14214

Tengo 45 años y hoy me suben a planta. Mi neurocirujano dice que soy un tipo con suerte y que debería alegrarme, pero yo ni siquiera recuerdo quién soy, ni por qué estoy aquí. Sólo sé lo que me cuentan y tampoco es que me fíe demasiado de esta gente. 

Tengo 45 años y me han despertado de un coma profundo de once años y medio transplantándome un nuevo cerebro. Supongo que por eso todos mis recuerdos son tan confusos. No estoy seguro tampoco de que ninguno de ellos me pertenezca. 

Tengo 45 años y no sé mi verdadero nombre. Todo el mundo me conoce aquí, en el Hospital General Ruiz Gallardón, como 14214 porque es la fecha de mi ingreso. Una enfermera muy amable me ha contado que intenté suicidarme, pero me salió mal.

Tengo 45 años y llevo dentro de mí el cerebro de otra persona. Todo cuanto escribo sale de mis dedos, pero nace en la mente de otro. A veces siento el deseo intenso de gritar GOOOOOOOL y me encanta la palabra proletario. Creo que era un hombre.

Tengo 45 años y esto es todo cuanto sé de mí. Estoy en una habitación blanca en la decimosexta planta del Hospital General Ruiz Gallardón. La comparto con otro tipo sin nombre: 30623, le llaman aquí. Acaban de subirlo de la Unidad de Quemados. 

Tengo 45 años, me gusta repetir, y no puedo moverme de cintura para abajo. No veo mis piernas, pero mis brazos son tan blancos como las paredes de esta habitación. No tengo vello corporal y la palabra sindical la saboreo como si fuese auténtica miel.

Tengo 45 años y puedo tocarme la nariz. Si cierro un ojo, puedo verla de refilón. Es grande y ancha y tiene el tabique ligeramente torcido. Las aletas son encarnadas. Lo primero que pienso al tocarme la nariz, no sé por qué, es hija de puta.

Tengo 45 años y quiero un espejo para saber al menos cómo soy por fuera. No pueden negármelo. Necesito conocer mi aspecto. Intentar recordar algo de lo que era, quienquiera que fuese yo, antes de que ocurriese lo que me trajo aquí y lo cambió todo.

Tengo 45 años y mi compañero de habitación quiere ver la televisión. No puede hablar, pero señala insistentemente el aparato con su brazo derecho. Le he intentado explicar que tampoco yo puedo moverme, pero creo que es sordo. 

Tengo 45 años y uso pañales. Una de las auxiliares que me atienden se llama Beatriz y tiene un descomunal par de tetas. A veces aprovecho para apoyar mi cabeza en ellas mientras me acomoda la almohada. Y grito GOOOOOOOL. 

Tengo 45 años y creo que estoy enamorado de Beatriz. No me importa que fume en nuestra habitación. Le he pedido que encienda la tele para que mi compañero deje de llorar, pero me ha explicado que funciona con bitcoins. No sé qué coño es bitcoins.

Tengo 45 años y me alegro de llamarme 14214 y no 13213. El número 13 me da escalofríos. Me paro a pensar. El 14 de febrero es San Valentín. ¿Qué clase de persona intentaría suicidarse el día de San Valentín? Pues una persona como yo, supongo. 

Tengo 45 años y desearía conseguir bitcoins para que 30623 deje de gritar. La enfermera china del turno de noche ha activado nuestro televisor tocando algún botón de su teléfono móvil. Increíble. Me pregunto si los coches también volarán ahí fuera. 

Tengo 45 años y no me puedo creer lo que estoy viendo. En el canal Teleseis todo el mundo está desnudo. No conozco a ninguno. Discuten encendidamente acerca del último aborto televisado de una mujer llamada Neymar Ronalda.

Tengo 45 años y veo a 30623 retorcerse en su cama y lo puedo entender. Cambio de canal con el mando a distancia y lo dejo en Plustevé. Hay un partido de fútbol. Los jugadores de los dos equipos van desnudos también, decorados con body painting.

Tengo 45 años y le pregunto a la enfermera china quién está jugando. Coca-Cola contra Vodafone, me explica. Lo que en otra época fueron Real Madrid y Valencia. Ella dice ser del Apple-Emirates, antiguamente conocido como Barcelona.

Tengo 45 años y acaba de marcar el Vodafone. Pero 30623 es de Coca-Cola y se quiere tirar de la cama. Pido ayuda a los celadores. Recuerdo que mi equipo era el Celta de Vigo. Les pregunto cómo se llama ahora. Whisky DYC, me contesta uno.

Tengo 45 años y el contador de bitcoins del televisor acaba de llegar a 0. Así que ahora, con la habitación en silencio, me dedico a ordenar un poco mis recuerdos. Me deprime que mi equipo, o el equipo del dueño de mi cerebro, haya perdido su identidad.

Tengo 45 años y han pasado ya seis meses desde que estoy despierto, pero no me dejan salir de aquí. Un día se llevaron a 30623 y no he vuelto a saber nada de él. Es curioso, pero, aunque nunca pudimos hablar, echo de menos su compañía.

Tengo 45 años y he perdido las piernas. Me han traído un periódico para que me distraiga. En la portada aparece una gran foto del presidente. Su cara me quiere sonar. El titular dice: Cantó anuncia nuevos recortes sociales. No quiero seguir leyendo.

Tengo 45 años y hoy he sabido a quién perteneció mi cerebro: a un tal Hugo Izarra, un escritor de segunda fila que dio la espalda a la literatura y se granjeó cierta popularidad en Twitter haciendo bromas de muy mal gusto sobre Adolf Hitler.

Tengo 45 años y me hacen gracia los chistes de Adolf Hitler que he leído en su vieja cuenta abandonada. Y, sin embargo, recuerdo bien quién fue Adolf Hitler. Es una de las pocas cosas de mi anterior vida que recuerdo bien. 

Tengo 45 años, estoy solo en el mundo, me deprimo cuando pierde el Whisky DYC y hace dos meses que no sé nada de Beatriz ni de ninguna de las personas a las que conocí aquí. Todo el personal ahora es voluntario.

Tengo 45 años y a veces desearía no haberme despertado nunca del coma.

FAMA

Un día, hará unos tres años, yo estaba comiendo con la que ahora es mi ex mujer en un restaurante bretón que hay en la ciudad, una crepería llamada Annaíck. Es un sitio alegre, colorido, lleno de muebles reciclados y dibujos en las paredes. El mostrador es una vieja unidad móvil de Televisión Española y también hay un 600 que sirve de atracción para los niños. 

Detrás de nosotros se había sentado una pareja con dos hijos. Él era francés, era fácil deducirlo por su acento, y ella española. Estaban hablando tranquilamente de sus cosas, igual que nosotros. Sus hijos, tal vez los hijos de ella, se divertían dentro de aquel coche. Subían y bajaban del 600, volvían a la mesa, se iban, saltaban, corrían, como habría hecho cualquier niño aburrido en un restaurante para mayores, supongo. 

Yo estaba muy tranquilo. Al igual que ahora, no tenía grandes cosas que decir. La revista que dirigía acababa de morirse pero habían salido ya los dos primeros libros y algo, muy dentro de mí, me hacía sentir orgulloso. Orgulloso de haberlo intentado, tal vez. Era un orgullo melancólico, como de serie B.

En el fondo, pensaba, el único reconocimiento al que puede aspirar un escritor es a ser conocido, ya no a ser leído. La gente ha dejado de leer. Leer supone un esfuerzo demasiado grande para el mundo en que nos movemos. No hay tiempo, no hay ganas, y sí demasiadas distracciones. Es normal que la gente no lea.

Pero entonces ocurrió. Yo comía de espaldas a ellos, cuando el francés gritó de repente: 

–¡HUGO ISAGGA! 

Y yo di un salto en la mesa, claro. Me puse muy firme en mi silla. Acabé de tragar el trozo de gallete que tenía en la boca y me aclaré la voz, con los ojos como platos. Aquel tipo me había reconocido, de espaldas en un bar, y se había llevado una alegría enorme. ¿Qué podía hacer yo? ¿Cómo habría de responder a su entusiasmo? ¿Debía reaccionar con naturalidad y mantener la calma, como si me fuesen reconociendo continuamente por la calle? Ante todo, pensé, debía mostrarme humilde y agradecido. La fama no iba a subírseme a la cabeza tan pronto, claro que no.

Miré a mi ex mujer muy satisfecho, como diciéndole: “¿Lo ves? No vas a casarte con un perdedor” y empecé a darme la vuelta para saludar a mi admirador francés. Qué nervioso estaba. No sabía qué le iba a decir, pero por mi cabeza se pasaban cientos de ideas. Estaba mareado ante la expectativa de una victoria moral tan apabullante. 

Todo esto ocurrió en cuestión de segundos, claro. Porque, justo antes de que mi cabeza se girase completamente y estableciese contacto visual, el francés volvió a gritar: 

–¡VENID AQUÍ, HUGO Y SAGGA!

Cojonudo. Así que era eso. Los hijos de aquellos dos se llamaban Hugo y Sara. Sólo estaba gritando el nombre de los niños. Me frené en seco. Seguía siendo la misma mierda, el mismo perdedor que hacía un minuto. Nadie me iba a reconocer jamás, como había sido siempre. Me volví y miré a mi ex mujer, que se había asustado tanto como yo, y nos reímos. Tuvimos que reírnos, a la fuerza. Fue la última vez que nos reímos juntos de la misma cosa.

Benson & Hedges & Me

Todo el barrio se ha ido
de vacaciones,
y aquí estoy, en la ventana,
observando la luna menguar,
igual que yo, otra vez más.

Sólo una familia se ha quedado
a resolver a gritos sus diferencias.
Recuerdo que yo nunca discutí
y eso hace que me sienta igual,
pero distinto. Tal vez mejor.

La luna no, pero las luces
del otro lado de la ciudad
me observan como luciérnagas
y se preguntan qué diablos
hace un tipo como yo
escribiendo estupideces
a estas horas,
en la ventana.

Ni siquiera era bonita

Ni siquiera era bonita,
ni joven, ni interesante.

Pero yo no necesitaba
que fuese ni bonita,
ni joven, ni interesante.

Necesitaba sólo
que fuese real.
Y no lo era.

Y cuando llueva

Y cuando llueva
–y lloverá mucho–,
yo seré la lluvia
y tú serás
el suelo.

Sólo las nubes

Sólo las nubes te acompañarán siempre.
No serán siempre las mismas nubes,
pero tampoco tú serás
siempre el mismo.

Bohumil Hrabal | Cien años de nada


El taxista que me recoge en la terminal 2 del antiguo Ruzyne –ahora Václav Havel– se llama Zdeněk. Solo Zdeněk, me dice cuando le pregunto “¿Zdeněk qué más?”. No se fía de los periodistas, aunque le gusta la gente que escribe. A él también le habría gustado escribir. De joven, me cuenta, escribía poemas para una chica de Žižkov, Ludmila, de la que hace más de cuarenta años que no sabe nada. 

Tras esta confesión se hace un silencio incómodo que me invita a pensar en mis cosas mientras nos vamos alejando despacio del extrarradio de Praga. Zdeněk lleva la radio puesta, pero no me había dado cuenta hasta ahora. Veo los árboles pasar como recuerdos desde la ventanilla trasera del Škoda que nos conduce al centro de la ciudad. 

Pasan unos minutos y Zdeněk baja la radio y me mira a través del espejo para preguntarme: “Work?”. Y como no sé qué espera que le responda, insiste: “Tú, aquí, ¿trabajo?”. Le digo que algo así. Mitad trabajo, mitad placer. Vengo a Praga a buscar restos de Hrabal, en parte por nostalgia, pero también porque me han encargado escribir una nota sobre él. 

“¡Hrabal!”, dice, “yo conozco Bohumil Hrabal”. Y quiero creer que lo conoce igual que lo conozco yo, por sus libros. Porque en Chequia, más que en ningún otro lugar, Hrabal es un símbolo de algo que ya no existe y, sin embargo, quiere existir. Pero no, me aclara: “¡Yo bebo cerveza con Bohumil en mesa, conmigo!”. Le digo: ¿En serio?  Y dice sí. Lo dice tres veces. Sí, sí, sí.

Y volvemos a quedarnos callados. Podría preguntarle cosas, pero sé que no sabría explicármelas en un idioma que yo entendiese. Así que le ahorro el sufrimiento. Me limito a asentir y a sonreírle agradecido a través del retrovisor. Aún quedarán unos 10 minutos de trayecto hasta el hotel, en Národní Třída. 

“Conozco Hrabal el 94, continúa Zdeněk, “twenty years”, apunta apartando las manos del volante. “Yo bebo con Hrabal una vez en mesa”. Le pregunto dónde y me dice: “U Zlatého Tygra, Tigre… ¿de oro?”. No me sorprende. Es allí donde todos lo recuerdan. Como si no saliese jamás de ese bar. Como si se hubiese pasado la vida bebiendo allí dentro, en vez de escribir. Por no quedarme en silencio, por que no piense que no me interesa su anécdota, le pregunto si pudo hablar con él, a lo que Zdeněk responde con mímica: primero niega con la cabeza y solo dice “Hrabal” antes de pasarse una cremallera imaginaria por sus gordos labios checos. “But he smiles Zdeněk”, dice satisfecho. E insiste, levantando el dedo índice: “He smiles Zdeněk”. Le sonrió. Fantástico.

Una sonrisa de Hrabal es mucho más que lo que yo espero obtener de esta visita. Y se lo explico a él con un inglés muy sencillo, como si estuviese hablando con un niño. Le cuento que necesito encontrar sus huellas recorriendo los sitios que, de algún modo, fueron importantes para él a lo largo de su vida. 

“You money, I help!”, responde antes de que acabe la frase. Es mucho más listo de lo que parece. Mucho más. Es un zorro viejo. Le pregunto de cuánto dinero estamos hablando. Tres mil coronas por dos días completos, poco más de 100 euros. “Hrabal tour, for you!”, insiste. “Very special!”. Adelante, le digo. Qué diablos. 

Estaciona en la puerta del hotel, lleva mi maleta a recepción y me dice: “Tomorrow, 9 o’clock!”. Y me enseña todos sus dedos menos un pulgar que esconde tras la palma de la mano, por si no sé que nine significa nueve. Me despido de él y me instalo en mi habitación. Me ducho y salgo a pasear, aprovechando que son las cinco de la tarde y aún es de día, a pesar de marzo.

Hay una estación de metro cerca del hotel, pero Praga invita a caminar más que ninguna otra ciudad. Comienza a lloviznar y luego cae un chaparrón airado que pronto vuelve a ser solo llovizna, así que no me preocupo y sigo andando hasta Mustek. Me detengo un momento a observar las fachadas mojadas de los viejos edificios de color amarillo, verde y salmón, en el agua que empieza a resbalar por sus ventanas. Y pienso para mí que le sienta bien la lluvia a Praga, como un vestido gris a una mujer triste.

Al llegar a Lazarská recuerdo que se cruza con Spálená, la calle donde Hrabal trabajó, durante los cincuenta, en el depósito de papel viejo que más tarde le serviría de inspiración para escribir “Una soledad demasiado ruidosa”. El oscuro sótano en que Haňt’a se pasaría más de treinta y cinco años prensando libros y papel viejo y siendo culto a su pesar. Y recorro la calle entera. Me imagino, igual que él, de vuelta a casa una noche cualquiera, “pasando de largo tranvías y coches y peatones, cruzando en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente”, pero sonriente porque mi cartera no está llena de libros como la suya, “libros que me expliquen cosas sobre mí que todavía desconozco”, pero sí me empieza a inundar su espíritu, que es más intenso aún que el espíritu de Praga. Y ésa es, en realidad, la única razón que me ha traído aquí.

Camino por delante de la iglesia de la Santa Trinidad, paso por delante de su vicaría y me imagino la acera agujereada y a sus gitanillas, con sus faldas turquesa y roja, sentadas junto a la zanja. Me acerco a la pared blanca y ocre de la iglesia y la toco para sentir lo mismo que pudo haber sentido Hrabal si algún día cometió el instinto blando de tocarla. 

Hace tiempo que ha dejado de llover, y aunque me dirigía a Mustek con la firme intención de llegar a Husova y beber cerveza en el Tigre Dorado, decido volver al hotel con esta sensación. Y eso hago. 

Zdeněk y Jozef también
Al día siguiente, a las nueve en punto me encuentro a Zdeněk hablando con la recepcionista. Lleva una cazadora de cuero de los días de la Revolución de Terciopelo. Seguramente entonces estaba mucho más delgado que ahora, porque ya ni le abrocha. Su enorme barriga asoma como un huevo de dinosaurio. Éste es el hombre que me va a llevar a buscar el rastro de Hrabal por la ciudad, me digo. Y me invade una desazón que intento disimular con efusividad en cuanto me ve y me saluda.

“Good morning!”, grita escandalosamente, “¿Dormir bueno?”. Y aunque no es verdad, le digo que sí, que he dormido bueno. Y que estoy impaciente por empezar nuestra ruta. “Surprise for you”, dice. Al ver mi cara de susto, matiza: “Surprise... Good!”. Sorpresa bueno también. Genial.

Salimos a la calle. Su coche está aparcado encima de la acera. En el asiento del copiloto hay un hombre muy mayor con aspecto de indigente. Le pregunto a Zdeněk que quién es. “It’s brother-mother!”, dice. “Brother-mother Zdeněk!”, y se golpea el pecho con el puño. En su inglés comprendo que se refiere a su tío materno, lo que no comprendo aún es qué hace en el coche. “Brother-mother: Jozef”, me dice. Y aunque le saludo con amabilidad a través de la ventanilla, el viejo ni se inmuta. “No English”, lo excusa Zdeněk. 

Así que ésta era la sorpresa que me tenía reservada: un día con la reencarnación de Švejk y su tío octogenario. Me siento en la parte de atrás y empezamos el viaje. Ahora no suena la radio y Zdeněk va hablando con su tío. Solo habla él. De vez en cuando, me mira a través del espejo y me sonríe con todos los dientes.   

Mientras avanzamos por la ciudad, por calles empinadas que no conozco, contemplo el paisaje. La parte noble de Praga ha resistido bien el paso del tiempo. Hoy, con la luz blanca de la mañana, parece un enorme cementerio rebosante de belleza. Entiendo bien que los fantasmas decidan quedarse aquí. Dudo que exista ciudad más acogedora para ellos que la vieja Praga. 

Pero nosotros nos estamos alejando de ella. Aprovecho que se queda callado un momento para preguntar a Zdeněk qué planes tenemos. Dice: “Nymburk, Kersko!”. Y me alegro, mucho, porque en ese mismo momento comprendo que no he tirado mis 3.000 coronas.

Nymburk, Kersko
La pequeña ciudad de Nymburk está a una media hora de Praga. Es tranquila y colorida y un martes cualquiera a las diez de la mañana está absolutamente desierta. Aquí empezó a abrir los ojos Hrabal a la vida. Aquí aprendió a escuchar y a contar historias, por culpa de su tío Pepin, en esta pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo.

Brother-mother Jozef nació aquí, me explica su sobrino. Aunque ahora vive con él y su madre en Praga. “Todo mundo en Poděbrady”, protesta Zdeněk. “Nadie interesa Nymburk”. Su tío Jozef nos mira con cierta lástima rayana en la indiferencia, antes de señalar con su bastón la dirección que hemos de seguir. Apunta hacia un edificio de color marrón, en lo que parece una modesta nave industrial.

Zdeněk me cuenta que ésa es la famosa destilería de cerveza de Nymburk. De ahí salieron grandes historias. Pero también hay restos importantes de la vida de Hrabal por todas partes: aquí está la escuela elemental donde estudió, y también aquí, en el diario local, publicó sus primeros poemas. 

Seguimos a lo largo del sendero que transcurre junto al río Labe. Los pájaros compiten en los árboles por ver quién canta mejor y más alto. El ruido del agua nos acompaña. El olor a malta fermentada, también. Llegamos a un indicador que dice Kersko y Zdeněk me sonríe. “Surprise for you”, insiste. El viejo nos lleva la delantera. Es muy alto y sus zancadas nos dejan atrás. Kersko es un bosque. En realidad, es el bosque donde Hrabal y Pipsi acudían a refugiarse de la agitada vida social de Praga. Allí construyeron una casa, en 1965, y allí pasaron grandes temporadas escribiendo y dando de comer a sus más de veinticinco gatos.

Entonces, el viejo levanta de nuevo el bastón y se ríe. Ha-ha. Dos carcajadas secas. Es todo lo que ha dicho esta mañana. Señala al fondo, una vieja cabaña, diminuta, de color blanco, detrás de una verja verde. Y apura aún más el paso. Zdeněk y yo le seguimos, con la lengua fuera. Al llegar al portal, brother-mother Jozef pronuncia una frase larga que Zdeněk traduce como le da la gana, pero muy sonriente: “Él construya casa Hrabal”. Y, para mi sorpresa, el tío se saca una foto del bolsillo interior de su chaqueta y me la muestra: está ya amarillenta, deshecha por los bordes y alguna vez estuvo doblada. Se ve a un joven alto y flaco, que podría ser él, con una carretilla llena de escombro. A su lado, una mujer saluda a cámara. Zdeněk la señala y dice: “¡Eliška!”. La mujer de Hrabal.

Le sonrío y le estrecho la mano a brother-mother Jozef y le digo: “Buen trabajo”. Zdeněk se lo traduce y esta vez sé que lo ha hecho bien porque good y work son dos palabras que domina. El tío sonríe satisfecho y vuelve a levantar el bastón, esta vez para indicarnos el camino de vuelta a la civilización.  

En la ciudad nos detenemos en la destilería. Hay grandes pizarras que anuncian cervezas por tres coronas. De modo que brindamos por los Hrabal y aprovechamos también para comer algo a su salud. Por la tarde, Zdeněk se pone serio y nos lleva al lugar donde descansan los restos del culpable de nuestro viaje. Está en Hradištko, en un cementerio ínfimo. Alguien ha dejado margaritas debajo de la mano que sostiene simbólicamente su columna.

Mientras Zdeněk y su tío hablan en voz baja, yo pienso en el ataúd de roble que hay debajo de la gran losa de piedra y en la inscripción que lleva tallada: “Fábrica de cerveza de Polna”, el lugar en que sus padres se conocieron. La cerveza que yo llevo dentro no es de Polna, es Postřižiny, de Nymburk, pero yo la siento Polna en solidaridad con Bohumil.

Último día
Hoy solo ha venido Zdeněk a buscarme. Está serio, pensativo. Le pregunto si va todo bien, pero no dice nada. “¿Dónde iremos hoy?”, le consulto. “Libeň, Paris, Tygra, Bulovka”, responde. Y decido no molestarle más. Llegamos pronto al barrio de Libeň, bastante inhóspito y deprimido, y encontramos sitio para aparcar en la plaza Bohumil Hrabal. Unos metros más allá está Na Hrazi, la calle en que vivieron y Eliška y Bohumil. Empiezo a vislumbrar el famoso mural de Hrabal, los libros y los gatos. Pero es un lugar sin alma. El colorido de los muros, la belleza de su Perkeo gigante, contrasta salvajemente con lo devastada y horrible que es la zona.

En dos de las paredes del lado Este, más allá de la puerta principal, hay dos grandes textos. No me atrevo a preguntar a Zdeněk qué dicen. Sigue ausente. No es el mismo de los otros días. Le pregunto si quiere el dinero ya, si es eso, y con la mano me pide que pare. No hay mucho más que hacer allí, salvo recrearse con la apariencia de bunker naíf pro-felino del conjunto. Le digo que podemos irnos cuando quiera. 

De camino al Hotel París, donde comeremos, Zdeněk se sincera: “Wife no good. Wife divorce”. Le tiendo una mano al hombro y le digo que lo siento. Pero decir que lo sientes es fácil cuando no te duele a ti. Así que lo dejo en paz, sumido en sus pensamientos. En el restaurante del hotel, en medio de toda esa majestuosidad revenida, me acuerdo de Pipsi y de Jan Ditie. Siento la urgencia de volver a leer, una vez más, “Yo serví al rey de Inglaterra”.

Caminamos hasta la taberna favorita de Hrabal, El Tigre Dorado, y Zdeněk me advierte: “No like tourists, I speak”. De modo que pongo mi mejor cara de checo y entro tras él. Es tal y como la imaginaba: un gran pasillo forrado de pino. Todo está hecho de pino: el mostrador, las mesas, los bancos... Hay cuadros con el retrato de Hrabal y, al fondo, veo los cuernos de venado bajo los que se solía sentar. Son las tres de la tarde y estamos prácticamente solos. Salimos de allí tres horas y cinco litros de cerveza después, bastante borrachos. 

Conseguimos llegar a Bulovka, al hospital donde Hrabal puso fin a su dolor saltando desde su quinta planta. Y es un lugar estremecedor. Zdeněk habla con el vigilante de la garita y nos dejan pasar, como si tuviésemos aspecto de venir a visitar a algún paciente. Bajo el edificio principal, junto a las jardineras y una señal de tráfico, Zdeněk señala al cielo, luego señala al suelo, y dice: “Hrabal ploff”. Recordé las palabras de Lao-Tse que tanto le gustaba recordar: “Nacer es salir, morir es entrar”. Iba a decir que morir es saltar, pero “Hrabal ploff” tampoco está nada mal.

Toda esta soledad para mí solo

Extraño mi vieja soledad,
la de los días en que era yo
quien elegía estar con ella.

He dejado de creer en el amor,
ya sólo creo en lo que puedo ver.
Y lo único que puedo ver ahora
es esto: toda esta soledad aquí,
toda esta soledad para mí solo.

Y ya no me gusta.

No como cuando
yo era joven
y ella vieja y discreta,
cuando no me dibujaba
insultos en la frente
y se quedaba a
escribir conmigo
y no escribía
ella por mí.

De qué hablamos cuando hablamos de litiasis

«He intentado no dejar nada de mis cosas. 
Cuando salgamos por la mañana dejaré las llaves dentro y cerraré de golpe. 
Perdóname si encuentras algo que no desearías ver». 
(E.)

No importa cuánto camino hayas recorrido,
cada día te sentirás un poco más lejos de ti.
Al final de tu día verás que no existe el día,
al final de tus ojos verás que hay muerte.

El dolor se hará dueño de todo, por primera vez.
Iluminará tu trayecto con luces muy rojas.
Al final de tu día tu cuerpo será tu cárcel,
al final de tu cárcel no te esperará nadie.

Es importante que el miedo no mate tu instinto.
Y encontrar a alguien real a quien poder asirte.
Al final de tu día verás que aún hay vida fuera de ti,
al final de ti hay otro tú deseando volver a fracasar.

En el Café Gijón

Aquí estoy,
en el Café Gijón,
por primera vez.

No he traído cuaderno,
pero tienen servilletas
y me han prestado un
bolígrafo de publicidad.

Estoy en la mesa donde
Umbral solía sentarse.
Me he sentado en su lugar
a esperar un milagro
que no sucederá.
Estúpido de mí,
ya voy teniendo
edad para saber que
los milagros no existen.

Me gustaría poder
dar marcha atrás.
Me gustaría ser
inmaculado, no haber
cometido nunca
ningún error.

Pero, de haber sido así,
no estaría aquí hoy,
escribiendo ahora
en el Café Gijón.

En mi cabeza de árbol una vez anidaron los gorriones

Éramos como ahora,
pero mucho más jóvenes.
Como esos árboles del parque
que siempre se quieren tocar.
Pero más jóvenes.

Hoy sólo tengo enfermedad
y soledad y muerte y añoranza.
Qué poco dura la felicidad,
qué mal se lleva con
los años impares.

En mi cabeza de árbol
una vez anidaron los gorriones.
Fue hermoso sentirlos ahí arriba,
creciendo y piando, palpitando,
fue horrible sentirlos morir
en el invierno.

Ya no soy árbol ahora, pero soy leña.
Soy leña buena, de la que tú cortaste.
Soy la leña que alumbrará,
algún día, con suerte,
algún hogar.

Yo mismo

Quería un amor inmortal
y me encontré con la muerte
frente a frente. Y sin amor.

Demandaba un acto de fe
y me quedé sin fe y sin acción.
Sin una triste gota de nada.

Reivindicaba mi derecho
a ser yo mismo. Y ahora lo soy.
Soy yo mismo para nadie más.

Tienes las manos heladas

La cajera del centro comercial
se despidió de nosotros
diciendo hasta pronto
porque no sabía
que aquella iba a ser
nuestra última vez.

Volvimos al coche con la compra.
Llovía a mares, el día nos odiaba.
La llevé a casa y me despedí
de lo que quedaba de ella.
Me tocó las manos antes de irse.
Me dijo: Tienes las manos heladas.
Y lloró un poco. Pero yo ya
no me creía sus lágrimas.

Por la tarde la llamé para decirle
que la abogada nos recibiría el jueves.
Ella respondió con monosílabos,
me confesó que había bebido
y se había despertado
en el suelo del salón.
Pero yo ya no me creía
sus borracheras.

Su lado de la cama siempre llevará su nombre

Respetar su lado de la cama.
Besar la almohada donde dormía,
sentir el peso invisible de su cabeza de aire.
Atesorar las pocas cosas, insignificantes,
que se dejó olvidadas entre las mías
como si fuesen reliquias de alguna
guerra importante. 

Empezar a creer en la telepatía,
decirle cosas que ya nunca más podrá oír.
Enfadarme con ella, disculparme después,
hacerle preguntas, llorar, despertarse a las
tres de la mañana todos los días.

Recorrer con los dedos su ausencia,
la ausencia de todas sus cosas.
Culpar de todo a las alcayatas,
a las marcas que dejaron sus cuadros,
a su mesilla de noche, al color de las paredes.
Echar de menos los malos tiempos
que precedieron a este infierno
de soledad y silencio.

Y abrir el armario roto de par en par
y sentarse en la cama,
en su lado,
a observar sus perchas,
huérfanas de ella, de su ropa, de sus
ambientadores de canela y naranja,
raquíticas, inmóviles y desnudas,
colgando como esqueletos.

Mi corazón no deja de latir donde no debe

Mi corazón no deja de latir donde no debe:
igual que una piedra, tirita dentro de mi oído.
Es alguien llamando a una puerta
que no pienso abrir.

Mi corazón respira ya fuera de mí.
Como un pez que aprendió a vivir
lejos del agua, no se cansa de salir a pasear.
Lo siento ahora en sitios donde jamás
lo había sentido. Lo siento bien.
Lo siento distraído. A veces
lo siento triste también.
Pero lo siento.

Años de perro

Ahora que sé
que voy a morirme,
ahora que mi cuerpo
se encarga de recordarme
que nada de lo que aquí pase
tendrá jamás la menor importancia,
ahora que, vete a saber por qué,
no consigo apartar la mirada
del cielo, no consigo vivir
sin apartarme.

Ahora que sé todo eso,
ahora que todo eso
se me ha hecho saber
tan burocráticamente,
ahora que sé lo que puedo
y no puedo conseguir.

Ahora
sé lo que quiero.

Bohumil Hrabal | El viejo que daba de comer a las palomas

 
Dicen que lo último que vemos antes de morir es nuestra vida pasando veloz ante nuestros ojos, pero lo último que pudo ver Hrabal el 3 de febrero de 1997, durante los segundos que precedieron a su final, fueron las palomas y la acera nevada del hospital Bulovka de Praga, donde se fue a estrellar, medio desnudo, desde su quinta planta 


1

Aunque han pasado ya casi veinte años, las circunstancias de su muerte siguen sin estar muy claras. Las hipótesis se dividen entre los que creen que fue un simple accidente, que la mesa en la que se encaramaba para dar de comer a las palomas en la cornisa de su habitación cedió y lo dejó vendido ante la ley de la gravedad, y los que entienden que, a sus 82 años, habiendo escrito todo cuanto sentía que podía y debía haber escrito, enfermo y despojado durante más de una década de su amada Pipsi, Eliška Plevová, a quien vio morir envuelta en dolor y cáncer, sintió que su hora había llegado y decidió poner a la realidad a la altura de sus ficciones con ese punto final, ese final lírico y amargo, y, a su modo de entender la creación y todo lo demás, también necesario, a una vida puramente hrabaliana. La marca Hrabal definitiva.

Eran las dos y media de la tarde cuando se precipitó al vacío con sus mejores vaqueros azules y el torso desnudo, igual que un ángel de la tercera edad, desafiando al frío atroz del invierno praguense y al miedo más universal. En su caída libre, Hrabal, heredero natural de Jaroslav Hašek y antítesis de Milan Kundera, arrastró consigo al entrañable Hant’a de “Una soledad demasiado ruidosa”, se llevó también a Jan Díte, el inolvidable cretino reconvertido en hombre sabio de “Yo serví al rey de Inglaterra” y al Profesor irritantemente encantador de “Bodas en casa”, entre otros muchos, muchísimos personajes, extensiones de sí mismo y de los personajes que poblaron su vida –y más tarde sus historias– y sus propias anécdotas. 

Y es que toda la literatura de Hrabal, absolutamente toda, nació siempre de tres fuentes bien reconocibles: sus recuerdos, sus lecturas y su talento, innegable, a la hora de mezclar lo uno y lo otro, lo ficticio y lo real, y crear historias a partir de lo cotidiano. Su memoria prodigiosa, su sensibilidad y su capacidad narrativa hicieron el resto. Lo convirtieron en el mejor autor checo (y checoslovaco) de la Historia. Por encima de otros como Kafka, Klíma, Hašek, Havel o el propio Kundera. A veces, ser el mejor no significa ser el más reconocido. 

 

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Tenemos que hablar de Kurt



1

Anoche volví a soñar con Kilgore Trout. No había cambiado mucho desde la última vez que lo vi, pero estaba más inquieto que de costumbre.

Le pregunté qué le pasaba.

–Nada –dijo–. Es el viejo quien me preocupa.

«El viejo» es el apodo cariñoso con que Kilgore y yo solemos referirnos a Kurt Vonnegut Jr., el tipo de Indianápolis que nos presentó hace años.

–¿Qué le pasa ahora? –le pregunté.

–Se nos va. Se está apagando, igual que una vela.

No pude entender aquello. El viejo lleva casi siete años muerto. Uno no puede apagarse más que eso.

Kilgore intentó explicarme:

–¿Tú te acuerdas de "Las sirenas de Titán"?

–Vagamente –le dije–. Recuerdo que salía un perro llamado Kazak, y algo de unas margaritas del espacio… Era una novela de ciencia ficción. Le dieron el Hugo por ella. Nunca se me olvidaría, con ese nombre. Pero no me atrae mucho la ciencia ficción.

–¿Sólo recuerdas eso?

–Ahora mismo sí.

–Entonces es peor de lo que creía.

Cuando iba a preguntarle por qué, desapareció.


2

Otras veces, muchas menos, sueño con Kurt. Pero lo sueño joven, imberbe, con el pelo revuelto. Sale del matadero de Dresde donde, paradójicamente, salvó su vida. Tiene aún restos de escayola en la cabeza y sobre los hombros, escarcha en la nariz y en las cejas, y lleva un cuaderno en las manos, un cuaderno enorme. Lo abre para demostrarme que todas las hojas están en blanco. Siempre me dice:

–¿A qué estás esperando?

Aunque otras veces dice:

–¡Ni un punto y coma! ¡El punto y coma es un signo hermafrodita!

Y yo le doy la razón en todo, hasta en las preguntas. Le doy la razón todo el tiempo, como un tonto, porque su presencia me impone más que la de cualquier otro ser humano, vivo o muerto. Bastante más que la de Kilgore Trout, que es fruto de su imaginación y me visita a menudo.

Así que me despierto y lo primero que digo a mi mujer, antes incluso de darle los buenos días, es: «Ya no necesitamos el punto y coma».

Y nunca parece demasiado sorprendida.

La costumbre.
 
[...]
 

Ahora y en la hora de nuestra muerte

Mirando más allá de los horribles edificios;
sorteando con la mirada sus horribles tejados y
a toda esa gente horrible que vive en su interior;
buscando un cielo azul en que poder extraviar
la mirada hasta encontrarse uno mismo
y comprender que la respuesta está
ahí, detrás de las cosas que nos
molestan, esperando por
nosotros, pecadores,
ahora y en la hora
de nuestra
muerte.

El aire fresco de la mañana

Respirar
el aire fresco de la mañana
y pensar que todo vuelve a empezar
una vez más,
que el mundo es otro lugar,
aunque siga siendo el mismo 
lugar de siempre
y sigan pasando las mismas cosas.

Respirar
el aire fresco de la mañana
–ya no hay niebla que caiga
como amenaza sobre esas cosas–
y olvidar que eres un día más viejo,
igual que el mundo,
y apartar la idea de la muerte
de tu cabeza
aunque sólo sea por unos instantes.

Respirar
el aire fresco de la mañana,
sentir envidia de los pájaros
y decirte: tengo que volver a escribir.
No sé por qué no estoy escribiendo
ahora, maldita sea.
Escribiré cualquier cosa,
aunque sea un poema
de mierda
como éste.

Solœdad

No te hablo de cualquier tipo de soledad,
te hablo de la soledad más absoluta,
de la del hombre viudo y sin hijos
                               de 87 años
que habla con la televisión
que habla con la radio
que habla con los libros
pero vive en silencio
el resto del tiempo
en la cola del supermercado
en el asiento del autobús
en el pasillo del hospital
y llama a la compañía telefónica
                          de madrugada
para pedir que retiren su terminal
porque no espera llamada de nadie
ni le queda nadie a quien llamar

'The Only Living Boy In New York'

¿Será esto –al fin– la felicidad?

Un cielo brillante de color azul piscina
igual que un cuadro de David Hockney
–el sol en llamas, arriba en lo más alto–
atravesado por dos estelas blancas,
efímeras, como de algodón barato,
y yo, con mi diente roto,
mi estómago semilleno,
mi corazón tranquilo,
y Simon y Garfunkel
cantándome al oído:
'The Only Living Boy In New York'
'The Only Living Boy In New York'
como intentando encontrar
a toda esta soledad
que nunca busqué
su lado positivo,
su cosa alegre.

Ronda de noche


Lulu y yo bajamos
cuando salen las lombrices;
cuando las babosas y los caracoles
se atreven a atravesar, reptando,
la calle de lado a lado.

Así somos ella y yo,
igual que ellos, bichos huraños
que evitan a la gente y a los perros:
nuestra cuota de socialización
es francamente despreciable.

La luna ilumina nuestros pasos
–a veces es una luna redonda;
otras, afilada como un garfio–
y nos ayuda a caminar sin tropezarnos
ni pisar a los pobres caracoles
que emprenden su mudanza
como cada noche.

A veces se nos cruza algún gato
callejero, y nos quedamos muy quietos
y muy callados; le sonreímos los dos
para que vea que, a pesar de
la fama que nos precede, 
no somos nosotros
sus enemigos.

La vida intensa de la Muerte

La Muerte se esconde en las casas vacías;
se cuela en su interior por debajo de las puertas,
después de limpiarse el barro de los pies
en el felpudo.

A la Muerte le gusta meterse en los armarios,
curiosearlo todo, probarse la ropa de los
que ya no están,
mirarse en los espejos, oler a naftalina,
guardarse en los bolsillos motas de polvo,
revolverse como un gato en los ceniceros,
hacer todas las cosas que, de una u otra forma,
le recuerdan a su pobre infancia.

Pero también hay cosas
que la Muerte no soporta:
los timbres y los teléfonos,
las cerraduras sensibles,
los vecinos ruidosos, los niños,
la luz del día, los bastones con
cabeza de pato, las marinas,
los abuelos centenarios,
los disfraces, las sonrisas, 
las familias numerosas.

La Muerte prefiere otras cosas:
el tacto brillante o rugoso de las fotos en papel,
las viejas cartas de amor abrasadas por el tiempo,
el olor de los licores añejos del mueble-bar,
las persianas cerradas de par en par,
la madera húmeda que se resquebraja a su paso,
el esqueleto marrón de lo que una vez fue flor,
las polillas, los ratones, los pececillos de plata,
los libros antiguos, salvo los de Círculo de Lectores
que son horribles como la vida de una lombriz,
o imaginar, también le gusta imaginar
viejos programas en blanco y negro en
los televisores que ya nadie
volverá a encender.

Sobrevivir

Sobreponerse al amor,
o a la ausencia de amor,
como quien supera
una enfermedad grave
de la que no espera salvarse,
pero se salva.

Salir al mundo otra vez,
del amor, del desamor,
con idéntico envoltorio;
con el mismo cuerpo,
las mismas manos,
el mismo ombligo,
la misma frente,
la misma boca,
pero la mirada
inocultablemente
de otro.

La mirada
inocultablemente
muerta.

Sobreponerse al amor,
o a la ausencia de ese amor,
al verdadero amor que sólo es una vez,
pero se muere, se muere, se marchita,
se muere y asesina
por dentro a quien lo mata.

Sobreponerse al amor
como quien supera
una enfermedad grave
de la que preferiría
no haberse salvado.

Todos mis amigos están muertos

En esta carrera
donde lo único que importa
                     es no perder,  
 yo he ido perdiéndolo todo             
                     alegremente.

Me he despegado del mundo
con la pericia del cosmonauta;
me he sentado a esperar su final
       llenando mis bolsillos con las
                                      manos.

Y aquí me quedaré,
                vigilante,
como el último dinosaurio
                sobre la Tierra
                    reclamando
         a destiempo
 su meteorito.


Manifiesto

Yo,
que siempre he sido un infiltrado,
un impostor, un paria, un cero a la izquierda,
un simulacro fallido de hombre libre, un traidor cutre,
un gordo obsceno, un apestado.

Que me crié entre católicos sin estar siquiera bautizado,
que renegué un millón de veces del dios al que rezaban,
que me agaché y guardé silencio y admití ser como ellos
aunque por dentro los odiase con todas mis fuerzas.

Que me fingí conservador por mantener un puesto de trabajo miserable,
hasta que me di cuenta de que la dignidad valía más que el miedo al hambre,
y entre los pobres que me quieren hago gala de un éxito que no me pertenece,
siempre que puedo, porque es más fácil mentir que decir lo que se siente.

Que, en vez de gritar y rebelarme, pagué con desdén a quien me dio desprecio,
que sobreviví huyendo del conflicto, de la responsabilidad, del compromiso,
que me hice el loco cuando hubo locas que decían amarme, aun sin amarlas,
que oculté mi enfermedad por temor a ser rechazado por los estúpidos.

Yo,
abanderado del fracaso, mentiroso, chantajista,
cobarde, rata inmunda, poeta infame, oportunista,
que no siempre confié en quien debí haber confiado,
que vendí barata mi integridad, porque era pobre y además imbécil,
y me estrellé contra muros que sólo existieron dentro de mi cabeza,
admito todos y cada uno de mis errores, uno por uno,
y no me arrepiento de ninguno, porque soy un necio.

Igual que un gato

Porque soy igual que un gato
ella me cuida igual que a un gato:

Me consiente. Me regaña.
Me acaricia la cabeza
cuando me porto bien.
Juega conmigo. Es paciente.
Me concede caprichos
que no merezco.
Llena la despensa.
Me lleva al médico.
Me regala, siempre,
mis buenas dosis
de independencia.
Me alimenta. Recoge mis
juguetes mientras yo duermo.
Se preocupa por mí cuando
me asomo a la ventana.
Limpia mi espacio.
Da sentido a mis días.
No me hace preguntas tontas,
ni me agobia, ni me molesta.
No pone a prueba mi paciencia.
Me deja dormir hasta tarde.
Me deja dormir a su lado.
Ella es la persona que
estaba buscando.

Porque soy igual que un gato,
vivo feliz, igual que un gato.

Salida

Un desvanecimiento, sólo eso.
No hay de qué preocuparse.
Ni siquiera deberías lamentarte,
esto es la vida. A veces cansa.
Por eso morimos, porque nos
cansamos. Fatiga. Nada más.

Ayer, anoche

Buscando la salida.
Intentando escribir un grito
sin perder la compostura
ni el aliento. Intentando
ser sincero hasta donde
la piedad consiente.

Sí, de eso se trata.

De responder cartas,
como en los años 90,
cuando recibía cartas.
Cerrar los sobres con
las dos manos. Mirar
el remite. Tocar las letras
por última vez, antes
de despedirse de
ellas para siempre.

Igual que ahora.

Y dejarlo todo escrito,
abandonarlo a su suerte
dentro de un buzón
que no entiende de
arrepentimientos:

«El mayor tesoro que me llevo
es todo lo que he perdido».

Emisión ininterrumpida

He puesto la silla frente a la ventana,
junto a la estufa y la cuna del gato.
La he apartado de la mesa. No tiene
sentido que se pase el día mirándome,
no tiene sentido que se pase el día
esperando por nadie.

Desde aquí puedo ver llover todos los días,
me relaja ver el agua resbalando por el tejado
de la iglesia como si fuese un tobogán.
Las gaviotas se detienen ahí y lloran fuerte,
desde lo alto, cuando hay tormenta.
Supongo que, como a mí, la lluvia
les recuerda un poco al mar.

Observo el tejado, distraído,
bebiendo el café de las cápsulas verdes,
el rico, el que me ha hecho adicto.
Nos estamos quedando sin café.

Observo el tejado y los ladrillos mojados
y me digo que tiene sentido sentarse aquí
a disfrutar de la programación de la tarde,
más sentido que desperdiciar horas en el salón,
por cómodo que sea el sofá, por grande que sea
la pantalla, si los programadores son incapaces
de mejorar esto.

Beim Schlafengehen

Me dejé mi corazón en Alexanderplatz
creyendo, tal vez estúpidamente,
que volvería a buscarlo
algún día. Lo abandoné a su suerte.
Le dije: quédate con todo, esta ciudad
nos pertenece.

En efecto, nunca fui tan feliz
como en sus calles. Era septiembre.
Han pasado algunos años desde
entonces. A veces, creo escucharlo.
Me invade el olor del tabaco y de la espuma
y me dejo envolver por esa bruma indeleble
y blanca que es la nostalgia.

Y busco restos de Berlín por todas partes,
creyendo, tal vez estúpidamente,
que traicionándola la invento
una vez más.


Otoño de Vivaldi

Hay un momento
–no importa si estás vivo o muerto–
en que la vida se detiene, toma aire
y, sin mirarte a los ojos, recoge sus cosas
y se va de tu cuerpo para siempre,
te abandona sin dejarte
siquiera una nota.

El amor es un poco así,
como la propia vida. Acude cuando
no le llamas, te invade, te ilumina,
se cansa de latir, se apaga y se va
y te deja reducido a esto
que eras hoy, que fuiste hoy
que ya no volverás a ser,
por mucho que te duela,
nunca más.





Cándidos y obtusos

El hombre en la silla de ruedas
culpaba a su mujer de cada cosa.
Del tiempo de espera, de su dolor de espalda,
del embotellamiento, de los parquímetros, de la lluvia
y hasta de la vida. Ella supo mantener la compostura,
y, tal vez porque no estaban solos en la sala
y no quería resultar demasiado previsible,
le respondió alguna cosa bonita.

El tipo no le prestaba atención.
Estaba ocupado quejándose, gruñendo,
revolviéndose en su trono para tiranos,
gesticulando y resoplando igual que un
halcón herido.

La culpa es tuya, le recriminó.
Tenías que haber llamado a la puerta.
Tenías que haber hablado con la enfermera,
que me viera aquí, que llevamos más de una hora
esperando a que nos atiendan, joder,
maldita inútil.

Hay personas que, como palabras,
caen en desuso. Se vuelven frágiles y ridículas,
se desvanecen, se apagan, se desmoronan.
Y, como viejas palabras que nadie nombra,
un día deciden morirse para hacer sitio.

Y hay también otras personas
más obtusas, más egoístas,
que se resisten.

Leves y etéreos

Vaciamos de colillas los ceniceros,
uno por uno, los despojamos de muerte.
Le digo: creo que estamos fumando demasiado
últimamente.

Tienes razón, me responde
llevándose a la boca otro cigarro.
Estamos fumando demasiado
últimamente.

No hará ni un mes que nuestra madrina
nos dejó para siempre, se convirtió en
polvo gris, igual que el rastro que da
sentido a nuestros ceniceros.

Creímos que su sobrina era buena,
pero corrió a vaciar su casa, vino desde
muy lejos para llevarse su abrigo de visón.

Echó los objetos de valor en una bolsa
y se despidió de su viudo para siempre.
Hizo con sus recuerdos lo que nosotros
hacemos con las colillas.

¿Sabes? —le digo—. Un hombre me ha dicho
hoy en la librería que mis argumentos
poéticos eran leves y etéreos.

Tiene razón, me dice
echándome el humo a la cara.
Tus argumentos lo son.

Bondad divina

Dios le puso al hombre
un corazón para rompérselo,
un par de manos que llevarse a la cabeza,
dos ojos con que verse envejecer en el espejo
y un par de piernas que cediesen con el tiempo.

Creó el amor para excusar la traición y la mentira.
Se inventó la justicia, fue una broma innecesaria.
Le prometió una familia, y un coche y una casa;
no le advirtió de los distintos ministerios
y se marchó por donde había llegado.

Baile estático

Como si esto no fuera suficiente,
el hombre sordo, despojado ahora
de su único audífono, se sintió
inevitablemente inundado de silencio.
Había perdido la música y las voces,
pero había encontrado algo mejor.
Reconoció el sonido de la muerte
y se sentó, despacio, a disfrutarlo.

Brookdale Park, 1964

Ya lo sé, sí,
pero, entonces,
había tanta niebla
que era hasta difícil
encontrarse la nariz
sin ayuda de las manos.

Y, sin embargo, ellos,
una pareja de osados
amantes irresponsables,
desafiando a la niebla,
ya ves, junto a los árboles.

Ella, no sé, no tendría
más de catorce, pero
tenía una voz de un
hombre de cuarenta,
grave y algo arrogante.

Era ella quien hablaba.
Le decía a él: Tú tienes
dos y yo tengo uno. Tú
tienes dos y todo el mundo
tiene derecho a saberlo.

Aminoré la marcha, pero
sus reproches acababan
allí, en aquel punto.

Y aun sin saber bien de qué hablaba,
le di la razón a aquella chica.
Porque yo intenté algo parecido
alguna vez, protestar
por lo que creía justo,
supongo.

Cuadrilátero

Ella, desatada, me habla sin pudor
del furor y del castigo de la falta de sexo
y yo, mientras tanto, pensando en mi infierno
y en sus ángeles guardianes custodiando
sus cuatro esquinas, mi jaula y sus accesos.

Le digo, sin venir a cuento: Escucha, preciosa,
sabes que un día de otoño lo tiene cualquiera.
Y ella me dice: No olvides poner sal y aceite en
la lista de la compra. Y yo destapo el bolígrafo
y escribo lo que ordena, con letra de médico.

Nunca vas a escribirme un poema de amor,
ella reclama. Y puede que tenga algo de razón.
Le digo que el amor no es algo que quepa dentro
de una lata. Ella se para y me escruta. Las cajas de
recuerdos no son más que proyectos de ataúdes.

Y en eso convenimos. Y también en el paté y las
hierbas provenzales. Y en que la falta de carne nos
hace sentir más solos, más condenados y absurdos
en este cuadrilátero invisible, que suele resurgir
cada invierno, con el olor de la pascua y el azufre.

Chelsea Hotel no. 3

Janis frunció el ceño
cuando vio mi cicatriz.

¿Qué ocurre?, pregunté;
¿Es que ya no te gustan
los hombres con heridas?

No me gustan las historias
que se repiten, respondió.

Y apoyó su espalda
en la ventana y miró
hacia otra parte.

Cabalgar la mañana entre bostezos



Ocho y diez o puede que ocho y cuarto.
Y diciembre, que es rígido y cruel y perseverante,
ha vuelto a dejarse caer por la ciudad
y se entretiene haciéndose notar
–tal vez porque no es grande,
su presencia es más notoria–
en cada partícula de existencia.

La lluvia nos azota en diagonal
y aún es de noche, y el ruido acostumbrado
ha comenzado a instalarse ya por las aceras:
los pasos, las persianas, los motores de los coches,
las válvulas que rugen, las voces de los niños,
el abrir y cerrar de cremalleras, las miradas
nos inundan y nosotros no podemos
hacer más que contenernos.

Rostros proletarios, somnolientos,
cabalgan la mañana entre bostezos,
–algunos son blancos, pero los he
visto también azules y amoratados–,
encendiendo sus luces y sus cuencas
tras las lunas empañadas por el frío,
saliendo de los parkings, esperando
su turno para incorporarse al tráfico.

Algunos parecen impacientes por llegar,
otros caminan ateridos con la cabeza baja,
plegando el cuello, fumando e ignorando
invariablemente la sombra breve que,
tímida y fugaz, proyectan sin querer
sobre los escaparates.

Todo acabará cuando llegue agosto



Todo acabará cuando llegue agosto;
la voz de los cantantes, el tacto de las hojas,
la felicidad engañosa de ciertas promesas.

Porque todo termina donde empieza agosto;
la enfermedad y la furia, el amor y la inocencia,
las tarrinas de helado de mascarpone y fresa.

Empezará otro agosto, este agosto.
Ya no habrá más lágrimas en terminales,
ni pornografía entusiasta, ni invisibles.

Llegará agosto, el verdadero agosto,
y lo que ayer nos sacudía el corazón
hoy sólo nos hará menear la cabeza.

Todo acabará cuando llegue agosto,
porque todo termina donde empieza
agosto, afortunadamente.




* * *

1990



Aunque madrugar en verano era tan fácil
no soportaba el olor a cloro de la piscina
ni la idea de regresar a aquel feo colegio
inevitablemente el día de su cumpleaños.

Su madre le obligaba a hacer sus ejercicios
pero él se escabullía con la destreza de las
ardillas, cerraba los ojos y viajaba a África,
sin moverse de la silla, con sus dos leones.

Y cuando todos volvían de la playa oliendo
a crema bronceadora y bocadillo de queso,
él los contemplaba satisfecho, tras el libro,
resguardado del calor, tocándose la frente.




* * *

Urticaria californiana


A la señorita Parejo,
descubridora de
perplejidades.
De camino al sol
tan dorado de California,
en la cama de nuestra
habitación doble en el
Hotel Congress —siempre
el más barato— comeremos
puñados de snacks salados
de esos que, según tú,
saben como a ortiga.

(No olvides que te odio
cuando dices
palabras como inconspicuo)

Y beberemos refrescos,
también, fríos pero sin gas
en las peores estaciones de
servicio de Arizona y, como
siempre, insistirás en que
crucemos la frontera
cuanto antes.

(No olvides que no te aguanto
cuando sugieres
que somos seres unisexuales)

Nosotros florecemos en julio,
como esas plantas hostiles
que crecen junto al asfalto
a pesar de todo.

Sin envidiar, por suerte,
a las personas
normales.




* * *

Ciudad de los enfermos



Habitación catorce, cama dos.

Desde las dos alas de la planta trece
se domina la ciudad entera, bajo la bruma
otoñal que hoy la hace parecer un espejismo.

Los enfermos adivinan la ciudad entre la niebla,
se imaginan, inevitablemente, volviendo a sus casas;
una chaqueta encima del pijama y dinero para un taxi.

Están hartos de la vida carcelaria, de ser uniformados,
innombrados, numerados, tratados como coches viejos:
a los presos, por lo menos, les permiten estar solos.

Las enfermeras no tienen la culpa, pero te llaman
catorce-dos. Dicen: Analgésico para la catorce-dos.
Llamad al celador para que cambien a la catorce-dos.

Hoy se va la cinco-uno. Todos se van antes que tú.
Hombres y mujeres vestidos de azul claro, familiares
elegantes con caras de sueño y dolor, hoy tan radiantes.

Y tú, catorce-dos, desde el lugar donde se domina todo,
desde el centro neurálgico de la ciudad de los enfermos,
observando a los coches encender sus luces de niebla.




* * *

Dr. Insomnio



I told the joke about the woman
who asked her lover: “Why
is your organ so small?”
He replied: “I didn't know
I was playin’ in a cathedral”

(Vicki Calling)
Ella —¿quién si no?—
volvió a llamarme a las
3:30 de la mañana para
preguntarme si dormía.

«Sólo hasta que llamaste»,
repuse, y le colgué otra vez.
Pero volvió a insistir, y, sin abrir
los ojos, esperé a que se cansase
y luego desconecté el teléfono.

Sé que el viento
ondulaba el cortinaje
porque hacía viento y
porque aún conservaba
las cortinas. En realidad,
todo fue mucho más simple:
con sus faldas, me hacían
cosquillas en los pies.

Era como no estar solo.




* * *

Same thing in reverse



«Esto toca a su fin», ella advirtió.
«Tus piernas siempre serán tan
blancas», pensaba él, ausente;
ensimismado en su propia voz.

Su madre le daba de comer en
la cama, empujaba el tenedor
dentro de su boca. Observó:
«Hijo mío, qué piernas tan
blancas tienes».

Sólo entonces fue consciente
de todo cuanto había perdido.
Habían pasado ya más de
seis años.




* * *

Domine mundi



A qué ese afán de
domesticarlo todo,
de dominar a las especies,
de domar al lobo y al león,
de enderezar al perro,
de aburguesar al gato.

A qué tanto interés
por hacer hablar a las urracas
y saltar a los delfines, por ver
a los osos montar, ridículos,
en monociclo, por amaestrar
al paciente tigre de Bengala.

Qué insólito complejo milenario
empuja al hombre a civilizarlo todo
por la fuerza; a construir zoológicos,
circos, jaulas y mataderos. A demostrar
su dominio apabullante sobre las cosas

de forma tan poco civilizada.




* * *

El Cielo no tiene la respuesta, dice el Oráculo



A los que miran al cielo, desafiantes,
el Oráculo responde amablemente:

El Cielo no tiene la respuesta;
el Cielo es sólo otro elemento
más del decorado, tal vez más
brillante y mudable que el resto,

pero no es mucho más que eso.
Así que desistid de una vez:
Dejad de buscar respuestas aquí,
el Cielo no es lo que pensáis.

El Cielo es un invento de la iglesia,
una publicidad exitosa, un sacrilegio
místico y absurdo como Jesucristo.
El Cielo tampoco tiene la culpa de
vuestros problemas ni os ayudará
jamás a resolverlos. Así que dejad
de culpar al Cielo, por amor santo.

El Cielo es una ilusión ridícula,
advierte el Oráculo.




* * *

El amor es crueldad accidental

Pido perdón a los mosquitos
que murieron estrellados
contra el cristal de
mi parabrisas,
y a las mujeres que
me amaron, y yo amé,
en mayor o menor medida.