domingo 24 de mayo de 2009

Leves y etéreos



Vaciamos de colillas los ceniceros,
uno por uno, los despojamos de muerte.
Le digo: creo que estamos fumando demasiado
últimamente.

Tienes razón, me responde
llevándose a la boca otro cigarro.
Estamos fumando demasiado
últimamente.

No hará ni un mes que nuestra madrina
nos dejó para siempre, se convirtió en
polvo gris, igual que el rastro que da
sentido a nuestros ceniceros.

Creímos que su sobrina era buena,
pero corrió a vaciar su casa, vino desde
muy lejos para llevarse su abrigo de visón.

Echó los objetos de valor en una bolsa
y se despidió de su viudo para siempre.
Hizo con sus recuerdos lo que nosotros
hacemos con las colillas.

¿Sabes? —le digo—. Un hombre me ha dicho
hoy en la librería que mis argumentos
poéticos eran leves y etéreos.

Tiene razón, me dice
echándome el humo a la cara.
Tus argumentos lo son.




* * *

viernes 1 de mayo de 2009

El día de la madre



Por la mañana me despertó un hambre atroz. Y los pájaros, sí, los putos pájaros también, cantando su cancioncita de amor en la ventana. El sol nos calienta a todos las pelotas, de acuerdo, pero a los pájaros les reblandece el cerebro. Se ponen a cantar en cuanto sale como si el mundo hubiese sido alguna vez un lugar bonito. Ignoran que existen hombres rudos y resolutivos, hombres como yo, que saben dónde comprar una escopeta. Los de mi ventana, pensé, no conocían aún el encanto de los Ochmoniak.


Les perdoné la vida, en cualquier caso, porque podía sentir las paredes del intestino delgado apremiando, pegándose igual que sellos las unas a las otras, gruñendo y rugiendo como leones recién enjaulados, las muy hijas de puta. Tenía que hacer algo con aquello, me dije. Así que, sintiéndolo mucho, comprobé que Vanish seguía sumida en su sueño eterno y la dejé allí, a su suerte, lidiando con Morfeo y las islas y los cocos, manchándome la funda de la almohada con su sangre parda, tranquilamente.

Cerré la habitación con llave y bajé al primer piso. No creía en los milagros, pero esperaba un guiño imprevisto, una equivocación de parte de la suerte, que me permitiese llevarme a la barriga algo de lo que había. Abrí una vez más cada armario, uno por uno, hasta llegar al de las latas de crema de champiñón Campbell’s. Habría por lo menos cincuenta latas apiladas. La más reciente, que era también la más cercana, llevaba la friolera de siete años caducada. Habían resistido intactas en vida de mamá, pero acabaron muriéndose con ella. Eran, de algún modo, supervivientes de despensa y también mi único vínculo con mi madre desde 1960, pero me moría de hambre.

Mientras buscaba algo con que abrirlas, casi la pude ver allí, frente a aquel mismo armario, escupiendo sangre sobre las baldosas. Yo no tendría ni dieciséis años. Papá acababa de romperle la nariz después de una de sus peleas. Algunas cosas son difíciles de recordar. Otras, no. Otras viven con nosotros hasta el último día en el infierno, igual que una lata de crema de champiñones. Podía recordar algunas de ellas, sí. Recordé a mi padre con total nitidez, gritándome en el jardín trasero de la casa:

—¡Maldito inútil! ¡Un hombre que no sabe pegar con las dos manos no es un hombre!

Aquel tipo de cosas me enfurecían. Bueno, ¿y a quién no? Sólo era un crío, vivía intentando agradar a mi padre. Sabía que yo representaba todo lo que él nunca había querido y me esforzaba por parecer todo lo que no era. Éramos jodidamente distintos, maldita sea. Pertenecíamos los dos a la casta de los perdedores, era más que evidente, pero, dentro de aquella maldición que nos unía, ocupábamos peldaños muy distantes. Y aquello era lo que nos hacía odiarnos, si cabe, con más fuerza.

—¿Se puede saber para qué coño tienes la izquierda, imbécil? ¡Aprende a pegar como los hombres!

Encontré a mi madre tendida en el suelo de la cocina. Después de molerla a golpes, mi padre siempre se iba al garaje. Tenía la costumbre de arreglar cosas. Era gracioso: las personas más habilidosas con las manos solían ser también las más hijas de puta. Allí lo encontré, en su mesa de trabajo, intentando arreglar un transistor con sus asquerosas manazas de cabrón.

No dije una palabra. Fui hacia él con todas mis fuerzas, agarré su cuello con los cinco dedos de mi mano derecha, apreté los dientes y, con todo el odio del mundo, comencé a atizarle con mi puño izquierdo hasta derribarlo. Recuerdo sus ojos desorbitados mirando los míos, inyectados en sangre, su nuca golpeando contra el suelo, el transistor emitiendo un zumbido similar al que se oía en el interior de mi cabeza cada vez que mi padre pasaba por encima de mi madre como un ciclón. Sí, recuerdo todas esas cosas.

Le golpeé y le golpeé hasta romperle la nariz. Era lo menos que podía hacer por mi madre. La cara le sangraba. Mi puño seguía encontrándola sin cesar. Supongo que me ensañé, no lo sé, ahora lo recuerdo así tal vez porque ya esté muerto, pero no me arrepiento ni de una sola de las hostias que le di aquel día. Me hicieron un hombre.

Luego huí. Mi padre contó a todos que me había echado de casa, pero no fue así. Me fui de allí porque sabía que mi madre no me perdonaría lo que había hecho. Ella era así de imbécil también. Y, de cualquier forma, prefería ser yo quien se fuese. A aquella edad era ya un pequeño hijo de puta orgulloso.



* * *

miércoles 29 de abril de 2009

Música para atravesar los túneles



Adheridos a la vida subterránea
involuntariamente, conducimos
con una sola mano en el volante,
los ojos en los espejos, a ritmo
de procesión, por las tripas del
centro de esas ciudades viejas.

Nos dejamos deslumbrar por la
música ambiental, que es aguda
y ambarina como luces de ambulancia,
y, aunque somos hacendados del silencio,
la canción de los motores nos obliga a
traicionar también estos principios.

No estamos dentro, le digo a Esther,
sino debajo. Y ella ríe y menea la cabeza.
Mira sus caras de satisfacción: se creen
importantes por tener un coche caro,
pero aquí todos vivimos sometidos
por el límite que marcan los radares.

Entramos huyendo de la noche y de la lluvia
en esta digestión de tres kilómetros y medio
triste y larga como la vida de los dictadores.
Recorremos las cañerías del mundo buscando
ese pedazo de luz que prometían las señales,
ignorando, ingenuos, profecías y diatribas.

En la calle, la tierra se amontona en las aceras
al borde de las zanjas, como montañas de azúcar.
Las putas salen, menean sus muslos ante la cáfila,
como siempre, en cuanto el sol nos abandona.
Tenemos nuestras reservas y la única respuesta
que brinda al hombre el oráculo de las entrañas:

Ahí fuera espera una muerte para cada uno.




* * *

lunes 27 de abril de 2009

La llave de todas las puertas



Con cada golpe que su culo daba en los peldaños emitía un sonidito esperanzador, un gemido sordo y breve, que me sirvió para recordar que aquellos casi cincuenta kilos de carne y vendas que porteaba de arriba abajo una y otra vez pertenecían a un ser vivo. Me sentí mejor cuando alcancé, por fin, la moqueta del rellano de la planta de arriba. No tenía la espalda para muchas fiestas, a decir verdad.

Llegué al cuarto y la dejé sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y la cabeza descansando en el colchón. El vendaje de emergencia había comenzado a desprendérsele y su cara, un moratón con ojos, asomaba por debajo del blanco de la gasa. Había sangre negra en su barbilla y en su nariz. La poca luz que llegaba hasta aquel punto era más que suficiente para entrever la carnicería provocada por la hostia que Vanish, la momia aventurera, había regalado a las escaleras.

—¿Qué coño voy a hacer contigo? —le pregunté.

No se inmutó. Estaba claro que su destino era permanecer en silencio y sin sentido durante el resto de sus días. Volví a mirarla, sentado en cuclillas sobre ella; no había ninguna recompensa en todo aquello. Comprendí que cuanto más intentaba hacer por ella, más acababa jodiéndolo. Habría sido el momento para abandonarla en la puerta de cualquier centro de emergencias, pero no lo hice. No lo hice, no.

En lugar de eso, me levanté de allí. Caminé hasta la puerta del cuarto y tanteé la cerradura en busca de un llavín que debería estar pero no estaba. En cualquier caso, pensé, si mi madre no había cambiado el sistema de bloqueo de las puertas —y era bastante probable que no lo hubiese hecho— cualquier llave de la casa serviría para correr y descorrer el pestillo de todas y cada una de las habitaciones.

Así que me acerqué hasta el baño. Con cuidado, una vez más, de no joderme la piñata como la pobre Vanish. Y en mitad de aquella ceguera la encontré. Estaba allí, resplandeciente, encajada en el interior de la cerradura, esperándome. Regresé con ella al cuarto de mis padres para probarla y, como había calculado, funcionó. Me sonreí. No estaba mal que alguna cosa saliese bien de vez en cuando.

Entré y cerré la puerta por dentro. Estaba infinitamente cansado y hambriento, pero en aquel momento sólo quería dormir. Dormir sin preocuparme por que Vanish, con sus peripecias, me dejase con el culo al aire.

La metáfora me sirvió para recordar que estaba desnudo y una ola inaudita de pudor me inundó de pronto. Imaginé la escena que vería al despertarse y preferí ponerme algo encima para no complicar demasiado las cosas. Rebusqué de nuevo en el armario de mi madre y, cuando encontré algo parecido a un calzoncillo, me cubrí mis vergüenzas y me volví para ayudarla a subir a la cama.

—Ya no tienes edad para andarte con estos jueguecitos —le recordé.

El silencio me devolvió mi propio reproche. Me pregunté si, en el fondo, no estaría hablando conmigo mismo. Yo también era mayor para andarme con mierdas del estilo. Si huí de Barstow y de California no lo hice para complicarme más la vida. Y mucho menos de aquella manera.

—Gmmmmpg… —apuntó, al caer sobre la cama.

—Eso es lo más inteligente que has dicho hoy.

Me había guardado la llave debajo del calzoncillo. Si Vanish la intrépida intentaba escapar de la habitación sólo podría hacerlo de dos formas: saltando por la ventana del segundo piso o rebuscando entre mis pelotas. De cualquiera de las dos formas tendría que enterarme.

Y, sabiendo esto, me dormí. Me dormí de verdad. No había dormido tan bien en siglos.




* * *

jueves 23 de abril de 2009

Uno de los dos estaba muerto



Los enanos volvieron a su casa con su dinero y yo me tumbé junto a Vanish en la cama de mis padres. Tenía gracia que la siguiese llamando así a los 42 años. La cama de mis padres. La miré desde mi lado del colchón mientras dormía, bajo los vendajes, disfrazada de mi madre, como si fuese alguna clase extraña de reencarnación. Algo diabólico, sin duda. Era mi madre en aquel momento. Mi madre joven.

Me descalcé con los pies y dejé caer los zapatos desde lo alto de la cama. El ruido al golpear la madera no la despertó. Me desabroché la camisa y los pantalones y me los quité. Mi calzoncillo olía a anchoas en vinagre. Me despedí de él mientras viajaba a la altura de mis rodillas y lo lancé sobre la cómoda. Acerté, sorprendentemente, sobre una vieja foto de mis padres. Tacoma, abril de 1953. Aquello podía ser una señal.

Estaba desnudo. Vanish respiraba fuerte. El sudor de mi cuerpo comenzaba a secarse gracias al polvo y a la legión de ácaros que lo devoraban como si fuese mantequilla. Era una situación bastante grotesca para todos. Vanish, los ácaros y yo, juntos y revueltos. Volví a mirarla, intenté hacerlo con otros ojos. Empecé a recorrer sus piernas llenas de magulladuras con la mirada, su pecho y su vientre inflamándose con cada inspiración. Debía, por lo menos, tocarle las tetas. Era la jodida llamada de la naturaleza. Necesitaba sentirme hombre en aquel momento. No me importaba que ella no estuviese consciente.

Así que desabroché los dos botones de arriba de aquel vestido amarillo, lleno de islas, cocos y palmeras, hasta descubrir sus tetas, sucias y redondas. Intenté ignorar que mi madre, después de reunir su pensión durante los últimos diez años de su vida, había muerto de cáncer en aquella cama. Hice lo posible por no imaginarla cuidando el jardín con aquel vestido horrendo. Escondiendo el dinero en aquella caja que ahora tenía en mis manos, bajo el tablón de la tercera pata. Harta de preparar y recalentar raciones individuales de crema de champiñones. Sirviendo dos platos, por si se me ocurría volver por sorpresa, cualquier noche.

Apoyé la caja en la almohada y me giré sobre la chica. Cerré los ojos para tocar sus tetas, pero no sentí nada. Cero. Lo mismo que si estuviese palpando un montón de ceniza. Probé a desabrochar su vestido por abajo. Metí el brazo entre sus piernas. Hundí mi dedo índice en su coño, hasta el fondo, pero tampoco sentí nada. Uno de los dos estaba muerto, pensé. Aquello no tenía mucho sentido, ni siquiera para un tipo como yo, de modo que desistí. Sin mover mi mano de donde estaba, apoyé mi cabeza en su hombro, respiré profundamente y me quedé dormido. Me sentía como si llevase años sin hacerlo.

Volví a soñar con Candy Gallows pero esta vez fue diferente. Volábamos desde lo alto del Golden Gate sobre un mar en llamas. Ella llevaba su vestido rojo. Yo no. En un arranque de romanticismo nada habitual, Candy me amenazaba con quitarse la vida. Entonces, le enseñaba el periódico del día, no recuerdo cuál, donde aparecían su foto y su esquela y le decía que no tenía que molestarse, porque ya estaba muerta. Me respondió que aquello no importaba, que las hijas de puta podían morirse todas las veces que quisieran. Y en eso quedó la cosa, porque, justo en ese punto, me desperté.

Al abrir los ojos descubrí que tenía dos problemas. No estaban ni la chica ni la caja.

Ya era de noche. Me incorporé rápidamente en la cama y salté al suelo. Salí de la habitación de mis padres a tientas, procurando no romperme nada. La única luz en la casa era la de la luna llena que se colaba a través de la ventana.

A pesar de los años y los excesos, mi memoria conservaba aún una buena referencia espacial de la segunda planta, porque conseguí llegar hasta las escaleras de la casa sin tropezarme. Comencé a bajar los escalones casi reptando, muy despacio, agarrándome con fuerza a la barandilla. Al llegar al séptimo escalón me topé con algo. Era su pie derecho. Vanish se había caído por las escaleras intentando escapar. Busqué su brazo, encontré de nuevo sus tetas. En su muñeca había pulso. Eso me tranquilizó. No pude localizar mi caja en medio de aquella oscuridad, así que me dije que la buscaría mejor por la mañana.

Tomé de nuevo por los brazos a la chica y la volví a arrastrar, escaleras arriba, hacia la habitación. Desde luego, no me lo estaba poniendo nada fácil la muy cabrona.




* * *

lunes 20 de abril de 2009

Dos golpes y medio



Dos golpes de suerte en menos de diez minutos eran demasiada suerte. Sobre todo, de aquella suerte. Hasta el más tonto sabe eso. Yo lo sabía también, pero me dejé llevar por el delicioso tufo de la victoria. Humano que es uno. Cierto es que las cosas se ven con otra perspectiva cuando tienes treinta de los grandes en una caja. Aún así, conservaba espacio suficiente en mi resentido corazón de fugitivo para el rencor. Volví la vista a la casa de Seymour McKenzie y le dije a Steve:

—Si tuviera un arma aquí mismo, dispararía en la cara a ese hijo de puta.

—El viejo hizo lo que habría hecho cualquiera —respondió desde el suelo, ajustando el enorme fajo de billetes, entero y sereno.

—¿Eso habrías hecho tú?

—Sí. Creo que sí.

—Eres un mamón.

No pudimos seguir con la discusión: Frankie el mentiroso, el encubridor salvaculos de Orange Avenue, entró bailando en la habitación, puño sobre puño, agitando y moviendo en círculos sus caderas de juguete. Parecía un muñeco embutido en sus pantaloncitos blancos. Se detuvo un segundo y, señalándose con los pulgares, nos preguntó:

—¿Queréis decirme quién es el mejor actor del condado de Yuma y alrededores?

—¡Charlie Brinley! —dijo Steve.

Todos nos reímos, claro. Teníamos motivos. Las cosas nos empezaban a salir bien y siempre es gracioso ver bailar a un enano. Y eso que él aún no sabía nada de lo del dinero. Entonces se habría reído el doble.

—¡Se lo creyeron! —siguió Frank, como si nada— ¡Los muy patanes! ¡Les dije que tenía el televisor muy alto y se lo creyeron!

—Eres un campeón, Frankie. Muchas gracias.

—Era lo menos que podía hacer, ya sabes…

Claro que sabía, pero daba igual. Podría haberme jodido bien si hubiese sucumbido al pánico azul del uniforme de los policías. En el fondo, también lo sabía, lo había hecho porque quería seguir viéndole las tetas a Vanish. Era un pequeño cabrón inteligente.

—Tengo una cosa para vosotros —les dije.

Arrebaté de las manos de Steve la caja de cromos de mi madre y saqué de su interior dos mil dólares. Nunca había conocido la generosidad hasta aquel momento. Les di dos billetes de quinientos a cada uno, por los servicios prestados, y les advertí:

—¡Ni se os ocurra despilfarrarlo en comida! ¡Sólo putas o alcohol!

Frank se río, pero podría haber aplaudido con los dientes. Steve frunció el ceño. Es posible que esperase mucho más de mí, pero yo no era el jodido Banco de Yuma. Tenía que ahorrar para los malos tiempos, nunca se sabe cuánta falta hace el dinero como cuando no se tiene.

—Y ahora dejadme descansar —les dije—. Llevo todo el día jugando a las muñecas.




* * *

lunes 13 de abril de 2009

La recompensa



Pensé en escaparme de allí. Por supuesto que lo pensé, no soy gilipollas. Lo último que quería era acabar dando con mis huesos en Prison Hill después de haber llegado tan lejos, después de evitar con éxito a todos los McKenzie, Selznick y Jenkins que se habían ido cruzando en mi camino. Ahora que empezaba a ser una buena persona, una jodida hermanita de la caridad, ahora que estaba intentando expiar todos mis pecados con una puta inconsciente por traumatismo cráneo-encefálico, no podían cogerme esos cabrones.

Mi padre era experto en huir. Tenía la costumbre de salir corriendo de todas partes cada vez que las cosas se torcían. Huyó cuando yo nací, se fue a Denver a vender coches de segunda mano y regresó al cabo de un año, alcoholizado y sin un centavo. Lo hizo de nuevo, dos meses después, cuando mi madre se quedó embarazada por segunda vez y sólo volvió cuando ella perdió al bebé. Huyó cuando mataron a su hermano pequeño, Wayne, en la guerra de Corea. Huyó cuando quebró Cosméticos Aihara. Fue la última vez. Nos dejó solos a mi madre y a mí. Se murió, como un cobarde. Supongo que de él lo heredé.

Sondeé brevemente mis posibilidades, tan reducidas, de salir de allí sin ser visto. El coche estaba aparcado en el frente de la casa. Si quería irme, tendría que llevarme a Vanish conmigo, volver a escapar hacia quién sabe qué jodida parte del país, abandonar el hogar una vez más, pero esta vez con dos órdenes de búsqueda y captura, una por cada estado. Y luego estaba el puto viejo Seymour, desde luego. Si había hablado una vez, volvería a hacerlo. Lo tenía muy claro. A los chivatos hijos de puta como él les encanta cantar, aunque no sepan una mierda de nada. Es el jodido afán de protagonismo de los viejos prostáticos ociosos.

Volví a asomarme tímidamente por la ventana de la habitación. Todo seguía en silencio. Ni rastro de Frank y los policías. Las luces estroboscópicas de la sirena del coche giraban todavía, mudas y frenéticas, en el jardín de los Holcomb inundando de azul la urbanización entera. Los segundos caían lentos, pesados como elefantes de barro sobre la espalda. Me giré para preguntarle a Steve:

—¿Crees que dirá algo?

—¿Con franqueza, Bob? —comenzó a responder frotándose sus manos de muñeco— Creo que sí. Si le conozco un poco, va a cantar como un jilguero.

Me lo decía Stevie, el tipo que acababa de mearse bajo mi cama. El muy cabrón. Me arrodillé sobre la alfombra de color vino, levanté la colcha y el edredón y metí la cabeza en aquel hueco. Seguía allí, agazapado, temiendo igual que yo que los policías entrasen en nuestra habitación en cualquier momento, furiosos como asesinos, blandiendo sus pistolas contra nosotros, atentos para derribar cualquier blanco móvil, sin importar cuál fuese su tamaño. Aquello podía ser una carnicería peor que la de los Manson. Y Steve lo sabía tan bien como yo. A pesar de todo, me crecí. Me inundé de falsa esperanza para decirle:

—Sal de ahí debajo, anda. Seguro que mi madre conserva mi ropa de cuando era niño.

Steve accedió con dignidad razonable. Extendió hacia mí los dos brazos y tiré de ellos como quien coge a un gato. Lo arrastré hasta traerlo a mi altura, pero entonces ocurrió algo que nos cambiaría la vida a todos. Se le soltó un jodido zapato. Sí, eso pasó. Lo dejó atrás y tuve que volver por él. Introduje el brazo otra vez bajo la cama y tanteé con la mano, intentando evitar la zona mojada. No conseguí encontrarlo, pero el vendaje de mi herida se quedó enganchado en un tablón que sobresalía considerablemente.

—Hazme un favor, Stevie. Vuelve a meterte bajo la cama.

—¿Estás de broma? —el enano no entendía nada.

—Métete bajo la cama, joder. He encontrado algo.

Hizo lo que le ordené. Volvió a entrar igual que un buzo. Sus piernitas parecían ancas de rana.

—¿Puedes ver dónde está mi venda? —le pregunté.

—Sí, joder. Claro que la veo. ¿Me haces volver aquí por tu venda?

—No grites, mierda. Levanta ese tablón. Haz fuerza. Tengo una jodida corazonada.

Steve hizo fuerza, mucha fuerza. Tanta que parecía que se estaba cagando. Tardó unos minutos hasta que, finalmente, se oyó exactamente lo que esperaba: estallido de madera, blasfemias y carcajadas.

—¡La hostia puta! —gritó el enano— ¡La hostia puta! ¡Somos ricos, joder!

Y aunque su forma de emplear el mayestático me asustó inevitablemente, comprendí que, una vez más, tenía razón. La suerte es una zorra caprichosa y a los tipos como yo nos sonríe enseñándonos los dientes de oro.

—Cógelo todo y sal a la superficie, Julio Verne.

Volvió con una vieja caja de cromos repleta de billetes. Allí podía haber más de 30.000 dólares. Mi madre había escondido bajo la cama 30.000 dólares. Maldita chiflada. Con eso tendría para pagarme unas cuantas fianzas, pensé.

Eufórico, volví a pegar la nariz en el cristal. Los policías estaban ya en el porche. Uno de ellos se despedía de Frank, el otro no quitaba ojo de la casa del chivato Seymour. Se metieron en el coche, apagaron las luces de la sirena y arrancaron lentamente, intentando no joder más el jardín de los enanos.

Cuando se fueron, Frank miró hacia la ventana donde estábamos y nos guiñó un ojo.

miércoles 1 de abril de 2009

Un toque de alcanfor



Después le vendamos la cabeza hasta acabar el rollo de gasa. La herida parecía al principio mucho más aparatosa de lo que era en realidad.

—Me había asustado, ¿sabes? —dijo Steve— Creía que la habíamos matado.

—¿Habíamos? Pensaba que fui yo quien le estampó el frasco en la cabeza.

—Bueno, Bob… —tartamudeó— Entiéndeme… Ahora me siento tan implicado en esta historia como tú. ¿No deberíamos avisar a la policía?

—No es buena idea. Todavía no.

El enano se quedó pensativo. Pensó largo rato sin desviar en ningún momento su mirada de las tetas de la chica. Frunció la frente y la boca y se encogió de hombros. Me miró.

—Óyeme, Stevie —le dije—, ayúdame a recoger un poco todo esto mientras llevo a la chica a su habitación, ¿de acuerdo?

Le pareció bien. Se quedó en el cuarto de baño esparciendo por el suelo toallas y hojas de periódico, las pocas que se habían salvado de limpiar mi sucio culo de fugitivo, y comprobó, sorprendido, que la capacidad de absorción del Yuma Sun era bastante superior al de sus toallitas de miniatura.

—¿Sabes? ¡Creo que voy a empezar a secarme con esto a partir de ahora! —bromeó.

Mientras tanto, cogí a la chica por los sobacos y me la eché encima del hombro igual que un saco. Su olor era una mezcla intensa de jabón, óxido y sudor. Pero, por encima de todos los olores, prevalecía el del maldito quitamanchas. Apestaba. Toda ella era un gigantesco estropajo de carne. Era la jodida chica del anuncio de Vanish, pensé. Así que, en aquel mismo momento, en los cuarenta segundos que me llevó transportarla desde la bañera hasta la habitación de mi madre, decidí llamarla así: Vanish. No por la película de Hitchcock, sino por su aroma. Vanish.

La dejé caer sobre la cama. Una inmensa nube de polvo se levantó cuando recibió su peso. Tosí. Me acerqué a la ventana del cuarto y la abrí de par en par para que entrase la luz y saliese la mierda y me dirigí al vestidor de mi madre. Toda su ropa seguía allí, impregnada en alcanfor, como si fuese a regresar de la tumba en cualquier momento. La imaginé así, emergiendo de la tierra como un árbol viejo y putrefacto, y sentí ganas de vomitar. Me sacudí aquella imagen de la cabeza y elegí el primer vestido de la izquierda: amarillo, veraniego, lleno de islas, cocos y palmeras. Mi madre siempre tuvo un gusto sublime para la ropa.

Enfundé a Vanish en aquel disfraz de jubilada de Sun City igual que si fuese un plátano. Menos mal que no era supersticioso. Ahora, con su cabeza pareciendo la de la novia de Tutankhamon y su cuerpo bajo trapo, la escena se me hizo aún más grotesca. Me pregunté qué coño estaba haciendo, pero Steve me bajó de la burbuja inmediatamente.

—Ya está —interrumpió entusiasta—. El suelo seco y las toallas recogidas.

Sonreí. Me apoyé en la ventana bastante satisfecho. Fuera, los pájaros cantaban. Parecía que, al fin, todo se iba enderezando. Pero no fue así. Cuando más relajados estábamos, volvió a joderse. Empezó a oírse una sirena cada vez más cercana. Los alaridos de la jodida Vanish habían hecho saltar la alarma. Un coche de policía entró pisando salvajemente el césped del jardín de Frank y Steve. De su interior bajaron dos agentes armados. Me dio tiempo a cerrar la ventana y agacharme. El cabrón de Stevie se había escondido bajo la cama. Estaba allí, era una mota de polvo con ojos, temblando.

—No te muevas de ahí —le advertí—. Estamos jodidos si se enteran de esto.

Estudié la situación desde donde estaba. Frank les abrió la puerta y salió al jardín con las manos en alto. Los policías le hicieron apoyarlas sobre el capó del coche para registrarlo. Tuve que llevarme una mano a la boca para tapármela, como si de aquella estúpida forma pudiese evitar que el enano hablase también.

Frank Holcomb volvió a entrar en la casa, esta vez con ellos. Sólo quedaba rezar. Me quedé muy quieto, mirando en todas direcciones, buscaba un signo de vida, una pista para saber quién había sido el hijo de la gran puta que había llamado a la bofia.

Un destello me cegó, era el reflejo del sol moviéndose en la ventana del primer piso de la casa de enfrente. Alguien acababa de cerrarla. Le pregunté a Stevie, que se acababa de mear encima:

—¿Quién coño vive ahí enfrente, Steve?

—Un viejo sordo llamado Seymour… Mierda… Seymour McKenzie.

Estaba claro, me dije. Era víctima de una jodida maldición.

viernes 27 de marzo de 2009

Jigoku Karaoke



I missed the plane,
oh, what a shame,
before you came,

Lo peor es que todos estamos perfectamente sobrios. Ése es el problema.

I missed the plane,
I missed the plane,
before you came,

Te ponen un vaso de agua cuando llegas. Un vaso de agua para toda la noche, para acompañar este plato de aperitivos más salados que el Mar Muerto. Cierran puertas y ventanas. Encienden todas las estufas. Te sientan en sillas de jardín, blancas, de hierro forjado, y te plantan la carta de canciones. Pero todas las canciones son la misma. La maldita «I missed the plane» de los Heaven Sucks. Una tras otra. Siempre.

Oh, what a shame,
I missed the plane,
I missed the plane,

No hay opción. Estamos condenados a cantarla y a escucharla a todas horas, sin parar. Y no digo que un poco no nos lo merezcamos. Especialmente yo, después de lo que hice. Pero creo que empieza a proceder una ampliación del repertorio. Otro tema, es lo único que pedimos. Acabaremos volviéndonos locos, demonios. He visto a hombres de dos metros perder sus tímpanos, literalmente, por torturas mucho menos crueles. Yo mismo he estado a punto de arrancármelos en un arrebato de lucidez o desesperación, pero ellos lo impidieron. Ellos, otra vez.

Oh, what a shame,
before you came,
before you came,

La jodida canción de los Heaven Sucks, ahí es nada. No podían habernos castigado con «My Way» de Sinatra, que también se presta. O con cualquiera de los Platters, aunque fuesen negros. No. Tenían que ser los Heaven Sucks. Joder. La banda más imbécil de los ochenta. Aquí se creerán que nos gustan porque son surfistas de California, pero no. En realidad, los odiamos tanto como ellos. Incluso bastante más.

I missed the plane,
oh, what a shame,
before you came,

He tenido que cantarla tantas veces en las últimas semanas que hasta me permito la licencia de improvisar en tonos más agudos, a veces más graves, buscando nuevos matices, desconocidos, por inaudito que parezca a estas alturas, en las texturas invisibles del sonido. Aquí donde me veis, soy un explorador temerario. Un renovador a conciencia de la ingrata música de garaje de los 80. A mis años.

Before you came,
before you came,
before you came,

Es lo primero que nos explican al llegar. Que éste es el castigo para los que jodimos a los de su especie. Y, cada vez que hacen hincapié en el verbo joder, los cabrones me miran con especial rencor. Joder, que han pasado más de sesenta años desde aquello. Estos putos japoneses no conocen el significado de la palabra perdón.

Oh, what a shame,
oh, what a shame,
oh, what a shame,

Entonces te llaman. Dicen: Paul Tibbets, a cantar. O, directamente, te empujan al escenario mientras suenan los primeros golpes de batería —caja, caja, platillo, caja. Caja, platillo— que indican que, una vez más, empieza la jodida pesadilla. Luces de colores: rojo, amarillo, azul. Rojo, verde, blanco. Al compás de cada línea. Por ese orden.

I missed the plane,
I missed the plane,
I missed the plane,

Dicen tu nombre, sí. Y entonces sabes que estás jodido. Mientras cantas se te pasan muchas imágenes por la cabeza. Yo pienso en todo lo que dejé allá abajo. En la primera exhibición. En niños corriendo detrás de nubes de caramelos. En la gloriosa bandera de los Estados Unidos de América. Son cosas que me ayudan, sí. Procuro no pensar en Hiroshima, pero estos cabrones se encargan de recordármelo cada vez que salgo a cantar. Son los malditos vídeos que acompañan a los créditos de la canción.

I missed the plane,
oh, what a shame,
oh, what a shame,

Pero, os digo una cosa: Nagasaki e Hiroshima, una broma de niños en comparación con esto. Aquello fue darle a un botón. No hay botón que pueda detener esta tortura. Y si lo hay, desde luego, no está a nuestro alcance. Hablo con conocimiento de causa. Lo hemos intentado en más de una ocasión.

Before you came,
I missed the plane,
I missed the plane,

Tengo que irme. Me toca otra vez. Sólo espero que en el infierno americano, a esos cabrones amarillos, hamburguesas de tofu, que arrasaron con Pearl Harbor, los estén friendo a cantar «Enola Gay».




* * *

lunes 23 de marzo de 2009

Es muy fácil decir que no lo harías



A partir de entonces, las cosas sólo fueron de mal en peor. Los McKenzie comenzaron a aprovecharse de mí de todas las formas que un hombre es capaz de imaginar. Aquellos dos se habían propuesto joderme la vida, lo tenía claro. Y en medio de aquel embrollo estaba yo, sin comerlo ni beberlo, siendo tristemente vejado y amedrentado por un maldito viejo violento y una zorra extorsionadora. Qué puta suerte la mía.

Borracho o no, Clarice me obligaba a follarla cada noche. Santísima pelleja. Tenía el coño tan dado de sí que sentía que podría meter dentro mi cabeza y un brazo entero y aún sobraría espacio. Dormido era inmenso y peludo, como un kiwi gigante. Despierto era algo espeluznante, un cráter del tamaño de Omaha. Con una acústica privilegiada, eso sí. El eco de mis pelotas retumbaba en toda la habitación como un trueno cada vez que la embestía. Mientras me movía en su interior con lo que tenía, sólo esperaba que los huevos no se me quedasen allí dentro.

El padre, por su parte, también sabía cómo joderme. Cada vez que veía peligrar su posición de poder, el cabrón hacía valer la fuerza de sus puños. Protegía su cara detrás del izquierdo y sacaba a pasear el derecho muy cerca de mi nariz, haciendo silbar los nudillos a dos o tres milímetros de mi tabique nasal. No había manera de mantener una conversación normal con aquel animal sin sentir la amenaza constante de un puñetazo.

Hablaba poco, pero recuerdo bien el día que sugirió que yo necesitaba un coche. Dijo:

—Necesitas un coche, Bob.

—Aquí no hay distancias.

Soltó su puño contra mi barbilla. Comprendí que necesitaba un coche.

—¿Qué coche? —le pregunté, cortándome la hemorragia con un taco de servilletas.

—Yo tengo uno.

—Lo supuse.

Acabé comprándoselo. Era un viejo Toyota Corolla de catorce años, blanco, destartalado. El viejo ya no lo usaba, había empezado a quedarse ciego. Sin embargo, me costó medio año de sueldo. Pago al contado, billetes verdes recién salidos de la parrilla del Rancho de Roy. Su capacidad para negociar estaba fuera de toda duda.

—Cuídalo bien —me advirtió al darme las llaves.

—¿Mejor aún?

Su derecha se estrelló contra mi nariz. Me rompió el tabique, el viejo de mierda.

—¿Se puede saber qué coño he hecho ahora? —pregunté desde la acera.

—Odio el sarcasmo.

—¡No hablaba con sarcasmo, joder!

—Mejor.

Mientras su hija, la puta filantrópica del Dixie’s, me llevaba a urgencias, tuve una soberana epifanía. Lo vi todo claro, de pronto. Como esa luz blanca que inunda el rostro a los moribundos un instante antes de palmarla: era más que evidente que los tres habíamos entrado en una dinámica jodida, sí. En una de esas espirales malditas. La pescadilla que se muerde la cola, toda esa mierda. Yo sentía que podía volverme loco en cualquier momento. No soportaba a aquella desgraciada que conducía el Corolla hasta el hospital, no había nada en ella, absolutamente nada, ni una miserable partícula, que me hiciese desear no estar solo, pero aquello, desde luego, era algo que ni se me ocurría mencionar. Y, por otro lado, estaba hasta los mismísimos cojones de encontrarme un puño en la cara cada vez que abría la boca. Yo sólo había insultado a Clarice aquel día, joder. ¿De verdad era necesario tanto ensañamiento?

Daba esa impresión, sí. Tendría que ponerle remedio pronto.




* * *

jueves 19 de marzo de 2009

La revolución electrizante



«ELECTRA SE QUITA EL LUTO», SONIA FIDES
Ediciones Vitrubio, 2008


Reseñar un libro de poemas suele ser, casi siempre, un ejercicio estéril, tan absurdo y contingente como autopsiar a un hombre que respira. En el caso que nos ocupa, sin embargo, se hace completamente necesario. Necesario, como lo es descubrir a Sonia Fides (Madrid, 1969), probablemente una de las voces más aventajadas de su generación. Un torrente exagerado de poesía, una voz devastadora, capaz de fabricar emociones a ritmo de vértigo, una montaña rusa aniquiladora de convencionalismos.

Su segundo poemario publicado, «Electra se quita el luto» (Ediciones Vitrubio, 2008) supone la consolidación definitiva de su marca como poeta. Es la reafirmación rotunda de lo que en algún momento pretendió ser efervescencia. Sigue latente en sus versos toda esa vida, todo ese arrebato lírico y la promesa de constante crecimiento poético, pero se aprecia también una firmeza que sólo puede producir admiración y envidia.

Si la poesía fuese una ciencia exacta, —que tal vez lo sea—, podría decirse que Sonia Fides ha encontrado la ecuación perfecta. Leyéndola, es imposible no pensar en dos grandes voces del siglo pasado, Marina Tsvietáieva y Wisława Szymborska, de quienes ha heredado el pulso del lenguaje y un estilo marcadamente —deliberadamente— cotidiano y sofisticado al mismo tiempo.

También se dejan percibir en su poesía reminiscencias de las poetas norteamericanas contemporáneas, de las que ha bebido apasionadamente, y pinceladas de la intensidad serena y refinada de autoras como Sylvia Plath o Carmen Posadas, que es un referente constante en su obra, tanto en verso como en prosa.

Después de «Mirar y ser mirada» (X Premio de Poesía ‘Nicolás del Hierro’, 2006), otro poemario indispensable, «Electra se quita el luto» representa el despegue editorial de Sonia Fides como autora asentada y solvente. El comienzo de un largo viaje, vibrante y estremecedor, hacia el centro mismo de la poesía. La manifestación de una madurez sorprendente, aunque esperada, y el inicio de una pequeña gran revuelta que dará que hablar: la revolución electrizante, un acontecimiento que no se puede ignorar, porque ignorar a Sonia Fides es faltar al respeto a la poesía.



A veces la rutina escribe de manera discreta

A veces la rutina escribe de manera discreta
un punto y aparte
en este negocio casi en quiebra que es la vida.

Y aunque trate de no alinearme del lado del cinismo.
acabo ofreciéndome como un trago seco
en todas esas fiestas que nunca serán desconvocadas,
a pesar de que los listados de personas
que por distintas razones no respiran,
siguen alargándose como la sombra de un árbol
al que no persiguió nunca la mala intención de una tormenta.

Hubiese preferido ser cualquier vino espumoso del mercado,
algo suave, alguien que se sienta a esperar
como si sentarse a esperar llevase implícito
cualquier tipo de llegada
ahora que la paciencia ya no resulta
una provechosa atenuante para los débiles

Sin embargo,
desde que el Concorde se rindió a los caprichos de Isaac Newton,
la esperanza prefiere no viajar en avión
lo que convierte a esta ciudad en una fosa común
sin necesidad de que haya sido proclamada ninguna guerra.

Y es cuando llega el turno de los creyentes,
la temporada alta para cualquier tipo de plegaria
y la necesidad de que las matemáticas vuelvan a ser dóciles,
porque si lo que quieres es quitarle la razón
a los que se empeñan en que escribas dedicatorias
aprovechándote del llanto que provoca
su manera de arremangarse en los despachos
tendrás que ocultarles que la razón es una experta en transfuguismo
siempre avalada por un soberbio bufete de abogados.



* * *

miércoles 18 de marzo de 2009

Buen intento, Bandini



«LOS ABANDONADOS», LUIS MEY
Factotum Ediciones, 2008


Mientras acabo de leer su libro, me digo en voz alta que Luis Mey (Buenos Aires, 1979) es un buen escritor. Un escritor notable que debe ser tenido en cuenta. Su primera novela, «Los abandonados», que edita Factotum, da sobradas muestras de ello. Es divertida hasta la extenuación, es ágil, ligera y está bien construida. Los diálogos son puros y frescos y la trama, aunque algo trillada, mantiene al lector vivo hasta la última página. Es, en definitiva, una muy afortunada ópera prima. Y Mey, que se mueve con soltura encomiable, una promesa de gran escritor rompiendo el cascarón a cañonazos.

En esta primera entrega de las aventuras de Maxi, un heredero natural —queremos pensar— de los clásicos antihéroes de la vieja escuela californiana, en la línea de un joven Hank Chinaski o del mismísimo Arturo Bandini, están presentes todos los clichés recurrentes del género. Hay buenas dosis de malditismo, de inadaptación social, de fracaso, de sordidez existencial, de tragedia conocida, de violencia gratuita, de sexo explícito, de filosofía underground, de pesimismo recurrente y de humor negro, ácido y corrosivo. Una crueldad amarilla y estrepitosa que es, con mucho, el aderezo más revalorizador de la prosa de Mey: un guiño cómico que nos transporta a otras lecturas.

No obstante, si de algo adolece la novela es, precisamente, del abuso constante de ese estilo tan familiar para tantos. El fantasma de Fante planea sobre ella como una de esas diminutas y molestas avionetas de aeromodelismo, con el mismo vuelo rasante y ensordecedor. Uno lee a Luis Mey y tiene la sensación permanente de estar leyendo una traducción argentina del norteamericano, con el consiguiente peligro de verse convertido —injustamente— en mal sucedáneo en versión porteña.

Y esto es una lástima, por supuesto, porque se adivina, tras ese ejercicio —quizás inconsciente— de mimesis del autor, una base sólida, una formación literaria extensa y muy interesante y un intento bienintencionado de continuar por la buena senda de otros transgresores recientes, como Palahniuk o Houellebecq, esfuerzo que el buen lector sabe agradecer y decide recompensar obviando los naturales altibajos.

Personalmente, pienso que sería aún más de agradecer que Luis Mey se esforzase ahora por encontrar su propia voz. Sin ampararse en los buenos y viejos totems de la Literatura. —que siempre estarán presentes, los invoquemos o no—, para acabar convirtiéndose, con el tiempo, en uno de ellos. Porque, por fortuna para él y también para nosotros, todos los indicios hacen presagiarle un futuro prometedor y brillante.




* * *

domingo 15 de marzo de 2009

El día que conocí a «Toro» McKenzie



Sólo recuerdo haber deseado estar muerto cuatro veces en mi vida. Ésta es una de ellas.

Entonces estaba viviendo en Helendale, unas cuantas millas al sur de Barstow, muy cerca de Silver Lake. Pocas personas han oído hablar del lugar. Mejor para ellas. Sólo diré que si Barstow es el culo del mundo, Helendale son sus pelos. Un pozo mugriento. Uno de esos pueblos cabrones y miserables de los que uno sólo desea salir huyendo nada más llegar porque intuye, ya desde el primer momento, que nada bueno le puede suceder allí.

No hice caso a ese pálpito. Me quedé a vivir en Helendale un año entero. Con dos cojones.

Había encontrado un empleo en la cocina del Rancho Doble de Roy Rogers y no me iba mal dando de comer a aquellos gordos. Me defendía. Y eso que nunca he sido amante de los trabajos grasientos. Pero Roy no me trataba mal, me dejaba hacer y eso me gustaba. Pude haber sido feliz entre aquellos obesos mórbidos. Pero la cosa se torció.

Por decirlo de alguna forma, atravesaba una fase algo díscola. Cualquier mierda de búsqueda personal, qué sé yo. Necesitaba beber para encontrarme a mí mismo. Así que cada noche bajaba al Dixie’s, el único bar de copas del pueblo, en el cruce de Hudson con la Séptima, con el único fin de curtirme las tripas a golpes de whisky. No sé cómo lo harán los demás, pero yo soy de los que necesitan estar borracho para encontrarse.

Allí conocí a Clarice. La jodida Clarice McKenzie. El único ser viviente capaz de molestar a un tipo en pleno proceso de auto-búsqueda y reconciliación histórica y sentimental con la lejana Escocia a través de sus licores. Una auténtica mosca cojonera. La primera vez se sentó a mi lado en la barra para preguntarme:

—Oye, ¿qué tal si me invitas a un trago de esos que te estás tomando?

—Largo de aquí, mala zorra… —le indiqué con serenidad considerable, adornándolo al final con un portentoso eructo— Aprende a respetar la intimidad de los borrachos.

Aquel día fui con ella todo lo insolente que se puede ser con una mujer. No le importó. Estaba demasiado preocupada por cazar un rabo. No volvimos a hablar, pero cuatro noches después volvió hasta donde yo estaba para confesarse:

—Mira, me da igual lo gilipollas que te pongas. Me gustas.

—Para ser una vieja puta, no tienes mal gusto… —empezaba a enfadarme, lo único que pedía era beber tranquilo—. Pero no pienso pagar ni un centavo por echarte un polvo, así que vuélvete al puto agujero del que has salido y déjame en paz, mierda.

Seguro que no era la primera vez que oía algo parecido, pero se ve que aquella noche le cayó mal.

Fue la primera vez que vi a una puta llorar, lo reconozco. Hasta yo mismo me sentí un poco hijo de puta. Todo muy familiar. Tal vez por eso sentí aquel escozor en los ojos cuando la vi alejarse, indignada, y sentarse rota en mil pedazos en la mesa del viejo del fondo. Un viejo enorme de pelo blanco, de unos setenta y cinco años, que siempre estaba allí, observándolo todo, como un objeto de decoración. Un viejo al que, hasta aquella noche, jamás había visto de pie.

Se levantó aparatosamente y caminó hacia mí. Le miré a los ojos. Era Jack McKenzie. «Toro» McKenzie. El maldito boxeador retirado Jack McKenzie. Creí reconocerle en cuanto vi aquella cicatriz profunda, de unos siete centímetros de largo, surcando como una zanja su mejilla izquierda. Confirmé pronto aquellas sospechas, en cuanto me calzó la primera hostia. Un derechazo fatal en toda la cara.

Desde el suelo, el hijo de puta parecía aún más grande. Unas tres o cuatro veces más grande, por lo menos. Lo recuerdo porque alcancé a abrir un ojo, el que quedaba sano, antes de que me lo volviese a cerrar con un segundo golpe todavía más fuerte que el anterior. Me pareció un adorno innecesario. Si no en aquel momento, sí más tarde, cuando recuperé la consciencia.

No pude volver a entrar en el Dixie’s hasta que empecé a salir con su hija, la adorable Clarice McKenzie. Ciertamente, los caminos del amor son misteriosos.

jueves 5 de marzo de 2009

Primeros auxilios



¿Qué coño podía hacer? No importaba demasiado, me contesté. Hiciese lo que hiciese, estaba jodido. El error había sido hacerse cargo de semejante problema. Meter en casa a aquella maldita mujer. No tenía por qué haberlo hecho, pero la había rescatado del mundo como quien recoge a una mascota. ¿Quién coño era yo para salvar a nadie? Lo sabía. Sabía que era una estupidez por mi parte, un comportamiento inapropiado e intolerable. Pero, aunque acabase de partirle una botella en la cabeza, me sentía, inevitablemente, su protector. Empezaba a actuar como un verdadero gilipollas.

Frank se acabó su paja desde lo alto del retrete, ajeno a la gravedad de la situación. A saber si alguna vez había visto un coño tan de cerca. Supongo que ninguno, después del de su madre. Si el sexo está vetado para los gordos, aún lo está más para los enanos. Steve me observaba fijamente, quieto y en silencio, con los ojos muy abiertos, igual que un perro reclama la hora del paseo, aguardando una respuesta clarificadora que se hizo esperar.

—No lo sé, Steve —repetí, meneando la cabeza, mirando al suelo encharcado y después al infinito.

Cuando Frank saltó para acercarse a la bañera, me senté en la taza a pensar. Siempre he pensado mejor cuando aprieto las nalgas sobre la tapa de un váter. Intenté sopesar durante unos minutos las posibles consecuencias de cada decisión: podía abandonarla a su suerte, otra vez, en cualquier descampado a las afueras. Al fin y al cabo, su suerte parecía estar bastante más jodida que la mía cuando me la encontré casi inconsciente en mitad del desierto. Podía ser un poco más legal, claro, podía soltarla así delante de cualquier hospital de la ciudad. Aunque era más arriesgado, desde luego. Y podía quedármela, por qué no. Y complicarme la vida mucho más.

—Nos la quedamos —les dije a los hermanos.

—¿Cómo? —preguntó Steve— ¿De qué hablas?

—Te digo que nos quedamos a la chica. ¿Tenéis alcohol o vendas en casa?

—Sí, claro. Algo de eso tendrá que haber. Voy a buscarlo.

Steve salió corriendo de la casa. Pude escuchar sus diminutos pasos cruzando el jardín desde la ventana del cuarto de baño. Vigilé a Frank, que se había encaramado para tocar a la chica. Sus pequeños pies de gnomo bailaban en el aire. Me dolía la mano, pero preferí ignorarla para no encabronarme.

—¿Quieres tocarla? —le pregunté.

—¿Puedo? —le brillaron las letras en los ojos.

—Creo que no le importará mucho ahora —asentí.

Lo cogí en brazos y lo sostuve en peso a pocos centímetros de la chica. Llevó sus pequeñas manos hacia sus tetas maravillosamente redondas y firmes. Las tocó, las apretó, le pellizcó un pezón. Aquello era amor, no había duda. Estaba empezando a emocionarme el jodido enano con tanta ternura. No le dio tiempo a mucho más, de todos modos.

—¡Ay, joder! —protestó.

—¿Qué te pasa?

—¡Que me he vuelto a correr!

Me reí con él. Estaba bien. Al menos, alguien sacaba algo positivo de aquella mierda. Volví a dejarlo en el suelo y se cruzó con Steve en la puerta, cuando éste regresaba con su mini botiquín de emergencia.

—¡Tengo gasas, esparadrapo y agua oxigenada!

—Cojonudo —le dije—. Cojonudo, Stevie.

Curamos primero las heridas de la chica y después las de mi mano. Al acabar, Steve y yo le tocamos las tetas. Fue divertido. Como viajar gratis en la montaña rusa.




* * *

domingo 1 de marzo de 2009

Bondad divina



Dios le puso al hombre
un corazón para rompérselo,
un par de manos que llevarse a la cabeza,
dos ojos con que verse envejecer en el espejo
y un par de piernas que cediesen con el tiempo.

Creó el amor para excusar la traición y la mentira.
Se inventó la justicia, fue una broma innecesaria.
Le prometió una familia, y un coche y una casa;
no le advirtió de los distintos ministerios
y se marchó por donde había llegado.




* * *

domingo 15 de febrero de 2009

Two Funny Valentines



Disparamos con la pólvora del rey,
trama Sally, que es proclive al palimpsesto,
por eso imprime sus poemarios sin cesar,
doscientas veces o más, para concursos,
en papel timbrado con marca de agua.

Hay un punto de cansancio en el amor,
piensa Nico, que encuaderna originales
maquinalmente, secándose el sudor con
el dorso velludo de su mano de alemán,
agradecido al trabajo por ser liberador.

Los gatos llegan con su lengua a cualquier
parte; no importa lo viejos que sean o lo
cansados que estén. Sally piensa en escribir
otro poema. Como ellos, es tan irreductible.
Nico sólo imagina cómo sería si fuese gato.




* * *

domingo 1 de febrero de 2009

Baile estático



Como si esto no fuera suficiente,
el hombre sordo, despojado ahora
de su único audífono, se sintió
inevitablemente inundado de silencio,
había perdido la música y las voces,
pero había encontrado algo mejor.
Reconoció el sonido de la muerte
y se sentó, despacio, a disfrutarlo.




* * *

jueves 15 de enero de 2009

Brookdale Park, 1964



Ya lo sé, sí,
pero, entonces,
había tanta niebla
que era hasta difícil
encontrarse la nariz
sin ayuda de las manos.

Y, sin embargo, ellos,
una pareja de osados
amantes irresponsables,
desafiando a la niebla,
ya ves, junto a los árboles.

Ella, no sé, no tendría
más de catorce, pero
tenía una voz de un
hombre de cuarenta,
grave y algo arrogante.

Era ella quien hablaba.
Le decía a él: Tú tienes
dos y yo tengo uno. Tú
tienes dos y todo el mundo
tiene derecho a saberlo.

Aminoré la marcha, pero
sus reproches acababan
allí, en aquel punto.

Y aún sin saber bien de qué hablaba,
le di la razón a aquella chica.
Porque yo intenté algo parecido
alguna vez, protestar
por lo que creía justo,
supongo.




* * *

jueves 1 de enero de 2009

Cuadrilátero



A E., por conservar
una copia de la llave

Ella, desatada, me habla sin pudor
del furor y del castigo de la falta de sexo
y yo, mientras tanto, pensando en mi infierno
y en sus ángeles guardianes custodiando
sus cuatro esquinas, mi jaula y sus accesos.

Le digo, sin venir a cuento: Escucha, preciosa,
sabes que un día de otoño lo tiene cualquiera.
Y ella me dice: No olvides poner sal y aceite en
la lista de la compra. Y yo destapo el bolígrafo
y escribo lo que ordena, con letra de médico.

Nunca vas a escribirme un poema de amor,
ella reclama. Y puede que tenga algo de razón.
Le digo que el amor no es algo que quepa dentro
de una lata. Ella se para y me escruta. Las cajas de
recuerdos no son más que proyectos de ataúdes.

Y en eso convenimos. Y también en el paté y las
hierbas provenzales. Y en que la falta de carne nos
hace sentir más solos, más condenados y absurdos
en este cuadrilátero invisible, que suele resurgir
cada invierno, con el olor de la pascua y el azufre.




* * *

lunes 15 de diciembre de 2008

Chelsea Hotel no. 3



Janis frunció el ceño
cuando vio mi cicatriz.

¿Qué ocurre?, pregunté;
¿Es que ya no te gustan
los hombres con heridas?

No me gustan las historias
que se repiten, dijo ella.

Y apoyó su espalda
en la ventana y miró
hacia otra parte.


* * *

lunes 1 de diciembre de 2008

Cabalgar la mañana entre bostezos



A los que esperaban.

Ocho y diez o puede que ocho y cuarto.
Y diciembre, que es rígido y cruel y perseverante,
ha vuelto a dejarse caer por la ciudad
y se entretiene haciéndose notar
—tal vez porque no es grande,
su presencia es más notoria—
en cada partícula de existencia.

La lluvia nos azota en diagonal
y aún es de noche, y el ruido acostumbrado
ha comenzado a instalarse ya por las aceras:
los pasos, las persianas, los motores de los coches,
las válvulas que rugen, las voces de los niños,
el abrir y cerrar de cremalleras, las miradas
nos inundan y nosotros no podemos
hacer más que contenernos.

Rostros proletarios, somnolientos,
cabalgan la mañana entre bostezos,
—algunos son blancos, pero los he
visto también azules y amoratados—,
encendiendo sus luces y sus cuencas
tras las lunas empañadas por el frío,
saliendo de los parkings, esperando
su turno para incorporarse al tráfico.

Algunos parecen impacientes por llegar,
otros caminan ateridos con la cabeza baja,
plegando el cuello, fumando e ignorando
invariablemente la sombra breve que,
tímida y fugaz, proyectan sin querer
sobre los escaparates.



* * *

miércoles 1 de octubre de 2008

El fiasco más grande de todos los tiempos



Vamos a situarnos…

Pongamos que sabes cantar. Bien. Que tocas también algún instrumento. Mejor aún. Sin saber cómo llega a ocurrir, tu maqueta, que ha ido rebotando de discográfica en discográfica, cae un día en manos de un iluminado llamado Jerry Brandt. ¿Bien?

Vale. Hasta ahí es sencillo.

Ahora imagínate, algunos días después, apareciendo en una colosal valla publicitaria de casi quince metros de altura, haciendo sombra desde lo alto de Times Square; tu cara en las portadas de las mejores revistas musicales del momento; tu anuncio en todas las revistas, en los periódicos. Imagina a un empresario sin escrúpulos, cegado por la ambición, vendiendo tu estampa como si fueses a desbancar al mismísimo Bowie de la cumbre del Glam, como si tu carisma pudiese eclipsar al mismísimo Elvis, como si resultase que los Beatles sólo hubiesen sido unos tipos con suerte en comparación con tu talento. Imagina que una de las casas de discos más importantes del momento se cree esa patraña y decide firmar el contrato más caro de la historia. Y tú acabas creyéndotelo también, claro, y decides que es verdad.

Ésta es la historia del delirio más grande de la historia del rock and roll, un fracaso de proporciones bíblicas llamado Jobriath. Algo, más o menos, parecido a lo que sigue:

Ni siquiera los biógrafos han sido capaces de ponerse de acuerdo a la hora de señalar la fecha de su nacimiento. Mientras unos aseguran que Bruce Wayne Campbell —sí, así se llamaba: Bruce Wayne Campbell— vino al mundo en 1945, otros sostienen que lo hizo al año siguiente. En cualquier caso, no fue hasta 1967 cuando empezó a hacer algo de ruido. Coincidió con su ocurrencia de renombrarse Jobriath Salisbury, mientras interpretaba a Woof en el musical «Hair», a caballo entre Los Angeles y Nueva York. Su experiencia como actor precedió a su participación en Pidgeon, un grupo oscuro que navegaba de manera confusa entre el folk-rock y el hippismo, hasta que naufragó. Esta deriva le mantuvo entretenido hasta 1972.

Movámonos ahora en el tiempo y en el espacio. Un año más tarde, en Nueva York, aparece en escena Jerry Brandt, el gran visionario Jerry Brandt, el promotor que descubrió a Carly Simon, el empresario que se deshizo del Electric Circus. Un carroñero de la escena artística, un manipulador a escala industrial ávido de nuevos horizontes que se dedicaba a bucear entre las cintas que rechazaban las grandes casas en busca de la quintaesencia incomprendida.

Fue así como descubrió a aquel Jobriath, por azar, en el despacho de Clive Davis, presidente de la Columbia Records, mientras el ejecutivo escuchaba los últimos cortes de una grabación que procedía de Los Angeles. Lo que Davis encontró “loco y desestructurado” y tachó de “atentado melódico”, a Brandt le pareció música celestial. Lo cautivó hasta tal punto que atravesó el país de costa a costa en busca de su particular octava maravilla.

Se la encontró flotando en vómito. Literalmente.

Aunque la versión que pomposamente regalaba en todas las entrevistas que concedía en 1973 hablaba de hadas en habitaciones blancas y de amor a primera vista, lo único cierto es que Jobriath había tocado fondo cuando Brandt se cruzó en su camino. Se prostituía por cerveza y, básicamente, a eso se limitaba su atormentada existencia.

Brandt le explicó lo que pensaba hacer con él. Posiblemente aquello le sorprendió tan borracho que la idea no le pareció descabellada, o tal vez no, tal vez simplemente se dejó llevar, porque cualquier cosa sería mejor que lo que tenía. O que lo que no tenía.

De este modo comienza su delirante aventura neoyorquina. Con una visita a Elektra, acompañado de Brandt, donde el productor lo anuncia como una especie de nuevo Mesías del rock, un tipo en la línea de Bowie, pero con mucho más estilo; con el desparpajo de Elvis, pero mucho más refrescante; con el talento compositivo de los Beatles, pero con un mensaje trasgresor: era Jobriath, el artista definitivo. (Nada de esto era cierto, obviamente, a excepción del alarmante parecido con Bowie, que fue interpretado por muchos como “un vulgar plagio” o “el fin de la era del fag-rock”).

En realidad, Jobriath sólo aventajaba a Bowie en amaneramiento. No era mediocre, pero tampoco iba a cambiar el mundo con sus canciones. No nos engañemos, la sociedad americana de principios de los setenta no veía con buenos ojos que fuese predicando su homosexualidad a voz en cuello. “Soy un hada real”, decía a menudo para presentarse. Sorprendentemente, Elektra dejó a un lado sus prejuicios y decidió apostar por el artista. De manera brutal, se invirtieron más de 500.000 dólares de la época en su promoción.

Esto supuso aparecer en Penthouse, en la Rolling Stone, en Vogue y hasta en el New York Times. Todos los artículos reproducían la famosa escena de Jobriath desnudo y sin piernas, arrastrándose melancólicamente por un suelo púrpura: era la viva imagen del Glam. El problema es que ese suelo púrpura ya lo habían pisado demasiadas reinas. No sólo Bowie, también Lou Reed, Iggy Pop, Marc Bolan, Slade, Freddie Mercury y hasta Gary Glitter hacían del escenario de la lentejuela y la purpurina un espacio irrespirable para alguien tan desconocido, y al tiempo tan igual, como Jobriath.

Aún así, Elektra, que se sentía en deuda con Brandt por haberles descubierto a Carly Simon, siguió adelante con su calculado plan de destronar a la reina del Glam. Movió pieza prometiendo un extravagante debut en directo del artista, que ahora había cambiado su apellido por Boone, en la Casa de la Ópera de París. El proyecto, en el que se invirtieron otros 200.000 dólares, consistía en una gira de presentación por las cunas de la Ópera de Europa, incluyendo citas en escenarios tan emblemáticos como La Scala de Milán o Covent Garden. Jobriath anunció, para hacer boca, que aparecería “disfrazado de King Kong, encaramado en lo alto de una representación del Empire State que se convertirá en un pene gigante, y yo me habré transformado en Marlene Dietrich”. Todo se quedó en nada, porque la gira nunca tuvo lugar.

Entretanto, su segundo disco, “Creatures of the night”, se editó al año siguiente. Sin la repercusión mediática del primer álbum, es obvio, porque Elektra había ido perdiendo la fe en aquella estrella fugaz de aspecto extraterrestre. Ya no hubo reseñas ni paneles.

Su debut en directo no tendría lugar hasta ese año, y no fue, desde luego, el que cabría esperar después de la millonaria campaña promocional: en el Bottom Line de Nueva York, dos noches seguidas, ante una audiencia de 400 personas. Un periodista de la época observó con ironía que “aquello recordaba más a un decadente Tab Hunter tocando en un night-club de Beverly Hills que a un fenómeno del rock and roll”.

En efecto, fue un rotundo fracaso desde el mismo instante en que posó sus pies sobre el escenario. Jobriath no se había rehabilitado, seguía fiel a sus adicciones, y sus denodados intentos por ocupar el trono de la reina de los gays dieron con sus huesos fuera de Elektra, que prefirió verle hundirse antes que seguir promoviendo “aquella escandalosa apología de la homosexualidad”. Se ganó el rechazo casi unánime de una sociedad, la americana, que todavía no estaba preparada para tanta sinceridad. Y, como era de esperar, también el desprecio de Brandt, quien años más tarde describiría a su protegido como “un gilipollas alcohólico”.

A pesar de todo, Jobriath and The Creatures, abandonados ya por su manager y su casa de discos, repudiados por la prensa y el público en general, decidieron emprender por su cuenta y riesgo la que habría de ser su primera y última gira por los Estados Unidos.

Fue aún más desastroso de lo que se podría prever. Jobriath, que había entrado en una vertiginosa espiral de alcoholismo y drogadicción, se arrastraba lamentablemente por los contados escenarios donde eran contratados. En el Nassau Colisseum de Nueva York llegaron a ser agredidos “por maricones”. Hayden Wayne, uno de los miembros del grupo que lo acompañaba, reconocería más tarde que no había sido un acierto por parte de Brandt “venderlo como la auténtica hada del rock and roll” en aquella época.

Condenado en parte por el contrato que había firmado con Elektra, que le impedía volver a editar un disco en diez años, Jobriath anunció su retirada del mundo de la música en 1975. Se refugió en su apartamento en la cima piramidal del Hotel Chelsea, y allí se prostituyó y se pudrió lentamente y contrajo el SIDA que acabaría con su vida ocho años más tarde, en 1983. Paradójicamente, cuando expiraba la cláusula de su contrato.

Antes de morir, en un último gesto de dignidad artística, Jobriath Boone se transformó en Cole Berlin, una especie de vodevil ambulante que interpretaba temas lounge como «Sunday Brunch» al piano de clubes de alterne y bares de mala muerte. Una parodia de sí mismo en la que, muy probablemente, también llegó a creer.




* * *

lunes 1 de septiembre de 2008

¿Te gusta entonces el mar?



Ahora me comen.
Ahora siento cómo suben y me tiran de las uñas.
Oigo su roer llegarme hasta los testículos.
Tierra, me echan tierra.
Bailan, bailan sobre este montón de tierra
y piedra
que me cubre.
Me aplastan y vituperan
repitiendo no sé qué aberrante resolución que me atañe.
Me han sepultado.
Han danzado sobre mí.
Han apisonado bien el suelo.
Se han ido, se han ido dejándome bien muerto y enterrado.
Éste es mi momento.

Reinaldo Arenas


Nuestro momento.

No sé qué es metáfora de qué; si el mar de la vida o al revés. Reinaldo Arenas tampoco lo tuvo demasiado claro, sospecho. En realidad, se trata de una metafísica bastante innecesaria, pero la poesía se queda en poco si también le arrebatamos eso.

En su propio “autoepitafio”, que firmó poco antes de su muerte, el cubano advertía que «sabía que la vida es riesgo o abstinencia, / que toda ambición es gran demencia / y que el más sórdido horror tiene su encanto». Él apostó siempre por el riesgo.

El horror del que habla, el “inminente espanto”, es una constante palpable en la poesía y la narrativa que Reinaldo Arenas perpetró desde finales de los sesenta y hasta su exilio neoyorquino, a comienzos de los años ochenta.

El mar, en contrapartida, representa la única salida de este “lugar imposible”, el salvoconducto a la vida digna, el reducto último de la esperanza. Ése que converge con el horror cuando, como la propia vida, hace naufragar a sus amantes.

No resumiremos aquí la vida de Reinaldo, no. Su vida debe ser leída y reconocida a través de sus propias palabras en la imprescindible autobiografía Antes que anochezca, donde explica sus peripecias vitales pormenorizadamente; desde la tierra que comía siendo niño en Holguín hasta el SIDA que contrajo en Nueva York, pasando por los años de la represión castrista, la persecución y los abusos sufridos en la prisión del Morro en La Habana o las tertulias clandestinas del Parque Lenin, entre otras historias.

Hablaremos de su relación con el mar, de la niebla de la libertad que intuía en los versos: «Y se oye más allá del mar en el canto de una sirena de motor / tan imposible ya como las homéricas». El mismo piélago omnipresente que presume en la sinfonía de las «resonancias magistrales, / esas inesperadas estancias que levantan parajes mágicos / y despliegan cortinajes, / esa armonía que ahora se abre como un mar, / esa música».

De su amante el mar, a quien recordaba en tierra firme, desde la nostalgia y el rencor con que se nombran los amantes de verdad, en Nueva York:

«Ya no tenemos el mar, / pero tenemos voz para inventarlo. / No tenemos el mar, / pero tenemos mares que no podremos olvidar: / El mar encrespado de la cólera, / el mar viscoso del destierro, / el fúlgido mar de la soledad, / el mar de la traición y el desamparo. / No tenemos el mar, pero tenemos mares».

De su odiado mar, de quien condenaba su insaciable voracidad de sarcófago infinito:

«Tenemos uñas, / siempre tendremos uñas / y las aguas hirvientes de las furias, / y esas aguas, las pestilentes, las agresivas aguas, / se alzarán victoriosas con sus víctimas / hasta formar un solo mar de horror, un mar unánime / un mar / sin tiempo y sin orillas sobre el abultado vientre del verdugo».

El mar acompañó a Reinaldo en todo momento. Su recuerdo le ayudó a ser fuerte incluso cuando manejaba la convicción de que «todo lo cotidiano resulta aborrecible» y que «sólo hay un lugar para vivir: el imposible».

Volvemos a pasar, una vez más, la mano por su epitafio:

«Conoció la prisión, el ostracismo, / el exilio, las múltiples ofensas / típicas de la vileza humana; / pero siempre le acompañó cierto estoicismo / que le ayudó a caminar por cuerdas tensas / o a disfrutar del esplendor de la mañana. / Y cuando ya se bamboleaba, surgía una ventana / por la cual se lanzaba al infinito».

Como no podía ser de otra forma, en la última estrofa de su último poema, Reinaldo Arenas se muestra esplendorosamente fiel a sus fijaciones cuando se refiere al destino de sus restos: “No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito, / ni un túmulo de arena donde reposase su esqueleto / (ni después de muerto quiso verse quieto) / Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar / donde habrán de fluir constantemente. / No ha perdido la costumbre de soñar: / espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente».

La vida es metáfora del mar, en este momento.





* * *

viernes 1 de agosto de 2008

Descosido



Gracias a todos.




* * *

jueves 31 de julio de 2008

Todo acabará cuando llegue agosto



Todo acabará cuando llegue agosto;
la voz de los cantantes, el tacto de las hojas,
la felicidad engañosa de ciertas promesas.

Porque todo termina donde empieza agosto;
la enfermedad y la furia, el amor y la inocencia,
las tarrinas de helado de mascarpone y fresa.

Empezará otro agosto, este agosto.
Ya no habrá más lágrimas en terminales,
ni pornografía entusiasta, ni invisibles.

Llegará agosto, el verdadero agosto,
y lo que ayer nos sacudía el corazón
hoy sólo nos hará menear la cabeza.

Todo acabará cuando llegue agosto,
porque todo termina donde empieza
agosto, afortunadamente.




* * *

miércoles 30 de julio de 2008

1990



Aunque madrugar en verano era tan fácil
no soportaba el olor a cloro de la piscina
ni la idea de regresar a aquel feo colegio
inevitablemente el día de su cumpleaños.

Su madre le obligaba a hacer sus ejercicios
pero él se escabullía con la destreza de las
ardillas, cerraba los ojos y viajaba a África,
sin moverse de la silla, con sus dos leones.

Y cuando todos volvían de la playa oliendo
a crema bronceadora y bocadillo de queso,
él los contemplaba satisfecho, tras el libro,
resguardado del calor, tocándose la frente.




* * *

martes 29 de julio de 2008

Urticaria californiana


A la señorita Parejo,
descubridora de
perplejidades.
De camino al sol
tan dorado de California,
en la cama de nuestra
habitación doble en el
Hotel Congress —siempre
el más barato— comeremos
puñados de snacks salados
de esos que, según tú,
saben como a ortiga.

(No olvides que te odio
cuando dices
palabras como inconspicuo)

Y beberemos refrescos,
también, fríos pero sin gas
en las peores estaciones de
servicio de Arizona y, como
siempre, insistirás en que
crucemos la frontera
cuanto antes.

(No olvides que no te aguanto
cuando sugieres
que somos seres unisexuales)

Nosotros florecemos en julio,
como esas plantas hostiles
que crecen junto al asfalto
a pesar de todo.

Sin envidiar, por suerte,
a las personas
normales.




* * *

lunes 28 de julio de 2008

Ciudad de los enfermos



Habitación catorce, cama dos.

Desde las dos alas de la planta trece
se domina la ciudad entera, bajo la bruma
otoñal que hoy la hace parecer un espejismo.

Los enfermos adivinan la ciudad entre la niebla,
se imaginan, inevitablemente, volviendo a sus casas;
una chaqueta encima del pijama y dinero para un taxi.

Están hartos de la vida carcelaria, de ser uniformados,
innombrados, numerados, tratados como coches viejos:
a los presos, por lo menos, les permiten estar solos.

Las enfermeras no tienen la culpa, pero te llaman
catorce-dos. Dicen: Analgésico para la catorce-dos.
Llamad al celador para que cambien a la catorce-dos.

Hoy se va la cinco-uno. Todos se van antes que tú.
Hombres y mujeres vestidos de azul claro, familiares
elegantes con caras de sueño y dolor, hoy tan radiantes.

Y tú, catorce-dos, desde el lugar donde se domina todo,
desde el centro neurálgico de la ciudad de los enfermos,
observando a los coches encender sus luces de niebla.




* * *

domingo 27 de julio de 2008

Dr. Insomnio



I told the joke about the woman
who asked her lover: “Why
is your organ so small?”
He replied: “I didn't know
I was playin’ in a cathedral”

(Vicki Calling)
Ella —¿quién si no?—
volvió a llamarme a las
3:30 de la mañana para
preguntarme si dormía.

«Sólo hasta que llamaste»,
repuse, y le colgué otra vez.
Pero volvió a insistir, y, sin abrir
los ojos, esperé a que se cansase
y luego desconecté el teléfono.

Sé que el viento
ondulaba el cortinaje
porque hacía viento y
porque aún conservaba
las cortinas. En realidad,
todo fue mucho más simple:
con sus faldas, me hacían
cosquillas en los pies.

Era como no estar solo.




* * *

sábado 26 de julio de 2008

Same thing in reverse



«Esto toca a su fin», ella advirtió.
«Tus piernas siempre serán tan
blancas», pensaba él, ausente;
ensimismado en su propia voz.

Su madre le daba de comer en
la cama, empujaba el tenedor
dentro de su boca. Observó:
«Hijo mío, qué piernas tan
blancas tienes».

Sólo entonces fue consciente
de todo cuanto había perdido.
Habían pasado ya más de
seis años.




* * *

viernes 25 de julio de 2008

Domine mundi



A qué ese afán de
domesticarlo todo,
de dominar a las especies,
de domar al lobo y al león,
de enderezar al perro,
de aburguesar al gato.

A qué tanto interés
por hacer hablar a las urracas
y saltar a los delfines, por ver
a los osos montar, ridículos,
en monociclo, por amaestrar
al paciente tigre de Bengala.

Qué insólito complejo milenario
empuja al hombre a civilizarlo todo
por la fuerza; a construir zoológicos,
circos, jaulas y mataderos. A demostrar
su dominio apabullante sobre las cosas

de forma tan poco civilizada.




* * *

jueves 24 de julio de 2008

El Cielo no tiene la respuesta, dice el Oráculo



A los que miran al cielo, desafiantes,
el Oráculo responde amablemente:

El Cielo no tiene la respuesta;
el Cielo es sólo otro elemento
más del decorado, tal vez más
brillante y mudable que el resto,

pero no es mucho más que eso.
Así que desistid de una vez:
Dejad de buscar respuestas aquí,
el Cielo no es lo que pensáis.

El Cielo es un invento de la iglesia,
una publicidad exitosa, un sacrilegio
místico y absurdo como Jesucristo.
El Cielo tampoco tiene la culpa de
vuestros problemas ni os ayudará
jamás a resolverlos. Así que dejad
de culpar al Cielo, por amor santo.

El Cielo es una ilusión ridícula,
advierte el Oráculo.




* * *

miércoles 23 de julio de 2008

El amor es crueldad accidental



Pido perdón a los mosquitos
que murieron estrellados
contra el cristal de
mi parabrisas,
y a las mujeres que
me amaron, y yo amé,
en mayor o menor medida.




* * *

martes 22 de julio de 2008

La fábrica de corchos


A Rosa Bruch.
Gracias por todo.
Había tomado el camino equivocado,
me desvié y conduje algunos metros
por un sendero de grava, hasta llegar
a algo parecido a un desguace y me
detuve allí. Buscaba una gasolinera.

Había un letrero colgando de la fachada.
Decía que aquello era una fábrica de corchos,
pero no había nadie allí. Sólo sol y grava,
ni una sola señal de vida aparente.

Me equivocaba otra vez. Cuando intentaba
maniobrar, vi a dos perros encadenados salir
de una caseta, pero no vi comederos ni bebederos
allí y el sol abrasaba cada cosa que tocaba.

Me acerqué al perro pequeño y lo desaté.
Fui hasta el más grande y solté también
su cadena. Les dije: «Venga, corred. Id
donde queráis. Poneos a la sombra».
Pero ninguno de los dos se inmutó.

El mayor miró primero al pequeño
y después me miró a mí a los ojos,
como intentando decirme: Mira a
tu alrededor, grandísimo estúpido.
¿Adónde crees que nos vamos a ir?

Tenía razón. Así que volví a atarlos a
los dos y regresaron al interior de su
caseta y me marché de allí, sin mirar
atrás, como si nunca hubiese estado
en aquella fábrica de corchos.




* * *



lunes 21 de julio de 2008

Ruinas hostiles



La decadencia se manifiesta también
en Ciudad Hostil de múltiples formas:
en edificios céntricos, inminentes ruinas,
que se tienen en pie con el único objeto

de incordiar a arrendadores impacientes;
pero también en las personas, como en
la vieja que arrastra con dificultades el
carro de la compra o la drogadicta que
pide una ayuda para comer o el sintecho
que lee la prensa de otros años, porque
cada vez le gusta menos el presente.




* * *

domingo 20 de julio de 2008

Ruinas villanas



Declaro Villa Somier ciudad ruinosa y podrida:
Poco importa que algunos filósofos de verbena
apunten que su arquitectura civil es admirable;
sólo aquí restauran las cubiertas de ruinas del
medievo con tela asfáltica, valiente ignorancia.
Por no hablar del jónico impostor de las columnas
que sostienen los portales de tantos edificios,
o del apestoso coliseo donde puntualmente se
congregan miles de desalmados, para disfrutar
del espectáculo atroz de la tortura animal.




* * *

sábado 19 de julio de 2008

El tiempo se ríe de los hombres poderosos



Los hombres poderosos, los dueños del dinero,
han llegado a Villa Somier a bordo de sus enormes
coches de lujo -negros, plateados- siempre veloces
por el carril de aceleración, apartando a los demás
conductores con ráfagas de luces, intimidándoles,
porque tienen prisa por conquistar el mundo.

Los hombres poderosos, los dueños del planeta,
comprueban nerviosos la hora en sus relojes de
oro, mientras observan el sol precipitarse por
entre las colinas. Hay algo que ni siquiera ellos,
los gurús de la opulencia, podrán administrar:
No existe dinero aquí para comprar el tiempo.




* * *

viernes 18 de julio de 2008

Variación sobre el aliento de los perros



El aliento de los perros en verano
es áspero y sonoro como el serrucho
desgastando lentamente la madera.

El aliento de los perros en otoño
es melancólico y cruel igual que una
puesta de sol para un hombre ciego.

El aliento de los perros en invierno
es cálido y tierno como el abrazo de
un abuelo, como el pastel de carne.

El aliento de los perros en primavera
es tan desagradable que hace que las
mujeres ansíen la llegada del verano.




* * *

jueves 17 de julio de 2008

Pecados de la carne



En el país de los pequeños petroglifos
había dos lesbianas grandes, —que
eran también grandes lesbianas—,
muy amigas de llorar y criticar
y de abrazarse en espacios
abiertos, siempre las dos
juntas sobre la hierba.
De las dos, una era más
joven y menuda, y la otra,
más callada, estiraba unas
medias de rejilla, sin pudor,
sobre las piernas enrojecidas;
sus muslos parecían roast beef.




* * *

miércoles 16 de julio de 2008

Lanzadoras de cuchillos, no seáis tan crueles con los enfermos



Lanzadoras de cuchillos,
no seáis tan crueles
con los enfermos.

¿Por qué no
disparáis más cerca
de sus órganos vitales?

Tened compasión de ellos,
lanzadoras de cuchillos;
apuntadles al corazón.




* * *

martes 15 de julio de 2008

Nebulosas



La memoria se vuelve un poco frágil
alrededor de aquellos días, supongo
que porque entonces no ponía tanto
interés en coleccionar cosas bonitas,
pero ciertas imágenes aún perduran
con la intensidad de las descargas,
como la lluvia artificial de aspersores
regando el asfalto blando de agosto,
que lo hacían brillar como si fuese un
mar sintético, y aquel cielo ambarino,
o puede que fuese ocre, derramando
el tiempo sobre nosotros igual que un
inmenso muro de lodo, de fango lento,
que no buscaba más que sorprenderte.




* * *

lunes 14 de julio de 2008

Starling Patrol



Bandadas de pájaros
—no importa qué pájaros—
desplazándose en el aire
con la exuberancia de
algunas prostitutas.

No diré que gráciles y
frondosas, pero imprevistas,
inundan el cielo y danzan
agitadas por el viento
cálido del Este, que
hace que todo
huela
a pan de centeno.




* * *

domingo 13 de julio de 2008

La ciudad nos observa con ojos tranquilos



La ciudad nos observa con ojos tranquilos
porque tú y yo somos elementos en concordia
y cada paso que damos estaba ya escrito en el
Gran Libro de los Pasos y es gracioso vernos
así, como si siempre hubiésemos sabido dónde
acertar con el pie, dónde poner cada palabra.

Aquí, entre la gente que avanza y corre y empuja,
tú y yo somos dos estatuas de piel tan diminuta,
representando un papel para nosotros mismos.




* * *

sábado 12 de julio de 2008

El fin justifica los miedos



Los hay que están dispuestos
a huir de la soledad a cualquier precio,
durmiendo con el televisor encendido
o dejándose caer en brazos del primer
ser humano con que se tropiezan.

Hay desdichados también
que, por no saber, buscan el amor
en el lugar más inaudito, a la salida
de las iglesias, entre hombres y mujeres
trajeados que lanzan granos de arroz.

Y seres extraños que piensan
que conservar tradiciones y ritos
ancestrales y ridículos, como fiestas
de aniversario, es el precio que han
de pagar por sentirse acompañados.

El fin justifica los miedos
porque elimina a víctimas y testigos,
pero las pruebas sobreviven, como fatal
profecía, para advertir a los que vienen
detrás de nosotros, espuma del tiempo.




* * *

viernes 11 de julio de 2008

Algunos poetas suben al cielo sin chaqueta y otros no



Después de escuchar a las viejas preconizando
con vehemencia las virtudes del Linimento de
Sloan, de observar sus extremidades como
si fuesen de otro, de sentir el bombeo de
la sangre concentrado en las muñecas,
el poeta C.B., existencialista sombrío
desconvencido y pragmático, invitó
a todos sus amigos a desalojar el
local y, poniéndose la chaqueta,
les deseó buena suerte y subió
a su casa a descansar con los
gatos. A admirarse la tripa
velluda, pálida y blanda.
A escribir algo, versos
sueltos, lo que fuese,
por malo que fuese.
Porque era triste
que un escritor
no escribiese.




* * *

jueves 10 de julio de 2008

Jóvenes y honrados



Empezamos a robar muy jóvenes,
(no tendríamos más de doce años)
a escondidas y de noche, en salones
con moqueta gorda, bandera y chimenea,
mientras dormían nuestros captores
que eran rubios y gordos y no
hablaban en nuestro idioma.

Tú querías el dinero para comprar
gominolas. ¿Te das cuenta ahora de
lo gracioso que era todo? Robábamos
para comer, como los ladrones honrados,
pero nos sentíamos miserables como ratas.

Yo cogía las monedas grandes del bote de
los peniques para comprar discos extraños.
Aquel dinero inglés quemaba en las manos;
tenía grandes remordimientos después,
me imaginaba a la policía registrando mis
maletas en la aduana del aeropuerto, haciendo
miles de preguntas, llevándonos a los dos
a la sala oscura para interrogarnos por
separado. Pero nunca nos llegaron a
coger. Creo que lo hicimos bien.




* * *

miércoles 9 de julio de 2008

La vida solitaria de las gárgolas



Son aves raras en las ciudades de provincia
pueden contarse con los dedos en Ciudad Hostil,
pueden contarse con más dedos en Villa Somier.
Se ven tan ridículas y extrañas allá arriba,
en los tejados de los viejos edificios,
mirando siempre la misma escena
con los mismos ojos de bronce
con los mismos ojos de piedra
en posiciones incómodas
vertiginosas y acróbatas.
Como intentando justificarse,
como intentando demostrar que,
por mucho tiempo que pase, por
anacrónicas que resulten en la Era
del Cristal, del Aluminio y del Hormigón,
son parte activa, a su manera, de este gran
teatro aberrante, absurdo y contemporáneo
en que hemos convertido al mundo moderno.




* * *

martes 8 de julio de 2008

Desde luego que no



Al margen de esporádicos sobresaltos,
vivíamos felices en aquel cobertizo de madera
que tenía una ventana orientada hacia poniente
y olía a maíz y a fruta, y a los dos
nos servía de escondite.

Bebíamos gaseosa mientras leíamos viejas
revistas de la abuela, ediciones antiguas
del Reader's Digest, omnipresente,
intentando encontrar, en vano,
la gracia de sus tiras cómicas.

Y comíamos ciruelas negras, escupiendo
el hueso en servilletas de papel absorbente.
Y por las noches, cuando papá traía aquellas
chocolatinas estupendas, que entonces se
llamaban Raiders y ahora son sólo Mars,
nos preguntábamos si siempre

iba a ser así.




* * *

lunes 7 de julio de 2008

Por algo octubre es el décimo mes



Los adultos dicen que los niños
tienen la llave, pero yo tengo un
llavero y no voy a ninguna parte.

Se dice también que los jóvenes
son la respuesta al futuro, por
poco resolutivos que parezcan.

Parece que los mayores también
tienen derecho a vivir, aunque en
menor medida. Y así anda la cosa.




* * *

domingo 6 de julio de 2008

Medallero



Que conste que esto lo hago por mi madre.

He estado repasando la lista de premios recibidos en los últimos meses y acabo de darme cuenta de que sobre mí pesan ya al menos seis maldiciones distintas por haber roto otras tantas cadenas. (Sólo así se entiende mi mala suerte reciente, claro)

Alicia Blue me dio un Arte y Pico, el tercero. La Marquesa de Merteuil deseó que me la picase un pollo. (¿Y quién no?) David González y Mauricio «Escuentos» Vallejo se pusieron de acuerdo para concederme sendos Brillante Weblog. Algunos meses antes, Isa Peralta consideró que «Ruinas» no era un mal blog. Y, hace unos pocos días, Fernando Sabido encontró huellas en mi diario.

Bueno, pues gracias a todos. Según las normas tácitas del invento, tendría que recomendar a cinco personas por cada premio, es decir, unas treinta. Sabiendo que el tiempo de evitar el maleficio ha expirado, espero que sepáis comprender mis razones para no hacerlo. (Eso y que no me da la gana, por supuesto)

En lugar de todo eso, y en vista del éxito masivo de este tipo de iniciativas, se me ha ocurrido instaurar mi propio premio, para regocijo de mi madre, que jamás imaginó que su hijo pudiese instaurar nada, menos aún un premio. Pues sí, me lo saco de la manga con las siguientes normas que todos los galardonados deberán seguir escrupulosamente a menos que quieran quedarse sin pelo o que les crezca donde menos lo deseen:



PREMIO «CORÍN TELLADO» A LA EXCELENCIA LITERARIA






1. No se podrá premiar a la misma persona más de trescientas veces.

2. El premio «Corín Tellado» a la Excelencia Literaria conlleva una responsabilidad. Se sancionará a todo aquel que recomiende páginas que hagan apología del macramé.

3. Los galardonados con el premio «Corín Tellado» a la Excelencia Literaria deberán hacérselo saber a un mínimo de 70 personas en el plazo de cuarenta y ocho horas a partir de la hora de recepción. De lo contrario, no sólo se les retirará el premio, sino que se cancelará su cuenta de blogger, wordpress o similar.

4. No, el premio «Corín Tellado» a la Excelencia Literaria no puede canjearse por dinero.

5. Exhibir el premio «Corín Tellado» a la Excelencia Literaria es una obligación moral y literal. Quien no luzca este trofeo con orgullo se expone a ser erradicado violentamente de la faz de la ciberesfera.

Bien, de acuerdo. Una vez sentadas las normas, entrego mis premios «Corín Tellado» a la Excelencia Literaria a los siguientes personajes:


* Al poeta cáustico Sal Duluoz, por el veneno de sus picaduras.

* Al polifacético Lautréamont, por su sentido del humor inconmensurable.

* A la poetisa y fotógrafa Rocío Flores, agradabilísima revelación beatnik.

* A la cuentista venezolana Alejandra Parejo, por su feliz desparpajo narrativo.

* Al incombustible Luis Felipe Comendador, como reconocimiento a toda su carrera.


Y esto es todo por ahora, mes amis.




* * *

sábado 5 de julio de 2008

Cirros, cúmulos y estratos



Cirros, cúmulos y estratos,
toda esa mierda que inunda
el cielo de manchas, descargas
eléctricas, tormentas de verano;
¿por qué tenemos que
escribir sobre ellas?

Hay más poesía
en los gases de combustión
que expelen los tubos de escape,
en los cielos con claros purpúreos,
en el monóxido de carbón, en
los eclipses radiactivos.

Restamos mérito
al hombre inventor.

Y eso está mal.




* * *

viernes 4 de julio de 2008

Hotel Varsovia



Le encantaba llamar la atención,
por eso nunca salía de casa
sin su chaleco reflectante.

Por amor, se hubiese
subido en su motocicleta,
pero prefirió regresar andando.

Al cruzar Leninski Prospect
se detuvo ante el Hotel Varsovia
y recordó a la vendedora de caravanas.

Miró a la ventana del tercer piso
y sonrío y se encogió al mismo
tiempo y siguió andando.




* * *

jueves 3 de julio de 2008

Trágica canícula circular



A Franz Grillparzer,
por haberlo intentado.

La tragedia es un invento griego
que los latinos perfeccionaron
y Shakespeare hizo rentable.

El tiempo de los perros recibe
nombres extraños, pero siempre
será eufemismo de brasas y ceniza.

La canícula mesopotámica
no es época para los mastines
blancos, gigantes, hoy tan sucios.

Los he visto dejarse morir al sol
lentamente en el centro de la calle,
ante miles de miradas de desprecio.

No hay sentimientos en Villa Somier,
ni sensación de tragedia, ni deseo
de estirar el estilo Biedermeier.

Los niños salvajes corren desnudos
por la cuneta, los pies descalzos,
no los abate el ecuador celeste.

La reminiscencia arábiga de los días
en que el sol abrasaba la tierra es
ahora una amenaza en la pared.




* * *

miércoles 2 de julio de 2008

Dicha de Ciudad Hostil



«La mala noticia es que el mundo se acaba,
la buena es que no viviremos para verlo».

Algunas voces críticas censuran
que todas las noticias procedentes
de Ciudad Hostil son tristes y amargas
como la muerte de un niño con leucemia.

No es necesario llegar hasta ese extremo,
en Ciudad Hostil suceden cosas buenas
a diario. Por ejemplo, la subida del
precio de la vivienda hace que los
padres disfruten por más tiempo
de la compañía de sus retoños.

Los viejos se mueren, como en todas
partes, pero también sufrimos una
plaga de bebés. Nunca hemos
tenido una plaza de toros,
y derribamos con éxito los
símbolos dictatoriales y oscuros.

Y ayer por la tarde, ante algo más de
una veintena de testigos, un hombre
consiguió aparcar su coche en el centro
de la ciudad a la primera, sin infringir
ningún código, ni atropellar a nadie.

No todo son cosas horribles aquí.
Pero los periódicos y los poetas
huyen, por sistema, de las
buenas noticias.





* * *

martes 1 de julio de 2008

Consumir antes de (ver fecha)



La felicidad es un bien perecedero,
como la fruta y la leche, como las hortalizas,
como los refrescos con gas, como los zumos.
Perseveramos en negarlo, a pesar de todo.

La felicidad es efímera. Es delicada.
Luce espléndida en el carro de la compra,
en las bolsas relucientes del mercado,
dentro de su envoltorio de plástico.

Pero lleva una fecha de caducidad
tatuada en el dorso, e ignorarla sólo
lleva a provocar fatales accidentes,
evitables y ridículos, como el amor.




* * *

lunes 30 de junio de 2008

Pequeño Monte Rushmore



También tenemos un pequeño
Monte Rushmore entre las dos
ciudades, que es motivo de
disputa entre hostiles y villanos.

A diferencia del Gran Rushmore,
nuestro Pequeño Monte Rushmore
no fue tallado por la mano de los
hombres: La erosión selectiva del
viento y del agua fue responsable
de tan exótico embeleso.

Pero no sólo su posesión es
argumento de contienda aquí,
en esta tierra de enemistades.

A la hora de encontrarle parecidos,
los hostiles sostienen que encarna la

heroica de cuatro obreros desconocidos
mientras en Villa Somier defienden
que honra a la primera formación
de los chicos de Liverpool.




* * *

domingo 29 de junio de 2008

Otra vez Reinaldo



Reinaldo,
pronunciado lento,
con las vocales abiertas
como aprendiendo a decir
Reinaldo.

Reinaldo,
que advirtió que
el obsequio de la letra
no era don, sino castigo
milenario.

Que huyó
de la represión
nefasta y hedionda
envuelto en un traje
de plumas.




* * *

sábado 28 de junio de 2008

Brazos más largos



Los ciegos imaginan los colores,
evocando más la sombra que

la privación de la luz, como algo
abstracto y tangible al mismo tiempo,
como una tabla de temperatura filosófica.

Nicholas Saunderson reconstruyó,

sin ver, el Universo, y jamás se lamentó
de su ceguera. Sin embargo, habría deseado
tener brazos más largos, tocar la Luna con

las manos, para explicarse una pequeña
parte de todo lo que nadie podía ver.




* * *

viernes 27 de junio de 2008

Músicas atávicas



Todos veían la televisión en la cocina.
Daban grandes voces, reían, llamaban
a sus hijos entre carcajadas y alaridos.
Decían: ¡Mucho cuidado con lo que hacéis!
y toda esa clase de cosas que se suele
decir a los niños cuando son pequeños.
Y, luego, volvían a sus cosas.

Bebían vino, brindaban con vasos de
cristal grueso. Se oía ruido de tenedores
mientras los jingles de los anuncios y
las voces de la televisión daban calor
y ambientaban la escena familiar:
«Si encuentra algo mejor, cómprelo».
«Si encuentra algo mejor, cómprelo».

Tú corrías a esconderte debajo de la cama
de la habitación de invitados, la última de
la casa, intentando huír del bullicio, pero
era imposible. Desearías haber sido invisible
y salir volando por la ventana, igual que una
pluma, hasta llegar al suelo, y echar a correr
como una ardilla huyendo de los campistas.

Pero era imposible.




* * *

jueves 26 de junio de 2008

Los caminos del Señor son vías de peaje



Yo, que he fingido hacerlo alguna vez,
puedo comprender alegre la admiración
que sienten algunos locos por los tranvías,
la crisis vocacional de los antiguos redentores
de Cristo, el calentamiento global, la subida
del precio de las cosas en épocas de recesión,
el feminismo ilustrado, lesbiano-radical,
responsable del auge de la camisa de cuadros.

Me cuesta más trabajo asimilar, no obstante, la
espiritualidad mercedaria del Sermón de la Montaña,
pienso que William Davies pudo hacer cosas mejores.
Pero si tuviese que elegir, de entre todas las cosas
que me hacen fruncir el ceño, escogería los motivos
que llevaron a Pollock a dedicarse al arte, cuando
pudo haber sido tan buen taxidermista, o moralista,
o haberse reído silenciosamente de los clásicos.




* * *

miércoles 25 de junio de 2008

Parece que todos los muertos son buenos



Parece que todos los muertos son buenos
y apacibles y mansos como las ovejas.
Los cantantes de rock, los jugadores
de rugby, los porteros de los clubs
de noche, los asesinos a sueldo:
todos son dignos de despertar
compasión y buen recuerdo
entre los que se quedan
aquí, esperando turno.

La muerte puede ser
lenta a veces, como la cola
de las cajas de los supermercados.
Y rápida también, como un descenso
administrativo. Llegados a este punto,
los viejos procuran ser buenos los últimos
días y sustituyen sus listines por páginas de
esquelas y rezan y van a misa y hacen todo lo
contrario de lo que hacían cuando estaban vivos.




* * *

martes 24 de junio de 2008

Catálogo de buenas acciones para hombres con prisa



Abandonad el agobio, hombres con prisa.
Deteneos y mirad las piernas de las mujeres maduras.
Prestad atención a los seres de la calle, aunque
os hablen de fiestas, exámenes o partidos.
Un resultado deportivo puede ser
a veces presagio de algo mejor.

No seáis crueles con los jóvenes practicantes
de las autoescuelas, aunque se arrastren con
lentitud entre los coches a las ocho y veinte.
Sed tolerantes, también, con los mayores,
esos que cruzan siempre por donde no deben
con la parsimonia atroz de los caracoles.

Cambiad la arena de vuestros gatos,
llevad a vuestros hijos a la playa alguna vez,
invitadlos en invierno a chocolate con churros
o al cine y fingid entusiasmo por las fiestas.

Ayudad a los perros perdidos que esperan
quietos bajo la lluvia a encontrar sus casas,
salvad a los gorriones que se caen del nido,
amamantad a las crías de rata con biberones.

Visitad a los enfermos, llevadles libros de
poemas que valgan la pena. Nada de místicos.
Ayudad a abrir las ventanas de la sala de espera
a las menopáusicas que se sofocan y se agitan.

Esforzaos, si podéis, por dedicar algún tiempo
a vuestras familias. Encontrad ese método de
conciliación laboral del que tanto se habla
estos días desde los servicios sociales.

Descuidad un poco vuestras obligaciones,
hombres con prisa. Es posible que
lleguéis tarde a todas partes,
pero seréis más felices.




* * *

lunes 23 de junio de 2008

Hijos de Baden-Powell



A Woody Allen, que
no lo leerá nunca.

Pobre Dilbar Telirian:
A veces le asaltaban horribles pesadillas
en mitad de la noche; soñaba con enjambres
de extraños y jóvenes militantes exaltados
y exultantes en torno a una bandera,
haciendo sus juramentos,
tocando juntos
la guitarra.

En condiciones normales,
Dilbar Telirian era un hombre de coraje,
pero al caer en el bloqueo sensorial de la
tercera fase del sueño, era tan susceptible de
acobardarse como cualquiera de nosotros.
En cierta ocasión, algo bebido, confesó que
el olor a malvavisco chamuscado
le hacía estremecer.

Telirian, Dilbar Telirian,
el mismísimo armenio que mató
a Jánoš Kopka, siente pavor cuando
escucha los acordes del Kum Ba Yah,
el chasquido intermitente de la
hoguera, el trotar acompasado
de los promotores uniformados
del gregarismo estúpido, del
aniquilador de personalidades,
esos malditos hijos
de Baden-Powell.




* * *

domingo 22 de junio de 2008

Segundas partes



Rescatemos al cowboy desfigurado,
hagamos algo parecido a Tarantino.

Démosle una nueva oportunidad a
la puta reformada, ahora madre y vieja,
aunque haya sentado la cabeza con dolor.

A los solícitos suicidas, almas en pena,
que exhiben como condena su estima
de mercadillo en este feliz purgatorio
que es el Planeta Mierda.

Creamos en el amor, ese animal moribundo
que se arrastra y se tambalea y, al instante,
es una mancha de sangre en la moqueta.

Leí una vez en una puerta de un cuarto de baño
que la vida puede ser metáfora de muchas cosas,
pero ninguna es buena ni dura demasiado.

Así que alcemos nuestras copas, amigos,
y brindemos. Brindemos por la infame e
infinita broma pesada del verano
de todos los años.




* * *

sábado 21 de junio de 2008

Antes de que el muelle de Brighton ardiese



Algunos años antes de que
el muelle de Brighton ardiese,
antes de que las letras de nuestras
canciones volasen por los aires y todo
oliese a ceniza y a silencio, jugamos
nuestros últimos ahorros en las
máquinas tragaperras, caímos
en el engaño dóciles e ilusos.

Tú decías siempre,
tú siempre decías:
Tarde o temprano tendrán que
caer. Mira qué cerca están ya del
borde. Ya verás, ya verás.
Ten un poco de confianza,
yo nunca me equivoco.

Creo que era 1994,
aunque también pudo ser
un año antes, a veces la
memoria se vuelve borrosa,
incomprensiblemente.

Para dormir, escuchábamos
interminables conversaciones
en la BBC. Tú preguntabas:
¿Para qué, si no entendemos
una palabra de lo que dicen?

Después te dormías
y yo te miraba respirar
y pensaba en la ciudad,
que estaba patas arriba,
como en aquel cuadro.




* * *

viernes 20 de junio de 2008

Tenerlo y dejarlo escapar



Tenerlo y
dejarlo escapar
es parafílico y canónico,
es premioso y profiláctico.

Tenerlo y
dejarlo escapar
y conformarse y pensar
que basta con saber
que habría podido
ser, si hubiese
querido.

Pero no
ha sido.

Tenerlo y
dejarlo escapar,
una vez más.
Qué más dará.




* * *

jueves 19 de junio de 2008

Resonancias magnéticas



Quítese la chaqueta y
todos los objetos metálicos
(placas, collares, hebillas,

relojes, tarjetas de crédito)
y túmbese en la camilla.

No se descalce, túmbese aquí.
Cuidado con la cabeza,

no queremos que se desnuque.
No se mueva, respire

profundamente, cierre los ojos.
Es posible que sienta calor.

Sólo serán unos minutos.
¿Le han hecho contraste

alguna vez? Sí, vale entonces.

Ahora ya sabes lo que siente

el rollo de papel continuo
en su largo viaje sacrificial

por la impresora de agujas.
Eres papel, como el papel

con que sujetan tu cabeza,
como el papel que aprisiona

tus orejas y amortigua el ruido
que recuerda a borracheras en
los baños de las discotecas,
cuando eras joven y
castigabas tu cerebro.
Ahora ya sabes cómo es, sí.

Sólo serán unos minutos.




* * *

miércoles 18 de junio de 2008

Comisarios del arte



Comisarios del arte,
jueces y árbitros del talento,
fiscalizadores del ingenio y la belleza,
que os empeñáis en instrumentalizar al artista
y buceáis solemnes en cada mancha y ponéis
nombre a cada movimiento y pensáis que el
mundo se ordena según vuestro criterio,
acordaos de Marcel Duchamp cuando
lleguéis tarde al cuarto de baño y
encontréis la puerta cerrada.




* * *

martes 17 de junio de 2008

Nostalgia de Cabo Cañaveral



Eran tan mágicos los días
en que hacíamos volar los
sprays de los desodorantes
por encima del tejado,
lanzándolos al fuego
desoyendo
los consejos de los viejos,
riéndonos siempre tan alto
con cada estallido,
tan alto.

No éramos muy originales,
los dos soñabamos con
ser astronautas;
demasiadas películas
de ciencia ficción.

Vimos el cielo cambiar de
color cientos de veces
desde el mismo muro,
mientras robábamos
cerezas del árbol,
(para nosotros,
todos los árboles
eran sólo árboles)
y perseguíamos las sombras
de los camiones que corrían
por aquel trémulo puente
que amenazaba con caerse,
eran rápidas como lagartijas
sobre el asfalto.



* * *

lunes 16 de junio de 2008

Los enfisemas falsos



Johnny Carson tenía 79.
Su taza de loza asistió al proceso
lento y disciplinado y calamitoso y cruel
—todo a la vez— desde la mesa,
bajo las lentes y los focos,
entre aplausos conocidos.

Takashi Shimura tenía 77.
Kurosawa lo advirtió con Watanabe:
«Tiene cáncer gástrico, pero todavía
no lo sabe», hacía decir en Ikiru,
sin saber que iba a cumplir su
profecía treinta años más tarde.

Norman Rockwell tenía 84.
La historia de su vida aburriría a
las arañas: le atormentaba la medianía
como al 87% de la población mundial.
Murió en Stockbridge que es un
lugar fantástico para morir.




* * *

domingo 15 de junio de 2008

A o B



Podemos decir cosas bonitas,
o podemos decir la verdad.




* * *

sábado 14 de junio de 2008

Pedantes y pregoneros



Por culpa de los académicos,
hay iluminados que se empeñan
en distinguir la adición de la adicción,
la afición de la aflicción,
la pompa de la bomba,
el llanto de la llama,
el año del daño.

Apelan, no obstante,
alzando bien el mentón,
a la milimétrica existencia,
al ciclo de las Erofanías,
como si en algún momento
supiesen de lo que hablan.

Derrochan mares de tinta
elaborando profundas
consideraciones metafísicas
sobre el peso de las almas,
la densidad de las palabras
o la levedad del párpado.

Palabrería barata, nada más,
buscando impresionar
a los impresionables.




* * *

viernes 13 de junio de 2008

1982



A mis padres
y a Carmen
y a Rubén
Dormía encogido en posición fetal,
con el pulgar siempre dentro de la boca.
Mamá dice que también entonces
estuve a punto de morir, pero al
final todo se quedó en un susto.

Me acuerdo de Yaki, el oso amarillo.
Y de Charlie y de Misha y del pequeño
Pildo, mis cuatro amigos de trapo.
Hablaba con ellos por las noches,
y después rezaba y pedía que todos
viviésemos millones de años.

He sido hijo único desde que nací.
A veces venía Rubén, que es lo más
parecido a un hermano que tendré jamás,
y se quedaba a dormir y cuando él estaba
me sentía mucho menos solo.

Teníamos una furgoneta Dyane
de color crema y yo viajaba en la
parte de atrás y llevaba conmigo
una cantimplora llena de agua
y un poco de pan y una linterna
por si nos pasaba algo.

Yo no sabía entonces quiénes eran
Romy Schneider o Leónidas Breznev,
no conocía el significado de la muerte,
ni me importó el Nobel de Márquez
ni la guerra de las Malvinas,
ni el mundial de fútbol.

Me gustaba la gelatina de sabores
y dormir encogido en posición fetal
con el dedo pulgar sobre la lengua.




* * *

jueves 12 de junio de 2008

No escupáis delante de las chicas



No escupáis delante de las chicas,
muchachos. No seáis cerdos.
Seguid el consejo de los
adoquines de Ellsworth.
Conteneos, chicos,
conteneos.

No escupáis delante de las chicas,
muchachos. Sed educados.
Hay formas más civilizadas
de mostrar vuestra hombría.
Arreglad televisores,
por ejemplo.

No escupáis delante de las chicas,
muchachos. No seáis ordinarios.
Emplead vuestra saliva en
destinos más interesantes.
Dadles algún beso
de vez en cuando.




* * *

miércoles 11 de junio de 2008

El hermano tonto



Me llevaba de la mano a todas partes
como si fuese el hermano tonto
o el niño que siempre se pierde.

Se hace difícil recordarla,
pensar en su voz, siquiera,
sin sentir esa opresión suave
y sudorosa en la palma y
en el dorso de la mano.

Me decía: voy a contarte
otra vez
la historia del invernadero,
y volvía a repetir el relato,
parte por parte,
como la primera vez,
hasta el último detalle.

Y luego estaba
su fobia semafórica,
decía: ¿Has visto, Hugo,
qué mundo de locos éste?
Donde los árboles han
de ceder su espacio
a los semáforos,
recortar sus ramas,
abrirles paso,
para que sus luces rojas
se propaguen.

Y al día siguiente, lo mismo:
Recuérdame que te cuente
otra vez
lo del invernadero.




* * *

martes 10 de junio de 2008

La resurrección silenciosa


A Nuria Ruiz de Viñaspre,
por el entusiasmo nomista.

Escribo desde el Icurock Cafe —en el cruce de la 62 Oeste con Broadway, cerca de las ruinas incólumes del viejo Hurrah's—, donde me he citado con la médium Christina para conmemorar el discreto regreso de Klaus Nomi, con la excusa de la edición de su ópera inconclusa, «Za Bakdaz», aproximadamente un cuarto de siglo después de su muerte.

Debo confesar que, en lo concerniente a la parapsicología y el ocultismo en general, he sido siempre bastante reticente. Sin embargo, a la vista del hermetismo y la dispersión que caracteriza a los supervivientes de la época de Klaus, he creído necesario hablar con él directamente. O casi.

Así que os advierto: Es muy posible que en el transcurso de este artículo leáis auténticas atrocidades periodísticas. Si esto os ofende, estáis en vuestro perfecto derecho de pasar la página y disfrutar de los anuncios.

Empiezo, veréis:

Klaus Nomi no se llamó Klaus Nomi. Su nombre era Klaus Sperber. Nació en Immenstadt im Allgäu, Alemania, en 1944 y vivió muy rápido y murió muy joven, pero no dejó un bonito cadáver: El sarcoma de Kaposi, una de las múltiples dolencias asociadas al virus del SIDA que padecía, tuvo la culpa; su piel se pudrió a medida que la enfermedad le iba carcomiendo también por dentro. Pero creo que estoy empezando la historia por el final.

Empiezo otra vez:

Para todos los que aún no le conozcan, Klaus Nomi fue un genio. Un meteorito de carne y hueso, un aria de tres minutos, un virus para la ópera y una vacuna para la New Wave neoyorquina de los últimos setenta y primeros ochenta.

[Ha llegado la médium. Me pregunta si llevo mucho tiempo esperando, de lo que deduzco que tal vez no sea tan buena como dice el anuncio. Pido café para mí y una infusión para ella. Té rojo, aclara. Mientras pone en marcha su contador —la broma me va a salir por 260 dólares— y entra en trance para establecer contacto con Nomi, aprovecho para morder mi chocolatina y pasar algunos apuntes a limpio]

Nomi se trasladó a Nueva York a mediados de los años setenta. Allí empezó a destacar en el ambiente underground y fue entonces cuando decidió cambiar su apellido por Nomi, anagrama de Omni, su revista favorita de extraterrestres. El propio Nomi se consideraba a sí mismo un extraterrestre «que vino del espacio exterior / para salvar a humanidad». En cierto modo, y viéndolo con perspectiva, no iba muy desencaminado.

En Nueva York, Nomi se rodeó de la fauna más pintoresca del East Village, vivió entre artistas de la talla de Basquiat, Haring, McLaughlin o Kenny Sharf, pero murió solo y olvidado en una habitación de hospital, dentro de una burbuja de plástico, el 6 de agosto de 1983.

Joey Arias, bailarín, que durante años le acompañó como amigo, corista y partenaire, lo describe así en el documental «The Nomi Song», de Andrew Horn: "Cuando fui a verle, me hicieron vestir una funda de plástico. Tenía prohibido tocarle. (…) Hablé con él la noche del cinco de agosto. Me dijo, 'Joey, ¿qué voy a hacer ahora? Ya no me quieren más aquí. Me han desconectado de todas las máquinas'. Soñé que Klaus se mejoraba y volvía a cantar de nuevo, sólo que esta vez un poco deformado, de modo que tenía que ocultarse tras una pantalla o algo parecido. Le dije, 'Ahora podrás ser el Fantasma de la Ópera. Haremos números juntos'. Él me respondió: 'Sí, posiblemente'. Pero Klaus murió esa noche mientras dormía".

[Me estoy extendiendo demasiado. Christina ha empezado a inquietarse. Ya ha puesto los ojos en blanco y todo eso. Quiere decir que ya está preparada para la entrevista. Ella, con idéntica voz a la de Klaus, comienza a hablar]:

—¡No me gusta el titular de este reportaje!

—¿La resurrección silenciosa? A mí me parece ingenioso y sofisticado.

—Mmm, pretencioso. (Parece pensárselo, aprovecho para preguntar):

—¿Tanto tiempo para publicar una obra póstuma? ¿No era más rentable aprovechar el tirón del inmediato post-mortem?

—Sí, desde luego. Ya se intentó hacer algo parecido en su momento. Aunque supongo que entonces George y Page no necesitaban tanto el dinero como ahora. Al hilo de lo que resulta rentable y lo que no, jamás me expliqué por qué fui incapaz de trascender más allá de Alemania y América. Siempre me he sentido maltratado por los europeos, creo que es mi peinado lo que les ofende.

—Es posible, sí. Cuando habla de George y Page, entiendo que se refiere a George Elliott y Page Wood, los responsables de la edición de este último disco, «Za Bakdaz».

—Claro, a esos dos. Se han debido de creer que la gente es tonta. Todo el mundo sabe –es un decir– que me fui sin dejar ni una sola grabación sin editar. Han querido vender algo que jamás existió, pegando recortes de aquí y allá, reconstruyendo una ópera que sólo estaba en mi cabeza, y que, por supuesto, no tenía nada que ver con este… engendro. ¡Argh!

—Eso explica, en parte, la escasa repercusión mediática del lanzamiento.

—Eso, sí. Aunque me sorprendí mucho el pasado domingo, cuando leí la reseña hablando del disco en el Post. Llega el Post allá arriba, ¿sabes?

—No, no sabía.

—Pues sí, ahora ya lo sabes.

—Una última pregunta, a título personal… ¿Cómo es eso, quiero decir, lo de ahí arriba?

— …

Se hace el silencio. Christina, la médium, vuelve en sí. Los ojos vuelven a su sitio y, carraspeando, recupera su voz. Me dice: "Eso serán doscientos dólares más".

Le digo que podré esperar. Le doy las gracias y apago mi grabadora.

Y creo que está bien así.




* * *

lunes 9 de junio de 2008

Memoria histórica



De niños,
nos lanzábamos como bestias
contra la máquina de refrescos:
Los más fuertes, que eran
también los más incautos,
la embestían cada día a cabezazos
y siempre —siempre— perdían.

Llevábamos nuestras meriendas
en el bolsillo pequeño de la mochila;
sandwiches blancos de jamón york
envueltos en papel de aluminio
y galletas de crema que mamá
envolvía todas las mañanas
cuidadosamente.

Nos hacían caminar en fila india,
ordenados por el número de clase,
con nuestra mano derecha sobre
el hombro de nuestro compañero,
marcando el paso, guardando un
silencio impropio de aquella edad.

Nos llamaban por nuestro apellido,
nos atemorizaban, nos hablaban del
castigo del infierno, nos manoseaban
las piernas y el culo sin que nos
diésemos cuenta. Éramos demasiado
jóvenes e inocentes todavía.

Pero tenemos memoria.
Y ahora ya no pueden
hacernos nada.




* * *

domingo 8 de junio de 2008

Verano hostil



Para celebrar la llegada del verano,
los viejos de Ciudad Hostil se reúnen
a escuchar himnos militares nazis y
agitan las manos y sacuden sus cabezas.

Los más jóvenes condenan la torpeza
moral del centenario Jopie Heesters,
que se niega a morir, como Satán, y se
apoya en su piano para no caerse.

El verano, aquí,
es un concierto de
cabaret comatoso.
Canícula hitleriana.




* * *

sábado 7 de junio de 2008

Verano villano



Las extranjeras extienden
sus esterillas frente al estanque
—tú llevas tu comida en una bolsa—
para observar el espectáculo
del cisne sucio y su danza.

El calor del verano se agolpa
en cada terminación nerviosa
de los hombres de Villa Somier
que ven ahora con ojos aún
más obscenos a las mujeres.

Recuerda,
recuerda estos
amaneceres rojos.
Son casi californianos.




* * *

viernes 6 de junio de 2008

Ya vendrán tiempos mejores



Fichar todas las mañanas
a la misma hora y con el mismo gesto.
Firmar, poner el dedo, repetir el mismo saludo
a los mismos, con la misma sonrisa forzada:
Hola, qué tal. Por aquí andamos. Venga.
Hola, qué tal. Por aquí andamos. Ok.

[Somos repartidores de saludos en cadena,
nosotros, los abnegados empleados de la
administración pública de Villa Somier]

Llegar a la oficina, sentarse, introducir la clave:
una mayúscula, tres minúsculas, cuatro números.
Abrir el correo, revisar las tareas, llamar por teléfono,
tomar recados, escribir notas, esforzarse en comprender
el fascinante universo de las fotocopiadoras digitales,
escuchar los mismos comentarios de la misma voz
una y otra vez, diciendo lo mismo, lo mismo.

Ver entrar cada día a las mismas personas
y decir a todas, mecánicamente, lo mismo:
Hola, qué tal. Por aquí andamos. Venga.
Hola, qué tal. Por aquí andamos. Ok.

Ver salir a otros, sin despedirse,
y decirle, a pesar de todo, adiós.
Decimos: adiós, adiós, buenos días.
Decimos: adiós, adiós, buenas tardes.

Salir y fichar. Firmar. Ya son las nueve.
En verano es de día. En invierno, no.
Ponerse las gafas de sol, mirar a
la gente viviendo vidas alegres
a cada metro y sentir envidia.

Pensar: Ya vendrán tiempos mejores.
Llamar por teléfono a casa y decir:
Llegaré tarde, ¿qué tal estás?




* * *

jueves 5 de junio de 2008

Oh, salmos triturados



Nos llaman para advertirnos:
Los niños juegan en el parque
con información confidencial
robada de los contenedores,
pero no es culpa nuestra
ni es culpa de los niños.

Nada sale de este departamento
sin que lo hayamos triturado antes
un par de cientos de miles de veces.

Acatamos órdenes y ordenanzas,
respetamos todas las circulares,
nos adaptamos al nuevo proceso
y no protestamos cuando nos vigilan,
nos enmudecen, nos sellan los ojos
y los oídos, nos desproveen de vida,
de sexo, de imágenes familiares,
de papel viejo, de música o sobres.

Escuchamos ese zumbido constante,
letárgico, de la infinita trituradora,
que recuerda al moscón intentando
atravesar la ventana estúpidamente,
que significa: Aquí no ha pasado nada.

Decimos amén. Trituramos.
Nos lavamos las manos.




* * *

miércoles 4 de junio de 2008

La velocidad del recuerdo



Aunque
ella se marchó
precipitadamente,
—el pelo al viento como un sol
atravesado por mil espadas—,
corriendo en dirección contraria,
él la vio desaparecer muy despacio.

Observó su huída en silencio
como quien contempla
una puesta de sol.

Esperó a que se hiciese
mínima en el horizonte, tan pequeña
que no pudiese ni siquiera imaginarla,
y después regresó andando a casa
y al llegar se quitó el jersey
y encendió la televisión.




* * *

martes 3 de junio de 2008

Los mendigos duermen de espaldas a la calle



Los mendigos duermen de espaldas a la calle.
Los mendigos duermen de espaldas a la gente.
No porque sientan vergüenza de ser mendigos,

sino por miedo a confundirse con la gente.




* * *

lunes 2 de junio de 2008

Esculturas portátiles



Bordeamos la comarca
con los ojos ciegos como Borges
por el tramo largo, por la acera soleada,
muy apaciblemente, sin embargo,
a pesar de todo, ya sabes.

Caminar sin prisa
aunque las plantas duelan,
permanecer en pie por puro empeño,
sin más meta que estirar el entusiasmo,
bajo los árboles, sobre los charcos,
entre los arbustos y las personas,
junto a los perros, contigo.




* * *

domingo 1 de junio de 2008

Son seres solitarios



Son seres solitarios
los huéspedes de la pensión.

Sé que se cortan las uñas
en el cuarto de baño
porque las he visto,
amarillas y retorcidas,
sobre la alfombrilla.

Como ellos, yo también
soy un ser solitario
que
disfruta
de las pequeñas cosas,
como pasar la mano
por las toallas ásperas
verdes, blancas y rosas
de la pensión,
recuerdo de los hoteles.

Escasean los días radiantes,
pero no importa. Las noches
son maravillosas y oscuras.

Yo me conformo
con mi juego de cuchillos,
con mi corazón de tártaro,
con mi coca-cola caliente,
con cuatro horas de sueño,
con cualquier cosa.




* * *

sábado 31 de mayo de 2008

La presencia de la luz



De alguna manera,
la presencia de la luz
lo justifica todo.




* * *

viernes 30 de mayo de 2008

La carga melancólica


Para Claudette D.,
reclamadora de poemas


El hombre de la editorial
tenía aspecto y modales
de león marino. Le señaló
el manuscrito y le dijo:

Has hecho de esto un lamento
perpetuo, no puede ser que todo
lo que escribas acabe en muerte
o en desgracia. ¿No te das cuenta?

«Bueno, creo que es así
como suele acabar todo,
-respondió el hombre mermado
removiendo un poco los hombros
desde el otro lado de la mesa-,
¿por qué no iba a decirlo?»

Es esta carga melancólica,
le dijo; se hace insufrible leer
tanta miseria. ¡Los lectores no
quieren recordar determinadas
cosas! ¿Es que no te das cuenta?

«Es su problema»,
contestó el hombrecillo
levantándose de la silla.

No,
dijo el otro;
Es TU problema.

Mientras recogía
sus papeles de la mesa
deseó con fuerzas regresar a casa
para escribir el poema más triste
que se hubiese escrito jamás.

Sería algo
parecido
a esto.




* * *

jueves 29 de mayo de 2008

Cartones de leche



Como si de alguna extraña forma presintiesen
que el resto de sus vidas lo pasarían ocupando
el lomo de los cartones de leche, todos los
desaparecidos, -viejos, mujeres, perros y niños-,
ponen siempre cara de víctima, mirada lastimera,
delante de los flashes; sonríen con la templanza
de los mártires, escogen escenarios lúgubres y
siniestros para retratarse o abren mucho los ojos,
como intentando pedir ayuda a las familias felices
que desayunan alrededor de los pequeños ataúdes
portátiles que preguntan, insistentemente, entre
el vaso de zumo, el café y el tigre de los cereales,
'Have you seen this boy? Have you seen this girl?'
apuntando sus medidas corporales y la ropa
que llevaron alguna vez, por rellenar un hueco.




* * *

miércoles 28 de mayo de 2008

Amor villano



El amor en Villa Somier
es frío y mecánico como
un anuncio de desodorante.
Los amantes se besan pisándose
la punta de los pies, de modo tan
artificial que podrían ser figurantes
de cualquier estúpida película romántica.

Para las niñas de Villa Somier, las calles
son sólo el escaparate donde lucir
sus vestidos de marca, sus gafas
de sol, sus novios bronceados,
su sonrisa blanca de primera
comunión. Sin saberlo, son
flores de una escombrera.




* * *

martes 27 de mayo de 2008

Amor hostil



Ignorantes del decreto
que impide a los hostiles
amarse delante de la gente,
las palomas vuelan en círculos,
retozan y fornican para perpetuar
la especie, para desafiar al destino;
son los seres más felices del planeta.

El italiano no sabe volar, pero sí sabe
pedir perdón a su novia negra, a su
novia mulata, por maltratarla e
insultarla, por haber golpeado
la puerta del cuarto de baño
mientras la acorralaba.
Es extraño el amor.




* * *

lunes 26 de mayo de 2008

Alameda



Viejos tendidos al sol como lagartos,
viejos que duermen, viejos que esperan
la hora o el gesto, en el último peldaño,
bajo la sórdida cruz de los caídos.

Viejos que se encuentran
y se saludan, amistosamente,
viejos amigos, amigos viejos,
sin levantar los brazos
pero alzando el mentón.

Viejos que escuchan tristes
conciertos de violín en radio clásica.
La depresión tiene múltiples formas,
es como la serpiente que muda de piel
pero siempre será una serpiente,
y ellos invocan a la muerte
como pueden.

La vieja de las piernas rojas,
a veces son más moradas
pero hoy sólo son rojas,
se sienta en un banco diferente
cada día, sospecho que busca
huir de la rutina. Habilidosa.

Ya no hay partidos,
ya no hay partidas.
La vida se ríe despacio
de todos nosotros,
la lentitud es dolor.

Habéis venido a morir aquí,
amigos míos, en primavera.




* * *

domingo 25 de mayo de 2008

Andenes, arcenes y badenes



Madres con hijos,
después de la revuelta,
esperan juntos el tren
de las ocho menos diez.
Los niños hacen un drama
de una bolsa de gusanitos.

A quince leguas
exactas de distancia
dos operarios tranquilos,
fluorescentes y solitarios,
cruzan sin ver la autopista
cargados de señales.

Y en la entrada a la
ciudad, en ese punto
en que se advierte
«Está entrando
en Villa Somier»
,
los kamikazes del viento
reducen su velocidad
en los controles.

En la otra punta,
los ánades descansan
entre los arbustos.




* * *

sábado 24 de mayo de 2008

Ginsberg a hurtadillas



Bajo impenitente tortura de
martillos, brocas y cinceles,
se imprime el aullido.

Ni Gertrude Stein,
ni Georgia O'Keeffe:
me llevo a Ginsberg
a hurtadillas y
un bocadillo.




* * *

viernes 23 de mayo de 2008

La tienda de animales



Al principio, vivíamos en las afueras,
pero después nos mudamos a la ciudad,
a una calle que estaba próxima al centro
y daba a una glorieta con una fuente de tubos
y al otro lado de la calle había un bar
y una tienda de animales:

Había jaulas en ella
y perros y gatos en su interior
y peces al fondo y puede que también
alguna salamandra, y, aunque los
iban cambiando con relativa frecuencia,
a nosotros siempre nos parecían
los mismos perros,
los mismos gatos y
los mismos peces.

Nos pasábamos horas ante el cristal
todas las noches y, una vez, un perro blanco
se despertó en mitad de su pesadilla y nos
vio allí y lloró y suplicó con todas sus fuerzas
que lo salvásemos, pero no pudimos
porque no teníamos dinero y
su etiqueta decía 463 euros.

Nosotros le miramos a los ojos,
tocamos el cristal con la nariz
y con las manos y le prometimos
que haríamos lo posible por rescatarlo,
pero no lo hicimos.

Por eso dejamos la ciudad
y volvimos a las afueras.




* * *

jueves 22 de mayo de 2008

Guerra fría



Previsiones meteorológicas
para los próximos veinte años
y medio: Se avecinan heladas.

---Meteosat derribado---

La rigidez es el síntoma.
La imagen de los pingüinos,
el verbo del sinapismo.
Sopla un aire frío.

El mismo frío que empaña
las lunas de los automóviles,
que desprende vaho blanco
de las bocas que se abren,
que corta las hemorragias,
ése que obliga a las gaviotas
a agitar sus alas incluso
cuando están dormidas.

(Algunos pájaros suenan
como bisagras sin engrasar
cuando se desperezan)

El filo de la navaja que se
desliza cruel y se hunde
solícito en la garganta
como el mes de marzo,
como el mes de marzo
que hace que las madres
revuelvan los cajones
de la ropa de invierno
buscando bufandas.

Escondamos
para siempre
todos los termómetros.
¿De acuerdo?




* * *

miércoles 21 de mayo de 2008

Animus necandi



Comiendo en el coche
—esas empanadillas fritas de

carne que cuestan un euro—,
escondido detrás de los papeles,
igual que un detective de novela
de Dashiell Hammett o algo peor.

Jugando a las adivinanzas debajo
de esas enormes gafas de espejo
tan ridículas, como si el muelle
de Villa Somier fuese el mismísimo

paseo de Rodeo Drive. ¿Se puede
saber quién te has creído que eres?

Baja el volumen de la radio,
vuelve a ajustar el retrovisor,
y, por lo que más quieras,
deja de mirar a los viandantes
como si fuesen sospechosos
de homicidio en primer grado.




* * *

martes 20 de mayo de 2008

Steak tartare



Turgénev eligió un mal día para dejar de escribir.
Cuando murió, médicos rusos pesaron su cerebro,
más de dos kilos, dos con veintiún gramos, dijeron.
Pero carne picada, al fin y al cabo, comida para
los gusanos, hilo de cobre, revuelto de sesos.
En su lecho de muerte sugirió a Tolstoi
que volviese a escribir: Con lo bonito
que habría sido morir en silencio.





* * *

lunes 19 de mayo de 2008

Lámpara de lava



Era un fetichista absurdo,
recortador innato
de artefactos visuales
y otras maravillosas memeces,
que con frecuencia casi perfecta
se emborrachaba para celebrar
la mala suerte en general.

Tenía una lámpara de lava,
una lámpara de lava roja, muy roja,
que unas veces servía como faro
y otras veces concedía deseos.

Deseos importantes,
realmente importantes.
Sólo unos pocos.

La última vez que la encendió
era verano y, desde entonces,
se juró, muy solemnemente,
por su colección de recortes,
por su colección de miserias,
que no volvería a encenderla
nunca más hasta que la

necesitase de verdad.

Y no lo hizo.




* * *

domingo 18 de mayo de 2008

Otra mentira



Yo ni siquiera tendría que estar aquí,
sabes, no tendría que apretar este gatillo.
Lo que sé de la historia es muy poco y mi
memoria, por otra parte, bueno, digamos
que nunca he destacado por mi memoria.

La película que me cuentan es imposible:
Hablan de furgones blindados asesinos,
de antiguos amores que ahora viajan en
coches fúnebres, de sangre y ceniza en
el cielo del paladar... Todo es oscuro.

Esperaremos juntos en este banco.
Juntos hasta que acabe el desfile.
Podrás despedirte de todo lo que
pudo haber sido y después serás
libre de empezar otra mentira.




* * *

sábado 17 de mayo de 2008

Poema 111



Recuerdo haberle pedido que se callase.
Sus ojos de gata bajo la manta,
curioseándolo todo.
Mi ordenador portátil en el regazo,
calentándome los muslos.
La idea, el remordimiento más bien,
de haber almacenado durante días
contenido tan comprometedor
en su disco duro.

Dejándonos llevar por la escritura refleja
como los vándalos del barrio que nunca
respetaron los muros del columbario.
Sin ese afán por comprenderlo todo,
sintiendo las horas correr
entre las tripas.
Contando los minutos para volver
a la oficina, después de todo,
otro día más.




* * *

viernes 16 de mayo de 2008

Claves para parecer poeta



Lanzar libros desde la terraza de un
décimo piso con la esperanza de verlos
volar como si fuesen palomas mensajeras
denota una bonita inclinación
por la poesía
y algo más.

Asistir a congregaciones
de poetas, a recitales y
lecturas de cualquier tipo,
sin importar el autor
ni la calidad del catering.

Matricularse en cursos de
perfeccionamiento de estilo,
coleccionar poemarios y
manuales de escritura.

Leer entrevistas
en profundidad de los autores
de moda: Los mismos que promulgan
que «escribir es un acto íntimo» aunque
todo el mundo tenga acceso a su
intimidad leyendo lo que escriben.

Haber estado ingresado,
al menos un par de veces,
en una institución mental
o llamarse Leopoldo.

O, sencillamente,
escribir algún poema
de vez en cuando.




* * *

jueves 15 de mayo de 2008

Madre morfina



La llevaron a morir a La Merced
que es un desguace de almas solitarias
en las afueras de todo.

A todos les daba pena la mujer,
pero ninguno
iba a cuidarla por las noches.
Otra cosa habría sido
hipocresía.

No se enteró de nada,
les prometió la enfermera.
No sufrió mucho las
últimas horas.

Recogieron su
bolsa con la ropa,
rellenaron los formularios,
firmaron los consentimientos
de rigor y volvieron a sus casas
pensando qué cosas harían
con el dinero.




* * *

miércoles 14 de mayo de 2008

Distintas escalas de gris


Los niños corren en bicicleta, los niños gritan.
Los niños gritan y corren y siempre se ríen.
Los viejos escupen grandes flemas verdes
sin importarles lo que los otros piensen.

Los minusválidos se agitan al volante,
tocando el claxon con las dos manos.
No les falta razón: Nunca hay sitio
para ellos en las plazas reservadas.

Los borrachos amenazan a las viejas
por susurrar: ¡Mirad cómo va ése!
Y las viejas gallináceas amenazan
con llamar a las fuerzas del orden.

La chica que pasea a su perra increpa
al descerebrado en el paso de cebra.
El hombre que ladra no tiene ningún
derecho a gritarles que se aparten.




* * *

martes 13 de mayo de 2008

El hombre del espejo



El hombre del espejo sonríe
porque todavía conserva la
capacidad de sorprenderse.
La complicación en su vida
es poca: simple, doble simple,
Windsor, medio Windsor,
pequeño o cruzado y arreglar
el cuello de la camisa.




* * *

lunes 12 de mayo de 2008

Diversículo



Sólo encuentran monedas los
que caminan mirando al suelo.




* * *

domingo 11 de mayo de 2008

Es lo que dicen



Un día no habrá
grúas ni paneles.

Derogarán la ley
que impide a los hombres
cagar con la puerta abierta.

Se acabará el hambre;
lucharemos contra el empacho.

Se acabarán las guerras;
tanta paz removerá
nuestras conciencias.

No habrá periódicos que recortar;
tendremos que hacer collages
con hojas de té.

Se prohibirá, por fin,
lucir consignas religiosas
en los guardabarros.

(No todo iban a ser
malas noticias)

Un día saldremos
a la calle y no
habrá calle.

Un día las arañas
conquistarán el mundo.




* * *

sábado 10 de mayo de 2008

Cerveza caliente



El suelo está frío y
la cerveza caliente.
Caliente y sin gas, como dicen
que nunca debe beberse.

John Wesley Hardin
atraviesa la habitación
volando, describiendo
circunferencias en el aire
-es un ángel volátil
en calzoncillos-.

Pasan coches ruidosos
y motos y camiones;
sus motores interpretan
las canciones de la calle.

Cantan, incluso,
-y esto es lo inaudito-
los pájaros por la noche.
Amenaza tímidamente
otra tormenta.

Suena el teléfono tres veces.
Y se cansan o se asustan y cuelgan
y lo vuelven a intentar una vez más.
Deberías borrar tu nombre de la guía.

Muchos presagios coinciden
y a Paco Rabanne le empiezan
a salir las cuentas:

El fin del mundo se acerca
y no queda más cerveza
en la nevera.




* * *

viernes 9 de mayo de 2008

Tallulah Bergson



Tallulah Bergson,
–hasta ahora nunca había
hablado de Tallulah Bergson–,
era una mujer excepcional
con un corazón enorme,
casi tan grande como su
boca, llena de dientes de oro.

Era gracioso verla cambiar
el nombre de las tiendas de
bricolaje o de las universidades,
los gentilicios, las rebuscadas
conjunciones adversativas,
por palabras más a su medida.

Bebía cerveza negra
aunque siempre decía
aborrecerla.

Usaba de posavasos
una publicidad antigua de
Kellie Garmond -o Germond-;
una socióloga experta,
al parecer, en extraviar
billetes de avión
y reclamarlos.

Me contó la historia
del hombre de alabastro
y otras muchas cosas que,
a veces pienso, ni siquiera
ella misma llegaba a comprender.

Dejó escrito en el mantel:
Causa ternura pensar con los pies,
darle un beso en la mejilla
al hombre de alabastro.
Cuando era joven ahorraba
hasta el último penique para
comprarme un televisor en color.
Quería colgarlo de la pared
con alcayatas. Qué locura.
¡Y ahora ya no recuerdo
ni cómo he llegado aquí!

Y, justo debajo,
dibujó una sandía gigante
con ojos. Y me hizo creer
que se trataba de ella.




* * *

jueves 8 de mayo de 2008

Arbeit macht Frei



El cielo, Alabama,
dibuja curvas en el aire,
dibuja hongos nucleares
tras las colinas.

Se resiente el andamiaje
con el ruido de las sirenas.
No sé de qué te quejas,
si tus lágrimas saben
a anticongelante.

Prométeme:
Esta vez seremos fuertes.
No nos pondremos tristes cuando veamos
pasar los camiones de la granja, repletos de
pollos, hacinados a la ida, vacíos a la vuelta,
como vagones de concentrados en
Auschwitz-Birkenau.

El trabajo nos hará libres,
recuerda. Y la radiación
nos pondrá morenos, sin
sol, aunque no queramos.

He observado, Alabama,
que comes caramelos de taurina.
Será por eso, tal vez, que pisas
la hierba sin ningún recato.

Te recomiendo que pienses
en cosas agradables: en hombres
recios, capaces de quitar multas
a sus amigos, en camareras orondas
que dan de comer a los pobres,
en las viejas canciones de
antes de la guerra.

En esa
clase de cosas,
ya sabes, hermosas.




* * *

miércoles 7 de mayo de 2008

Clasificados



ALQUILO mundo.
Cinco continentes y baño.
Buenas vistas. Céntrico.
Posibilidad de reforma.
Piscina comunitaria.




* * *

martes 6 de mayo de 2008

Klondike, Klondike



Klondike, Klondike,
Hunker Creek Valley,
el río Yukon cascabelea
desde Alaska hasta el
condado de Kenosha.

Los buscadores de oro
en Canadá escalaban
las escarpadas cumbres,
corazón de Klondike.

Nada hay ahora.
El termómetro marca
treinta y seis con siete.
Se les apagó la fiebre
del lingote amarillo.

Klondike, Klondike,
el ruido de las espuelas,
el peso de las alforjas,
Hunker Creek Valley,
y el tan pintoresco
cauce del Yukon.

Se acabaron las
películas de vaqueros.
Todas al mismo tiempo.
Klondike, Klondike.




* * *

lunes 5 de mayo de 2008

La caja que llevas entre los brazos



La caja que llevas entre los brazos,
sí, ésa que te hace parar a descansar
cada cuatro metros, es más grande
que la mismísima campana del zar.

La caja que llevas entre los brazos,
ésa que todo el mundo mira con
curiosidad, tiene rótulos enormes
que denotan propensión a la rotura.

La caja que llevas entre los brazos,
ésa que debería viajar en coche y no
cargando sobre tu espalda de viejo,
es mucho más que una simple caja.

Por eso la llevas entre los brazos.




* * *

domingo 4 de mayo de 2008

Doscientos ambientadores de lavanda



Ni doscientos ambientadores de lavanda
podrían arrancar de este coche
el olor a zapato viejo.
Siempre huele así
los días de lluvia,
los días de frío,
los días grises.

Veo a los padres divorciados,
malgeniados, arrastrar a sus hijos
de los brazos, ponerles sus anoraks,
llamar al telefonillo y entregarlos a sus
madres como si fuesen rehenes liberados.

Ni doscientos ambientadores de lavanda
podrían combatir, en modo alguno,

la pestilencia del rencor
de los padres mofeta,

los vengativos,
malditos

ogros.




* * *

sábado 3 de mayo de 2008

Las puertas del cielo son giratorias



Como en un viejo hotel, de madrugada,
sin un triste centavo en el bolsillo.
Con una granada de mano
entre los dientes.

Bob Dylan llamando
a las puertas del cielo
en Ciudad Hostil; es un
chiste que no hace gracia.

En alguna parte del mundo,
una mujer teñida, con acento ruso,
pregunta cómo se llega al estadio.

Al otro lado de la esfera,
el muy escuálido señor Zimmerman
se entretiene entrando y saliendo
del Heaven's, una y otra vez, como
la polilla que intenta atravesar
el cristal de la bombilla.

Y Debbie Harry, o mejor:
lo que queda de ella, arrugando
el maquillaje, después del concierto,
contra su almohada de plumón de ánade.

Los dos, sin saberlo,
en la misma ciudad,
en el mismo hotel,
la misma noche.

No tiene

gracia.
Lo sé.




* * *

viernes 2 de mayo de 2008

Pequeño Golden Gate



Entre Villa Somier y Ciudad Hostil
tenemos una imitación del Golden Gate
-todos llevamos un pequeño puente
de San Francisco en nuestro interior-
que a veces se come la niebla
y a veces baila con el viento.

En la entrada del puente
hay señales de restricción de
velocidad a ochenta kilómetros
por hora que respetan monjas,
multados y jubilados, y recién
licenciados de autoescuela.

Yo respeto que haya quien prefiera
viajar a ochenta por la autopista,
para admirar el paisaje o acariciar
la pierna a su pareja, simplemente:
siempre he sido bastante tolerante
con la belleza. Cualquier cosa, menos
llegar tarde a la oficina un viernes.

A veces, no obstante,
se hace inevitable parar a repostar.
En la estación de servicio,

me bajo del coche y estiro las
piernas y observo a los turistas
alemanes, ociosos, entusiasmados,
tomando fotos, grabando vídeos
del autocar de línea en que viajan.

Y me digo: Quiero ser así
cuando tenga vuestra edad.




* * *

jueves 1 de mayo de 2008

Dresden Street

Don't let us get sick
Don't let us get old
Don't let us get stupid
all right?

Warren Zevon,
levántate y anda.

Echa un vistazo a tu alrededor
y dime si no es verdad que hay
imágenes que hacen que salir
a la calle merezca la pena.

Como la colección de colegialas
de catorce años que huelen a coco
y cantan coquetas, casi sin candor.

O la mujer que discute sola,
encendidamente, sacudiendo las
bolsas de la compra y bailando
un vals de espaldas a la gente.

Como la niña del brazo tonto,
que siempre se ruboriza cuando
un hombre la mira, ocultando
su distrofia tras la espalda.

O la pareja de ciegos con muletas
que se lanza al mundo sin ningún temor,
depositando su fe en un perro guía
tan anciano como nuestros abuelos.

Fíjate en los motoristas:
no han perdido la buena costumbre
de besarse cuando se despiden.

Warren Zevon, es hora
de empezar a aprender algo
de Tim Leary y el Dr. Gonzo.




* * *

miércoles 30 de abril de 2008

La velocidad del vacío



Basta con dejar de comer un par de días
para comprender el éxito de los
atletas africanos:

Se corre mucho más rápido
con el estómago vacío.




* * *

martes 29 de abril de 2008

Poetas de mierda



Escuché esta conversación
sentado en mi banco, en
el parque, mientras daba
de comer a las palomas.

El hombre le decía a la mujer: ¿Sabes?
Me encanta que la gente haga poesía
con las cosas que se oyen en la calle.

La mujer apuntó: Las personas
normales no hablan como Góngora.

El hombre seguía hablando sin escuchar:
Buscamos poesía en todas las cosas.
La capacidad de observar, te digo.
No hablo de escribir.
Poesía no es escribir.

Se paró a pensar. Levantó un dedo,

como si pretendiese conocer la
dirección del viento, y concluyó:
Es la mirada con que se mira.
Es la herida, la herida.
La poesía es la herida.
Escribir es sólo la cicatriz.

Y al sentirlo todo dicho,
se echó las manos a la barriga
y respiró hondo de satisfacción.

Se hizo un breve silencio entre los dos
y, al cabo de unos minutos, ella resumió:
Estamos hechos unos

poetas de mierda.




* * *


lunes 28 de abril de 2008

Métodos de seducción para víctimas de la mononucleosis



El doctor Epstein Barr,
antes eminente colegiado
y ahora miembro del grupo gamma,
recomienda alejarse en lo posible
del toxoplasma y dejarse seducir
por el influjo natural de la belleza,
que suele estar en todas partes.

A los jóvenes Pfeiffer y Filatov
les sugirió, en más de una ocasión:
¡Abandonaos con entusiasmo
al ardor impío de la primavera!

Pero ellos, inconscientes,
decidieron refugiarse en
el escozor permanente
del invierno. Incautos.

¡Regalad postales de amor

y ramos de flores y perfumes
caros y alianzas de oro y cajas
de bombones! ¡Haced de vuestra
existencia un San Valentín infinito!

Sellad vuestro amor materialmente,
siempre funciona. ¡Pero desinfectad
antes vuestros regalos, no seáis idiotas!




* * *

domingo 27 de abril de 2008

Fauna hostil



Ni siquiera los naturales de Ciudad Hostil
serían capaces de explicar qué extraña fuerza
los mantiene atados a aquel indómito lugar.

El lamento constante de las sirenas,
de las bisagras sin engrasar, la música
insólita de las gallinas cacareantes,
invitan a todo el que viene a bajar
discretamente los seguros
(manuales y automáticos)
de todas las puertas.

Las gaviotas se despedazan
unas a otras en el cielo, dejando caer
sobre el asfalto plumas, ojos y hasta
cabezas enteras en un espectáculo
de casquería aplaudido por muchos.
Por esa y por otras razones, no hay
palomas ni gorriones en esta ciudad.

Hay hombres sin sombra,
profesoras feministas, monjas
en moto, cajeros automáticos
protegidos por mil contraseñas
y detectives que saben dónde
estabas en todo momento.

Y en la frontera con Villa Somier
una aduana fatal, tan exhaustiva,
con detector de mentiras
incorporado.




* * *

sábado 26 de abril de 2008

Fauna villana



Para llegar a Villa Somier
uno debe imaginársela
primero.

Aquí conviven
muy plácidamente
lo rústico y lo sublime;
los techos altísimos y las lámparas de araña
con los impermeables azules para perros,
el refranero aldeano con los candelabros
de inspiración versallesca.

En este ecosistema dorado de artificios
donde prima el tocado y la pamela,
la puesta de largo y la pasantía,
mirar a los demás por encima del hombro
es más amaneramiento que deporte.

Es frecuente tropezarse con mujeres viejas de
largos mechones blancos, últimas herederas
de la infame Cruella DeVil;
con adolescentes infelices, rubias y glaciales
oprimidas dolorosa e innecesariamente
por el yugo del corsé;
con marqueses de segunda instalados
en la dolce vita, con su dolce far niente,
paseando sus antifaces por la Alameda.

Lo verdaderamente aberrante es disfrutar aquí
de una visión tan extemporánea como ésta:

El mismísimo Alejandro Jodorowski, descalzo,
haciéndose la pedicura con un cortaúñas plateado
en pleno centro de la ciudad.




* * *

viernes 25 de abril de 2008

La amenaza cirílica



Ajedrecistas imberbes,
preadolescentes algunos,
llegados del último confín
de la Estepa Rusa compiten en
Virtualia contra nadadoras retiradas
con las branquias ennegrecidas
por culpa del alquitrán.

Y una amenaza constante, ininteligible,
tan contundente y estéril, del ruso
a las cuatro de la tarde:

Мобильные стенды
от поставщика!

Está bien,
está bien,
les digo.

Babushka,
Babushka.




* * *

jueves 24 de abril de 2008

Herman Gray



Acostumbrado a ocultar
el origen de las enfermedades,
ponía todo su empeño en recordar

el nombre de cada cosa.
Construía sonoramas con palabras

que flotaban en el aire pesadamente,
como Gestalt o Falstaff o staff,
derivadas de estafa y de asfalto y de alfalfa.
Y algunas veces se reía al darse cuenta,
y otras veces no sentía casi nada.



* * *

miércoles 23 de abril de 2008

Comida para peces



Mientras Pantagruel,
con su cohorte de Gargantúas,
asiste en los salones de palacio
al festín interminable de la carne,
el gordo que escucha
redacta su informe.

Una voz oscura,
extraña y cercana al mismo tiempo,
le dice que debe escribir poemas,
no solucionar problemas,
pero escribe partes
de guerra.

Y el gordo que escucha
se detiene, hace un esfuerzo
y transige cuando recuerda
la razón de su condena.

Después de recoger las copas,
los platos vacíos, las cestas
llenas de migas, la realidad
se encarga por sí sola
de ponerlo en su lugar:

Frente a un escaparate,
porteando, bajo la lluvia,
una enorme caja de cartón
que al empaparse despide
un olor insoportable
a comida para peces.



* * *

martes 22 de abril de 2008

A las generaciones venideras



Evitad a los repartidores
de periódicos gratuitos;
sólo buscan ensuciaros

las manos de tinta.

Huid de las enfermeras
gordas y solitarias
que sólo palpan vuestro antebrazo
para sentir el tacto de otro cuerpo.

Compadeced a las mujeres altas y bellas
que se permiten trataros con desdén
porque alguien se lo consintió
alguna vez.

Sed indulgentes con la crueldad y la mentira,
los mentirosos y los crueles ya tienen bastante
con vivir en las cloacas.

Ignorad las prohibiciones, las homilías,
los discursos políticos, las manifestaciones,
los concursos de jóvenes talentos,

las dietas, los crecepelos.

No os creáis nada
de lo que os digan.

Y lo más importante de todo:
No os enamoréis jamás.




* * *

lunes 21 de abril de 2008

El tiempo tiene la culpa



El tiempo tiene la culpa.
El tiempo ha podido con el tiempo.
El tiempo ha arrasado la avenida de los tulipanes;
el viento y la lluvia los han barrido hacia el puerto.
El tiempo ha deshecho las copas de los castaños,
ha destrozado los nidos, las alas de los panales,
ha levantado las tapas de los contenedores,
ha impregnado la ciudad de olor a muerte,
se ha llevado a los patos para siempre.




* * *

domingo 20 de abril de 2008

Blanco nuclear



El humo
resplandeciente de
la fábrica papelera
inunda de blanco
este cielo
eterno y gris de
Villa Somier.

Blanco nuclear
despide,
me digo,
mientras compruebo
que ya no me quedan
caramelos para el
camino de vuelta.

Los recolectores
de bivalvos radiactivos
han activado las alarmas:
No recuerdan haber visto
nada semejante. Este año,
las almejas son azules.

Y tú, preocupado
por ese descosido
del asiento del conductor,
del tamaño de una sonrisa.




* * *

sábado 19 de abril de 2008

Nada que hacer, Chinaski



El funcionario de Correos
trabajaba en los aseos para hombres
porque no había sitio para él en la oficina.

Si al menos fuese en los de las mujeres,
se lamentaba el hombre, palpando
sus ingles enrojecidas.




* * *

viernes 18 de abril de 2008

Más difícil todavía



Faulkner, Beckett, Blake.
William, Samuel, William.
Tres libros hoy y dos ayer,
cada uno en su carpeta,
caminan conmigo,
bajo el brazo.

En el salón de reuniones hay
una cabeza de jabalí disecada
y mujeres con lentes ahumadas
sostienen enormes estandartes.

Veo a hombres comiendo trozos
de jabalí como auténticos cerdos
y me pregunto si no estarán cometiendo
alguna clase de canibalismo, sin saberlo.

Faulkner, Beckett, Blake.
William, Samuel, William.
Aunque escribiesen mal,
merecería la pena leerlos
con tal de pronunciar
sus nombres.




* * *

jueves 17 de abril de 2008

Efectos personales


A Roberto Fontanarrosa.

El hombre tuerto miraba
desde el balcón el océano Atlántico.
No tendría más de setenta y cinco,
bolsas y gota y todo lo demás.

Las enfermeras le preguntaban
por preguntar qué estaba
haciendo. Él respondía:
«Trabajo en el libreto
del musical Meningitis».

Sus pertenencias, decía,
cabrían en una caja de cereales:
Sus gafas de ver de cerca,
una foto cuarteada de 1946
con una dedicatoria nada sutil,
plagada de faltas, al dorso.

Y también una biblia sin tapas,
con anotaciones en tinta azul y
dibujos obscenos hechos a lápiz,
que solamente conservaba para
recordar la razón de su ateísmo.

Pero, ¿qué importará dónde quepan
todas estas malditas cosas, decía,
si nadie vendrá a recogerlas?

Quemadlas.
Quemadlas.

El último recuerdo que se llevó consigo
fue un anuncio de Morteros La Estrella,
un prefijo de León y un tango de Gardel
que siguió sonando después,
mucho después de que
su cama quedase vacía.




* * *

miércoles 16 de abril de 2008

Cuidamos de los estanques



Hablando de los habitantes de Ciudad Hostil,
se equivoca quien opina que son gentes malvadas.
Esta tarde, sin ir más lejos, un ciudadano ejemplar
utilizó
una pastilla desinfectante de sanitarios
para higienizar el estanque.

Ahora el agua es de un
precioso color azul eléctrico
y en el jardín se respira
un aire limpio y puro.

Es el toque de sutileza que distingue
a los habitantes de Ciudad Hostil
de los de Villa Somier.




* * *

martes 15 de abril de 2008

Juegos florales



Después de arrojar
todas las vinagreras,
amarillas como su pelo,
una por una desde lo alto
de la barandilla, el niño rubio
miró a su hermano mayor y le dijo:
«Estás salvado... ¡Ya no hay flores!»

Yo sólo pasaba por allí,
en aquel preciso
momento.




* * *

lunes 14 de abril de 2008

La araña



Rápido muere
una araña en la bañera:
una gota de champú es suficiente
para aniquilarla.

Dime, pequeña,
ahora que estás ahí abajo,
¿quién es la araña ahora?




* * *

domingo 13 de abril de 2008

Finnegans Wake, 44


A Ferrero, el temerario
que quiso ser valiente.

Hablabas del valor
y del riesgo, del exceso
de audacia, del coraje,
de las cosas temibles.

Pero lo mío no era
cuestión de valentía,
ni mucho menos.
Yo nunca he sido
una persona valiente.

Si alguna vez
logré sobrevivir
fue más por
casualidad
que por instinto.

Tú, en cambio,
lo conseguiste
de principio a fin:
Hiciste buenas
las palabras de
Aristóteles.

Pero este fin
no justifica
ningún medio.

Te dejaste
el libro abierto
por la página 44.

Y tantas cosas.




* * *

sábado 12 de abril de 2008

Purgatorio



El acceso a
la autopista
es el purgatorio
de gatos y palomas.

Sus cadáveres
ondean al viento,
testimonio del triunfo
de la muerte sobre
las pequeñas cosas.

Podrían poner
una señal,
por lo
menos.






* * *

viernes 11 de abril de 2008

Dios le bendiga, Mr. Vonnegut



A Emilia, que me
dio la noticia.


1

Escuchadme:
Kurt Vonnegut ha muerto.

Ha muerto, sí. Y no de cualquier forma. Se ha ido a lo grande: Rodando escaleras abajo en su apartamento de Nueva York, como sólo podría haber hecho el mejor de sus personajes. Días antes de irse del planeta, estuvo muy cerca de ser devorado por las llamas como un papiro de Alejandría, pero eso es otra historia.


2

Bien.
Es posible que esté muerto, de acuerdo. Hace doce meses que no atiende ninguna llamada. Pero sus personajes no han muerto —esto se dice cada vez que un autor se muere o se retira o le conceden el sillón de cualquier academia, y, sin embargo, esta vez es completamente cierto—: Ahí están, miradlos. Billy Pilgrim, Wanda June, Kilgore Trout, Dwayne Hoover, Rabo Karabekian y los inefables Tralfamadorianos. Todos dispuestos en fila india, como en un desfile, resistiéndose a ser engullidos por el tiempo.

3

En sus propias palabras:

«Lo más importante que he aprendido en Tralfamadore es que cuando una persona muere, sólo muere aparentemente. Continúa estando muy viva en el pasado, y por lo tanto es muy estúpido que la gente llore en su funeral. Todos los momentos, el pasado, el presente y el futuro, siempre han existido y siempre existirán. Los tralfamadorianos pueden contemplar todos los momentos diferentes de la misma forma que usted, por ejemplo, puede observar cualquier trecho de las Montañas Rocosas. Se dan cuenta de la permanencia de todos los momentos, y pueden contemplar cualquiera de ellos que les interese. Aquí en la Tierra creemos que un momento sigue a otro, como los guisantes dentro de la vaina, y que cuando un momento pasa ya ha pasado para siempre, pero no es más que una ilusión.

»Cuando un tralfamadoriano ve un cadáver, todo lo que se le ocurre pensar es que la persona muerta se encuentra en malas condiciones en aquel momento particular; pero sabe que aquella misma persona puede encontrarse estupendamente en muchos otros momentos. Ahora, después de aquella experiencia junto a ellos, cuando oigo decir que alguien ha muerto, me encojo de hombros, simplemente, y digo lo que los tralfamadorianos dicen acerca de las personas muertas, esto es: “Así son las cosas”.»

Y así sucesivamente.

4

Así son las cosas, amigos. Podemos lamentarnos como simples mortales o podemos hacer lo que en Tralfamadore y revivir al hombre del bigote cuando nos venga en gana. Podemos actuar con inteligencia y retomar su obra desde cualquier punto, sentirlo en todo su esplendor a través de la increíble historia de guerra y saltos en el tiempo de Billy Pilgrim en «Matadero Cinco», por ejemplo. O de la autobiográfica «Payasadas», donde las agudas punzadas de su humor ácido y grotesco consiguen que hasta el corazón más duro se estremezca.

Resaltar sólo un puñado de obras de Kurt Vonnegut es tan injusto como observar que Tralfamadore es sólo fruto de su imaginación y, en realidad, está tan muerto como Shakespeare o Lord Byron. Por eso no voy a hacer ninguna de las dos cosas.

No.

Citar una retahíla de títulos, fechas y argumentos, encuentro que también sería un ejercicio estúpido y completamente estéril. No es el conocimiento enciclopédico lo que ha de acercar al lector al particular humanismo de Vonnegut, sino la necesidad de reflejarse en su espejo de cómico frustrado de vodevil, de pesimista ilustrado forofo de Mark Twain y Laurel y Hardy.

Y el espejo está ahí, esperando. Riéndose.

En Tralfamadore.

5

Esto será lo más parecido a un epitafio que escriba en toda mi vida.

Por petición expresa del autor, —al que llegué a conocer gracias a un insólito infundíbulo cronosinclástico que me transportó hasta Shenectady, Albany, en el año 1962—, he fusilado su estilo marca-de-la-casa sin ningún rubor. Dice que así tendrá algo más de gracia, aunque, desde luego, no será nada original.

Fundamentalmente, porque más de cien personas lo han hecho ya durante el último año: Reinterpretaciones, despedidas, tribunas, notas necrológicas, homenajes, elegías, obituarios, comentarios de texto universitarios… Y cosas por el estilo.

Pues bien, ahí queda eso.

Pa-ta-ta.





* * *

jueves 10 de abril de 2008

Abril es un perro corriendo bajo la lluvia


Para la rescatadora
de poemas.
Las palabras
bailaban frenéticas
en el interior de
su cabeza:

«Abril es un perro
corriendo bajo la lluvia».

Tuvo esa revelación
cuando salía del trabajo.

Le vino así,
como un
disparo.

La avenida
estaba desierta,
la misma cruz de fondo.
Llovía con fuerza.
Y un cocker negro
la atravesó corriendo,
como intentando escapar
de todas las gotas
a la vez.

Y le asaltó esa idea:
Un perro corriendo
bajo la lluvia.
Un perro
llamado
Abril.

«Abril es un perro
corriendo bajo la lluvia».

Y siguió
caminando
hasta su coche
tranquilamente,
calado hasta
los huesos,
pero feliz
por haber
encontrado
otra pequeña
historia sobre
la que escribir.




* * *

miércoles 9 de abril de 2008

Sagrados ministerios de la tinta