ella, más acababa jodiéndolo. Habría sido el momento para abandonarla en la puerta de cualquier centro de emergencias, pero no lo hice. No lo hice, no.

En lugar de eso, me levanté de allí. Caminé hasta la puerta del cuarto y tanteé la cerradura en busca de un llavín que debería estar pero no estaba. En cualquier caso, pensé, si mi madre no había cambiado el sistema de bloqueo de las puertas —y era bastante probable que no lo hubiese hecho— cualquier llave de la casa serviría para correr y descorrer el pestillo de todas y cada una de las habitaciones.

Así que me acerqué hasta el baño. Con cuidado, una vez más, de no joderme la piñata como la pobre Vanish. Y en mitad de aquella ceguera la encontré. Estaba allí, resplandeciente, encajada en el interior de la cerradura, esperándome. Regresé con ella al cuarto de mis padres para probarla y, como había calculado, funcionó. Me sonreí. No estaba mal que alguna cosa saliese bien de vez en cuando.

Entré y cerré la puerta por dentro. Estaba infinitamente cansado y hambriento, pero en aquel momento sólo quería dormir. Dormir sin preocuparme por que Vanish, con sus peripecias, me dejase con el culo al aire.

La metáfora me sirvió para recordar que estaba desnudo y una ola inaudita de pudor me inundó de pronto. Imaginé la escena que vería al despertarse y preferí ponerme algo encima para no complicar demasiado las cosas. Rebusqué de nuevo en el armario de mi madre y, cuando encontré algo parecido a un calzoncillo, me cubrí mis vergüenzas y me volví para ayudarla a subir a la cama.

—Ya no tienes edad para andarte con estos jueguecitos —le recordé.

El silencio me devolvió mi propio reproche. Me pregunté si, en el fondo, no estaría hablando conmigo mismo. Yo también era mayor para andarme con mierdas del estilo. Si huí de Barstow y de California no lo hice para complicarme más la vida. Y mucho menos de aquella manera.

—Gmmmmpg… —apuntó, al caer sobre la cama.

—Eso es lo más inteligente que has dicho hoy.

Me había guardado la llave debajo del calzoncillo. Si Vanish la intrépida intentaba escapar de la habitación sólo podría hacerlo de dos formas: saltando por la ventana del segundo piso o rebuscando entre mis pelotas. De cualquiera de las dos formas tendría que enterarme.

Y, sabiendo esto, me dormí. Me dormí de verdad. No había dormido tan bien en siglos.




* * *

jueves 23 de abril de 2009

Uno de los dos estaba muerto



Los enanos volvieron a su casa con su dinero y yo me tumbé junto a Vanish en la cama de mis padres. Tenía gracia que la siguiese llamando así a los 42 años. La cama de mis padres. La miré desde mi lado del colchón mientras dormía, bajo los vendajes, disfrazada de mi madre, como si fuese alguna clase extraña de reencarnación. Algo diabólico, sin duda. Era mi madre en aquel momento. Mi madre joven.

Me descalcé con los pies y dejé caer los zapatos desde lo alto de la cama. El ruido al golpear la madera no la despertó. Me desabroché la camisa y los pantalones y me los quité. Mi calzoncillo olía a anchoas en vinagre. Me despedí de él mientras viajaba a la altura de mis rodillas y lo lancé sobre la cómoda. Acerté, sorprendentemente, sobre una vieja foto de mis padres. Tacoma, abril de 1953. Aquello podía ser una señal.

Estaba desnudo. Vanish respiraba fuerte. El sudor de mi cuerpo comenzaba a secarse gracias al polvo y a la legión de ácaros que lo devoraban como si fuese mantequilla. Era una situación bastante grotesca para todos. Vanish, los ácaros y yo, juntos y revueltos. Volví a mirarla, intenté hacerlo con otros ojos. Empecé a recorrer sus piernas llenas de magulladuras con la mirada, su pecho y su vientre inflamándose con cada inspiración. Debía, por lo menos, tocarle las tetas. Era la jodida llamada de la naturaleza. Necesitaba sentirme hombre en aquel momento. No me importaba que ella no estuviese consciente.

Así que desabroché los dos botones de arriba de aquel vestido amarillo, lleno de islas, cocos y palmeras, hasta descubrir sus tetas, sucias y redondas. Intenté ignorar que mi madre, después de reunir su pensión durante los últimos diez años de su vida, había muerto de cáncer en aquella cama. Hice lo posible por no imaginarla cuidando el jardín con aquel vestido horrendo. Escondiendo el dinero en aquella caja que ahora tenía en mis manos, bajo el tablón de la tercera pata. Harta de preparar y recalentar raciones individuales de crema de champiñones. Sirviendo dos platos, por si se me ocurría volver por sorpresa, cualquier noche.

Apoyé la caja en la almohada y me giré sobre la chica. Cerré los ojos para tocar sus tetas, pero no sentí nada. Cero. Lo mismo que si estuviese palpando un montón de ceniza. Probé a desabrochar su vestido por abajo. Metí el brazo entre sus piernas. Hundí mi dedo índice en su coño, hasta el fondo, pero tampoco sentí nada. Uno de los dos estaba muerto, pensé. Aquello no tenía mucho sentido, ni siquiera para un tipo como yo, de modo que desistí. Sin mover mi mano de donde estaba, apoyé mi cabeza en su hombro, respiré profundamente y me quedé dormido. Me sentía como si llevase años sin hacerlo.

Volví a soñar con Candy Gallows pero esta vez fue diferente. Volábamos desde lo alto del Golden Gate sobre un mar en llamas. Ella llevaba su vestido rojo. Yo no. En un arranque de romanticismo nada habitual, Candy me amenazaba con quitarse la vida. Entonces, le enseñaba el periódico del día, no recuerdo cuál, donde aparecían su foto y su esquela y le decía que no tenía que molestarse, porque ya estaba muerta. Me respondió que aquello no importaba, que las hijas de puta podían morirse todas las veces que quisieran. Y en eso quedó la cosa, porque, justo en ese punto, me desperté.

Al abrir los ojos descubrí que tenía dos problemas. No estaban ni la chica ni la caja.

Ya era de noche. Me incorporé rápidamente en la cama y salté al suelo. Salí de la habitación de mis padres a tientas, procurando no romperme nada. La única luz en la casa era la de la luna llena que se colaba a través de la ventana.

A pesar de los años y los excesos, mi memoria conservaba aún una buena referencia espacial de la segunda planta, porque conseguí llegar hasta las escaleras de la casa sin tropezarme. Comencé a bajar los escalones casi reptando, muy despacio, agarrándome con fuerza a la barandilla. Al llegar al séptimo escalón me topé con algo. Era su pie derecho. Vanish se había caído por las escaleras intentando escapar. Busqué su brazo, encontré de nuevo sus tetas. En su muñeca había pulso. Eso me tranquilizó. No pude localizar mi caja en medio de aquella oscuridad, así que me dije que la buscaría mejor por la mañana.

Tomé de nuevo por los brazos a la chica y la volví a arrastrar, escaleras arriba, hacia la habitación. Desde luego, no me lo estaba poniendo nada fácil la muy cabrona.




* * *

lunes 20 de abril de 2009

Dos golpes y medio



Dos golpes de suerte en menos de diez minutos eran demasiada suerte. Sobre todo, de aquella suerte. Hasta el más tonto sabe eso. Yo lo sabía también, pero me dejé llevar por el delicioso tufo de la victoria. Humano que es uno. Cierto es que las cosas se ven con otra perspectiva cuando tienes treinta de los grandes en una caja. Aún así, conservaba espacio suficiente en mi resentido corazón de fugitivo para el rencor. Volví la vista a la casa de Seymour McKenzie y le dije a Steve:

—Si tuviera un arma aquí mismo, dispararía en la cara a ese hijo de puta.

—El viejo hizo lo que habría hecho cualquiera —respondió desde el suelo, ajustando el enorme fajo de billetes, entero y sereno.

—¿Eso habrías hecho tú?

—Sí. Creo que sí.

—Eres un mamón.

No pudimos seguir con la discusión: Frankie el mentiroso, el encubridor salvaculos de Orange Avenue, entró bailando en la habitación, puño sobre puño, agitando y moviendo en círculos sus caderas de juguete. Parecía un muñeco embutido en sus pantaloncitos blancos. Se detuvo un segundo y, señalándose con los pulgares, nos preguntó:

—¿Queréis decirme quién es el mejor actor del condado de Yuma y alrededores?

—¡Charlie Brinley! —dijo Steve.

Todos nos reímos, claro. Teníamos motivos. Las cosas nos empezaban a salir bien y siempre es gracioso ver bailar a un enano. Y eso que él aún no sabía nada de lo del dinero. Entonces se habría reído el doble.

—¡Se lo creyeron! —siguió Frank, como si nada— ¡Los muy patanes! ¡Les dije que tenía el televisor muy alto y se lo creyeron!

—Eres un campeón, Frankie. Muchas gracias.

—Era lo menos que podía hacer, ya sabes…

Claro que sabía, pero daba igual. Podría haberme jodido bien si hubiese sucumbido al pánico azul del uniforme de los policías. En el fondo, también lo sabía, lo había hecho porque quería seguir viéndole las tetas a Vanish. Era un pequeño cabrón inteligente.

—Tengo una cosa para vosotros —les dije.

Arrebaté de las manos de Steve la caja de cromos de mi madre y saqué de su interior dos mil dólares. Nunca había conocido la generosidad hasta aquel momento. Les di dos billetes de quinientos a cada uno, por los servicios prestados, y les advertí:

—¡Ni se os ocurra despilfarrarlo en comida! ¡Sólo putas o alcohol!

Frank se río, pero podría haber aplaudido con los dientes. Steve frunció el ceño. Es posible que esperase mucho más de mí, pero yo no era el jodido Banco de Yuma. Tenía que ahorrar para los malos tiempos, nunca se sabe cuánta falta hace el dinero como cuando no se tiene.

—Y ahora dejadme descansar —les dije—. Llevo todo el día jugando a las muñecas.




* * *

lunes 13 de abril de 2009

La recompensa



Pensé en escaparme de allí. Por supuesto que lo pensé, no soy gilipollas. Lo último que quería era acabar dando con mis huesos en Prison Hill después de haber llegado tan lejos, después de evitar con éxito a todos los McKenzie, Selznick y Jenkins que se habían ido cruzando en mi camino. Ahora que empezaba a ser una buena persona, una jodida hermanita de la caridad, ahora que estaba intentando expiar todos mis pecados con una puta inconsciente por traumatismo cráneo-encefálico, no podían cogerme esos cabrones.

Mi padre era experto en huir. Tenía la costumbre de salir corriendo de todas partes cada vez que las cosas se torcían. Huyó cuando yo nací, se fue a Denver a vender coches de segunda mano y regresó al cabo de un año, alcoholizado y sin un centavo. Lo hizo de nuevo, dos meses después, cuando mi madre se quedó embarazada por segunda vez y sólo volvió cuando ella perdió al bebé. Huyó cuando mataron a su hermano pequeño, Wayne, en la guerra de Corea. Huyó cuando quebró Cosméticos Aihara. Fue la última vez. Nos dejó solos a mi madre y a mí. Se murió, como un cobarde. Supongo que de él lo heredé.

Sondeé brevemente mis posibilidades, tan reducidas, de salir de allí sin ser visto. El coche estaba aparcado en el frente de la casa. Si quería irme, tendría que llevarme a Vanish conmigo, volver a escapar hacia quién sabe qué jodida parte del país, abandonar el hogar una vez más, pero esta vez con dos órdenes de búsqueda y captura, una por cada estado. Y luego estaba el puto viejo Seymour, desde luego. Si había hablado una vez, volvería a hacerlo. Lo tenía muy claro. A los chivatos hijos de puta como él les encanta cantar, aunque no sepan una mierda de nada. Es el jodido afán de protagonismo de los viejos prostáticos ociosos.

Volví a asomarme tímidamente por la ventana de la habitación. Todo seguía en silencio. Ni rastro de Frank y los policías. Las luces estroboscópicas de la sirena del coche giraban todavía, mudas y frenéticas, en el jardín de los Holcomb inundando de azul la urbanización entera. Los segundos caían lentos, pesados como elefantes de barro sobre la espalda. Me giré para preguntarle a Steve:

—¿Crees que dirá algo?

—¿Con franqueza, Bob? —comenzó a responder frotándose sus manos de muñeco— Creo que sí. Si le conozco un poco, va a cantar como un jilguero.

Me lo decía Stevie, el tipo que acababa de mearse bajo mi cama. El muy cabrón. Me arrodillé sobre la alfombra de color vino, levanté la colcha y el edredón y metí la cabeza en aquel hueco. Seguía allí, agazapado, temiendo igual que yo que los policías entrasen en nuestra habitación en cualquier momento, furiosos como asesinos, blandiendo sus pistolas contra nosotros, atentos para derribar cualquier blanco móvil, sin importar cuál fuese su tamaño. Aquello podía ser una carnicería peor que la de los Manson. Y Steve lo sabía tan bien como yo. A pesar de todo, me crecí. Me inundé de falsa esperanza para decirle:

—Sal de ahí debajo, anda. Seguro que mi madre conserva mi ropa de cuando era niño.

Steve accedió con dignidad razonable. Extendió hacia mí los dos brazos y tiré de ellos como quien coge a un gato. Lo arrastré hasta traerlo a mi altura, pero entonces ocurrió algo que nos cambiaría la vida a todos. Se le soltó un jodido zapato. Sí, eso pasó. Lo dejó atrás y tuve que volver por él. Introduje el brazo otra vez bajo la cama y tanteé con la mano, intentando evitar la zona mojada. No conseguí encontrarlo, pero el vendaje de mi herida se quedó enganchado en un tablón que sobresalía considerablemente.

—Hazme un favor, Stevie. Vuelve a meterte bajo la cama.

—¿Estás de broma? —el enano no entendía nada.

—Métete bajo la cama, joder. He encontrado algo.

Hizo lo que le ordené. Volvió a entrar igual que un buzo. Sus piernitas parecían ancas de rana.

—¿Puedes ver dónde está mi venda? —le pregunté.

—Sí, joder. Claro que la veo. ¿Me haces volver aquí por tu venda?

—No grites, mierda. Levanta ese tablón. Haz fuerza. Tengo una jodida corazonada.

Steve hizo fuerza, mucha fuerza. Tanta que parecía que se estaba cagando. Tardó unos minutos hasta que, finalmente, se oyó exactamente lo que esperaba: estallido de madera, blasfemias y carcajadas.

—¡La hostia puta! —gritó el enano— ¡La hostia puta! ¡Somos ricos, joder!

Y aunque su forma de emplear el mayestático me asustó inevitablemente, comprendí que, una vez más, tenía razón. La suerte es una zorra caprichosa y a los tipos como yo nos sonríe enseñándonos los dientes de oro.

—Cógelo todo y sal a la superficie, Julio Verne.

Volvió con una vieja caja de cromos repleta de billetes. Allí podía haber más de 30.000 dólares. Mi madre había escondido bajo la cama 30.000 dólares. Maldita chiflada. Con eso tendría para pagarme unas cuantas fianzas, pensé.

Eufórico, volví a pegar la nariz en el cristal. Los policías estaban ya en el porche. Uno de ellos se despedía de Frank, el otro no quitaba ojo de la casa del chivato Seymour. Se metieron en el coche, apagaron las luces de la sirena y arrancaron lentamente, intentando no joder más el jardín de los enanos.

Cuando se fueron, Frank miró hacia la ventana donde estábamos y nos guiñó un ojo.

miércoles 1 de abril de 2009

Un toque de alcanfor



Después le vendamos la cabeza hasta acabar el rollo de gasa. La herida parecía al principio mucho más aparatosa de lo que era en realidad.

—Me había asustado, ¿sabes? —dijo Steve— Creía que la habíamos matado.

—¿Habíamos? Pensaba que fui yo quien le estampó el frasco en la cabeza.

—Bueno, Bob… —tartamudeó— Entiéndeme… Ahora me siento tan implicado en esta historia como tú. ¿No deberíamos avisar a la policía?

—No es buena idea. Todavía no.

El enano se quedó pensativo. Pensó largo rato sin desviar en ningún momento su mirada de las tetas de la chica. Frunció la frente y la boca y se encogió de hombros. Me miró.

—Óyeme, Stevie —le dije—, ayúdame a recoger un poco todo esto mientras llevo a la chica a su habitación, ¿de acuerdo?

Le pareció bien. Se quedó en el cuarto de baño esparciendo por el suelo toallas y hojas de periódico, las pocas que se habían salvado de limpiar mi sucio culo de fugitivo, y comprobó, sorprendido, que la capacidad de absorción del Yuma Sun era bastante superior al de sus toallitas de miniatura.

—¿Sabes? ¡Creo que voy a empezar a secarme con esto a partir de ahora! —bromeó.

Mientras tanto, cogí a la chica por los sobacos y me la eché encima del hombro igual que un saco. Su olor era una mezcla intensa de jabón, óxido y sudor. Pero, por encima de todos los olores, prevalecía el del maldito quitamanchas. Apestaba. Toda ella era un gigantesco estropajo de carne. Era la jodida chica del anuncio de Vanish, pensé. Así que, en aquel mismo momento, en los cuarenta segundos que me llevó transportarla desde la bañera hasta la habitación de mi madre, decidí llamarla así: Vanish. No por la película de Hitchcock, sino por su aroma. Vanish.

La dejé caer sobre la cama. Una inmensa nube de polvo se levantó cuando recibió su peso. Tosí. Me acerqué a la ventana del cuarto y la abrí de par en par para que entrase la luz y saliese la mierda y me dirigí al vestidor de mi madre. Toda su ropa seguía allí, impregnada en alcanfor, como si fuese a regresar de la tumba en cualquier momento. La imaginé así, emergiendo de la tierra como un árbol viejo y putrefacto, y sentí ganas de vomitar. Me sacudí aquella imagen de la cabeza y elegí el primer vestido de la izquierda: amarillo, veraniego, lleno de islas, cocos y palmeras. Mi madre siempre tuvo un gusto sublime para la ropa.

Enfundé a Vanish en aquel disfraz de jubilada de Sun City igual que si fuese un plátano. Menos mal que no era supersticioso. Ahora, con su cabeza pareciendo la de la novia de Tutankhamon y su cuerpo bajo trapo, la escena se me hizo aún más grotesca. Me pregunté qué coño estaba haciendo, pero Steve me bajó de la burbuja inmediatamente.

—Ya está —interrumpió entusiasta—. El suelo seco y las toallas recogidas.

Sonreí. Me apoyé en la ventana bastante satisfecho. Fuera, los pájaros cantaban. Parecía que, al fin, todo se iba enderezando. Pero no fue así. Cuando más relajados estábamos, volvió a joderse. Empezó a oírse una sirena cada vez más cercana. Los alaridos de la jodida Vanish habían hecho saltar la alarma. Un coche de policía entró pisando salvajemente el césped del jardín de Frank y Steve. De su interior bajaron dos agentes armados. Me dio tiempo a cerrar la ventana y agacharme. El cabrón de Stevie se había escondido bajo la cama. Estaba allí, era una mota de polvo con ojos, temblando.

—No te muevas de ahí —le advertí—. Estamos jodidos si se enteran de esto.

Estudié la situación desde donde estaba. Frank les abrió la puerta y salió al jardín con las manos en alto. Los policías le hicieron apoyarlas sobre el capó del coche para registrarlo. Tuve que llevarme una mano a la boca para tapármela, como si de aquella estúpida forma pudiese evitar que el enano hablase también.

Frank Holcomb volvió a entrar en la casa, esta vez con ellos. Sólo quedaba rezar. Me quedé muy quieto, mirando en todas direcciones, buscaba un signo de vida, una pista para saber quién había sido el hijo de la gran puta que había llamado a la bofia.

Un destello me cegó, era el reflejo del sol moviéndose en la ventana del primer piso de la casa de enfrente. Alguien acababa de cerrarla. Le pregunté a Stevie, que se acababa de mear encima:

—¿Quién coño vive ahí enfrente, Steve?

—Un viejo sordo llamado Seymour… Mierda… Seymour McKenzie.

Estaba claro, me dije. Era víctima de una jodida maldición.

viernes 27 de marzo de 2009

Jigoku Karaoke



I missed the plane,
oh, what a shame,
before you came,

Lo peor es que todos estamos perfectamente sobrios. Ése es el problema.

I missed the plane,
I missed the plane,
before you came,

Te ponen un vaso de agua cuando llegas. Un vaso de agua para toda la noche, para acompañar este plato de aperitivos más salados que el Mar Muerto. Cierran puertas y ventanas. Encienden todas las estufas. Te sientan en sillas de jardín, blancas, de hierro forjado, y te plantan la carta de canciones. Pero todas las canciones son la misma. La maldita «I missed the plane» de los Heaven Sucks. Una tras otra. Siempre.

Oh, what a shame,
I missed the plane,
I missed the plane,

No hay opción. Estamos condenados a cantarla y a escucharla a todas horas, sin parar. Y no digo que un poco no nos lo merezcamos. Especialmente yo, después de lo que hice. Pero creo que empieza a proceder una ampliación del repertorio. Otro tema, es lo único que pedimos. Acabaremos volviéndonos locos, demonios. He visto a hombres de dos metros perder sus tímpanos, literalmente, por torturas mucho menos crueles. Yo mismo he estado a punto de arrancármelos en un arrebato de lucidez o desesperación, pero ellos lo impidieron. Ellos, otra vez.

Oh, what a shame,
before you came,
before you came,

La jodida canción de los Heaven Sucks, ahí es nada. No podían habernos castigado con «My Way» de Sinatra, que también se presta. O con cualquiera de los Platters, aunque fuesen negros. No. Tenían que ser los Heaven Sucks. Joder. La banda más imbécil de los ochenta. Aquí se creerán que nos gustan porque son surfistas de California, pero no. En realidad, los odiamos tanto como ellos. Incluso bastante más.

I missed the plane,
oh, what a shame,
before you came,

He tenido que cantarla tantas veces en las últimas semanas que hasta me permito la licencia de improvisar en tonos más agudos, a veces más graves, buscando nuevos matices, desconocidos, por inaudito que parezca a estas alturas, en las texturas invisibles del sonido. Aquí donde me veis, soy un explorador temerario. Un renovador a conciencia de la ingrata música de garaje de los 80. A mis años.

Before you came,
before you came,
before you came,

Es lo primero que nos explican al llegar. Que éste es el castigo para los que jodimos a los de su especie. Y, cada vez que hacen hincapié en el verbo joder, los cabrones me miran con especial rencor. Joder, que han pasado más de sesenta años desde aquello. Estos putos japoneses no conocen el significado de la palabra perdón.

Oh, what a shame,
oh, what a shame,
oh, what a shame,

Entonces te llaman. Dicen: Paul Tibbets, a cantar. O, directamente, te empujan al escenario mientras suenan los primeros golpes de batería —caja, caja, platillo, caja. Caja, platillo— que indican que, una vez más, empieza la jodida pesadilla. Luces de colores: rojo, amarillo, azul. Rojo, verde, blanco. Al compás de cada línea. Por ese orden.

I missed the plane,
I missed the plane,
I missed the plane,

Dicen tu nombre, sí. Y entonces sabes que estás jodido. Mientras cantas se te pasan muchas imágenes por la cabeza. Yo pienso en todo lo que dejé allá abajo. En la primera exhibición. En niños corriendo detrás de nubes de caramelos. En la gloriosa bandera de los Estados Unidos de América. Son cosas que me ayudan, sí. Procuro no pensar en Hiroshima, pero estos cabrones se encargan de recordármelo cada vez que salgo a cantar. Son los malditos vídeos que acompañan a los créditos de la canción.

I missed the plane,
oh, what a shame,
oh, what a shame,

Pero, os digo una cosa: Nagasaki e Hiroshima, una broma de niños en comparación con esto. Aquello fue darle a un botón. No hay botón que pueda detener esta tortura. Y si lo hay, desde luego, no está a nuestro alcance. Hablo con conocimiento de causa. Lo hemos intentado en más de una ocasión.

Before you came,
I missed the plane,
I missed the plane,

Tengo que irme. Me toca otra vez. Sólo espero que en el infierno americano, a esos cabrones amarillos, hamburguesas de tofu, que arrasaron con Pearl Harbor, los estén friendo a cantar «Enola Gay».




* * *

lunes 23 de marzo de 2009

Es muy fácil decir que no lo harías



A partir de entonces, las cosas sólo fueron de mal en peor. Los McKenzie comenzaron a aprovecharse de mí de todas las formas que un hombre es capaz de imaginar. Aquellos dos se habían propuesto joderme la vida, lo tenía claro. Y en medio de aquel embrollo estaba yo, sin comerlo ni beberlo, siendo tristemente vejado y amedrentado por un maldito viejo violento y una zorra extorsionadora. Qué puta suerte la mía.

Borracho o no, Clarice me obligaba a follarla cada noche. Santísima pelleja. Tenía el coño tan dado de sí que sentía que podría meter dentro mi cabeza y un brazo entero y aún sobraría espacio. Dormido era inmenso y peludo, como un kiwi gigante. Despierto era algo espeluznante, un cráter del tamaño de Omaha. Con una acústica privilegiada, eso sí. El eco de mis pelotas retumbaba en toda la habitación como un trueno cada vez que la embestía. Mientras me movía en su interior con lo que tenía, sólo esperaba que los huevos no se me quedasen allí dentro.

El padre, por su parte, también sabía cómo joderme. Cada vez que veía peligrar su posición de poder, el cabrón hacía valer la fuerza de sus puños. Protegía su cara detrás del izquierdo y sacaba a pasear el derecho muy cerca de mi nariz, haciendo silbar los nudillos a dos o tres milímetros de mi tabique nasal. No había manera de mantener una conversación normal con aquel animal sin sentir la amenaza constante de un puñetazo.

Hablaba poco, pero recuerdo bien el día que sugirió que yo necesitaba un coche. Dijo:

—Necesitas un coche, Bob.

—Aquí no hay distancias.

Soltó su puño contra mi barbilla. Comprendí que necesitaba un coche.

—¿Qué coche? —le pregunté, cortándome la hemorragia con un taco de servilletas.

—Yo tengo uno.

—Lo supuse.

Acabé comprándoselo. Era un viejo Toyota Corolla de catorce años, blanco, destartalado. El viejo ya no lo usaba, había empezado a quedarse ciego. Sin embargo, me costó medio año de sueldo. Pago al contado, billetes verdes recién salidos de la parrilla del Rancho de Roy. Su capacidad para negociar estaba fuera de toda duda.

—Cuídalo bien —me advirtió al darme las llaves.

—¿Mejor aún?

Su derecha se estrelló contra mi nariz. Me rompió el tabique, el viejo de mierda.

—¿Se puede saber qué coño he hecho ahora? —pregunté desde la acera.

—Odio el sarcasmo.

—¡No hablaba con sarcasmo, joder!

—Mejor.

Mientras su hija, la puta filantrópica del Dixie’s, me llevaba a urgencias, tuve una soberana epifanía. Lo vi todo claro, de pronto. Como esa luz blanca que inunda el rostro a los moribundos un instante antes de palmarla: era más que evidente que los tres habíamos entrado en una dinámica jodida, sí. En una de esas espirales malditas. La pescadilla que se muerde la cola, toda esa mierda. Yo sentía que podía volverme loco en cualquier momento. No soportaba a aquella desgraciada que conducía el Corolla hasta el hospital, no había nada en ella, absolutamente nada, ni una miserable partícula, que me hiciese desear no estar solo, pero aquello, desde luego, era algo que ni se me ocurría mencionar. Y, por otro lado, estaba hasta los mismísimos cojones de encontrarme un puño en la cara cada vez que abría la boca. Yo sólo había insultado a Clarice aquel día, joder. ¿De verdad era necesario tanto ensañamiento?

Daba esa impresión, sí. Tendría que ponerle remedio pronto.




* * *

jueves 19 de marzo de 2009

La revolución electrizante



«ELECTRA SE QUITA EL LUTO», SONIA FIDES
Ediciones Vitrubio, 2008


Reseñar un libro de poemas suele ser, casi siempre, un ejercicio estéril, tan absurdo y contingente como autopsiar a un hombre que respira. En el caso que nos ocupa, sin embargo, se hace completamente necesario. Necesario, como lo es descubrir a Sonia Fides (Madrid, 1969), probablemente una de las voces más aventajadas de su generación. Un torrente exagerado de poesía, una voz devastadora, capaz de fabricar emociones a ritmo de vértigo, una montaña rusa aniquiladora de convencionalismos.

Su segundo poemario publicado, «Electra se quita el luto» (Ediciones Vitrubio, 2008) supone la consolidación definitiva de su marca como poeta. Es la reafirmación rotunda de lo que en algún momento pretendió ser efervescencia. Sigue latente en sus versos toda esa vida, todo ese arrebato lírico y la promesa de constante crecimiento poético, pero se aprecia también una firmeza que sólo puede producir admiración y envidia.

Si la poesía fuese una ciencia exacta, —que tal vez lo sea—, podría decirse que Sonia Fides ha encontrado la ecuación perfecta. Leyéndola, es imposible no pensar en dos grandes voces del siglo pasado, Marina Tsvietáieva y Wisława Szymborska, de quienes ha heredado el pulso del lenguaje y un estilo marcadamente —deliberadamente— cotidiano y sofisticado al mismo tiempo.

También se dejan percibir en su poesía reminiscencias de las poetas norteamericanas contemporáneas, de las que ha bebido apasionadamente, y pinceladas de la intensidad serena y refinada de autoras como Sylvia Plath o Carmen Posadas, que es un referente constante en su obra, tanto en verso como en prosa.

Después de «Mirar y ser mirada» (X Premio de Poesía ‘Nicolás del Hierro’, 2006), otro poemario indispensable, «Electra se quita el luto» representa el despegue editorial de Sonia Fides como autora asentada y solvente. El comienzo de un largo viaje, vibrante y estremecedor, hacia el centro mismo de la poesía. La manifestación de una madurez sorprendente, aunque esperada, y el inicio de una pequeña gran revuelta que dará que hablar: la revolución electrizante, un acontecimiento que no se puede ignorar, porque ignorar a Sonia Fides es faltar al respeto a la poesía.



A veces la rutina escribe de manera discreta

A veces la rutina escribe de manera discreta
un punto y aparte
en este negocio casi en quiebra que es la vida.

Y aunque trate de no alinearme del lado del cinismo.
acabo ofreciéndome como un trago seco
en todas esas fiestas que nunca serán desconvocadas,
a pesar de que los listados de personas
que por distintas razones no respiran,
siguen alargándose como la sombra de un árbol
al que no persiguió nunca la mala intención de una tormenta.

Hubiese preferido ser cualquier vino espumoso del mercado,
algo suave, alguien que se sienta a esperar
como si sentarse a esperar llevase implícito
cualquier tipo de llegada
ahora que la paciencia ya no resulta
una provechosa atenuante para los débiles

Sin embargo,
desde que el Concorde se rindió a los caprichos de Isaac Newton,
la esperanza prefiere no viajar en avión
lo que convierte a esta ciudad en una fosa común
sin necesidad de que haya sido proclamada ninguna guerra.

Y es cuando llega el turno de los creyentes,
la temporada alta para cualquier tipo de plegaria
y la necesidad de que las matemáticas vuelvan a ser dóciles,
porque si lo que quieres es quitarle la razón
a los que se empeñan en que escribas dedicatorias
aprovechándote del llanto que provoca
su manera de arremangarse en los despachos
tendrás que ocultarles que la razón es una experta en transfuguismo
siempre avalada por un soberbio bufete de abogados.



* * *

miércoles 18 de marzo de 2009

Buen intento, Bandini



«LOS ABANDONADOS», LUIS MEY
Factotum Ediciones, 2008


Mientras acabo de leer su libro, me digo en voz alta que Luis Mey (Buenos Aires, 1979) es un buen escritor. Un escritor notable que debe ser tenido en cuenta. Su primera novela, «Los abandonados», que edita Factotum, da sobradas muestras de ello. Es divertida hasta la extenuación, es ágil, ligera y está bien construida. Los diálogos son puros y frescos y la trama, aunque algo trillada, mantiene al lector vivo hasta la última página. Es, en definitiva, una muy afortunada ópera prima. Y Mey, que se mueve con soltura encomiable, una promesa de gran escritor rompiendo el cascarón a cañonazos.

En esta primera entrega de las aventuras de Maxi, un heredero natural —queremos pensar— de los clásicos antihéroes de la vieja escuela californiana, en la línea de un joven Hank Chinaski o del mismísimo Arturo Bandini, están presentes todos los clichés recurrentes del género. Hay buenas dosis de malditismo, de inadaptación social, de fracaso, de sordidez existencial, de tragedia conocida, de violencia gratuita, de sexo explícito, de filosofía underground, de pesimismo recurrente y de humor negro, ácido y corrosivo. Una crueldad amarilla y estrepitosa que es, con mucho, el aderezo más revalorizador de la prosa de Mey: un guiño cómico que nos transporta a otras lecturas.

No obstante, si de algo adolece la novela es, precisamente, del abuso constante de ese estilo tan familiar para tantos. El fantasma de Fante planea sobre ella como una de esas diminutas y molestas avionetas de aeromodelismo, con el mismo vuelo rasante y ensordecedor. Uno lee a Luis Mey y tiene la sensación permanente de estar leyendo una traducción argentina del norteamericano, con el consiguiente peligro de verse convertido —injustamente— en mal sucedáneo en versión porteña.

Y esto es una lástima, por supuesto, porque se adivina, tras ese ejercicio —quizás inconsciente— de mimesis del autor, una base sólida, una formación literaria extensa y muy interesante y un intento bienintencionado de continuar por la buena senda de otros transgresores recientes, como Palahniuk o Houellebecq, esfuerzo que el buen lector sabe agradecer y decide recompensar obviando los naturales altibajos.

Personalmente, pienso que sería aún más de agradecer que Luis Mey se esforzase ahora por encontrar su propia voz. Sin ampararse en los buenos y viejos totems de la Literatura. —que siempre estarán presentes, los invoquemos o no—, para acabar convirtiéndose, con el tiempo, en uno de ellos. Porque, por fortuna para él y también para nosotros, todos los indicios hacen presagiarle un futuro prometedor y brillante.




* * *

domingo 15 de marzo de 2009

El día que conocí a «Toro» McKenzie



Sólo recuerdo haber deseado estar muerto cuatro veces en mi vida. Ésta es una de ellas.

Entonces estaba viviendo en Helendale, unas cuantas millas al sur de Barstow, muy cerca de Silver Lake. Pocas personas han oído hablar del lugar. Mejor para ellas. Sólo diré que si Barstow es el culo del mundo, Helendale son sus pelos. Un pozo mugriento. Uno de esos pueblos cabrones y miserables de los que uno sólo desea salir huyendo nada más llegar porque intuye, ya desde el primer momento, que nada bueno le puede suceder allí.

No hice caso a ese pálpito. Me quedé a vivir en Helendale un año entero. Con dos cojones.

Había encontrado un empleo en la cocina del Rancho Doble de Roy Rogers y no me iba mal dando de comer a aquellos gordos. Me defendía. Y eso que nunca he sido amante de los trabajos grasientos. Pero Roy no me trataba mal, me dejaba hacer y eso me gustaba. Pude haber sido feliz entre aquellos obesos mórbidos. Pero la cosa se torció.

Por decirlo de alguna forma, atravesaba una fase algo díscola. Cualquier mierda de búsqueda personal, qué sé yo. Necesitaba beber para encontrarme a mí mismo. Así que cada noche bajaba al Dixie’s, el único bar de copas del pueblo, en el cruce de Hudson con la Séptima, con el único fin de curtirme las tripas a golpes de whisky. No sé cómo lo harán los demás, pero yo soy de los que necesitan estar borracho para encontrarse.

Allí conocí a Clarice. La jodida Clarice McKenzie. El único ser viviente capaz de molestar a un tipo en pleno proceso de auto-búsqueda y reconciliación histórica y sentimental con la lejana Escocia a través de sus licores. Una auténtica mosca cojonera. La primera vez se sentó a mi lado en la barra para preguntarme:

—Oye, ¿qué tal si me invitas a un trago de esos que te estás tomando?

—Largo de aquí, mala zorra… —le indiqué con serenidad considerable, adornándolo al final con un portentoso eructo— Aprende a respetar la intimidad de los borrachos.

Aquel día fui con ella todo lo insolente que se puede ser con una mujer. No le importó. Estaba demasiado preocupada por cazar un rabo. No volvimos a hablar, pero cuatro noches después volvió hasta donde yo estaba para confesarse:

—Mira, me da igual lo gilipollas que te pongas. Me gustas.

—Para ser una vieja puta, no tienes mal gusto… —empezaba a enfadarme, lo único que pedía era beber tranquilo—. Pero no pienso pagar ni un centavo por echarte un polvo, así que vuélvete al puto agujero del que has salido y déjame en paz, mierda.

Seguro que no era la primera vez que oía algo parecido, pero se ve que aquella noche le cayó mal.

Fue la primera vez que vi a una puta llorar, lo reconozco. Hasta yo mismo me sentí un poco hijo de puta. Todo muy familiar. Tal vez por eso sentí aquel escozor en los ojos cuando la vi alejarse, indignada, y sentarse rota en mil pedazos en la mesa del viejo del fondo. Un viejo enorme de pelo blanco, de unos setenta y cinco años, que siempre estaba allí, observándolo todo, como un objeto de decoración. Un viejo al que, hasta aquella noche, jamás había visto de pie.

Se levantó aparatosamente y caminó hacia mí. Le miré a los ojos. Era Jack McKenzie. «Toro» McKenzie. El maldito boxeador retirado Jack McKenzie. Creí reconocerle en cuanto vi aquella cicatriz profunda, de unos siete centímetros de largo, surcando como una zanja su mejilla izquierda. Confirmé pronto aquellas sospechas, en cuanto me calzó la primera hostia. Un derechazo fatal en toda la cara.

Desde el suelo, el hijo de puta parecía aún más grande. Unas tres o cuatro veces más grande, por lo menos. Lo recuerdo porque alcancé a abrir un ojo, el que quedaba sano, antes de que me lo volviese a cerrar con un segundo golpe todavía más fuerte que el anterior. Me pareció un adorno innecesario. Si no en aquel momento, sí más tarde, cuando recuperé la consciencia.

No pude volver a entrar en el Dixie’s hasta que empecé a salir con su hija, la adorable Clarice McKenzie. Ciertamente, los caminos del amor son misteriosos.

jueves 5 de marzo de 2009

Primeros auxilios



¿Qué coño podía hacer? No importaba demasiado, me contesté. Hiciese lo que hiciese, estaba jodido. El error había sido hacerse cargo de semejante problema. Meter en casa a aquella maldita mujer. No tenía por qué haberlo hecho, pero la había rescatado del mundo como quien recoge a una mascota. ¿Quién coño era yo para salvar a nadie? Lo sabía. Sabía que era una estupidez por mi parte, un comportamiento inapropiado e intolerable. Pero, aunque acabase de partirle una botella en la cabeza, me sentía, inevitablemente, su protector. Empezaba a actuar como un verdadero gilipollas.

Frank se acabó su paja desde lo alto del retrete, ajeno a la gravedad de la situación. A saber si alguna vez había visto un coño tan de cerca. Supongo que ninguno, después del de su madre. Si el sexo está vetado para los gordos, aún lo está más para los enanos. Steve me observaba fijamente, quieto y en silencio, con los ojos muy abiertos, igual que un perro reclama la hora del paseo, aguardando una respuesta clarificadora que se hizo esperar.

—No lo sé, Steve —repetí, meneando la cabeza, mirando al suelo encharcado y después al infinito.

Cuando Frank saltó para acercarse a la bañera, me senté en la taza a pensar. Siempre he pensado mejor cuando aprieto las nalgas sobre la tapa de un váter. Intenté sopesar durante unos minutos las posibles consecuencias de cada decisión: podía abandonarla a su suerte, otra vez, en cualquier descampado a las afueras. Al fin y al cabo, su suerte parecía estar bastante más jodida que la mía cuando me la encontré casi inconsciente en mitad del desierto. Podía ser un poco más legal, claro, podía soltarla así delante de cualquier hospital de la ciudad. Aunque era más arriesgado, desde luego. Y podía quedármela, por qué no. Y complicarme la vida mucho más.

—Nos la quedamos —les dije a los hermanos.

—¿Cómo? —preguntó Steve— ¿De qué hablas?

—Te digo que nos quedamos a la chica. ¿Tenéis alcohol o vendas en casa?

—Sí, claro. Algo de eso tendrá que haber. Voy a buscarlo.

Steve salió corriendo de la casa. Pude escuchar sus diminutos pasos cruzando el jardín desde la ventana del cuarto de baño. Vigilé a Frank, que se había encaramado para tocar a la chica. Sus pequeños pies de gnomo bailaban en el aire. Me dolía la mano, pero preferí ignorarla para no encabronarme.

—¿Quieres tocarla? —le pregunté.

—¿Puedo? —le brillaron las letras en los ojos.

—Creo que no le importará mucho ahora —asentí.

Lo cogí en brazos y lo sostuve en peso a pocos centímetros de la chica. Llevó sus pequeñas manos hacia sus tetas maravillosamente redondas y firmes. Las tocó, las apretó, le pellizcó un pezón. Aquello era amor, no había duda. Estaba empezando a emocionarme el jodido enano con tanta ternura. No le dio tiempo a mucho más, de todos modos.

—¡Ay, joder! —protestó.

—¿Qué te pasa?

—¡Que me he vuelto a correr!

Me reí con él. Estaba bien. Al menos, alguien sacaba algo positivo de aquella mierda. Volví a dejarlo en el suelo y se cruzó con Steve en la puerta, cuando éste regresaba con su mini botiquín de emergencia.

—¡Tengo gasas, esparadrapo y agua oxigenada!

—Cojonudo —le dije—. Cojonudo, Stevie.

Curamos primero las heridas de la chica y después las de mi mano. Al acabar, Steve y yo le tocamos las tetas. Fue divertido. Como viajar gratis en la montaña rusa.




* * *

domingo 1 de marzo de 2009

Bondad divina



Dios le puso al hombre
un corazón para rompérselo,
un par de manos que llevarse a la cabeza,
dos ojos con que verse envejecer en el espejo
y un par de piernas que cediesen con el tiempo.

Creó el amor para excusar la traición y la mentira.
Se inventó la justicia, fue una broma innecesaria.
Le prometió una familia, y un coche y una casa;
no le advirtió de los distintos ministerios
y se marchó por donde había llegado.




* * *

domingo 15 de febrero de 2009

Two Funny Valentines



Disparamos con la pólvora del rey,
trama Sally, que es proclive al palimpsesto,
por eso imprime sus poemarios sin cesar,
doscientas veces o más, para concursos,
en papel timbrado con marca de agua.

Hay un punto de cansancio en el amor,
piensa Nico, que encuaderna originales
maquinalmente, secándose el sudor con
el dorso velludo de su mano de alemán,
agradecido al trabajo por ser liberador.

Los gatos llegan con su lengua a cualquier
parte; no importa lo viejos que sean o lo
cansados que estén. Sally piensa en escribir
otro poema. Como ellos, es tan irreductible.
Nico sólo imagina cómo sería si fuese gato.




* * *

domingo 1 de febrero de 2009

Baile estático



Como si esto no fuera suficiente,
el hombre sordo, despojado ahora
de su único audífono, se sintió
inevitablemente inundado de silencio,
había perdido la música y las voces,
pero había encontrado algo mejor.
Reconoció el sonido de la muerte
y se sentó, despacio, a disfrutarlo.




* * *

jueves 15 de enero de 2009

Brookdale Park, 1964



Ya lo sé, sí,
pero, entonces,
había tanta niebla
que era hasta difícil
encontrarse la nariz
sin ayuda de las manos.

Y, sin embargo, ellos,
una pareja de osados
amantes irresponsables,
desafiando a la niebla,
ya ves, junto a los árboles.

Ella, no sé, no tendría
más de catorce, pero
tenía una voz de un
hombre de cuarenta,
grave y algo arrogante.

Era ella quien hablaba.
Le decía a él: Tú tienes
dos y yo tengo uno. Tú
tienes dos y todo el mundo
tiene derecho a saberlo.

Aminoré la marcha, pero
sus reproches acababan
allí, en aquel punto.

Y aún sin saber bien de qué hablaba,
le di la razón a aquella chica.
Porque yo intenté algo parecido
alguna vez, protestar
por lo que creía justo,
supongo.




* * *

jueves 1 de enero de 2009

Cuadrilátero



A E., por conservar
una copia de la llave

Ella, desatada, me habla sin pudor
del furor y del castigo de la falta de sexo
y yo, mientras tanto, pensando en mi infierno
y en sus ángeles guardianes custodiando
sus cuatro esquinas, mi jaula y sus accesos.

Le digo, sin venir a cuento: Escucha, preciosa,
sabes que un día de otoño lo tiene cualquiera.
Y ella me dice: No olvides poner sal y aceite en
la lista de la compra. Y yo destapo el bolígrafo
y escribo lo que ordena, con letra de médico.

Nunca vas a escribirme un poema de amor,
ella reclama. Y puede que tenga algo de razón.
Le digo que el amor no es algo que quepa dentro
de una lata. Ella se para y me escruta. Las cajas de
recuerdos no son más que proyectos de ataúdes.

Y en eso convenimos. Y también en el paté y las
hierbas provenzales. Y en que la falta de carne nos
hace sentir más solos, más condenados y absurdos
en este cuadrilátero invisible, que suele resurgir
cada invierno, con el olor de la pascua y el azufre.




* * *

lunes 15 de diciembre de 2008

Chelsea Hotel no. 3



Janis frunció el ceño
cuando vio mi cicatriz.

¿Qué ocurre?, pregunté;
¿Es que ya no te gustan
los hombres con heridas?

No me gustan las historias
que se repiten, dijo ella.

Y apoyó su espalda
en la ventana y miró
hacia otra parte.


* * *

lunes 1 de diciembre de 2008

Cabalgar la mañana entre bostezos



A los que esperaban.

Ocho y diez o puede que ocho y cuarto.
Y diciembre, que es rígido y cruel y perseverante,
ha vuelto a dejarse caer por la ciudad
y se entretiene haciéndose notar
—tal vez porque no es grande,
su presencia es más notoria—
en cada partícula de existencia.

La lluvia nos azota en diagonal
y aún es de noche, y el ruido acostumbrado
ha comenzado a instalarse ya por las aceras:
los pasos, las persianas, los motores de los coches,
las válvulas que rugen, las voces de los niños,
el abrir y cerrar de cremalleras, las miradas
nos inundan y nosotros no podemos
hacer más que contenernos.

Rostros proletarios, somnolientos,
cabalgan la mañana entre bostezos,
—algunos son blancos, pero los he
visto también azules y amoratados—,
encendiendo sus luces y sus cuencas
tras las lunas empañadas por el frío,
saliendo de los parkings, esperando
su turno para incorporarse al tráfico.

Algunos parecen impacientes por llegar,
otros caminan ateridos con la cabeza baja,
plegando el cuello, fumando e ignorando
invariablemente la sombra breve que,
tímida y fugaz, proyectan sin querer
sobre los escaparates.



* * *

miércoles 1 de octubre de 2008

El fiasco más grande de todos los tiempos



Vamos a situarnos…

Pongamos que sabes cantar. Bien. Que tocas también algún instrumento. Mejor aún. Sin saber cómo llega a ocurrir, tu maqueta, que ha ido rebotando de discográfica en discográfica, cae un día en manos de un iluminado llamado Jerry Brandt. ¿Bien?

Vale. Hasta ahí es sencillo.

Ahora imagínate, algunos días después, apareciendo en una colosal valla publicitaria de casi quince metros de altura, haciendo sombra desde lo alto de Times Square; tu cara en las portadas de las mejores revistas musicales del momento; tu anuncio en todas las revistas, en los periódicos. Imagina a un empresario sin escrúpulos, cegado por la ambición, vendiendo tu estampa como si fueses a desbancar al mismísimo Bowie de la cumbre del Glam, como si tu carisma pudiese eclipsar al mismísimo Elvis, como si resultase que los Beatles sólo hubiesen sido unos tipos con suerte en comparación con tu talento. Imagina que una de las casas de discos más importantes del momento se cree esa patraña y decide firmar el contrato más caro de la historia. Y tú acabas creyéndotelo también, claro, y decides que es verdad.

Ésta es la historia del delirio más grande de la historia del rock and roll, un fracaso de proporciones bíblicas llamado Jobriath. Algo, más o menos, parecido a lo que sigue:

Ni siquiera los biógrafos han sido capaces de ponerse de acuerdo a la hora de señalar la fecha de su nacimiento. Mientras unos aseguran que Bruce Wayne Campbell —sí, así se llamaba: Bruce Wayne Campbell— vino al mundo en 1945, otros sostienen que lo hizo al año siguiente. En cualquier caso, no fue hasta 1967 cuando empezó a hacer algo de ruido. Coincidió con su ocurrencia de renombrarse Jobriath Salisbury, mientras interpretaba a Woof en el musical «Hair», a caballo entre Los Angeles y Nueva York. Su experiencia como actor precedió a su participación en Pidgeon, un grupo oscuro que navegaba de manera confusa entre el folk-rock y el hippismo, hasta que naufragó. Esta deriva le mantuvo entretenido hasta 1972.

Movámonos ahora en el tiempo y en el espacio. Un año más tarde, en Nueva York, aparece en escena Jerry Brandt, el gran visionario Jerry Brandt, el promotor que descubrió a Carly Simon, el empresario que se deshizo del Electric Circus. Un carroñero de la escena artística, un manipulador a escala industrial ávido de nuevos horizontes que se dedicaba a bucear entre las cintas que rechazaban las grandes casas en busca de la quintaesencia incomprendida.

Fue así como descubrió a aquel Jobriath, por azar, en el despacho de Clive Davis, presidente de la Columbia Records, mientras el ejecutivo escuchaba los últimos cortes de una grabación que procedía de Los Angeles. Lo que Davis encontró “loco y desestructurado” y tachó de “atentado melódico”, a Brandt le pareció música celestial. Lo cautivó hasta tal punto que atravesó el país de costa a costa en busca de su particular octava maravilla.

Se la encontró flotando en vómito. Literalmente.

Aunque la versión que pomposamente regalaba en todas las entrevistas que concedía en 1973 hablaba de hadas en habitaciones blancas y de amor a primera vista, lo único cierto es que Jobriath había tocado fondo cuando Brandt se cruzó en su camino. Se prostituía por cerveza y, básicamente, a eso se limitaba su atormentada existencia.

Brandt le explicó lo que pensaba hacer con él. Posiblemente aquello le sorprendió tan borracho que la idea no le pareció descabellada, o tal vez no, tal vez simplemente se dejó llevar, porque cualquier cosa sería mejor que lo que tenía. O que lo que no tenía.

De este modo comienza su delirante aventura neoyorquina. Con una visita a Elektra, acompañado de Brandt, donde el productor lo anuncia como una especie de nuevo Mesías del rock, un tipo en la línea de Bowie, pero con mucho más estilo; con el desparpajo de Elvis, pero mucho más refrescante; con el talento compositivo de los Beatles, pero con un mensaje trasgresor: era Jobriath, el artista definitivo. (Nada de esto era cierto, obviamente, a excepción del alarmante parecido con Bowie, que fue interpretado por muchos como “un vulgar plagio” o “el fin de la era del fag-rock”).

En realidad, Jobriath sólo aventajaba a Bowie en amaneramiento. No era mediocre, pero tampoco iba a cambiar el mundo con sus canciones. No nos engañemos, la sociedad americana de principios de los setenta no veía con buenos ojos que fuese predicando su homosexualidad a voz en cuello. “Soy un hada real”, decía a menudo para presentarse. Sorprendentemente, Elektra dejó a un lado sus prejuicios y decidió apostar por el artista. De manera brutal, se invirtieron más de 500.000 dólares de la época en su promoción.

Esto supuso aparecer en Penthouse, en la Rolling Stone, en Vogue y hasta en el New York Times. Todos los artículos reproducían la famosa escena de Jobriath desnudo y sin piernas, arrastrándose melancólicamente por un suelo púrpura: era la viva imagen del Glam. El problema es que ese suelo púrpura ya lo habían pisado demasiadas reinas. No sólo Bowie, también Lou Reed, Iggy Pop, Marc Bolan, Slade, Freddie Mercury y hasta Gary Glitter hacían del escenario de la lentejuela y la purpurina un espacio irrespirable para alguien tan desconocido, y al tiempo tan igual, como Jobriath.

Aún así, Elektra, que se sentía en deuda con Brandt por haberles descubierto a Carly Simon, siguió adelante con su calculado plan de destronar a la reina del Glam. Movió pieza prometiendo un extravagante debut en directo del artista, que ahora había cambiado su apellido por Boone, en la Casa de la Ópera de París. El proyecto, en el que se invirtieron otros 200.000 dólares, consistía en una gira de presentación por las cunas de la Ópera de Europa, incluyendo citas en escenarios tan emblemáticos como La Scala de Milán o Covent Garden. Jobriath anunció, para hacer boca, que aparecería “disfrazado de King Kong, encaramado en lo alto de una representación del Empire State que se convertirá en un pene gigante, y yo me habré transformado en Marlene Dietrich”. Todo se quedó en nada, porque la gira nunca tuvo lugar.

Entretanto, su segundo disco, “Creatures of the night”, se editó al año siguiente. Sin la repercusión mediática del primer álbum, es obvio, porque Elektra había ido perdiendo la fe en aquella estrella fugaz de aspecto extraterrestre. Ya no hubo reseñas ni paneles.

Su debut en directo no tendría lugar hasta ese año, y no fue, desde luego, el que cabría esperar después de la millonaria campaña promocional: en el Bottom Line de Nueva York, dos noches seguidas, ante una audiencia de 400 personas. Un periodista de la época observó con ironía que “aquello recordaba más a un decadente Tab Hunter tocando en un night-club de Beverly Hills que a un fenómeno del rock and roll”.

En efecto, fue un rotundo fracaso desde el mismo instante en que posó sus pies sobre el escenario. Jobriath no se había rehabilitado, seguía fiel a sus adicciones, y sus denodados intentos por ocupar el trono de la reina de los gays dieron con sus huesos fuera de Elektra, que prefirió verle hundirse antes que seguir promoviendo “aquella escandalosa apología de la homosexualidad”. Se ganó el rechazo casi unánime de una sociedad, la americana, que todavía no estaba preparada para tanta sinceridad. Y, como era de esperar, también el desprecio de Brandt, quien años más tarde describiría a su protegido como “un gilipollas alcohólico”.

A pesar de todo, Jobriath and The Creatures, abandonados ya por su manager y su casa de discos, repudiados por la prensa y el público en general, decidieron emprender por su cuenta y riesgo la que habría de ser su primera y última gira por los Estados Unidos.

Fue aún más desastroso de lo que se podría prever. Jobriath, que había entrado en una vertiginosa espiral de alcoholismo y drogadicción, se arrastraba lamentablemente por los contados escenarios donde eran contratados. En el Nassau Colisseum de Nueva York llegaron a ser agredidos “por maricones”. Hayden Wayne, uno de los miembros del grupo que lo acompañaba, reconocería más tarde que no había sido un acierto por parte de Brandt “venderlo como la auténtica hada del rock and roll” en aquella época.

Condenado en parte por el contrato que había firmado con Elektra, que le impedía volver a editar un disco en diez años, Jobriath anunció su retirada del mundo de la música en 1975. Se refugió en su apartamento en la cima piramidal del Hotel Chelsea, y allí se prostituyó y se pudrió lentamente y contrajo el SIDA que acabaría con su vida ocho años más tarde, en 1983. Paradójicamente, cuando expiraba la cláusula de su contrato.

Antes de morir, en un último gesto de dignidad artística, Jobriath Boone se transformó en Cole Berlin, una especie de vodevil ambulante que interpretaba temas lounge como «Sunday Brunch» al piano de clubes de alterne y bares de mala muerte. Una parodia de sí mismo en la que, muy probablemente, también llegó a creer.




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