Puedes irte cuando quieras [8]

A la entrada de nuestra calle, del mismo lado que nosotros, vivía una familia de mexicanos que nadie se explicaba cómo podía haber acabado allí. Eran ruidosos y tenían un montón de hijos. El padre, un tipo inmenso y peludo, se dedicaba a la construcción y la madre, a juzgar por la facilidad con que su barriga crecía y menguaba, a engendrar pequeños mexicanos en la Tierra Prometida. 

No eran demasiado mayores, pero habían tenido tiempo de sobra para fabricar como unos cinco o seis niños. Nunca supe cuántos eran porque todos me parecían iguales, tan sucios, bajitos y morenos. Todos, salvo uno, el mayor. El mayor de los cinco o seis hermanos tendría unos diecisiete años y ya estaba completamente calvo. Se llamaba Flavio y era subnormal. Pero no de esos con rasgos mongoloides, no. Su apariencia era bastante normal, dentro de lo que cabe. Eran sus actos quienes delataban su condición subnormal. Se pasaba el día entero con la polla fuera, meneándosela delante de la gente. Los padres intentaban retenerlo en casa por todos los medios, pero el chaval sabía cómo escaparse por cualquier ventana de la planta baja. Era realmente feliz enseñando su aparato a los vecinos. 

A veces, cuando yo llegaba pronto a casa, por las tardes, me lo encontraba haciéndose pajas al viento en mitad de la calle con los pantalones por los muslos. Al pasar a su lado, le tocaba el claxon, unas siete veces o así, como para animarlo. Era mi forma de decirle: “Vamos, muchacho. ¡Ánimo con ese meneo!”. Pero él no era capaz de comprenderlo. Siempre se asustaba. Interpretaba aquella cancioncita tonta como una amenaza y echaba a correr hacia su casa.

Flavio no hablaba. No decía una sola palabra. Como mucho, arrugaba la cara, sacaba exageradamente el mentón hacia delante, enseñando los pocos dientes que le quedaban. Era como un gran mono calvo escapado de algún zoológico o alguna feria ambulante. Sabíamos su nombre porque, cada vez que se escapaba y se iba a esconder en los patios traseros de las casas colindantes, su madre se pasaba el día entero llamándolo a voz en grito. 

Alguna vez hablé con Joyce del chico. 

–Míralo, ahí lo tienes: cascándosela frente a la de Jack.

–Me da lástima ese niño –dijo Joyce–. Debe de sentirse muy solo. 

–¿Y quién no?

–Ayúdale a llegar a su casa, Bob. 

–En cuanto termine.

Y terminó. No tardó mucho. Era fácil saber cuándo acababa, porque emitía un gruñido salvaje, inconfundible. Algo que no era de este mundo. No sabría con qué compararlo, tal vez con el último alarido de un elefante marino. Era realmente estremecedor. 

Esperé a que acabase de sacudirse las últimas gotas y lo llevé a su casa.

Puedes irte cuando quieras [7]

En un alarde de ingenio sin precedentes, a Big Ralph se le había ocurrido diseñar la marca corporativa de su empresa. Después de mucho pensar, había caído en la cuenta de que las letras R y K, iniciales de Rib King, eran casi iguales. El logotipo era la superposición de ambas: la K, en color verde, se alzaba por delante de la R, en marrón, ocultándola parcialmente y, sobre las dos letras, como colofón, una corona amarilla de formas onduladas que buscaban hacerla parecer una llamarada.

Estaba tan orgulloso de su idea que la hizo estampar bien visible en nuestros uniformes, en la espalda de las camisas de los empleados y en la parte trasera de los chalecos de los supervisores. Y, no contento con eso, encargó fabricar e instalar también treinta y siete neones gigantes que lucirían en las fachadas de sus treinta y siete locales, desde Portland, Oregón, hasta Kingman, Arizona. 

Los neones, intermitentes, eran todavía más feos que las estampaciones de camisas y chalecos. Primero brillaba la R y luego la K. Después se iluminaban las dos a la vez, hasta fundirse una en otra, mientras se iba encendiendo la corona. Más que una parrilla, aquel rótulo parecía anunciar un bar de putas, pero a Big Ralph le encantaba. Estaba tan satisfecho del resultado que nos obligaba a tenerlo encendido de día y de noche, para alegría del técnico de mantenimiento, que tenía que venir a repararlo cada dos por tres.

El viejo estaba ya muy mayor para cualquier cosa, pero no parecía importarle lo más mínimo. Seguía trabajando seis días a la semana, todas las semanas del año. Era el único que no tenía vacaciones. Para él, estar de vacaciones era ir a trabajar todos los días. Conducir, hacer millas y engordar su fortuna. Su ambición de nuevo rico no tenía fin.

Hubo un tiempo en que era él mismo quien se ocupaba de ir a buscar lugares donde abrir nuevos negocios. Hacía años que esa época había pasado a mejor vida. Ahora casi todas sus funciones estaban en manos de su equipo de asesores. Había aprendido a delegar responsabilidades. Su única función era recaudar. Y lo hacía a la vieja usanza, yendo de local en local, maletín en mano. Como la Mafia. Se sentaba en la cocina de cada restaurante y examinaba las cuentas concienzudamente con el encargado de turno. Revisaba los partes, hacía sus anotaciones en su cuaderno de contabilidad general, descontaba el dinero de los sueldos semanales y se iba al siguiente local. Se pasaba el día entero en la carretera. 

Empezaba su turno los lunes, de madrugada. Dejaba su rancho en Hillsboro muy temprano, con las primeras luces, en un coche de alquiler de gama alta. Solía decir que su oficina estaba donde estaba su coche. Había llegado a un acuerdo con Cadillac mediante el cual tenía siempre a su disposición los últimos modelos, con equipamiento de lujo. De todos ellos, su preferido era un Eldorado de color chocolate que traía en semanas alternas. Aquel coche llevaba instalado un inmenso teléfono celular que a todos nos parecía magia y todos queríamos probar. 

Algún día, pensaba yo, el viejo acabaría por comprarse aquel coche, con aquel teléfono dentro. Algún día, pensaba también, el viejo tendría que morirse. Al fin y al cabo, ya no era un niño. Y algún día, fantaseaba, algún día no demasiado lejano, aquel coche y aquel teléfono serían míos, igual que lo era ahora su viejo Fleetwood. Igual que su casa, y sus cosas, y su hija. 

Como iba diciendo, Big Ralph salía de Hillsboro con el café en los labios y empezaba a echarse al cuerpo los primeros kilómetros de la Interestatal 5. Así llegaba a Portland a primera hora de la mañana. Después de Portland venían Milwaukie, Gladstone, Wilsonville y Woodburn, hasta llegar a Four Corners, donde hacía noche. 

Los martes, de nuevo muy temprano, salía a visitar las sucursales de Jefferson, Junction City, Eugene y Springfield, parando en Roseburg para comer. De allí, iba directo a Grants Pass, y después a Central Point, Medford, Ashland e Yreka. Al día siguiente, como cada miércoles, empezaba su recorrido en Redding, seguía en Woodland, Sacramento, Stockton y acababa en Manteca. 

Los jueves recaudaba en Santa Clarita, Los Ángeles y Anaheim. Cruzaba los límites del estado para ir a Irvine, Mission Viejo y Encinitas y dedicaba los viernes a La Jolla y San Diego, antes de abandonar la Interestatal en San Bernardino y buscar el enlace con la carretera madre, la vieja 66, por el desvío de Victorville, donde estaba el primer restaurante de la Ruta, y luego el de Helendale, que era el nuestro, y también los de Lenwood, Barstow y Dagget. 

El sábado era el turno de Newberry Springs y Essex y Topock, y llegaba a su fin en Kingman, Arizona, donde acababan sus dominios. Los domingos descansaba. Un avión privado lo recogía en el aeropuerto de Kingman y los llevaban a él y a su dinero de vuelta a su rancho en las verdes laderas de Hillsboro.

Puedes irte cuando quieras [6]

Joyce llevaba más tiempo que yo viviendo en la urbanización de Silver Lakes. Como unos diez años. Se había ido a vivir allí con su primer novio, en cuanto a su padre le empezaron a ir bien las cosas con su cadena de restaurantes. Entonces todo era una bonita promesa de algo grande. Para Joyce y para sus padres también. A Joyce le dio tiempo de casarse con aquel muchacho, Frank Fetfatzidis, un contable del tres al cuarto que acabaría dedicándose a la venta de caravanas de segunda mano. Su nombre todavía aparecía tachado en nuestro buzón: Joyce y Frank Fetfatzidis. Y, debajo del tachón, el mío, escrito a mano: Bob Ochmoniak. Ahora ella era Joyce Ochmoniak, pero una vez había sido Joyce Fetfatzidis. A Joyce le gustaban los apellidos complicados. 

Un día me contó una historia acerca de los inquilinos de la casa desocupada. Yo sólo llegué a conocer al viejo. No me dio tiempo de conocer a su mujer. Él se llamaba Jack y ella Florence. Y Jack se murió muy viejo, con más de 90 años. Es muy raro que un hombre dure tanto tiempo. Y más cuando está solo. Pero Jack los aguantó. Un día se cansó de vivir y apareció muerto. Nos enteramos pronto, porque los periódicos de la mañana se empezaron a amontonar en el porche de su casa. Llamamos a una ambulancia, vinieron, certificaron su muerte, recogieron lo que quedaba de Jack y se lo llevaron de allí. 

Jack y Florence sólo habían tenido un hijo, demasiado tarde, que les duró poco. Ni siquiera sé cómo se llamaba, sólo que se murió de niño. Así que vivieron solos toda su vida. Dejaron aquella casa, primero ella y más tarde él, como un gigantesco ataúd vacío. 

Pero la historia que me contó Joyce era sobre Jack, no sobre Florence ni sobre su hijo. Me contó que un día llamó a su puerta. Ella todavía estaba casada con el griego, con Frank, y salió a recibirle. Era de noche y había tormenta. Jack estaba empapado en la puerta. Joyce le abrió y lo hizo pasar y le dio una toalla para que se secase. Lo encontró más lúgubre que de costumbre. Lo primero que dijo Jack fue: 

–Joyce, yo sé que me voy a morir. Todos nos vamos a morir, eso no me asusta. 

–¿Por qué me cuentas esto ahora? –le preguntó Joyce.

–Porque quiero pedirte un favor –dijo Jack.

–Tú dirás.

El viejo se rebuscó en el bolsillo central de su mono vaquero –siempre llevaba su mono vaquero azul sobre la ropa– y sacó de su interior una llave plateada, sin llavero. Se la tendió y le dijo:

–No tengo ningún miedo a la muerte, pero tengo miedo a lo que pueda pasar después con mi cuerpo, ya sabes. 

–No entiendo, Jack –le dijo Joyce–. Si te mueres, te mueres. No hay más.

–Cada día estoy menos seguro de nada –dijo Jack. 

Tomó las manos de Joyce e hizo que cogiese la llave con fuerza, apretándolas con las suyas.

–Por favor... –le rogó.

Y Joyce tomó la llave y se la quedó sin entender gran cosa. Pero, antes de que se fuese el viejo, le preguntó:

–¿Qué se supone que he de hacer con esta llave, Jack?

–Te pido que todas las mañanas, a eso de las once, abras la puerta de mi casa, la que abre esa llave. Sólo has de hacer eso: abrir la puerta de mi casa. Mi pasillo tiene una puerta de cristal. Todas las noches la cierro antes de irme a dormir y me levanto muy temprano, apenas soy capaz de pegar ojo. Si la puerta de cristal está abierta, puedes irte. Si la puerta de cristal sigue cerrada, es hora de llamar a quien haya que llamar.

–Entiendo –dijo Joyce.

–¿Lo harás?

–Claro –mintió–. Claro que sí, Jack.

Y nunca abrió aquella puerta, claro. Pero guardó la llave.

Puedes irte cuando quieras [5]

En el restaurante trabajábamos cinco personas. Yo controlaba a tres y la otra era cosa de Big Ralph, porque, aunque era el encargado allí, no era yo quien ponía todas las normas ni todas las competencias me correspondían.

A los cinco nos hacían llevar uniformes ridículos. El uniforme tipo de Rib King lo componían una camisa a rayas verticales marrones y amarillas y unos pantalones de color verde. Y, en mi caso, por ser el superior, también un chaleco amarillo mostaza. Todos esos colores, según Big Ralph, tenían un significado. Su disposición, decía, tampoco era casual: el amarillo simbolizaba el fuego, el marrón era la carne, y el verde… El verde ya ni recuerdo qué coño era. Supongo que el dinero que se llevaba el viejo a costa de que otros pusiesen la carne en el fuego. 

Por si no fuese suficiente con tener que vestirnos así, también debíamos engancharnos, como mínimo, una chapa al pecho. Había dos opciones donde elegir. La primera decía: “No hay nada que una sonrisa no pueda arreglar”. La otra: “¡Bienvenido a Rib King! ¿En qué puedo ayudarle?”. Como nos habían enviado pocas y yo fui el último en elegir, tuve que quedarme con una de las de la sonrisa. Era absurdo, porque yo no sonreía jamás. Pero tenía que llevarla. Esa norma tampoco la decidía yo.

Mi responsabilidad, además de ocuparme de que todo saliese bien y las cuentas cuadrasen, consistía en supervisar lo que hacían mis tres empleados: Mick, Dick y Nick. Me gustaba llamarlos así, por ese orden, porque sonaba igual que un trabalenguas. 

Mick Felton, nuestro cocinero, había sido el último en llegar. Era un chaval gordito de veintipocos, con marcas de viruela en la cara, un ojo vago y aspecto de pandillero desubicado. Le gustaba la música. Prince, sobre todo. Siempre estaba poniéndonos cosas suyas. Mierda disco, funk, psicodelia, lo que quiera que fuera aquello. Yo lo odiaba. Tenía el pelo grasiento, el más grasiento que haya visto jamás. Y era, en general, un tipo bastante impresentable, maleducado, borde e insolente. Las tenía todas. Se ocupaba de la cocina por orden expresa de Big Ralph. Al parecer, el viejo tenía algún asunto pendiente con George Felton, el ayudante del Gobernador, y dar empleo a un detritus como Michael, su sobrino, era su forma de corresponderle. La imposición de mi suegro incluía también la prohibición de exhibirlo en público. Por eso lo escondíamos en la cocina.

Dick Farber, el camarero, era el más viejo de todos. Tendría unos sesenta años y arrastraba con él la suficiencia de quien ha vivido demasiado tiempo y cree saberlo todo. Era pesado, vivaz, extrovertido. De una extroversión totalmente innecesaria, pero eso a él le daba igual. Dick podía contarte, sin venir a cuento, los detalles más escabrosos de su vida íntima, con la inocencia de un niño de ocho años. Nos explicaba lo que hacía con su mujer, las proezas de cualquiera de sus hijos, sus proyectos de jubilación y mierdas por el estilo. A ninguno de nosotros nos interesaba lo más mínimo nada de aquello. Sin embargo, no era malo haciendo su trabajo. No podía quejarme en ese aspecto. Era ágil moviendo bandejas de un lado a otro, se manejaba bien entre las mesas, tenía buena memoria y era razonablemente rápido y eficiente. El pulso de sus dos manos era firme, sus muñecas seguían respondiendo como si tuviera veinte años menos. Sólo le sobraba la lengua. 

Y luego estaba Nick Landers, que nos cubría a los demás. A Nick lo apodaban «El Trucha» porque vivía en un barco en mitad del lago pequeño. Era un tipo extraño, pelirrojo. Había llegado de Twentynine Palms. Era todo cuanto sabíamos de él. Nunca supimos de dónde era, ni su edad, ni si tenía familia. Mick y Dick solían hablar de las suyas. Mick se quejaba de sus padres y Dick de su mujer y de sus hijos, pero Nick jamás se pronunció. No tenía nada que decir. Se limitaba a trabajar y a observar a los demás, cuando no se estaba mirando las manos. Tal vez por eso, porque no era conflictivo ni entrometido, Nick era mi favorito. No se metía en problemas. Hacía lo que tenía que hacer, que casi siempre era mucho. Servía las mesas, se encargaba de la cocina cuando Mick libraba y, cuando yo no podía o no estaba, me relevaba en la caja.

Y Consuelo, claro. También estaba Consuelo. Consuelo no sé qué más. Era la chica de la limpieza, pero yo no tenía ninguna competencia sobre su trabajo. El servicio de mantenimiento era cosa de Big Ralph. Si tenía algún problema, no era de mi incumbencia; llamaba directamente al viejo. Él colocaba en sus locales a quien le daba la gana. Por lo general eran amigas que rescataba de bares de carretera. Se las traía directas del infierno de la carne al infierno de la costilla. Consuelo hacía siempre lo que le salía de las narices, entraba y salía cuando quería. Era latina y, como cualquier latina, morena y exuberante. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé de qué país era. Sólo que hablaba muy mal nuestro idioma. Se movía con un vocabulario infame, muy básico. Y tenía un culo redondo, tremendo, como un albaricoque. Le daban a uno ganas de entrar y quedarse a vivir allí, en aquel culo. La mayor parte del tiempo que pasaba en el mostrador me dedicaba a pensar en ello. En el culo de Consuelo. En meterla allí dentro. 

Los cuatro eran muy distintos entre sí. No se llevaban especialmente bien entre ellos y cada uno me llamaba como le daba la gana. Consuelo se dirigía a mí como Señó Bob. Nick me llamaba Bob, a secas, o Bo-bo-bob, si estaba nervioso. Dick me llamaba señor Ochmoniak. Y Mick, sólo “Eh” y “Oye-tú”.

Puedes irte cuando quieras [4]

Andrew y Brenda Henderson vivían en la casa de enfrente, en el mismo muelle que nosotros. Eran un matrimonio joven, abogados los dos. Gente con dinero. Las cosas les iban bien. Saboreaban su éxito y, de paso, se lo hacían saber a los demás. Tenían un LeSabre de color plata, proyector de cine en el salón, cortadora de césped de última generación y todo ese tipo de cosas que tiene la gente cuando la vida le va bien. Andrew y Brenda eran la envidia de nuestro lado del lago.

Yo les envidiaba también porque follaban como conejos. Eran insaciables con eso. Follaban todas las noches, durante horas, con las luces encendidas. Salía al porche con la excusa de fumar o tomarme unas cervezas y me sentaba en mi mecedora a ver sus sombras proyectadas sobre la pared de la casa de al lado, que hacía años que no ocupaba nadie. Follaban, descansaban un poco, apagaban la luz y, media hora después, volvían a encenderla y seguían follando y regalándome sombras pornográficas. Todo aquello me distraía un montón. 

En verano, cuando Brenda se quedaba dormida, Andrew salía a beber a la terraza en albornoz. Yo le sonreía y, desde mi porche, levantaba mi cerveza y brindaba por la buena salud de sus pelotas y también por las sesiones de sombras chinescas. Y él hacía lo mismo desde el otro lado de la acera, aunque no sé bien por qué. Por educación, tal vez. O por lástima.

Una vez se decidió a cruzar la calle y venir a saludarme. Me cogió por sorpresa, nuestra cordialidad no pasaba de levantar latas al aire. De cerca era aún más joven y más alto. Olía a una mezcla de sudor y suavizante. Sus piernas estaban bronceadas. Llegó hasta la barandilla del porche y me saludó:

–Hola, Robert. 
–Hola –le respondí.

–¿Puedo llamarte Bob?

–No.

–Está bien.

–No te parezca mal. Todavía no nos conocemos lo suficiente.

–Ya, entiendo. 

Y nos quedamos callados los dos. Yo seguía sentado en mi mecedora. Le sugerí, señalándola con la mano, que se sentase en una silla de plástico que tenía al otro lado del porche, pero la rechazó. Prefirió apoyar su culo en los barrotes de la barandilla. 

–Tienes un bonito coche –dije.
–Oh, gracias, Robert. Sí, es bonito. Muy bonito.

Y nos quedamos mirando su coche, que estaba aparcado delante de su casa.  

–Tu casa también es bonita –le dije.

–Oh, lo es. La tuya también, Robert. Está muy bien.
–Ya –dije yo.

Sonreí. Por mí, la conversación habría terminado en aquel mismo instante. Bebí un trago de cerveza y busqué mi paquete de cigarrillos en el bolsillo superior de mi chaleco, lo abrí cuidadosamente y después tomé una cerilla y la froté contra el rascador de la caja. Me encantaba el olor del fósforo recién encendido.  

–¿Eres feliz, Robert? –me preguntó.
–¿A qué coño viene eso?
–No lo sé. Cada vez que salgo a mi terraza o me asomo a la ventana y te encuentro aquí, sentado, llueva o haga calor, me pregunto si va todo bien con tu vida. 
No dije nada. 

–No me malinterpretes. No intento inmiscuirme. Sólo quiero saber si necesitas ayuda. Si hay algo que yo pueda hacer por ti, sólo tienes que pedírmelo. 
–Podrías cerrar la boca, para empezar.

Touché!
–Sí. Touché.

Todo el mundo se creía en disposición de juzgar mi vida. Era la hostia.

–Las cosas me van bien, ¿sabes, Robert? Hay acuerdos importantes en marcha, mi despacho funciona de maravilla. Me puedo permitir ayudar a los demás. Me siento generoso. Ésa es la razón por la que estamos hablando esta noche.

–¿Has venido a salvarme la vida, Andrew? ¿Es eso lo que intentas decirme?

–No, no me malinterpretes. Sólo vengo a darte un arreón. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que las cosas no van demasiado bien entre Rose y tú.

–Joyce –le corregí–. Se llama Joyce.

–Sí, bueno. Lo que sea.

–¿Y qué me sugieres, desde tu posición de privilegio?

–Si las cosas no os van bien, deberías poner tierra de por medio. ¿Por qué no lo haces? 

–Te diré por qué no lo hago, Andrew. Claro que sí. ¿Ves este chaleco? Es el chaleco de encargado del Rib King. Mis padres eran pobres, no tenían dinero para pagarme una carrera. A tu edad yo ya había tenido siete trabajos y ninguno de ellos fue abogado. Esto es cuanto tengo: esta casa, este trabajo, ese coche que ves ahí, que no es un LeSabre, pero es mi puto coche. Todo esto. ¿Crees que puedo permitirme perderlo?

Se quedó mirándome, muy serio. No habló.

–Yo te lo diré, Andrew: no. No puedo. Aunque tenga que soportar mil infiernos. No estoy dispuesto a perder toda esta mierda. Casa propia, coche propio, un trabajo estable y bien remunerado, cerveza fría y tabaco, comodidades burguesas... Buscaré la forma de sobrevivir. Seguiré saliendo al porche para ignorar lo que tengo dentro de casa, pero no vengas aquí a decirme, desde tu tribuna del éxito, lo que debo o no debo hacer con mi vida, porque ya tengo los cojones pelados, amigo. 

–¿Qué edad tienes? –me preguntó.

–41, Andrew. Cuarenta y un años.
–Todavía eres joven, Bob.

No le corregí. Me encendí otro cigarrillo y seguimos mirando su coche y su casa. 

Puedes irte cuando quieras [3]

Hacía tiempo que Joyce y yo no éramos felices. Estábamos muy lejos de serlo. Vivíamos en las antípodas de la felicidad, instalados en el mismo asco. Pero al principio, no. Al principio nos iba bien. Con nuestras diferencias y nuestras cosas, nos tolerábamos el uno al otro. Nos queríamos. Nos parecía hasta gracioso que dos personas tan distintas como nosotros hubiesen podido acabar juntas. Era curioso: todo lo que ahora hacía que nos odiásemos con saña, nos unió un día.
Yo había llegado a Helendale seis años atrás huyendo de una situación jodida. Por aquel entonces, yo siempre llegaba huyendo de situaciones jodidas a todas partes. Por culpa de mi mal olfato para los problemas, hasta bien entrados los cincuenta no tuve otro remedio que ser nómada. A Helendale llegué en un autocar de línea que me dejó a diez metros de la puerta del Rib King, donde conocí a Joyce, donde me enamoré de su hospitalidad y su simpleza. Y donde, quién me lo iba a decir, acabaría haciendo carrera como encargado durante más de cinco años y medio.

Joyce no era especialmente bonita. Tenía una nariz enorme y oscura, como una berenjena, que afeaba cómicamente el conjunto de su cara. La hacía parecer un dibujo animado. Pero fue amable conmigo. Y, a veces, lo único que necesita un hombre que huye es un poco de amabilidad. Sus ojos azules también ayudaron, claro. Y sus caderas, que ya eran anchas pero aún bien definidas e invitaban a montarla igual que un jockey. Y mi completa deriva.

Ya no quedaba nada de aquella Joyce, ni fuera ni dentro de sus ojos azules, donde ya no había amabilidad, ni siquiera indiferencia, sólo odio y rencor. Con los años se había ido convirtiendo en un monstruo. La depresión acabó con ella como un ejército poderoso. Primero dejó su trabajo, después se hizo episcopaliana por presión de sus amigas, luego se encerró en casa y más tarde en sí misma. Empezó a engordar, a beber y a ignorarme. Se abandonó. Se entregó completamente a otra dimensión donde sólo importaban la fe, el odio y la liposucción. Y yo me centré en mi trabajo y en mis cosas. De vez en cuando encontraba alguien con quien follar en los anuncios del periódico. Salía del pueblo y conocía otros, igual de sórdidos que el mío, pero con sexo.

Ella no lo sospechaba, creo. Supongo que creía que un hombre puede vivir sin meterla. Y no es así: si un hombre no tiene dónde engrasar el nabo se vuelve loco. Y yo no quería volverme más loco de lo que mi vida me obligaba a estar. Conocí a otras mujeres, esporádicamente. Las medio seducía, las hacía reír, me las follaba. Me corría en sus caras, me vestía y me marchaba. Nunca volvía a llamarlas. Y así iba sorteando yo mi miseria personal. 

Luego llegaba a casa y me la encontraba tirada en el sofá, dormida y borracha. O en la cocina, comiendo galletas y hablando de religión con sus amigas: Shirley, Alice, Helen, Ida y su hija solterona, Marianne. La puta peste. Quien dijo que el infierno eran los demás debía de conocer a Joyce y su séquito. Entre todas no hacían ni medio cerebro. Las oía hablar de parábolas, de la gracia de Dios, de la gloria de Cristo y yo sólo quería pegarme un tiro en la boca y reventarme los sesos. 

Entonces salía de casa y me iba al porche a fumar y a beber cerveza. Yo ya bebía antes de conocer a Joyce. No necesitaba tener una vida de mierda como aquella para querer beber. Pero salía, digo, y me sentaba en mi mecedora, apagaba la luz para que no me comiesen los mosquitos y me quedaba allí durante horas, hasta que aquellas cinco se despedían de Joyce y se volvían a sus casas y nos dejaban a solas con nuestro infierno particular. A pesar de todo, y aunque ya no nos dirigíamos la palabra, estar a solas con ella no era peor que estar con ella y sus amigas. Al menos había silencio.

Puedes irte cuando quieras [2]

El padre de Joyce era Ralph Lumley, el Rey de la Costilla. Un septuagenario hecho a sí mismo que sólo consentía que se le llamase por su nombre de guerra: Big Ralph. Ni Ralph ni señor Lumley. Sólo Big Ralph. Ni siquiera su propia hija podía dirigirse a él de otra forma. Todos debíamos llamarle así, si no queríamos problemas. 

Aunque nunca lo decía, Big Ralph soñaba con ser el nuevo Coronel Sanders, el relevo rústico de los hermanos McDonald. Su pequeño imperio, la cadena de barbacoas Rib King, se extendía con cierto éxito por la franja oeste del país: desde Portland hasta San Diego y, un poco más al este, de California a Arizona. En total, casi treinta locales en los puntos estratégicos de la Interestatal 5 y otros diez más desperdigados a lo largo de la Ruta 66. 

En uno de estos últimos, en el de Helendale, trabajaba yo. Yo era el encargado del Rib King de Helendale. Tenía a tres personas a mi cargo. Podía decirse que era el tipo importante allí: daba las órdenes, lo controlaba casi todo, decidía qué se hacía y qué no se hacía. Se me respetaba bastante, se me tenía en cuenta y eso me hacía sentir bien. Me hacía sentir responsable, capaz, reconocido. No se le podía pedir mucho más a un trabajo.

Helendale era uno de tantos pueblos de paso del desierto de California, a medio camino entre Barstow y Victorville. Nada especial, en realidad. Lo llamaban también Silver Lakes porque, hacía unos veinte años, a algún iluminado se le había ocurrido plantar allí, en mitad del valle, dos gigantescos lagos artificiales. Pero aquello no era más que Villa Mediocre, otro cero a la izquierda en el mapa del condado de San Bernardino, parada esporádica de camioneros y excursionistas nostálgicos de la vieja Ruta 66.

Era el mismo infierno. Pero uno puede llegar a ser feliz en el infierno si sabe jugar bien sus cartas. Yo lo fui. Lo fui gracias al Rib King. En mi vida había tenido un cargo de tanta responsabilidad. Nunca me había sentido tan necesario en ningún otro sitio. No es que lo que tuviese que hacer allí me hiciese sentir especialmente realizado, pero sí útil. Útil y necesario. Había encontrado mi lugar, había alcanzado cierta comodidad y un estatus aceptable. Y aquello era mucho más que lo que podía decir de cualquiera de mis anteriores empleos.

El único precio que tenía que pagar a cambio de sentirme útil y vivo, de tener un sueldo razonable y disponer de ciertas facilidades en la vida, era soportar a la hija de Big Ralph. Lo malo era que hacía tiempo que había dejado de hacerlo. La despreciaba profundamente. Ya no la respetaba. Pero, como el viejo se interesaba más bien poco por ella y por sus cosas, creo que Joyce nunca se molestó en hacérselo saber. Y, si lo hizo, su padre la ignoró. Su madre, Evelyn Lumley, de soltera Bright, que sí se preocupaba por ella, había dejado de ser un problema hacía tres años gracias a un cáncer. Cáncer de esófago. La recompensa a más de seis décadas tocando los huevos a la gente.

Las únicas pasiones de Big Ralph eran dos: el dinero y las armas. Por ese orden. El dinero lo hacía con la carne y las armas las compraba con el dinero. La carne le daba igual. Era coleccionista compulsivo de cualquier mierda que oliese a pólvora. Estaba completamente chiflado por las armas, por cualquier cosa que pudiese disparar algo.

Además de eso, y aunque había nacido en Pickens, en Carolina del Sur, el Rey de la Costilla era un texano frustrado. A todas partes iba vestido como un vaquero auténtico, con su sombrero, sus botas blancas de caimán, su cinturón de piel de avestruz con sus iniciales de oro en la hebilla y su ridícula corbatilla de cordón de cuero. Por encima de toda aquella parafernalia de cowboy de rodeo llevaba siempre un pañuelo rojo atado al cuello. Un pañuelo rojo con la silueta de un escorpión negro.

Lo hacían inconfundible, además de sus casi dos metros de altura y sus 140 kilos de peso, su larga melena teñida de negro y su bigote de morsa, que ya no se molestaba en teñir. Se dejaba un bigote tan grande para que nadie se diese cuenta de lo que más le jodía en la vida: que ya no era capaz de respirar por la nariz y tenía que hacerlo por un agujero en la garganta. 

Laringectomía, claro.

Años atrás habían tenido que extirparle del cuello un tumor del tamaño de una ciruela. De ahí que, desde entonces, no se quitase el pañuelo ni para dormir. Pero era imposible no darse cuenta de lo suyo: su voz sonaba igual que un sapo moribundo.

Al igual que a su hija, al viejo le encantaba hacer caja y llevarse el dinero en mano. Contarlo, tocarlo, acercárselo a la nariz aunque no pudiese olerlo. Nada le ponía más cachondo que sentir el peso de los fajos de billetes recién manoseados, todavía crujientes, dentro de su maletín. O puede que sí: imaginarse cuántos rifles y revólveres de la Guerra de Secesión, cuántos mosquetes y escopetas de la Guerra de Independencia, podría comprarse con aquella pasta.

Puedes irte cuando quieras [1]

En cuanto llegué a casa supe que estaba jodido. 

Joyce no paraba de dar vueltas por el pasillo. Caminaba sin control de un lado a otro, roja de ira. Entraba y salía de las habitaciones. Iba hasta la puerta del comedor y luego volvía otra vez al centro del pasillo. Y vuelta a empezar. Resoplaba por la nariz, hablaba sola, evitaba mirarme. Estaba muy claro que lo había descubierto.

–¿Has tocado tú el cajón de mi mesilla? –me preguntó.

–¿Qué cajón, Joyce?

–El cajón donde guardo el dinero, Bob... El único cajón de mi mesilla. 

Me quedé en silencio. No podía dejar de pensar que, con mi respuesta, acababa de delatarme como un idiota. Aún así, mentí.

–No, Joyce. No he tocado ningún cajón de ninguna mesilla.

Pero la verdad era que sí lo había hecho. Y no sólo eso, también había tomado prestados algunos cientos de dólares del sobre en que mi mujer guardaba sus provisiones para la liposucción. 

–No me jodas, Bob. 

–No te jodo, Joyce. Te estoy diciendo la verdad.

No tenía sentido tratar de engañarla, pero en aquel momento no veía otra salida que negarlo todo. Negarlo hasta que pudiese devolverlo. No había previsto aquella situación.

–¿Me vas a decir dónde están los 940 dólares que faltan de mi sobre?

–No lo sé –respondí.

Llevaba bien las cuentas. Necesitaba cerca de diez mil dólares para su liposucción y controlaba uno por uno cada centavo que entraba en la casa. Había ya más de seis mil en aquel sobre. Cuarenta semanas largas de trabajo. Fui tonto al pensar que no se daría cuenta, Joyce solía contar el dinero a menudo. Lo hacía como motivación. Fantaseaba con los días de vida que le quedaban a su redonda tripa de ballena. Se imaginaba delgada otra vez. Tenía mucha imaginación.

Lo que Joyce no sabía era que el dinero que faltaba de su sobre era nuestra única esperanza para que yo conservase el trabajo con que íbamos a pagar su liposucción.

Pero no podía decírselo.

No podía, porque había cometido un error muy grave, un error de principiante. Y porque el empleo que trataba de conservar era el mismo que me había dado su padre en el Rib King a cambio de sacársela de encima. Trabajar allí era el peaje que debía pagar por mantener todo lo que teníamos. Porque cuanto teníamos era, de un modo u otro, de su padre: desde la casa con vistas al lago grande hasta el Fleetwood que acababa de aparcar en el garaje. Todo había pertenecido a su padre. Todo vivía ahora una segunda oportunidad con nosotros. Como una mala segunda parte de una película de mierda.

FAMA

Un día, hará unos tres años, yo estaba comiendo con la que ahora es mi ex mujer en un restaurante bretón que hay en la ciudad, una crepería llamada Annaíck. Es un sitio alegre, colorido, lleno de muebles reciclados y dibujos en las paredes. El mostrador es una vieja unidad móvil de Televisión Española y también hay un 600 que sirve de atracción para los niños. 

Detrás de nosotros se había sentado una pareja con dos hijos. Él era francés, era fácil deducirlo por su acento, y ella española. Estaban hablando tranquilamente de sus cosas, igual que nosotros. Sus hijos, tal vez los hijos de ella, se divertían dentro de aquel coche. Subían y bajaban del 600, volvían a la mesa, se iban, saltaban, corrían, como habría hecho cualquier niño aburrido en un restaurante para mayores, supongo. 

Yo estaba muy tranquilo. Al igual que ahora, no tenía grandes cosas que decir. La revista que dirigía acababa de morirse pero habían salido ya los dos primeros libros y algo, muy dentro de mí, me hacía sentir orgulloso. Orgulloso de haberlo intentado, tal vez. Era un orgullo melancólico, como de serie B.

En el fondo, pensaba, el único reconocimiento al que puede aspirar un escritor es a ser conocido, ya no a ser leído. La gente ha dejado de leer. Leer supone un esfuerzo demasiado grande para el mundo en que nos movemos. No hay tiempo, no hay ganas, y sí demasiadas distracciones. Es normal que la gente no lea.

Pero entonces ocurrió. Yo comía de espaldas a ellos, cuando el francés gritó de repente: 

–¡HUGO ISAGGA! 

Y yo di un salto en la mesa, claro. Me puse muy firme en mi silla. Acabé de tragar el trozo de gallete que tenía en la boca y me aclaré la voz, con los ojos como platos. Aquel tipo me había reconocido, de espaldas en un bar, y se había llevado una alegría enorme. ¿Qué podía hacer yo? ¿Cómo habría de responder a su entusiasmo? ¿Debía reaccionar con naturalidad y mantener la calma, como si me fuesen reconociendo continuamente por la calle? Ante todo, pensé, debía mostrarme humilde y agradecido. La fama no iba a subírseme a la cabeza tan pronto, claro que no.

Miré a mi ex mujer muy satisfecho, como diciéndole: “¿Lo ves? No vas a casarte con un perdedor” y empecé a darme la vuelta para saludar a mi admirador francés. Qué nervioso estaba. No sabía qué le iba a decir, pero por mi cabeza se pasaban cientos de ideas. Estaba mareado ante la expectativa de una victoria moral tan apabullante. 

Todo esto ocurrió en cuestión de segundos, claro. Porque, justo antes de que mi cabeza se girase completamente y estableciese contacto visual, el francés volvió a gritar: 

–¡VENID AQUÍ, HUGO Y SAGGA!

Cojonudo. Así que era eso. Los hijos de aquellos dos se llamaban Hugo y Sara. Sólo estaba gritando el nombre de los niños. Me frené en seco. Seguía siendo la misma mierda, el mismo perdedor que hacía un minuto. Nadie me iba a reconocer jamás, como había sido siempre. Me volví y miré a mi ex mujer, que se había asustado tanto como yo, y nos reímos. Tuvimos que reírnos, a la fuerza. Fue la última vez que nos reímos juntos de la misma cosa.

Benson & Hedges & Me

Todo el barrio se ha ido
de vacaciones,
y aquí estoy, en la ventana,
observando la luna menguar,
igual que yo, otra vez más.

Sólo una familia se ha quedado
a resolver a gritos sus diferencias.
Recuerdo que yo nunca discutí
y eso hace que me sienta igual,
pero distinto. Tal vez mejor.

La luna no, pero las luces
del otro lado de la ciudad
me observan como luciérnagas
y se preguntan qué diablos
hace un tipo como yo
escribiendo estupideces
a estas horas,
en la ventana.

Ni siquiera era bonita

Ni siquiera era bonita,
ni joven, ni interesante.

Pero yo no necesitaba
que fuese ni bonita,
ni joven, ni interesante.

Necesitaba sólo
que fuese real.
Y no lo era.

Y cuando llueva

Y cuando llueva
–y lloverá mucho–,
yo seré la lluvia
y tú serás
el suelo.

Sólo las nubes

Sólo las nubes te acompañarán siempre.
No serán siempre las mismas nubes,
pero tampoco tú serás
siempre el mismo.

Bohumil Hrabal | Cien años de nada


El taxista que me recoge en la terminal 2 del antiguo Ruzyne –ahora Václav Havel– se llama Zdeněk. Solo Zdeněk, me dice cuando le pregunto “¿Zdeněk qué más?”. No se fía de los periodistas, aunque le gusta la gente que escribe. A él también le habría gustado escribir. De joven, me cuenta, escribía poemas para una chica de Žižkov, Ludmila, de la que hace más de cuarenta años que no sabe nada. 

Tras esta confesión se hace un silencio incómodo que me invita a pensar en mis cosas mientras nos vamos alejando despacio del extrarradio de Praga. Zdeněk lleva la radio puesta, pero no me había dado cuenta hasta ahora. Veo los árboles pasar como recuerdos desde la ventanilla trasera del Škoda que nos conduce al centro de la ciudad. 

Pasan unos minutos y Zdeněk baja la radio y me mira a través del espejo para preguntarme: “Work?”. Y como no sé qué espera que le responda, insiste: “Tú, aquí, ¿trabajo?”. Le digo que algo así. Mitad trabajo, mitad placer. Vengo a Praga a buscar restos de Hrabal, en parte por nostalgia, pero también porque me han encargado escribir una nota sobre él. 

“¡Hrabal!”, dice, “yo conozco Bohumil Hrabal”. Y quiero creer que lo conoce igual que lo conozco yo, por sus libros. Porque en Chequia, más que en ningún otro lugar, Hrabal es un símbolo de algo que ya no existe y, sin embargo, quiere existir. Pero no, me aclara: “¡Yo bebo cerveza con Bohumil en mesa, conmigo!”. Le digo: ¿En serio?  Y dice sí. Lo dice tres veces. Sí, sí, sí.

Y volvemos a quedarnos callados. Podría preguntarle cosas, pero sé que no sabría explicármelas en un idioma que yo entendiese. Así que le ahorro el sufrimiento. Me limito a asentir y a sonreírle agradecido a través del retrovisor. Aún quedarán unos 10 minutos de trayecto hasta el hotel, en Národní Třída. 

“Conozco Hrabal el 94, continúa Zdeněk, “twenty years”, apunta apartando las manos del volante. “Yo bebo con Hrabal una vez en mesa”. Le pregunto dónde y me dice: “U Zlatého Tygra, Tigre… ¿de oro?”. No me sorprende. Es allí donde todos lo recuerdan. Como si no saliese jamás de ese bar. Como si se hubiese pasado la vida bebiendo allí dentro, en vez de escribir. Por no quedarme en silencio, por que no piense que no me interesa su anécdota, le pregunto si pudo hablar con él, a lo que Zdeněk responde con mímica: primero niega con la cabeza y solo dice “Hrabal” antes de pasarse una cremallera imaginaria por sus gordos labios checos. “But he smiles Zdeněk”, dice satisfecho. E insiste, levantando el dedo índice: “He smiles Zdeněk”. Le sonrió. Fantástico.

Una sonrisa de Hrabal es mucho más que lo que yo espero obtener de esta visita. Y se lo explico a él con un inglés muy sencillo, como si estuviese hablando con un niño. Le cuento que necesito encontrar sus huellas recorriendo los sitios que, de algún modo, fueron importantes para él a lo largo de su vida. 

“You money, I help!”, responde antes de que acabe la frase. Es mucho más listo de lo que parece. Mucho más. Es un zorro viejo. Le pregunto de cuánto dinero estamos hablando. Tres mil coronas por dos días completos, poco más de 100 euros. “Hrabal tour, for you!”, insiste. “Very special!”. Adelante, le digo. Qué diablos. 

Estaciona en la puerta del hotel, lleva mi maleta a recepción y me dice: “Tomorrow, 9 o’clock!”. Y me enseña todos sus dedos menos un pulgar que esconde tras la palma de la mano, por si no sé que nine significa nueve. Me despido de él y me instalo en mi habitación. Me ducho y salgo a pasear, aprovechando que son las cinco de la tarde y aún es de día, a pesar de marzo.

Hay una estación de metro cerca del hotel, pero Praga invita a caminar más que ninguna otra ciudad. Comienza a lloviznar y luego cae un chaparrón airado que pronto vuelve a ser solo llovizna, así que no me preocupo y sigo andando hasta Mustek. Me detengo un momento a observar las fachadas mojadas de los viejos edificios de color amarillo, verde y salmón, en el agua que empieza a resbalar por sus ventanas. Y pienso para mí que le sienta bien la lluvia a Praga, como un vestido gris a una mujer triste.

Al llegar a Lazarská recuerdo que se cruza con Spálená, la calle donde Hrabal trabajó, durante los cincuenta, en el depósito de papel viejo que más tarde le serviría de inspiración para escribir “Una soledad demasiado ruidosa”. El oscuro sótano en que Haňt’a se pasaría más de treinta y cinco años prensando libros y papel viejo y siendo culto a su pesar. Y recorro la calle entera. Me imagino, igual que él, de vuelta a casa una noche cualquiera, “pasando de largo tranvías y coches y peatones, cruzando en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente”, pero sonriente porque mi cartera no está llena de libros como la suya, “libros que me expliquen cosas sobre mí que todavía desconozco”, pero sí me empieza a inundar su espíritu, que es más intenso aún que el espíritu de Praga. Y ésa es, en realidad, la única razón que me ha traído aquí.

Camino por delante de la iglesia de la Santa Trinidad, paso por delante de su vicaría y me imagino la acera agujereada y a sus gitanillas, con sus faldas turquesa y roja, sentadas junto a la zanja. Me acerco a la pared blanca y ocre de la iglesia y la toco para sentir lo mismo que pudo haber sentido Hrabal si algún día cometió el instinto blando de tocarla. 

Hace tiempo que ha dejado de llover, y aunque me dirigía a Mustek con la firme intención de llegar a Husova y beber cerveza en el Tigre Dorado, decido volver al hotel con esta sensación. Y eso hago. 

Zdeněk y Jozef también
Al día siguiente, a las nueve en punto me encuentro a Zdeněk hablando con la recepcionista. Lleva una cazadora de cuero de los días de la Revolución de Terciopelo. Seguramente entonces estaba mucho más delgado que ahora, porque ya ni le abrocha. Su enorme barriga asoma como un huevo de dinosaurio. Éste es el hombre que me va a llevar a buscar el rastro de Hrabal por la ciudad, me digo. Y me invade una desazón que intento disimular con efusividad en cuanto me ve y me saluda.

“Good morning!”, grita escandalosamente, “¿Dormir bueno?”. Y aunque no es verdad, le digo que sí, que he dormido bueno. Y que estoy impaciente por empezar nuestra ruta. “Surprise for you”, dice. Al ver mi cara de susto, matiza: “Surprise... Good!”. Sorpresa bueno también. Genial.

Salimos a la calle. Su coche está aparcado encima de la acera. En el asiento del copiloto hay un hombre muy mayor con aspecto de indigente. Le pregunto a Zdeněk que quién es. “It’s brother-mother!”, dice. “Brother-mother Zdeněk!”, y se golpea el pecho con el puño. En su inglés comprendo que se refiere a su tío materno, lo que no comprendo aún es qué hace en el coche. “Brother-mother: Jozef”, me dice. Y aunque le saludo con amabilidad a través de la ventanilla, el viejo ni se inmuta. “No English”, lo excusa Zdeněk. 

Así que ésta era la sorpresa que me tenía reservada: un día con la reencarnación de Švejk y su tío octogenario. Me siento en la parte de atrás y empezamos el viaje. Ahora no suena la radio y Zdeněk va hablando con su tío. Solo habla él. De vez en cuando, me mira a través del espejo y me sonríe con todos los dientes.   

Mientras avanzamos por la ciudad, por calles empinadas que no conozco, contemplo el paisaje. La parte noble de Praga ha resistido bien el paso del tiempo. Hoy, con la luz blanca de la mañana, parece un enorme cementerio rebosante de belleza. Entiendo bien que los fantasmas decidan quedarse aquí. Dudo que exista ciudad más acogedora para ellos que la vieja Praga. 

Pero nosotros nos estamos alejando de ella. Aprovecho que se queda callado un momento para preguntar a Zdeněk qué planes tenemos. Dice: “Nymburk, Kersko!”. Y me alegro, mucho, porque en ese mismo momento comprendo que no he tirado mis 3.000 coronas.

Nymburk, Kersko
La pequeña ciudad de Nymburk está a una media hora de Praga. Es tranquila y colorida y un martes cualquiera a las diez de la mañana está absolutamente desierta. Aquí empezó a abrir los ojos Hrabal a la vida. Aquí aprendió a escuchar y a contar historias, por culpa de su tío Pepin, en esta pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo.

Brother-mother Jozef nació aquí, me explica su sobrino. Aunque ahora vive con él y su madre en Praga. “Todo mundo en Poděbrady”, protesta Zdeněk. “Nadie interesa Nymburk”. Su tío Jozef nos mira con cierta lástima rayana en la indiferencia, antes de señalar con su bastón la dirección que hemos de seguir. Apunta hacia un edificio de color marrón, en lo que parece una modesta nave industrial.

Zdeněk me cuenta que ésa es la famosa destilería de cerveza de Nymburk. De ahí salieron grandes historias. Pero también hay restos importantes de la vida de Hrabal por todas partes: aquí está la escuela elemental donde estudió, y también aquí, en el diario local, publicó sus primeros poemas. 

Seguimos a lo largo del sendero que transcurre junto al río Labe. Los pájaros compiten en los árboles por ver quién canta mejor y más alto. El ruido del agua nos acompaña. El olor a malta fermentada, también. Llegamos a un indicador que dice Kersko y Zdeněk me sonríe. “Surprise for you”, insiste. El viejo nos lleva la delantera. Es muy alto y sus zancadas nos dejan atrás. Kersko es un bosque. En realidad, es el bosque donde Hrabal y Pipsi acudían a refugiarse de la agitada vida social de Praga. Allí construyeron una casa, en 1965, y allí pasaron grandes temporadas escribiendo y dando de comer a sus más de veinticinco gatos.

Entonces, el viejo levanta de nuevo el bastón y se ríe. Ha-ha. Dos carcajadas secas. Es todo lo que ha dicho esta mañana. Señala al fondo, una vieja cabaña, diminuta, de color blanco, detrás de una verja verde. Y apura aún más el paso. Zdeněk y yo le seguimos, con la lengua fuera. Al llegar al portal, brother-mother Jozef pronuncia una frase larga que Zdeněk traduce como le da la gana, pero muy sonriente: “Él construya casa Hrabal”. Y, para mi sorpresa, el tío se saca una foto del bolsillo interior de su chaqueta y me la muestra: está ya amarillenta, deshecha por los bordes y alguna vez estuvo doblada. Se ve a un joven alto y flaco, que podría ser él, con una carretilla llena de escombro. A su lado, una mujer saluda a cámara. Zdeněk la señala y dice: “¡Eliška!”. La mujer de Hrabal.

Le sonrío y le estrecho la mano a brother-mother Jozef y le digo: “Buen trabajo”. Zdeněk se lo traduce y esta vez sé que lo ha hecho bien porque good y work son dos palabras que domina. El tío sonríe satisfecho y vuelve a levantar el bastón, esta vez para indicarnos el camino de vuelta a la civilización.  

En la ciudad nos detenemos en la destilería. Hay grandes pizarras que anuncian cervezas por tres coronas. De modo que brindamos por los Hrabal y aprovechamos también para comer algo a su salud. Por la tarde, Zdeněk se pone serio y nos lleva al lugar donde descansan los restos del culpable de nuestro viaje. Está en Hradištko, en un cementerio ínfimo. Alguien ha dejado margaritas debajo de la mano que sostiene simbólicamente su columna.

Mientras Zdeněk y su tío hablan en voz baja, yo pienso en el ataúd de roble que hay debajo de la gran losa de piedra y en la inscripción que lleva tallada: “Fábrica de cerveza de Polna”, el lugar en que sus padres se conocieron. La cerveza que yo llevo dentro no es de Polna, es Postřižiny, de Nymburk, pero yo la siento Polna en solidaridad con Bohumil.

Último día
Hoy solo ha venido Zdeněk a buscarme. Está serio, pensativo. Le pregunto si va todo bien, pero no dice nada. “¿Dónde iremos hoy?”, le consulto. “Libeň, Paris, Tygra, Bulovka”, responde. Y decido no molestarle más. Llegamos pronto al barrio de Libeň, bastante inhóspito y deprimido, y encontramos sitio para aparcar en la plaza Bohumil Hrabal. Unos metros más allá está Na Hrazi, la calle en que vivieron y Eliška y Bohumil. Empiezo a vislumbrar el famoso mural de Hrabal, los libros y los gatos. Pero es un lugar sin alma. El colorido de los muros, la belleza de su Perkeo gigante, contrasta salvajemente con lo devastada y horrible que es la zona.

En dos de las paredes del lado Este, más allá de la puerta principal, hay dos grandes textos. No me atrevo a preguntar a Zdeněk qué dicen. Sigue ausente. No es el mismo de los otros días. Le pregunto si quiere el dinero ya, si es eso, y con la mano me pide que pare. No hay mucho más que hacer allí, salvo recrearse con la apariencia de bunker naíf pro-felino del conjunto. Le digo que podemos irnos cuando quiera. 

De camino al Hotel París, donde comeremos, Zdeněk se sincera: “Wife no good. Wife divorce”. Le tiendo una mano al hombro y le digo que lo siento. Pero decir que lo sientes es fácil cuando no te duele a ti. Así que lo dejo en paz, sumido en sus pensamientos. En el restaurante del hotel, en medio de toda esa majestuosidad revenida, me acuerdo de Pipsi y de Jan Ditie. Siento la urgencia de volver a leer, una vez más, “Yo serví al rey de Inglaterra”.

Caminamos hasta la taberna favorita de Hrabal, El Tigre Dorado, y Zdeněk me advierte: “No like tourists, I speak”. De modo que pongo mi mejor cara de checo y entro tras él. Es tal y como la imaginaba: un gran pasillo forrado de pino. Todo está hecho de pino: el mostrador, las mesas, los bancos... Hay cuadros con el retrato de Hrabal y, al fondo, veo los cuernos de venado bajo los que se solía sentar. Son las tres de la tarde y estamos prácticamente solos. Salimos de allí tres horas y cinco litros de cerveza después, bastante borrachos. 

Conseguimos llegar a Bulovka, al hospital donde Hrabal puso fin a su dolor saltando desde su quinta planta. Y es un lugar estremecedor. Zdeněk habla con el vigilante de la garita y nos dejan pasar, como si tuviésemos aspecto de venir a visitar a algún paciente. Bajo el edificio principal, junto a las jardineras y una señal de tráfico, Zdeněk señala al cielo, luego señala al suelo, y dice: “Hrabal ploff”. Recordé las palabras de Lao-Tse que tanto le gustaba recordar: “Nacer es salir, morir es entrar”. Iba a decir que morir es saltar, pero “Hrabal ploff” tampoco está nada mal.

1

great writers are indecent people
they live unfairly
saving the best part for paper.

good human beings save the world
so that bastards like me can keep creating art,
become immortal.
if you read this after I am dead
it means I made it.

Charles Bukowski,
The People Look Like Flowers at Last

Lo peor fue lo mejor que pudo pasarnos

«Nuestra decepción se sienta entre nosotros». 
(Charles Bukowski)
Ella dormía de cara a la ventana
y, al otro extremo de la cama,
mirando a la pared,
dormía yo.

Éramos ya, ella y yo,
como dos interrogantes.
La metáfora del fin
de nosotros mismos.

La nada se había
instalado en nuestra casa.
Se fue adueñando de cada cosa.
Había decidido quedarse
a vivir entre nosotros
y dominarnos.

Ella sólo quería
estar lejos de mí.
Yo sólo quería
no estar solo.

Feliz año nuevo


y yo,
y todos
y cada uno
de nosotros,
somos la consecuencia
inevitable de alguna
traición necesaria.

Lo llevamos escrito
por dentro de los párpados.
Cuando cerramos los ojos,
ese mantra nos obliga
a soñar con alguna
vida mejor:
sin cargas,
 sin cansancio,
  sin soledad,
   sin tristeza,
    sin rabia,
     sin dolor.

Nadie llega ahí
sin traicionar
a nadie.

Seguro que
tú lo consigues.

Toda esta soledad para mí solo

Extraño mi vieja soledad,
la de los días en que era yo
quien elegía estar con ella.

He dejado de creer en el amor,
ya sólo creo en lo que puedo ver.
Y lo único que puedo ver ahora
es esto: toda esta soledad aquí,
toda esta soledad para mí solo.

Y ya no me gusta.

No como cuando
yo era joven
y ella vieja y discreta,
cuando no me dibujaba
insultos en la frente
y se quedaba a
escribir conmigo
y no escribía
ella por mí.

De qué hablamos cuando hablamos de litiasis

«He intentado no dejar nada de mis cosas. 
Cuando salgamos por la mañana dejaré las llaves dentro y cerraré de golpe. 
Perdóname si encuentras algo que no desearías ver». 
(E.)

No importa cuánto camino hayas recorrido,
cada día te sentirás un poco más lejos de ti.
Al final de tu día verás que no existe el día,
al final de tus ojos verás que hay muerte.

El dolor se hará dueño de todo, por primera vez.
Iluminará tu trayecto con luces muy rojas.
Al final de tu día tu cuerpo será tu cárcel,
al final de tu cárcel no te esperará nadie.

Es importante que el miedo no mate tu instinto.
Y encontrar a alguien real a quien poder asirte.
Al final de tu día verás que aún hay vida fuera de ti,
al final de ti hay otro tú deseando volver a fracasar.

La eternidad sólo dura un segundo más que nosotros

Sé valiente, vuélvete.
Ni tú eres Edith ni yo soy Lot.
Contempla las ruinas de lo que dejaste atrás.
No vas a convertirte en estatua de sal.
En sal me he convertido yo.
Yo vivo aquí, las veo
a todas horas.

Sé valiente, vuélvete.
Admite que nunca fuiste verdad,
que este dolor te es tan ajeno como yo,
que la indiferencia que se lee en tu nuca
es el premio de consolación,
tu recompensa de amor,
a quien te quiso.


14 de febrero

Y el día llegó
y a la hora acordada
volvimos a vernos
por última vez.

La abogada
nos hizo esperar
en una sala.

Le pregunté por mi alianza.
Me dijo: la he dejado en
tu mesilla de noche.

Su indiferencia
me partía
en dos.

Ni siquiera podía
mirarle a los ojos.
No quería
recordarla así.

Entramos
al despacho principal
a sacrificar los restos
de aquel horror.

La abogada nos leyó
el acuerdo de divorcio.
No presté atención a
lo que estaba diciendo.
Al acabar, me preguntó:
¿Estás de acuerdo?
y contesté que sí.

Me dijo: Tendrás que firmar
aquí y aquí. Y aquí, también.

No leí lo que firmaba,
mis ojos no querían
leer aquello.

Luego le dijo a ella:
Aquí y aquí. Y aquí.
Y ella firmó.

Y nos fuimos de allí.

Y, al llegar a la última puerta,
se detuvo e intentó mirarme
a los ojos por última vez.

Yo abrí la puerta.
Le pregunté si salía.
Dijo que no.
Empezó a llorar.
Le dije adiós
y me marché.

En el Café Gijón

Aquí estoy,
en el Café Gijón,
por primera vez.

No he traído cuaderno,
pero tienen servilletas
y me han prestado un
bolígrafo de publicidad.

Estoy en la mesa donde
Umbral solía sentarse.
Me he sentado en su lugar
a esperar un milagro
que no sucederá.
Estúpido de mí,
ya voy teniendo
edad para saber que
los milagros no existen.

Me gustaría poder
dar marcha atrás.
Me gustaría ser
inmaculado, no haber
cometido nunca
ningún error.

Pero, de haber sido así,
no estaría aquí hoy,
escribiendo ahora
en el Café Gijón.

En mi cabeza de árbol una vez anidaron los gorriones

Éramos como ahora,
pero mucho más jóvenes.
Como esos árboles del parque
que siempre se quieren tocar.
Pero más jóvenes.

Hoy sólo tengo enfermedad
y soledad y muerte y añoranza.
Qué poco dura la felicidad,
qué mal se lleva con
los años impares.

En mi cabeza de árbol
una vez anidaron los gorriones.
Fue hermoso sentirlos ahí arriba,
creciendo y piando, palpitando,
fue horrible sentirlos morir
en el invierno.

Ya no soy árbol ahora, pero soy leña.
Soy leña buena, de la que tú cortaste.
Soy la leña que alumbrará,
algún día, con suerte,
algún hogar.

Yo mismo

Quería un amor inmortal
y me encontré con la muerte
frente a frente. Y sin amor.

Demandaba un acto de fe
y me quedé sin fe y sin acción.
Sin una triste gota de nada.

Reivindicaba mi derecho
a ser yo mismo. Y ahora lo soy.
Soy yo mismo para nadie más.

Ella misma

Odiaba todo lo que la apartaba de mí,
pero lo único que la apartaba de mí,
ahora lo sé,
era ella misma.


«You're the only one with a knife»



With every sweet hello
there's a bitter good bye
With every happy song
there's the one to make you cry
With every traveled road
there's a curse that won't die
I know you're not the only one
You're the only one with a knife

Still you sing "here's one
here's one for the valley
here's one for your family"
there's never one for me
Still you sing "here's one
here's one for the tree
where your heart is buried"
there's never one for me
there's never one for me

The longing the alone
with a fall from a height
And now you've come and gone
must the whole of Europe die
We know that you inherit light
but for who does it shine
Oh 'cause now I've lost the right
to consider you mine

Still you sing "here's one
here's one for the valley
here's one for your family"
there's never one for me
and here I'm left to sing
oh you kissed so damn easy
did you show it just to tease me
the sweetest treachery
there's never one for me
there's never one for me.

Inventario de cosas que hacen daño

Se dejó olvidados:

–Un par de tijeras infantiles.
–Un albornoz deshilachado.
–Un arnés y dos juguetes para perro.
–Un pisapapeles con forma de zapato.
–Un costurero minúsculo lleno de hilos.
–Un poemario dedicado de Luis Felipe.
–Un disco doble de Luis Eduardo Aute.
–Un disco (rayado) de El Último de la Fila.
–Un disco (intacto) de El Fantasma de la Ópera.
–Una funda protectora de cartilla veterinaria.
–Un par de calcetines que me había prestado.
–Un mapa de la ciudad que iba a hacer suya.
–Dos felicitaciones por su 41 cumpleaños.
–Un manual de uso de su aspiradora.
–Una fiambrera llena de ambientadores.
–Una estrella de navidad de color rojo.
–Dos viejos llaveros con forma de estrella.
–Cinco años y medio de recuerdos.
–Tres gatas recogidas de la calle.
–Un hombre herido.

Nunca más

Ya podía estar muriéndome, le daba igual.
Me tenía reservada ya mi propia muerte.
Una mañana en el hospital, me dijo:
Nunca más te vuelvo a dejar solo.
Me dejó solo al mes siguiente.

Tienes las manos heladas

La cajera del centro comercial
se despidió de nosotros
diciendo hasta pronto
porque no sabía
que aquella iba a ser
nuestra última vez.

Volvimos al coche con la compra.
Llovía a mares, el día nos odiaba.
La llevé a casa y me despedí
de lo que quedaba de ella.
Me tocó las manos antes de irse.
Me dijo: Tienes las manos heladas.
Y lloró un poco. Pero yo ya
no me creía sus lágrimas.

Por la tarde la llamé para decirle
que la abogada nos recibiría el jueves.
Ella respondió con monosílabos,
me confesó que había bebido
y se había despertado
en el suelo del salón.
Pero yo ya no me creía
sus borracheras.

Su lado de la cama siempre llevará su nombre

Respetar su lado de la cama.
Besar la almohada donde dormía,
sentir el peso invisible de su cabeza de aire.
Atesorar las pocas cosas, insignificantes,
que se dejó olvidadas entre las mías
como si fuesen reliquias de alguna
guerra importante. 

Empezar a creer en la telepatía,
decirle cosas que ya nunca más podrá oír.
Enfadarme con ella, disculparme después,
hacerle preguntas, llorar, despertarse a las
tres de la mañana todos los días.

Recorrer con los dedos su ausencia,
la ausencia de todas sus cosas.
Culpar de todo a las alcayatas,
a las marcas que dejaron sus cuadros,
a su mesilla de noche, al color de las paredes.
Echar de menos los malos tiempos
que precedieron a este infierno
de soledad y silencio.

Y abrir el armario roto de par en par
y sentarse en la cama,
en su lado,
a observar sus perchas,
huérfanas de ella, de su ropa, de sus
ambientadores de canela y naranja,
raquíticas, inmóviles y desnudas,
colgando como esqueletos.

Carlos

A mi tío le quedaba una semana de vida y lo sabíamos. A juzgar por su estado, parecía que le quedasen horas solamente. Hacía meses que no podía caminar. Ya no podía valerse por sí mismo; tenían que desplazarlo de un lado a otro como si fuese una marioneta gigante. Tampoco podía hablar y, desde hacía un año, por culpa del avance inexorable de su enfermedad, vivía inmerso en una depresión profunda.

Lo único que le hacía feliz era jugar con una consola de videojuegos que mi tía había comprado para tenerlo distraído. Era también lo único que podía hacer. Sólo necesitaba una mano y sus dedos todavía respondían. Le distraía jugar al billar, sobre todo. Le hacía sentirse vivo. Se imaginaba jugando al billar de verdad, supongo. Moviéndose por la mesa, como si pudiese hacerlo, y eligiendo la fuerza de impacto de su palo imaginario, como si pudiese llegar a sostener un palo de billar de verdad con sus brazos enfermos.

La última vez que estuve con él me ofreció un mando y, con la mirada, me pidió que jugásemos una partida. Quería demostrarme que, a pesar de su estado, era mejor que yo. Que podía ganarme. Y yo acepté su desafío sabiendo que iba a darle esa satisfacción. Él no sabía que yo también tenía esa consola en casa y que el billar era mi juego favorito.

Empezó jugando él. Por el anquilosamiento de sus dedos su bola se iba siempre a donde no era y solía meter la blanca en lugar de cualquier otra. Yo trataba de sacarle importancia y, en mi jugada, cometía alguna torpeza similar, o fingía que el mando no me respondía, o que yo era simplemente malo jugando a aquella cosa.

Estuvimos jugando durante 15 minutos y sólo habíamos metido tres bolas. Dos él y una yo. Porque no contábamos las veces que metíamos la blanca, claro.

Mientras nos veía a nosotros mismos en el salón, nos imaginaba como en una película. Era una escena muy dramática. Yo sabía que era lo último que íbamos a hacer juntos y una tristeza inmensa me recorría el cuerpo, como una droga que se disuelve en la sangre, pero fingía una alegría desproporcionada, intentando que él no se diese cuenta.

A pesar de todo, se sentía feliz por haber sido capaz de meter una bola más que yo. Y ése era mi triunfo.

Pero entonces llegó ella, que no sabía nada. No sabía que yo me estaba dejando ganar, pero sí que él se estaba muriendo. Venía de la cocina, de hablar con mi tía y mi madre, y nos encontró jugando a aquello. Se llevó una alegría, porque su pasión eran los juegos y porque la consola que teníamos en casa, idéntica a la que tenían mis tíos en su salón, la había traído ella. Le encantaba aquella mierda.

–¡Oh, estáis jugando al billar!

Yo asentí sin mirarla. Y, aprovechando que era mi turno, volví a fallar y metí la bola blanca, otra vez, en otro agujero.

–¡Hala, cari! ¡Pero cómo fallas eso!

Y yo querría haberle dicho algo con la mirada, que ella supiera entender, para que comprendiese que sólo lo hacía por dar una última alegría al pobre Carlos.

Pero ella no aceptaba la compasión ni siquiera en casos extremos. Me dijo:

–Dame el mando, ya verás...

Le pregunté a mi tío si no le importaba jugar contra ella y él sonrió y asintió con la cabeza.

Perdió su turno y yo le di el mando a Esther.

En aquel turno metió todas las bolas. Una tras otra. Sin piedad. No sabía perder. No estaba programada para dejarse ganar por un discapacitado.

Yo no era capaz de mirar a mi tío. Un dolor inmenso hizo que desease romper a llorar allí mismo, de rabia, de tristeza, de indignación, por todo lo que le había pasado a Carlos, por lo injusta que había sido la vida con una persona tan buena, tan vital, tan cariñosa y alegre. Y también por lo que estaba pasando. Ella no entendía que aquella partida era un último homenaje. Que tenía que haber ganado él.

Su espíritu ganador le impidió entenderlo. Al acabar la partida, tres o cuatro minutos después de tomar el mando de la máquina, saltó de alegría y gritó: ¡OLEEEEE!

Dejó el mando en la mesita y se volvió a la cocina, con mi madre y mi tía.

Y nos dejó allí a los dos. Yo me quedé a su lado. Pude ver la decepción en su cara. Porque no era tan bueno como se creía y porque se dio cuenta de que yo me estaba dejando perder por pena.

Nos llamaron para comer y apagamos el aparato.

Murió a la semana siguiente. En abril hará cuatro años de eso. No dejo de pensar en él ni un solo día.

Por desgracia, tampoco en la última vez que estuvimos juntos.

Morir a los 28

Los árboles siempre
se quieren
tocar.

Morir a los 27

No consigo
recordar más
que mentiras.

Morir a los 26

Esta vez sí,
creía que lo iba
a conseguir.

Morir a los 25

Habría tenido gracia
morir de una forma
tan triste.

Morir a los 24

Sólo tú vivirás
siempre conmigo,
enfermedad.

Morir a los 23

Ni la traición
pudo conmigo.
No lo entiendo.

Morir a los 22

Echo de menos
la esperanza
de ser feliz.

Morir a los 21

Yo soy la cárcel y
yo soy la condena
y el juez y el reo.

Morir a los 20

Es imposible
ocultar nada
en esta casa.

Morir a los 19

Por donde paso
voy dejando un
rastro de sangre.

Recordaré esta vida como un mal sueño

En esta vieja casa donde ya no quiero entrar,
en esta casa vieja, encerraré a todos los fantasmas
de las personas que fuimos, que íbamos a ser,
que jamás supimos ser, que nunca más seremos
porque no tenemos ganas, ni tiempo, ni salud.

Los encerraré a todos bajo llave.

Me llevaré
conmigo
cuatro cosas.

Me las llevaré
conmigo
para siempre.

John Fante | El otoño es mejor que la primavera


John Thomas Fante no dejó un bonito cadáver. En lugar de eso, dejó uno minimalista, compacto; un cuerpo diminuto, sin piernas, sin vista, sin fuerzas. Y, aún así, le llevó su tiempo abandonar lo que quedaba de él. El suficiente para dictar una última novela a Joyce, su mujer. No sabemos por qué. Tal vez porque era un escritor de verdad. Y un escritor de verdad no sabe hacer otra cosa que no sea escribir  

1 

A lo mejor, morirse no está tan mal. 

Esto podría haber pensado cualquiera en la piel de Fante durante sus últimos años: un escritor maltratado en vida, un cabrón amargado, ninguneado por haber elegido el camino fácil; el de los estudios cinematográficos y la literatura barata de guión de producciones de serie B. Alcohólico, malcarado, despótico, maltratador. Despreciado y amado, a partes iguales, por una esposa y unos hijos que habrían de vivir bajo su sombra, incluso después de muerto. 

Un pobre resentido, ciego y huérfano de extremidades inferiores, del que Bukowski intentó apropiarse y alardear, igual que si fuese un juguete roto encontrado en la basura, y de quien quiso –y creyó– ser amigo. Pero la verdad es que Fante lo aborrecía con ganas. Aborrecía su éxito, aborrecía su personaje, y aborrecía, sobre todo, que Bukowski estuviese viviendo la vida que le correspondía haber vivido a él. Tampoco le gustaban demasiado las cosas que escribía, a excepción de sus poemas. Si hubiera conservado la vista y la salud, tal vez le hubiese dado una oportunidad a La senda del perdedor, aunque difícilmente podría haber cambiado su opinión sobre aquel cretino de Hank. Su prosa nunca le pareció lo bastante buena, ni su popularidad lo bastante justificable. 

Todo esto se lo llegaría a confesar veladamente el propio Fante a Ben Pleasants en la que habría de ser su penúltima conversación, en 1982, cuando la enfermedad hablaba más que la persona, así que tampoco sirve para hacerse una idea demasiado rigurosa de sus sentimientos hacia el hombre que consiguió, para su propia gloria personal pero también para la de Fante, rescatar del ostracismo el nombre de aquel viejo autor italoamericano que cambió el humo y la imprenta por el champán y los focos: el creador de Arturo Bandini, el primer esbozo, un poco tosco, de lo que sería Chinaski. Aquel pobre Fante, oxidado, olvidado y cargado de una ira atroz y necesaria contra un mundo que le resultaba implacable y hostil. Como su enfermedad.  

2 

Lo poco que quedaba de Fante terminó de consumirse en la Residencia Hollywood de San Fernando Valley, en Los Ángeles, hace algo más de treinta años, el 8 de mayo de 1983. Hacia el final de sus días se fue convirtiendo en un ser cada vez más melancólico y delirante. Un ejemplo: murió con la convicción de que un celador del centro intentaba cargárselo con un dardo envenenado. 

Esto lo sabemos porque ahora lo cuenta Ben Pleasants, quien, al contrario del resto del mundo –Bukowski incluido–, iba a visitarle a menudo. Hasta en seis ocasiones, como mínimo, durante su convalecencia. Le acompañaba su grabadora y, en alguna ocasión, también su pareja, Marlene Sinderman, que, como Fante, se estaba quedando ciega por culpa de la diabetes. Pleasants registraba todas sus visitas en cintas de audio, con el consentimiento del viejo. Aún hoy las conserva, a excepción de la última. La última era tan incoherente que lo más honesto que podía hacer era eliminarla. 

Y eso hizo. 

O eso dice.  

[Sigue leyendo]

Mi corazón no deja de latir donde no debe

Mi corazón no deja de latir donde no debe:
igual que una piedra, tirita dentro de mi oído.
Es alguien llamando a una puerta
que no pienso abrir.

Mi corazón respira ya fuera de mí.
Como un pez que aprendió a vivir
lejos del agua, no se cansa de salir a pasear.
Lo siento ahora en sitios donde jamás
lo había sentido. Lo siento bien.
Lo siento distraído. A veces
lo siento triste también.
Pero lo siento.