Puedes irte cuando quieras (II)

Andrew y Brenda Henderson vivían en la casa de enfrente, en el mismo muelle que nosotros. Eran un matrimonio joven, abogados los dos. Gente con dinero. Las cosas les iban bien. Saboreaban su éxito y, de paso, se lo hacían saber a los demás. Tenían un LeSabre de color plata, proyector de cine en el salón, cortadora de césped de última generación y todo ese tipo de cosas que tiene la gente cuando la vida le va bien. Andrew y Brenda eran la envidia de nuestro lado del lago.

Yo les envidiaba también porque follaban como conejos. Eran insaciables con eso. Follaban todas las noches, durante horas, con las luces encendidas. Salía al porche con la excusa de fumar o tomarme unas cervezas y me sentaba en mi mecedora a ver sus sombras proyectadas sobre la pared de la casa de al lado, que hacía años que no ocupaba nadie. Follaban, descansaban un poco, apagaban la luz y, media hora después, volvían a encenderla y seguían follando y regalándome sombras pornográficas. Todo aquello me distraía un montón. 

En verano, cuando Brenda se quedaba dormida, Andrew salía a beber a la terraza en albornoz. Yo le sonreía y, desde mi porche, levantaba mi cerveza y brindaba por la buena salud de sus pelotas y también por las sesiones de sombras chinescas. Y él hacía lo mismo desde el otro lado de la acera, aunque no sé bien por qué. Por educación, tal vez. O por lástima.

Una vez se decidió a cruzar la calle y venir a saludarme. Me cogió por sorpresa, nuestra cordialidad no pasaba de levantar latas al aire. De cerca era aún más joven y más alto. Olía a una mezcla de sudor y suavizante. Sus piernas estaban bronceadas. Llegó hasta la barandilla del porche y me saludó:

–Hola, Robert. 
–Hola –le respondí.

–¿Puedo llamarte Bob?

–No.

–Está bien.

–No te parezca mal. Todavía no nos conocemos lo suficiente.

–Ya, entiendo. 

Y nos quedamos callados los dos. Yo seguía sentado en mi mecedora. Le sugerí, señalándola con la mano, que se sentase en una silla de plástico que tenía al otro lado del porche, pero la rechazó. Prefirió apoyar su culo en los barrotes de la barandilla. 

–Tienes un bonito coche –dije.
–Oh, gracias, Robert. Sí, es bonito. Muy bonito.

Y nos quedamos mirando su coche, que estaba aparcado delante de su casa.  

–Tu casa también es bonita –le dije.

–Oh, lo es. La tuya también, Robert. Está muy bien.
–Ya –dije yo.

Sonreí. Por mí, la conversación habría terminado en aquel mismo instante. Bebí un trago de cerveza y busqué mi paquete de cigarrillos en el bolsillo superior de mi chaleco, lo abrí cuidadosamente y después tomé una cerilla y la froté contra el rascador de la caja. Me encantaba el olor del fósforo recién encendido.  

–¿Eres feliz, Robert? –me preguntó.
–¿A qué coño viene eso?
–No lo sé. Cada vez que salgo a mi terraza o me asomo a la ventana y te encuentro aquí, sentado, llueva o haga calor, me pregunto si va todo bien con tu vida. 
No dije nada. 

–No me malinterpretes. No intento inmiscuirme. Sólo quiero saber si necesitas ayuda. Si hay algo que yo pueda hacer por ti, sólo tienes que pedírmelo. 
–Podrías cerrar la boca, para empezar.

Touché!
–Sí. Touché.

Todo el mundo se creía en disposición de juzgar mi vida. Era la hostia.

–Las cosas me van bien, ¿sabes, Robert? Hay acuerdos importantes en marcha, mi despacho funciona de maravilla. Me puedo permitir ayudar a los demás. Me siento generoso. Ésa es la razón por la que estamos hablando esta noche.

–¿Has venido a salvarme la vida, Andrew? ¿Es eso lo que intentas decirme?

–No, no me malinterpretes. Sólo vengo a darte un arreón. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que las cosas no van demasiado bien entre Rose y tú.

–Joyce –le corregí–. Se llama Joyce.

–Sí, bueno. Lo que sea.

–¿Y qué me sugieres, desde tu posición de privilegio?

–Si las cosas no os van bien, deberías poner tierra de por medio. ¿Por qué no lo haces? 

–Te diré por qué no lo hago, Andrew. Claro que sí. ¿Ves este chaleco? Es el chaleco de encargado del Rib King. Mis padres eran pobres, no tenían dinero para pagarme una carrera. A tu edad yo ya había tenido siete trabajos y ninguno de ellos fue abogado. Esto es cuanto tengo: esta casa, este trabajo, ese coche que ves ahí, que no es un LeSabre, pero es mi puto coche. Todo esto. ¿Crees que puedo permitirme perderlo?

Se quedó mirándome, muy serio. No habló.

–Yo te lo diré, Andrew: no. No puedo. Aunque tenga que soportar mil infiernos. No estoy dispuesto a perder toda esta mierda. Casa propia, coche propio, un trabajo estable y bien remunerado, cerveza fría y tabaco, comodidades burguesas... Buscaré la forma de sobrevivir. Seguiré saliendo al porche para ignorar lo que tengo dentro de casa, pero no vengas aquí a decirme, desde tu tribuna del éxito, lo que debo o no debo hacer con mi vida, porque ya tengo los cojones pelados, amigo. 

–¿Qué edad tienes? –me preguntó.

–41, Andrew. Cuarenta y un años.
–Todavía eres joven, Bob.

No le corregí. Me encendí otro cigarrillo y seguimos mirando su coche y su casa. 

Puedes irte cuando quieras

Hacía tiempo que Joyce y yo no éramos felices. Estábamos muy lejos de serlo. Vivíamos en las antípodas de la felicidad. Instalados en el mismo asco. Pero al principio, no. Al principio nos iba bien. Con nuestras diferencias y nuestras cosas, nos tolerábamos el uno al otro. Nos queríamos. Nos parecía hasta gracioso que dos personas tan distintas como nosotros hubiesen podido acabar juntas. Curioso: todo lo que ahora hacía que nos odiásemos con saña, nos unió un día.
Yo había llegado a Helendale seis años atrás huyendo de una situación jodida. Por aquel entonces, yo siempre llegaba huyendo de situaciones jodidas a todas partes. Por culpa de mi mal olfato para los problemas, hasta bien entrados los cincuenta no tuve otro remedio que ser nómada. A Helendale llegué en un autocar de línea que me dejó a diez metros de la puerta del Rib King, donde conocí a Joyce, donde me enamoré de su hospitalidad y su simpleza. Y donde, quién me lo iba a decir, acabaría haciendo carrera como encargado durante más de cinco años y medio.

Joyce no era especialmente bonita. Tenía una nariz enorme y oscura, como una berenjena, que afeaba cómicamente el conjunto de su cara. La hacía parecer un dibujo animado. Pero fue amable conmigo. Y, a veces, lo único que necesita un hombre que huye es un poco de amabilidad. Sus ojos azules también ayudaron, claro. Y su cadera, que ya era ancha pero aún bien definida e invitaba a montarla igual que un jockey. Y mi completa deriva.

Ya no quedaba nada de aquella Joyce, ni fuera ni dentro de sus ojos azules, donde ya no había amabilidad, ni siquiera indiferencia, sólo odio y rencor. Con los años se había ido convirtiendo en un monstruo. La depresión acabó con ella como un ejército poderoso. Primero dejó su trabajo, después se hizo episcopaliana por presión de sus amigas, luego se encerró en casa y más tarde en sí misma. Empezó a engordar, a beber y a ignorarme. Se abandonó. Se entregó completamente a otra dimensión donde sólo importaban la fe, el odio y la liposucción. Y yo me centré en mi trabajo y en mis cosas. De vez en cuando encontraba alguien con quien follar en los anuncios del periódico. Salía del pueblo y conocía otros, igual de sórdidos que el mío, pero con sexo.

Ella no lo sospechaba, creo. Supongo que creía que un hombre puede vivir sin meterla. Y no es así: si un hombre no tiene dónde engrasar el nabo se vuelve loco. Y yo no quería volverme más loco de lo que mi vida me obligaba a estar. Conocí a otras mujeres, esporádicamente. Las medio seducía, las hacía reír, me las follaba. Me corría en sus caras, me vestía y me marchaba. Nunca volvía a llamarlas. Y así iba sorteando yo mi miseria personal. 

Luego llegaba a casa y me la encontraba tirada en el sofá, dormida y borracha. O en la cocina, comiendo galletas y hablando de religión con sus amigas: Shirley, Alice, Helen, Ida y su hija solterona, Marianne. La puta peste. Quien dijo que el infierno eran los demás debía de conocer a Joyce y su séquito. Entre todas no hacían ni medio cerebro. Las oía hablar de parábolas, de la gracia de Dios, de la gloria de Cristo y yo sólo quería pegarme un tiro en la boca y reventarme los sesos. 

Entonces salía de casa y me iba al porche a fumar y a beber cerveza. Yo ya bebía antes de conocer a Joyce. No necesitaba tener una vida de mierda como aquella para querer beber. Pero salía, digo, y me sentaba en mi mecedora, apagaba la luz para que no me comiesen los mosquitos y me quedaba allí durante horas, hasta que aquellas cinco se despedían de Joyce y se volvían a sus casas y nos dejaban a solas con nuestro infierno particular. A pesar de todo, y aunque ya no nos dirigíamos la palabra, estar a solas con ella no era peor que estar con ella y sus amigas. Al menos había silencio.

Benson & Hedges & Me

Todo el barrio se ha ido
de vacaciones,
y aquí estoy, en la ventana,
observando la luna menguar,
igual que yo, otra vez más.

Sólo una familia se ha quedado
a resolver a gritos sus diferencias.
Recuerdo que yo nunca discutí
y eso hace que me sienta igual,
pero distinto. Tal vez mejor.

La luna no, pero las luces
del otro lado de la ciudad
me observan como luciérnagas
y se preguntan qué diablos
hace un tipo como yo
escribiendo estupideces
a estas horas,
en la ventana.

Ni siquiera era bonita

Ni siquiera era bonita,
ni joven, ni interesante.

Pero yo no necesitaba
que fuese ni bonita,
ni joven, ni interesante.

Necesitaba sólo
que fuese real.
Y no lo era.

Y cuando llueva

Y cuando llueva
–y lloverá mucho–,
yo seré la lluvia
y tú serás
el suelo.

Sólo las nubes

Sólo las nubes te acompañarán siempre.
No serán siempre las mismas nubes,
pero tampoco tú serás
siempre el mismo.

Bohumil Hrabal | Cien años de nada


El taxista que me recoge en la terminal 2 del antiguo Ruzyne –ahora Václav Havel– se llama Zdeněk. Solo Zdeněk, me dice cuando le pregunto “¿Zdeněk qué más?”. No se fía de los periodistas, aunque le gusta la gente que escribe. A él también le habría gustado escribir. De joven, me cuenta, escribía poemas para una chica de Žižkov, Ludmila, de la que hace más de cuarenta años que no sabe nada. 

Tras esta confesión se hace un silencio incómodo que me invita a pensar en mis cosas mientras nos vamos alejando despacio del extrarradio de Praga. Zdeněk lleva la radio puesta, pero no me había dado cuenta hasta ahora. Veo los árboles pasar como recuerdos desde la ventanilla trasera del Škoda que nos conduce al centro de la ciudad. 

Pasan unos minutos y Zdeněk baja la radio y me mira a través del espejo para preguntarme: “Work?”. Y como no sé qué espera que le responda, insiste: “Tú, aquí, ¿trabajo?”. Le digo que algo así. Mitad trabajo, mitad placer. Vengo a Praga a buscar restos de Hrabal, en parte por nostalgia, pero también porque me han encargado escribir una nota sobre él. 

“¡Hrabal!”, dice, “yo conozco Bohumil Hrabal”. Y quiero creer que lo conoce igual que lo conozco yo, por sus libros. Porque en Chequia, más que en ningún otro lugar, Hrabal es un símbolo de algo que ya no existe y, sin embargo, quiere existir. Pero no, me aclara: “¡Yo bebo cerveza con Bohumil en mesa, conmigo!”. Le digo: ¿En serio?  Y dice sí. Lo dice tres veces. Sí, sí, sí.

Y volvemos a quedarnos callados. Podría preguntarle cosas, pero sé que no sabría explicármelas en un idioma que yo entendiese. Así que le ahorro el sufrimiento. Me limito a asentir y a sonreírle agradecido a través del retrovisor. Aún quedarán unos 10 minutos de trayecto hasta el hotel, en Národní Třída. 

“Conozco Hrabal el 94, continúa Zdeněk, “twenty years”, apunta apartando las manos del volante. “Yo bebo con Hrabal una vez en mesa”. Le pregunto dónde y me dice: “U Zlatého Tygra, Tigre… ¿de oro?”. No me sorprende. Es allí donde todos lo recuerdan. Como si no saliese jamás de ese bar. Como si se hubiese pasado la vida bebiendo allí dentro, en vez de escribir. Por no quedarme en silencio, por que no piense que no me interesa su anécdota, le pregunto si pudo hablar con él, a lo que Zdeněk responde con mímica: primero niega con la cabeza y solo dice “Hrabal” antes de pasarse una cremallera imaginaria por sus gordos labios checos. “But he smiles Zdeněk”, dice satisfecho. E insiste, levantando el dedo índice: “He smiles Zdeněk”. Le sonrió. Fantástico.

Una sonrisa de Hrabal es mucho más que lo que yo espero obtener de esta visita. Y se lo explico a él con un inglés muy sencillo, como si estuviese hablando con un niño. Le cuento que necesito encontrar sus huellas recorriendo los sitios que, de algún modo, fueron importantes para él a lo largo de su vida. 

“You money, I help!”, responde antes de que acabe la frase. Es mucho más listo de lo que parece. Mucho más. Es un zorro viejo. Le pregunto de cuánto dinero estamos hablando. Tres mil coronas por dos días completos, poco más de 100 euros. “Hrabal tour, for you!”, insiste. “Very special!”. Adelante, le digo. Qué diablos. 

Estaciona en la puerta del hotel, lleva mi maleta a recepción y me dice: “Tomorrow, 9 o’clock!”. Y me enseña todos sus dedos menos un pulgar que esconde tras la palma de la mano, por si no sé que nine significa nueve. Me despido de él y me instalo en mi habitación. Me ducho y salgo a pasear, aprovechando que son las cinco de la tarde y aún es de día, a pesar de marzo.

Hay una estación de metro cerca del hotel, pero Praga invita a caminar más que ninguna otra ciudad. Comienza a lloviznar y luego cae un chaparrón airado que pronto vuelve a ser solo llovizna, así que no me preocupo y sigo andando hasta Mustek. Me detengo un momento a observar las fachadas mojadas de los viejos edificios de color amarillo, verde y salmón, en el agua que empieza a resbalar por sus ventanas. Y pienso para mí que le sienta bien la lluvia a Praga, como un vestido gris a una mujer triste.

Al llegar a Lazarská recuerdo que se cruza con Spálená, la calle donde Hrabal trabajó, durante los cincuenta, en el depósito de papel viejo que más tarde le serviría de inspiración para escribir “Una soledad demasiado ruidosa”. El oscuro sótano en que Haňt’a se pasaría más de treinta y cinco años prensando libros y papel viejo y siendo culto a su pesar. Y recorro la calle entera. Me imagino, igual que él, de vuelta a casa una noche cualquiera, “pasando de largo tranvías y coches y peatones, cruzando en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente”, pero sonriente porque mi cartera no está llena de libros como la suya, “libros que me expliquen cosas sobre mí que todavía desconozco”, pero sí me empieza a inundar su espíritu, que es más intenso aún que el espíritu de Praga. Y ésa es, en realidad, la única razón que me ha traído aquí.

Camino por delante de la iglesia de la Santa Trinidad, paso por delante de su vicaría y me imagino la acera agujereada y a sus gitanillas, con sus faldas turquesa y roja, sentadas junto a la zanja. Me acerco a la pared blanca y ocre de la iglesia y la toco para sentir lo mismo que pudo haber sentido Hrabal si algún día cometió el instinto blando de tocarla. 

Hace tiempo que ha dejado de llover, y aunque me dirigía a Mustek con la firme intención de llegar a Husova y beber cerveza en el Tigre Dorado, decido volver al hotel con esta sensación. Y eso hago. 

Zdeněk y Jozef también
Al día siguiente, a las nueve en punto me encuentro a Zdeněk hablando con la recepcionista. Lleva una cazadora de cuero de los días de la Revolución de Terciopelo. Seguramente entonces estaba mucho más delgado que ahora, porque ya ni le abrocha. Su enorme barriga asoma como un huevo de dinosaurio. Éste es el hombre que me va a llevar a buscar el rastro de Hrabal por la ciudad, me digo. Y me invade una desazón que intento disimular con efusividad en cuanto me ve y me saluda.

“Good morning!”, grita escandalosamente, “¿Dormir bueno?”. Y aunque no es verdad, le digo que sí, que he dormido bueno. Y que estoy impaciente por empezar nuestra ruta. “Surprise for you”, dice. Al ver mi cara de susto, matiza: “Surprise... Good!”. Sorpresa bueno también. Genial.

Salimos a la calle. Su coche está aparcado encima de la acera. En el asiento del copiloto hay un hombre muy mayor con aspecto de indigente. Le pregunto a Zdeněk que quién es. “It’s brother-mother!”, dice. “Brother-mother Zdeněk!”, y se golpea el pecho con el puño. En su inglés comprendo que se refiere a su tío materno, lo que no comprendo aún es qué hace en el coche. “Brother-mother: Jozef”, me dice. Y aunque le saludo con amabilidad a través de la ventanilla, el viejo ni se inmuta. “No English”, lo excusa Zdeněk. 

Así que ésta era la sorpresa que me tenía reservada: un día con la reencarnación de Švejk y su tío octogenario. Me siento en la parte de atrás y empezamos el viaje. Ahora no suena la radio y Zdeněk va hablando con su tío. Solo habla él. De vez en cuando, me mira a través del espejo y me sonríe con todos los dientes.   

Mientras avanzamos por la ciudad, por calles empinadas que no conozco, contemplo el paisaje. La parte noble de Praga ha resistido bien el paso del tiempo. Hoy, con la luz blanca de la mañana, parece un enorme cementerio rebosante de belleza. Entiendo bien que los fantasmas decidan quedarse aquí. Dudo que exista ciudad más acogedora para ellos que la vieja Praga. 

Pero nosotros nos estamos alejando de ella. Aprovecho que se queda callado un momento para preguntar a Zdeněk qué planes tenemos. Dice: “Nymburk, Kersko!”. Y me alegro, mucho, porque en ese mismo momento comprendo que no he tirado mis 3.000 coronas.

Nymburk, Kersko
La pequeña ciudad de Nymburk está a una media hora de Praga. Es tranquila y colorida y un martes cualquiera a las diez de la mañana está absolutamente desierta. Aquí empezó a abrir los ojos Hrabal a la vida. Aquí aprendió a escuchar y a contar historias, por culpa de su tío Pepin, en esta pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo.

Brother-mother Jozef nació aquí, me explica su sobrino. Aunque ahora vive con él y su madre en Praga. “Todo mundo en Poděbrady”, protesta Zdeněk. “Nadie interesa Nymburk”. Su tío Jozef nos mira con cierta lástima rayana en la indiferencia, antes de señalar con su bastón la dirección que hemos de seguir. Apunta hacia un edificio de color marrón, en lo que parece una modesta nave industrial.

Zdeněk me cuenta que ésa es la famosa destilería de cerveza de Nymburk. De ahí salieron grandes historias. Pero también hay restos importantes de la vida de Hrabal por todas partes: aquí está la escuela elemental donde estudió, y también aquí, en el diario local, publicó sus primeros poemas. 

Seguimos a lo largo del sendero que transcurre junto al río Labe. Los pájaros compiten en los árboles por ver quién canta mejor y más alto. El ruido del agua nos acompaña. El olor a malta fermentada, también. Llegamos a un indicador que dice Kersko y Zdeněk me sonríe. “Surprise for you”, insiste. El viejo nos lleva la delantera. Es muy alto y sus zancadas nos dejan atrás. Kersko es un bosque. En realidad, es el bosque donde Hrabal y Pipsi acudían a refugiarse de la agitada vida social de Praga. Allí construyeron una casa, en 1965, y allí pasaron grandes temporadas escribiendo y dando de comer a sus más de veinticinco gatos.

Entonces, el viejo levanta de nuevo el bastón y se ríe. Ha-ha. Dos carcajadas secas. Es todo lo que ha dicho esta mañana. Señala al fondo, una vieja cabaña, diminuta, de color blanco, detrás de una verja verde. Y apura aún más el paso. Zdeněk y yo le seguimos, con la lengua fuera. Al llegar al portal, brother-mother Jozef pronuncia una frase larga que Zdeněk traduce como le da la gana, pero muy sonriente: “Él construya casa Hrabal”. Y, para mi sorpresa, el tío se saca una foto del bolsillo interior de su chaqueta y me la muestra: está ya amarillenta, deshecha por los bordes y alguna vez estuvo doblada. Se ve a un joven alto y flaco, que podría ser él, con una carretilla llena de escombro. A su lado, una mujer saluda a cámara. Zdeněk la señala y dice: “¡Eliška!”. La mujer de Hrabal.

Le sonrío y le estrecho la mano a brother-mother Jozef y le digo: “Buen trabajo”. Zdeněk se lo traduce y esta vez sé que lo ha hecho bien porque good y work son dos palabras que domina. El tío sonríe satisfecho y vuelve a levantar el bastón, esta vez para indicarnos el camino de vuelta a la civilización.  

En la ciudad nos detenemos en la destilería. Hay grandes pizarras que anuncian cervezas por tres coronas. De modo que brindamos por los Hrabal y aprovechamos también para comer algo a su salud. Por la tarde, Zdeněk se pone serio y nos lleva al lugar donde descansan los restos del culpable de nuestro viaje. Está en Hradištko, en un cementerio ínfimo. Alguien ha dejado margaritas debajo de la mano que sostiene simbólicamente su columna.

Mientras Zdeněk y su tío hablan en voz baja, yo pienso en el ataúd de roble que hay debajo de la gran losa de piedra y en la inscripción que lleva tallada: “Fábrica de cerveza de Polna”, el lugar en que sus padres se conocieron. La cerveza que yo llevo dentro no es de Polna, es Postřižiny, de Nymburk, pero yo la siento Polna en solidaridad con Bohumil.

Último día
Hoy solo ha venido Zdeněk a buscarme. Está serio, pensativo. Le pregunto si va todo bien, pero no dice nada. “¿Dónde iremos hoy?”, le consulto. “Libeň, Paris, Tygra, Bulovka”, responde. Y decido no molestarle más. Llegamos pronto al barrio de Libeň, bastante inhóspito y deprimido, y encontramos sitio para aparcar en la plaza Bohumil Hrabal. Unos metros más allá está Na Hrazi, la calle en que vivieron y Eliška y Bohumil. Empiezo a vislumbrar el famoso mural de Hrabal, los libros y los gatos. Pero es un lugar sin alma. El colorido de los muros, la belleza de su Perkeo gigante, contrasta salvajemente con lo devastada y horrible que es la zona.

En dos de las paredes del lado Este, más allá de la puerta principal, hay dos grandes textos. No me atrevo a preguntar a Zdeněk qué dicen. Sigue ausente. No es el mismo de los otros días. Le pregunto si quiere el dinero ya, si es eso, y con la mano me pide que pare. No hay mucho más que hacer allí, salvo recrearse con la apariencia de bunker naíf pro-felino del conjunto. Le digo que podemos irnos cuando quiera. 

De camino al Hotel París, donde comeremos, Zdeněk se sincera: “Wife no good. Wife divorce”. Le tiendo una mano al hombro y le digo que lo siento. Pero decir que lo sientes es fácil cuando no te duele a ti. Así que lo dejo en paz, sumido en sus pensamientos. En el restaurante del hotel, en medio de toda esa majestuosidad revenida, me acuerdo de Pipsi y de Jan Ditie. Siento la urgencia de volver a leer, una vez más, “Yo serví al rey de Inglaterra”.

Caminamos hasta la taberna favorita de Hrabal, El Tigre Dorado, y Zdeněk me advierte: “No like tourists, I speak”. De modo que pongo mi mejor cara de checo y entro tras él. Es tal y como la imaginaba: un gran pasillo forrado de pino. Todo está hecho de pino: el mostrador, las mesas, los bancos... Hay cuadros con el retrato de Hrabal y, al fondo, veo los cuernos de venado bajo los que se solía sentar. Son las tres de la tarde y estamos prácticamente solos. Salimos de allí tres horas y cinco litros de cerveza después, bastante borrachos. 

Conseguimos llegar a Bulovka, al hospital donde Hrabal puso fin a su dolor saltando desde su quinta planta. Y es un lugar estremecedor. Zdeněk habla con el vigilante de la garita y nos dejan pasar, como si tuviésemos aspecto de venir a visitar a algún paciente. Bajo el edificio principal, junto a las jardineras y una señal de tráfico, Zdeněk señala al cielo, luego señala al suelo, y dice: “Hrabal ploff”. Recordé las palabras de Lao-Tse que tanto le gustaba recordar: “Nacer es salir, morir es entrar”. Iba a decir que morir es saltar, pero “Hrabal ploff” tampoco está nada mal.

1

great writers are indecent people
they live unfairly
saving the best part for paper.

good human beings save the world
so that bastards like me can keep creating art,
become immortal.
if you read this after I am dead
it means I made it.

Charles Bukowski,
The People Look Like Flowers at Last

Lo peor fue lo mejor que pudo pasarnos

«Nuestra decepción se sienta entre nosotros». 
(Charles Bukowski)
Ella dormía de cara a la ventana
y, al otro extremo de la cama,
mirando a la pared,
dormía yo.

Éramos ya, ella y yo,
como dos interrogantes.
La metáfora del fin
de nosotros mismos.

La nada se había
instalado en nuestra casa.
Se fue adueñando de cada cosa.
Había decidido quedarse
a vivir entre nosotros
y dominarnos.

Ella sólo quería
estar lejos de mí.
Yo sólo quería
no estar solo.

Feliz año nuevo


y yo,
y todos
y cada uno
de nosotros,
somos la consecuencia
inevitable de alguna
traición necesaria.

Lo llevamos escrito
por dentro de los párpados.
Cuando cerramos los ojos,
ese mantra nos obliga
a soñar con alguna
vida mejor:
sin cargas,
 sin cansancio,
  sin soledad,
   sin tristeza,
    sin rabia,
     sin dolor.

Nadie llega ahí
sin traicionar
a nadie.

Seguro que
tú lo consigues.

Toda esta soledad para mí solo

Extraño mi vieja soledad,
la de los días en que era yo
quien elegía estar con ella.

He dejado de creer en el amor,
ya sólo creo en lo que puedo ver.
Y lo único que puedo ver ahora
es esto: toda esta soledad aquí,
toda esta soledad para mí solo.

Y ya no me gusta.

No como cuando
yo era joven
y ella vieja y discreta,
cuando no me dibujaba
insultos en la frente
y se quedaba a
escribir conmigo
y no escribía
ella por mí.

De qué hablamos cuando hablamos de litiasis

«He intentado no dejar nada de mis cosas. 
Cuando salgamos por la mañana dejaré las llaves dentro y cerraré de golpe. 
Perdóname si encuentras algo que no desearías ver». 
(E.)

No importa cuánto camino hayas recorrido,
cada día te sentirás un poco más lejos de ti.
Al final de tu día verás que no existe el día,
al final de tus ojos verás que hay muerte.

El dolor se hará dueño de todo, por primera vez.
Iluminará tu trayecto con luces muy rojas.
Al final de tu día tu cuerpo será tu cárcel,
al final de tu cárcel no te esperará nadie.

Es importante que el miedo no mate tu instinto.
Y encontrar a alguien real a quien poder asirte.
Al final de tu día verás que aún hay vida fuera de ti,
al final de ti hay otro tú deseando volver a fracasar.

La eternidad sólo dura un segundo más que nosotros

Sé valiente, vuélvete.
Ni tú eres Edith ni yo soy Lot.
Contempla las ruinas de lo que dejaste atrás.
No vas a convertirte en estatua de sal.
En sal me he convertido yo.
Yo vivo aquí, las veo
a todas horas.

Sé valiente, vuélvete.
Admite que nunca fuiste verdad,
que este dolor te es tan ajeno como yo,
que la indiferencia que se lee en tu nuca
es el premio de consolación,
tu recompensa de amor,
a quien te quiso.


14 de febrero

Y el día llegó
y a la hora acordada
volvimos a vernos
por última vez.

La abogada
nos hizo esperar
en una sala.

Le pregunté por mi alianza.
Me dijo: la he dejado en
tu mesilla de noche.

Su indiferencia
me partía
en dos.

Ni siquiera podía
mirarle a los ojos.
No quería
recordarla así.

Entramos
al despacho principal
a sacrificar los restos
de aquel horror.

La abogada nos leyó
el acuerdo de divorcio.
No presté atención a
lo que estaba diciendo.
Al acabar, me preguntó:
¿Estás de acuerdo?
y contesté que sí.

Me dijo: Tendrás que firmar
aquí y aquí. Y aquí, también.

No leí lo que firmaba,
mis ojos no querían
leer aquello.

Luego le dijo a ella:
Aquí y aquí. Y aquí.
Y ella firmó.

Y nos fuimos de allí.

Y, al llegar a la última puerta,
se detuvo e intentó mirarme
a los ojos por última vez.

Yo abrí la puerta.
Le pregunté si salía.
Dijo que no.
Empezó a llorar.
Le dije adiós
y me marché.

En el Café Gijón

Aquí estoy,
en el Café Gijón,
por primera vez.

No he traído cuaderno,
pero tienen servilletas
y me han prestado un
bolígrafo de publicidad.

Estoy en la mesa donde
Umbral solía sentarse.
Me he sentado en su lugar
a esperar un milagro
que no sucederá.
Estúpido de mí,
ya voy teniendo
edad para saber que
los milagros no existen.

Me gustaría poder
dar marcha atrás.
Me gustaría ser
inmaculado, no haber
cometido nunca
ningún error.

Pero, de haber sido así,
no estaría aquí hoy,
escribiendo ahora
en el Café Gijón.

En mi cabeza de árbol una vez anidaron los gorriones

Éramos como ahora,
pero mucho más jóvenes.
Como esos árboles del parque
que siempre se quieren tocar.
Pero más jóvenes.

Hoy sólo tengo enfermedad
y soledad y muerte y añoranza.
Qué poco dura la felicidad,
qué mal se lleva con
los años impares.

En mi cabeza de árbol
una vez anidaron los gorriones.
Fue hermoso sentirlos ahí arriba,
creciendo y piando, palpitando,
fue horrible sentirlos morir
en el invierno.

Ya no soy árbol ahora, pero soy leña.
Soy leña buena, de la que tú cortaste.
Soy la leña que alumbrará,
algún día, con suerte,
algún hogar.

Yo mismo

Quería un amor inmortal
y me encontré con la muerte
frente a frente. Y sin amor.

Demandaba un acto de fe
y me quedé sin fe y sin acción.
Sin una triste gota de nada.

Reivindicaba mi derecho
a ser yo mismo. Y ahora lo soy.
Soy yo mismo para nadie más.

Ella misma

Odiaba todo lo que la apartaba de mí,
pero lo único que la apartaba de mí,
ahora lo sé,
era ella misma.


«You're the only one with a knife»



With every sweet hello
there's a bitter good bye
With every happy song
there's the one to make you cry
With every traveled road
there's a curse that won't die
I know you're not the only one
You're the only one with a knife

Still you sing "here's one
here's one for the valley
here's one for your family"
there's never one for me
Still you sing "here's one
here's one for the tree
where your heart is buried"
there's never one for me
there's never one for me

The longing the alone
with a fall from a height
And now you've come and gone
must the whole of Europe die
We know that you inherit light
but for who does it shine
Oh 'cause now I've lost the right
to consider you mine

Still you sing "here's one
here's one for the valley
here's one for your family"
there's never one for me
and here I'm left to sing
oh you kissed so damn easy
did you show it just to tease me
the sweetest treachery
there's never one for me
there's never one for me.

Inventario de cosas que hacen daño

Se dejó olvidados:

–Un par de tijeras infantiles.
–Un albornoz deshilachado.
–Un arnés y dos juguetes para perro.
–Un pisapapeles con forma de zapato.
–Un costurero minúsculo lleno de hilos.
–Un poemario dedicado de Luis Felipe.
–Un disco doble de Luis Eduardo Aute.
–Un disco (rayado) de El Último de la Fila.
–Un disco (intacto) de El Fantasma de la Ópera.
–Una funda protectora de cartilla veterinaria.
–Un par de calcetines que me había prestado.
–Un mapa de la ciudad que iba a hacer suya.
–Dos felicitaciones por su 41 cumpleaños.
–Un manual de uso de su aspiradora.
–Una fiambrera llena de ambientadores.
–Una estrella de navidad de color rojo.
–Dos viejos llaveros con forma de estrella.
–Cinco años y medio de recuerdos.
–Tres gatas recogidas de la calle.
–Un hombre herido.

Nunca más

Ya podía estar muriéndome, le daba igual.
Me tenía reservada ya mi propia muerte.
Una mañana en el hospital, me dijo:
Nunca más te vuelvo a dejar solo.
Me dejó solo al mes siguiente.

Tienes las manos heladas

La cajera del centro comercial
se despidió de nosotros
diciendo hasta pronto
porque no sabía
que aquella iba a ser
nuestra última vez.

Volvimos al coche con la compra.
Llovía a mares, el día nos odiaba.
La llevé a casa y me despedí
de lo que quedaba de ella.
Me tocó las manos antes de irse.
Me dijo: Tienes las manos heladas.
Y lloró un poco. Pero yo ya
no me creía sus lágrimas.

Por la tarde la llamé para decirle
que la abogada nos recibiría el jueves.
Ella respondió con monosílabos,
me confesó que había bebido
y se había despertado
en el suelo del salón.
Pero yo ya no me creía
sus borracheras.

Su lado de la cama siempre llevará su nombre

Respetar su lado de la cama.
Besar la almohada donde dormía,
sentir el peso invisible de su cabeza de aire.
Atesorar las pocas cosas, insignificantes,
que se dejó olvidadas entre las mías
como si fuesen reliquias de alguna
guerra importante. 

Empezar a creer en la telepatía,
decirle cosas que ya nunca más podrá oír.
Enfadarme con ella, disculparme después,
hacerle preguntas, llorar, despertarse a las
tres de la mañana todos los días.

Recorrer con los dedos su ausencia,
la ausencia de todas sus cosas.
Culpar de todo a las alcayatas,
a las marcas que dejaron sus cuadros,
a su mesilla de noche, al color de las paredes.
Echar de menos los malos tiempos
que precedieron a este infierno
de soledad y silencio.

Y abrir el armario roto de par en par
y sentarse en la cama,
en su lado,
a observar sus perchas,
huérfanas de ella, de su ropa, de sus
ambientadores de canela y naranja,
raquíticas, inmóviles y desnudas,
colgando como esqueletos.

Carlos

A mi tío le quedaba una semana de vida y lo sabíamos. A juzgar por su estado, parecía que le quedasen horas solamente. Hacía meses que no podía caminar. Ya no podía valerse por sí mismo; tenían que desplazarlo de un lado a otro como si fuese una marioneta gigante. Tampoco podía hablar y, desde hacía un año, por culpa del avance inexorable de su enfermedad, vivía inmerso en una depresión profunda.

Lo único que le hacía feliz era jugar con una consola de videojuegos que mi tía había comprado para tenerlo distraído. Era también lo único que podía hacer. Sólo necesitaba una mano y sus dedos todavía respondían. Le distraía jugar al billar, sobre todo. Le hacía sentirse vivo. Se imaginaba jugando al billar de verdad, supongo. Moviéndose por la mesa, como si pudiese hacerlo, y eligiendo la fuerza de impacto de su palo imaginario, como si pudiese llegar a sostener un palo de billar de verdad con sus brazos enfermos.

La última vez que estuve con él me ofreció un mando y, con la mirada, me pidió que jugásemos una partida. Quería demostrarme que, a pesar de su estado, era mejor que yo. Que podía ganarme. Y yo acepté su desafío sabiendo que iba a darle esa satisfacción. Él no sabía que yo también tenía esa consola en casa y que el billar era mi juego favorito.

Empezó jugando él. Por el anquilosamiento de sus dedos su bola se iba siempre a donde no era y solía meter la blanca en lugar de cualquier otra. Yo trataba de sacarle importancia y, en mi jugada, cometía alguna torpeza similar, o fingía que el mando no me respondía, o que yo era simplemente malo jugando a aquella cosa.

Estuvimos jugando durante 15 minutos y sólo habíamos metido tres bolas. Dos él y una yo. Porque no contábamos las veces que metíamos la blanca, claro.

Mientras nos veía a nosotros mismos en el salón, nos imaginaba como en una película. Era una escena muy dramática. Yo sabía que era lo último que íbamos a hacer juntos y una tristeza inmensa me recorría el cuerpo, como una droga que se disuelve en la sangre, pero fingía una alegría desproporcionada, intentando que él no se diese cuenta.

A pesar de todo, se sentía feliz por haber sido capaz de meter una bola más que yo. Y ése era mi triunfo.

Pero entonces llegó ella, que no sabía nada. No sabía que yo me estaba dejando ganar, pero sí que él se estaba muriendo. Venía de la cocina, de hablar con mi tía y mi madre, y nos encontró jugando a aquello. Se llevó una alegría, porque su pasión eran los juegos y porque la consola que teníamos en casa, idéntica a la que tenían mis tíos en su salón, la había traído ella. Le encantaba aquella mierda.

–¡Oh, estáis jugando al billar!

Yo asentí sin mirarla. Y, aprovechando que era mi turno, volví a fallar y metí la bola blanca, otra vez, en otro agujero.

–¡Hala, cari! ¡Pero cómo fallas eso!

Y yo querría haberle dicho algo con la mirada, que ella supiera entender, para que comprendiese que sólo lo hacía por dar una última alegría al pobre Carlos.

Pero ella no aceptaba la compasión ni siquiera en casos extremos. Me dijo:

–Dame el mando, ya verás...

Le pregunté a mi tío si no le importaba jugar contra ella y él sonrió y asintió con la cabeza.

Perdió su turno y yo le di el mando a Esther.

En aquel turno metió todas las bolas. Una tras otra. Sin piedad. No sabía perder. No estaba programada para dejarse ganar por un discapacitado.

Yo no era capaz de mirar a mi tío. Un dolor inmenso hizo que desease romper a llorar allí mismo, de rabia, de tristeza, de indignación, por todo lo que le había pasado a Carlos, por lo injusta que había sido la vida con una persona tan buena, tan vital, tan cariñosa y alegre. Y también por lo que estaba pasando. Ella no entendía que aquella partida era un último homenaje. Que tenía que haber ganado él.

Su espíritu ganador le impidió entenderlo. Al acabar la partida, tres o cuatro minutos después de tomar el mando de la máquina, saltó de alegría y gritó: ¡OLEEEEE!

Dejó el mando en la mesita y se volvió a la cocina, con mi madre y mi tía.

Y nos dejó allí a los dos. Yo me quedé a su lado. Pude ver la decepción en su cara. Porque no era tan bueno como se creía y porque se dio cuenta de que yo me estaba dejando perder por pena.

Nos llamaron para comer y apagamos el aparato.

Murió a la semana siguiente. En abril hará cuatro años de eso. No dejo de pensar en él ni un solo día.

Por desgracia, tampoco en la última vez que estuvimos juntos.

Morir a los 28

Los árboles siempre
se quieren
tocar.

Morir a los 27

No consigo
recordar más
que mentiras.

Morir a los 26

Esta vez sí,
creía que lo iba
a conseguir.

Morir a los 25

Habría tenido gracia
morir de una forma
tan triste.

Morir a los 24

Sólo tú vivirás
siempre conmigo,
enfermedad.

Morir a los 23

Ni la traición
pudo conmigo.
No lo entiendo.

Morir a los 22

Echo de menos
la esperanza
de ser feliz.

Morir a los 21

Yo soy la cárcel y
yo soy la condena
y el juez y el reo.

Morir a los 20

Es imposible
ocultar nada
en esta casa.

Morir a los 19

Por donde paso
voy dejando un
rastro de sangre.

Recordaré esta vida como un mal sueño

En esta vieja casa donde ya no quiero entrar,
en esta casa vieja, encerraré a todos los fantasmas
de las personas que fuimos, que íbamos a ser,
que jamás supimos ser, que nunca más seremos
porque no tenemos ganas, ni tiempo, ni salud.

Los encerraré a todos bajo llave.

Me llevaré
conmigo
cuatro cosas.

Me las llevaré
conmigo
para siempre.

John Fante | El otoño es mejor que la primavera


John Thomas Fante no dejó un bonito cadáver. En lugar de eso, dejó uno minimalista, compacto; un cuerpo diminuto, sin piernas, sin vista, sin fuerzas. Y, aún así, le llevó su tiempo abandonar lo que quedaba de él. El suficiente para dictar una última novela a Joyce, su mujer. No sabemos por qué. Tal vez porque era un escritor de verdad. Y un escritor de verdad no sabe hacer otra cosa que no sea escribir  

1 

A lo mejor, morirse no está tan mal. 

Esto podría haber pensado cualquiera en la piel de Fante durante sus últimos años: un escritor maltratado en vida, un cabrón amargado, ninguneado por haber elegido el camino fácil; el de los estudios cinematográficos y la literatura barata de guión de producciones de serie B. Alcohólico, malcarado, despótico, maltratador. Despreciado y amado, a partes iguales, por una esposa y unos hijos que habrían de vivir bajo su sombra, incluso después de muerto. 

Un pobre resentido, ciego y huérfano de extremidades inferiores, del que Bukowski intentó apropiarse y alardear, igual que si fuese un juguete roto encontrado en la basura, y de quien quiso –y creyó– ser amigo. Pero la verdad es que Fante lo aborrecía con ganas. Aborrecía su éxito, aborrecía su personaje, y aborrecía, sobre todo, que Bukowski estuviese viviendo la vida que le correspondía haber vivido a él. Tampoco le gustaban demasiado las cosas que escribía, a excepción de sus poemas. Si hubiera conservado la vista y la salud, tal vez le hubiese dado una oportunidad a La senda del perdedor, aunque difícilmente podría haber cambiado su opinión sobre aquel cretino de Hank. Su prosa nunca le pareció lo bastante buena, ni su popularidad lo bastante justificable. 

Todo esto se lo llegaría a confesar veladamente el propio Fante a Ben Pleasants en la que habría de ser su penúltima conversación, en 1982, cuando la enfermedad hablaba más que la persona, así que tampoco sirve para hacerse una idea demasiado rigurosa de sus sentimientos hacia el hombre que consiguió, para su propia gloria personal pero también para la de Fante, rescatar del ostracismo el nombre de aquel viejo autor italoamericano que cambió el humo y la imprenta por el champán y los focos: el creador de Arturo Bandini, el primer esbozo, un poco tosco, de lo que sería Chinaski. Aquel pobre Fante, oxidado, olvidado y cargado de una ira atroz y necesaria contra un mundo que le resultaba implacable y hostil. Como su enfermedad.  

2 

Lo poco que quedaba de Fante terminó de consumirse en la Residencia Hollywood de San Fernando Valley, en Los Ángeles, hace algo más de treinta años, el 8 de mayo de 1983. Hacia el final de sus días se fue convirtiendo en un ser cada vez más melancólico y delirante. Un ejemplo: murió con la convicción de que un celador del centro intentaba cargárselo con un dardo envenenado. 

Esto lo sabemos porque ahora lo cuenta Ben Pleasants, quien, al contrario del resto del mundo –Bukowski incluido–, iba a visitarle a menudo. Hasta en seis ocasiones, como mínimo, durante su convalecencia. Le acompañaba su grabadora y, en alguna ocasión, también su pareja, Marlene Sinderman, que, como Fante, se estaba quedando ciega por culpa de la diabetes. Pleasants registraba todas sus visitas en cintas de audio, con el consentimiento del viejo. Aún hoy las conserva, a excepción de la última. La última era tan incoherente que lo más honesto que podía hacer era eliminarla. 

Y eso hizo. 

O eso dice.  

[Sigue leyendo]

Mi corazón no deja de latir donde no debe

Mi corazón no deja de latir donde no debe:
igual que una piedra, tirita dentro de mi oído.
Es alguien llamando a una puerta
que no pienso abrir.

Mi corazón respira ya fuera de mí.
Como un pez que aprendió a vivir
lejos del agua, no se cansa de salir a pasear.
Lo siento ahora en sitios donde jamás
lo había sentido. Lo siento bien.
Lo siento distraído. A veces
lo siento triste también.
Pero lo siento.

Años de perro

Ahora que sé
que voy a morirme,
ahora que mi cuerpo
se encarga de recordarme
que nada de lo que aquí pase
tendrá jamás la menor importancia,
ahora que, vete a saber por qué,
no consigo apartar la mirada
del cielo, no consigo vivir
sin apartarme.

Ahora que sé todo eso,
ahora que todo eso
se me ha hecho saber
tan burocráticamente,
ahora que sé lo que puedo
y no puedo conseguir.

Ahora
sé lo que quiero.

El cuestionario olvidado de Alberto Olmos



HUGO IZARRA (Vigo, 1980) es escritor y licenciado en Periodismo. Debutará con la novela “Prohibido tirar de la anilla” (Factotum, 2014). Ha escrito dos libros de poemas que pocos conocen y un libro de citas, a medias con Luis Felipe Comendador. En la actualidad, tiene piedras en la vesícula.

¿Fumador?  
Gracias. Buenos días para ti también. 

Primeras lecturas (infancia): 
Teleindiscreta, TBO y Super Pop. Luego me pasé a Mortadelo y Filemón. Y, de ahí, ya a Beckett, Faulkner y Joyce directamente. 

Uno de los libros de este año (uno nacional y otro extranjero): 
Nunca leo libros de este año. A menos que me paguen por hacerlo. En ese caso, sí lo hago. Pero nunca me suelen gustar. 

¿Alguna manía o autoimposición a la hora de escribir? 
No cometer más de cinco faltas de ortografía por página. No emplear demasiado la palabra palimpsesto.

Un mecanismo/una estrategia contra los bloqueos creativos: 
A mí me van muy bien el zumo de naranja y los lácteos, en general. Las lentejas también son mano de santo. 

Un deseo y una promesa.  
Deseo morirme en paz y prometo morirme.

Te inspira… 
La vecina del cuarto. En la oreja. Por las noches. 

Si hubiera un nexo, un eslabón que una tu obra hasta la fecha, ¿cuál sería? 
Intenso olor a caca fresca de perro. 

En tu caso, escribir es sinónimo de…/supone… 
Es sinónimo de vivir del cuento y supone pasar hambre.

Un escritor (o una novela/relato/ensayo/poemario) que te haya marcado profundamente. ¿En qué sentido?
Kurt Vonnegut (o Madre Noche/Madre Noche/Madre Noche/Madre Noche) en tres sentidos: vertical, horizontal y diagonal. 

Cuando enciendes la tele es para… 
Ver porno. 

Inventa un nombre para este “nuevos narradores españoles 1980-1989” (no tanto como vínculo literario –porque no existe una corriente- como cultural en un sentido más amplio). Te sientes la Generación…  
Espinete. Creo que “Generación Espinete” es donde mejor encajaría toda esta panda de gilipollas exhibicionistas, vacíos y sin vida. Los metería ahí a todos, sin excepción. No hay uno solo de estos tipos que salen hablando de sí mismos de los que no me gustaría poder decir: «Mira, por ahí va ese de la Generación Espinete». 

¿Cuántos libros tienes ahora mismo sobre la mesilla (empezados o pendientes)?  
Ninguno. Ya no tengo que presumir de libros en la mesilla. Estoy casado. 

Una librería, un bar y una cafetería. 
Y una mercería, un taller de coches y una funeraria. 

A la hora de escribir, ¿eres más nocturno o diurno? 
Soy saturno y taciturno. 

Aquello del “bookcrossing”… Juguemos. ¿Qué libro escogerías y dónde lo dejarías? 
Dejaría “El año en que me enamoré de todas”, de Use Lahoz, en los aseos de la Estación de Atocha, que nunca hay papel. 

¿Cuándo te dijiste (si es que lo has hecho) a ti mismo… “soy escritor” o “soy autor”?  
Me lo digo cada día. Es lo primero que hago al levantarme. Frente al espejo. Luego me acaricio y me digo a mí mismo que soy una mujer. Funciona. Cuando bebo me digo que soy un miserable y que no lo volveré a hacer, pero no funciona tan bien como lo otro.

En tu Madrid diario hay…  
Vivo en Vigo, Alberto. Aquí no hay nada. A ver si te vas a estar confundiendo de autor...

Una joya de tu biblioteca personal: 
Los cuentitos que escribía mi tío Carlos, a quien, por cierto, ninguno de vosotros conoce. 

Lo más “jodido” de ser un autor joven: 
Demasiado sexo. No te deja tiempo para casi nada. 

Como ciudadano madrileño, te alarma sobre todo: 
Que me consideren ciudadano madrileño sin serlo. Aunque más que alarmarme, me jode y me inquieta.

Tu cuenta en Twitter (o Facebook):  

Nos recomiendas seguir a…  
@sergibellver. Jajajaja, ¡NO! A nadie. Si necesitáis seguir a un gilipollas, seguidme a mí. 

Háblanos de ese puñado de sensaciones al ver publicado tu primer libro: 
Me cuesta muchísimo contabilizar las cosas por puñados, porque nunca sé cuándo se me va la cosa de las manos... 

¿Y en qué estás ahora? ¿Nos adelantas algo? 
Pues ahora mismo estoy en casa de mis padres. Os adelanto que luego me iré a mi casa.

Bohumil Hrabal | El viejo que daba de comer a las palomas

 
Dicen que lo último que vemos antes de morir es nuestra vida pasando veloz ante nuestros ojos, pero lo último que pudo ver Hrabal el 3 de febrero de 1997, durante los segundos que precedieron a su final, fueron las palomas y la acera nevada del hospital Bulovka de Praga, donde se fue a estrellar, medio desnudo, desde su quinta planta 


1

Aunque han pasado ya casi veinte años, las circunstancias de su muerte siguen sin estar muy claras. Las hipótesis se dividen entre los que creen que fue un simple accidente, que la mesa en la que se encaramaba para dar de comer a las palomas en la cornisa de su habitación cedió y lo dejó vendido ante la ley de la gravedad, y los que entienden que, a sus 82 años, habiendo escrito todo cuanto sentía que podía y debía haber escrito, enfermo y despojado durante más de una década de su amada Pipsi, Eliška Plevová, a quien vio morir envuelta en dolor y cáncer, sintió que su hora había llegado y decidió poner a la realidad a la altura de sus ficciones con ese punto final, ese final lírico y amargo, y, a su modo de entender la creación y todo lo demás, también necesario, a una vida puramente hrabaliana. La marca Hrabal definitiva.

Eran las dos y media de la tarde cuando se precipitó al vacío con sus mejores vaqueros azules y el torso desnudo, igual que un ángel de la tercera edad, desafiando al frío atroz del invierno praguense y al miedo más universal. En su caída libre, Hrabal, heredero natural de Jaroslav Hašek y antítesis de Milan Kundera, arrastró consigo al entrañable Hant’a de “Una soledad demasiado ruidosa”, se llevó también a Jan Díte, el inolvidable cretino reconvertido en hombre sabio de “Yo serví al rey de Inglaterra” y al Profesor irritantemente encantador de “Bodas en casa”, entre otros muchos, muchísimos personajes, extensiones de sí mismo y de los personajes que poblaron su vida –y más tarde sus historias– y sus propias anécdotas. 

Y es que toda la literatura de Hrabal, absolutamente toda, nació siempre de tres fuentes bien reconocibles: sus recuerdos, sus lecturas y su talento, innegable, a la hora de mezclar lo uno y lo otro, lo ficticio y lo real, y crear historias a partir de lo cotidiano. Su memoria prodigiosa, su sensibilidad y su capacidad narrativa hicieron el resto. Lo convirtieron en el mejor autor checo (y checoslovaco) de la Historia. Por encima de otros como Kafka, Klíma, Hašek, Havel o el propio Kundera. A veces, ser el mejor no significa ser el más reconocido. 

 

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Tenemos que hablar de Kurt



1

Anoche volví a soñar con Kilgore Trout. No había cambiado mucho desde la última vez que lo vi, pero estaba más inquieto que de costumbre.

Le pregunté qué le pasaba.

–Nada –dijo–. Es el viejo quien me preocupa.

«El viejo» es el apodo cariñoso con que Kilgore y yo solemos referirnos a Kurt Vonnegut Jr., el tipo de Indianápolis que nos presentó hace años.

–¿Qué le pasa ahora? –le pregunté.

–Se nos va. Se está apagando, igual que una vela.

No pude entender aquello. El viejo lleva casi siete años muerto. Uno no puede apagarse más que eso.

Kilgore intentó explicarme:

–¿Tú te acuerdas de "Las sirenas de Titán"?

–Vagamente –le dije–. Recuerdo que salía un perro llamado Kazak, y algo de unas margaritas del espacio… Era una novela de ciencia ficción. Le dieron el Hugo por ella. Nunca se me olvidaría, con ese nombre. Pero no me atrae mucho la ciencia ficción.

–¿Sólo recuerdas eso?

–Ahora mismo sí.

–Entonces es peor de lo que creía.

Cuando iba a preguntarle por qué, desapareció.


2

Otras veces, muchas menos, sueño con Kurt. Pero lo sueño joven, imberbe, con el pelo revuelto. Sale del matadero de Dresde donde, paradójicamente, salvó su vida. Tiene aún restos de escayola en la cabeza y sobre los hombros, escarcha en la nariz y en las cejas, y lleva un cuaderno en las manos, un cuaderno enorme. Lo abre para demostrarme que todas las hojas están en blanco. Siempre me dice:

–¿A qué estás esperando?

Aunque otras veces dice:

–¡Ni un punto y coma! ¡El punto y coma es un signo hermafrodita!

Y yo le doy la razón en todo, hasta en las preguntas. Le doy la razón todo el tiempo, como un tonto, porque su presencia me impone más que la de cualquier otro ser humano, vivo o muerto. Bastante más que la de Kilgore Trout, que es fruto de su imaginación y me visita a menudo.

Así que me despierto y lo primero que digo a mi mujer, antes incluso de darle los buenos días, es: «Ya no necesitamos el punto y coma».

Y nunca parece demasiado sorprendida.

La costumbre.
 
[...]
 

Cuéntaselo a ellos

Cuéntaselo a ellos,
a los periodistas muertos de asco,
mal pagados, cansados, dirigidos,
de redacciones inhóspitas y lejanas,
que cubren las páginas de sucesos,
que buscan erratas en la parrilla televisiva,
que se inventan los horóscopos,
que encuentran sus fuentes
en páginas de internet,
que procrastinan.

Explícales lo que hay,
no te dejes nada,
diles que te has quedado
sin trabajo hace mucho tiempo,
y que has estado pensando,
no sé, que tal vez, a lo mejor,
sería buena idea, quién sabe,
volver a picar notas de economía,
esperar teletipos hasta el cierre,
revisar, una por una,
las esquelas del día,
pagar por beber café de máquina,
volver a casa a la 1 de la madrugada,
como un autómata, gris y exhausto,
y distraerte la vida con todo eso,
con todo aquello, en realidad,
que ya probaste alguna vez,
ocuparte la vida, para olvidar
lo larga que es
la muy puta. 

A nadie le importa

A nadie
le importa
por qué estás mal;
ni siquiera les importa
saber si estás mal
o cómo estás,
    pero,
no te engañes,
    a ti
    tampoco
    te importa.
Lo que pasa
es que tienes
demasiado
tiempo libre
para preocuparte
por cosas
que a nadie
importan.

Pobre infeliz

Le diagnosticaron
cáncer
de algo que ya no recuerdo,
aunque era lo bastante grave
como para que no
se me olvidase.

Puede que de páncreas,
o tal vez fuese de pulmón,
pero me lo estoy inventando.
Algo fatal, en cualquier caso.

Le dijeron
con mucho tacto
que tenía los días contados,
pero no se molestó en contarlos:
para él, la muerte no se diferenciaba
tanto de aquello que llamaban vida.

Así que se
puso cómodo
y se sentó a esperarla,
¿qué otra cosa podía hacer
un tipo sin amigos?

Pero nunca llegó. Pasó de largo.
Ni siquiera la muerte lo quiso.
Ni siquiera ella, que jamás
se olvida de nadie,
se acordó de él.