Lo que dijeron los lectores

«Me agrada tu página, y tienes un gran potencial, se palpa en tus ademanes al escribir a un perfeccionista casí hasta por vício, si te concentraras un poco más en la espontaneidad pura y le añadieras garra y profundidad a la historia, sin que influyera lo mucho que adivino has leído, la calidad de tus trabajos aumentaría y mucho».

“Vicente Llops”, Barcelona. 


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«Sé que vas a leer esto y sé que piensas que ganarás el nobel, o algún premio nacional. Sé que te imaginas dando entrevistas, recogiendo el premio, disfrutando de la adoración de los otros. Pero eso es porque no puedes leer lo que escribes con la distancia suficiente. Para una madre su hijo es el más guapo del mundo. Lo siento, eres un mal poeta. Muy muy malo. Lo siento de verdad. Mira quienes comentan tus poemas. Lo siento, deja de escribir, o por lo menos deja de intentar publicarlo. Un saludo».

Anónima, Madrid. 


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«Te metiste en una conversación ajena a tí, peloteando a una bruja. Motivo: tiene poder en una editorial. Hasta ahí llega tu poesía, y el respeto por conversaciones a las que no fuiste invitado. Por supuesto, mandé al diablo a la bruja. En cuanto a tu persona, ya sabes...»

Joan Benavent, Barcelona. 


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«Qué pena das, Hugo.
Qué ha sido de ti?
Te has convertido en un moralista, un vulgar vendedor de Biblias a precio de saldo.

Lo siento, Hugo».

Jonás López, Valencia.


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«me parece un artículo pésimo y repugnante,en serio,no se cual era tu intención al escribir esto,pero a mi leer estas cosas me ponen de mal humor,no se si esa información es verdadera o no,pero sacar tanto jugo de una situación así,añadir pelos y señales y aún por encima decir que si una persona no quiere tener hijos es porque quiere más a los animales que a los humanos me parece una conclusión bastante cutre porque hay mucha gente que no quiere tener hijos por muchas razones y estarán en su derecho digo yo,bla bla bla bla bla bla....no digo más,el artículo no me gustó y punto.un saludo Hugo»

Anónimo, Santiago.


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«Autores que querían ser malditos y no pasarán nunca de malitos. La boutade de meterse con autores consagrados, como símbolo de una carrera acabada antes de la línea de salida.»

Javi Viadero, Meruelo.


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Me cuentan amigos y colegas que un joven crítico que colabora en una revista de libros ha cargado contra mi novela y ha escrito auténticas barbaridades. Que no ha entendido nada, vamos. Pero nada. ¿Qué le habré hecho yo a este señor? En el fondo tiene gracia que un crítico ataque así una novela sobre un crítico. 

Hablo de un señor que no se ha enterado de nada. Las criticas negativas hay que saber escribirlas. Es todo un arte.

Yo con los imbéciles no sé ser comprensivo.

Este más que ladrar rebuzna.

Se llama Hugo Izarra. Me dicen que escribe poemas y se autoedita sus libros y todo, es un crack.

NO ES BROMA: Es autor, bajo pseudónimo, de los poemarios Eyacula, que algo queda, Gominolas para los patos y La soledad es una puta con dientes de oro, además de la novela inédita (CAAAACHIS) Prohibido tirar de la anilla.

Ay, qué grimica».

Iván Reguera, Madrid.


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«Ah, hombre, el Izarra, ese ser. Pensaba que te referías a un crítico literario. No pierdas el tiempo con ello. Tú a currar y a seguir»

Sergi Bellver, Barcelona.



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Pedro Juan Gutiérrez: Factótum a su pesar

Más de una década después de que embarrase nuestras conciencias con su “Trilogía sucia de La Habana”, Pedro Juan Gutiérrez regresa pletórico a la literatura de ficción. Lo hace con ánimo renovado, nuevos escenarios y la cabeza tomada por un mundo repleto de personajes amargos y bulliciosos que, confiesa, apenas le dejan dormir


Soporta estoicamente el encasillamiento forzoso al que le someten quienes aún siguen refiriéndose a él como “el Bukowski caribeño”, una vieja estrategia editorial que, lejos de hacerle enfadar, le provoca una sonrisa. Cierto es que, a lo largo de los últimos quince años, se ha erigido como abanderado del mejor realismo sucio, pero él achaca esta predilección por los ambientes marginales y malditos más a la coherencia que al deseo. La pobreza le ha rodeado siempre y en más de una ocasión le rugió tan cerca que se le pegaron las tripas.

A pesar de haberse revelado como auténtico factótum a lo largo de su vida (ha sido obrero agrícola, zapador especialista en demoliciones, profesor de dibujo técnico, dirigente sindical, constructor, locutor, periodista y actor de radio, entre otros muchos oficios) supo desde muy pronto que era a la escritura a lo que quería consagrar su vida. Luchó por fabricarse su propio destino y lo logró. Ha escrito sin cesar desde entonces. Por eso no es extraño encontrarle con las manos manchadas de tinta, como ahora.

El otro día, leyendo a Sherwood Anderson, no pude evitar acordarme de ti. Siempre que tienes ocasión lo mencionas, tanto en tus libros como en tus entrevistas, como ejemplo de literatura directa y atemporal.
Sí, porque tuve la suerte de leer con apenas 16 años, quizás, o menos su libro de cuentos “Winesburg, Ohio” y “Desayuno en Tiffany’s”, de Truman Capote. Además de “Los héroes no vuelven”, cuentos de Erskine Caldwell, muy antipatrióticos, por cierto. Me marcaron para siempre. Eran tan naturales, tan sinceros, que me dije: así quiero escribir yo algún día. Y por ahí leí una selección de cuentos de Chéjov y “Bola de sebo” y otros cuentos, de Guy de Maupassant. Uf, completo. Ya, ¡ésa era mi estética! Completado con todas las películas que veía cada semana en los cines de Matanzas: Truffaut, Renoir, Kurosawa, Godard, Forman y Polanski (uno en Praga todavía y el otro en Cracovia), Wajda, Bergman, todos los italianos... Soy un privilegiado por haber nacido en 1950 y vivir en un país pequeño pero muy especial. Muy especial.

Tan especial que muchos aún piensan que es sobre Cuba sobre lo que giran tus novelas...
En realidad escribo sobre la pobreza. Estoy convencido de que ése es el asunto que más me interesa, o más me aterra y me jode en la vida. Cuando tenía 19 años tuve un bellísimo romance con una muchacha de un barrio de las afueras de La Habana. Aquel romance duró tres o cuatro años, de un modo intermitente. Cuento algo de esa familia y de ella al final de “El nido de la serpiente”. Ella quería estudiar medicina. No logró nada en la vida. La pobreza y el subdesarrollo la hicieron encontrarse con tipos muy machistas después que nos separamos. Tuvo dos hijos. Todo se complicó, empezó a trabajar y en fin, ahí está. La vi hace un par de años y me quedé asombrado. Tiene 60 años, como yo, pero parece que tiene 75.

Desde aquel momento supe que quería contar esa historia: cómo la pobreza y el subdesarrollo le joden la vida a la gente y la vida es breve, se te va trabajando en cualquier mierda para ganar unos pesos al día y cuando vienes a ver ya estás con 70 años y te mueres pal carajo. Y vas bien si llegas a 70. Desde luego, me tomó mucho tiempo aprender a escribir. Eso sucedió cuando yo tenía 19-23 años, pero no sabía cómo escribir la novela. Creo que comencé a escribir bien a los 44 años, cuando empecé a escribir “Trilogía sucia”.

Dices que la novela es la tarea que más esfuerzo te exige. No obstante, y a pesar de haber comenzado a escribir tan tarde, publicaste con un ritmo frenético durante los últimos tiempos 15 libros en 13 años, ¿cómo consigues vencer a esa desidia que, en mayor o menor medida, nos invade a todos los latinos?
No creo que los latinos padezcamos de desidia. Si naces en el fondo de un pozo o bien te quedas ahí toda la vida o decides salir adelante con tus propias fuerzas y tu talento y tu capacidad. Y el revés se convierte en energía positiva. Yo tenía mucha furia, rabia y frustración personal, ideológica y política cuando empecé a escribir “Trilogía sucia” en septiembre de 1994. Llevaba cuatro años pasando hambre, hambre, hambre, y mucho más. Esa energía ayuda a trabajar como un poseso. Y por otro lado me di cuenta de que al fin estaba escribiendo bastante bien o al menos de un modo aceptable. Me llevó treinta años aprender a escribir desde que a los 18, en 1968, había decidido ser escritor sobre todo lo demás. En realidad quería ser arquitecto, ganarme la vida con la arquitectura y mantener mi escritura en secreto, como algo muy privado. No me hice arquitecto sino periodista, hice un curso de cinco años en la Universidad de La Habana, para trabajadores, lo que después se llamó “a distancia”. Recibíamos clases sólo el miércoles de cada semana. Yo era periodista en radio y TV en esa época. Y fue una bendición el periodismo para mi escritura de ficción.

Eres un escritor atípico en muchos sentidos. Es admirable la forma en que recelas del ambiente literario, cómo huyes de la pompa y la pose de escritor sesudo y pretencioso, del establishment y sus castas. En España es complicado encontrar a un autor que no caiga en esas redes.
Sí, porque la gente necesita dos cosas: alimentar su ego y verse continuamente en los periódicos, en las revistas, en la TV, diciendo cosas, opinando. O de jurado en los concursos para decidir y emitir juicios. Eso les engorda el ego. Y, por otro lado, necesitan dinero, entonces se prestan a lo que sea. ¡A lo que sea! Es así en todas partes, no sólo en España. En Cuba es igual y en México y en Brasil, etc. Y no sólo con los escritores sino con todo el mundo. No quiere decir que yo sea un santo especial. Pero me cuido muchísimo de no caer en esa trampa. No me interesa. Me molesta. Hace un par de años uno de los dos periódicos españoles más importantes me propuso tener un blog y que me pagaban no sé cuánto al mes. ¡Ni a jodía! Les dije que no me interesaba. Sólo quiero escribir mis libros, pintar, templar con mi mujer, irnos pa la playa, cosas así. Y que nadie me conozca. Ayer, en una librería, dos empleados me reconocieron. Una chica y un chico. Ella se puso muy nerviosa y no atinaba. ¡Quién sabe lo que se imaginaba al leer mis libros! Y de pronto me tenía delante. Mi mujer se dio cuenta de que la chica estaba temblando. Para mi fue embarazoso. No me gusta ser reconocido. También evito el otro extremo: Salinger, por ejemplo, creo que era un neurótico demasiado arrogante. ¡Esconderse y huir de la humanidad!

Como Pynchon, pero yo creo que los que toman la determinación de ocultarse de esa forma tan escandalosa sólo buscan otro tipo de publicidad. Publicidad inversa, generar una leyenda alrededor de su figura. ¿Cómo crees que serás recordado tú cuando ya no estés?
Nunca pienso en el futuro, ni me lamento por el pasado. Vivo en el presente. Siempre tengo muchos proyectos entre manos. Por ejemplo, ahora mismo escribo una novela y tengo tres o cuatro más en proyecto para las que tomo notas, incluido un posible tomo de memorias. Memorias de algunos momentos bien seleccionados, nada de pesadeces cronológicas. Estoy pintando unos cuadros y tengo muchos poemas regados en libretas de apuntes que ya debiera empezar a organizarlos en una carpeta. Además de que hago natación o ejercicios físicos todos los días, leo mucho, contesto largas entrevistas para mis amigos de Vigo y de veinte lugares más, y un largo etcétera. Así que no tengo ni idea de qué pasará con mis libros. Aunque, claro, me gustaría que algunos se siguieran publicando un poco más. Unos cuantos años más.

En alguna ocasión has acusado a los escritores españoles de una asombrosa falta de pragmatismo. De hablar mucho para decir poco. O no decir nada.
Claro. Aquí hay otra tradición. No se dan cuenta, pero el Siglo de Oro los marcó a fuego. Más que barrocos son rocambolescos. Además, está en el hecho de ser español: la gente habla, repite, regodea, utiliza metáforas, se escuchan a sí mismos con placer y siguen hablando y hablando. Uf, aburren. En México pasa lo mismo: hablan demasiado. Total para nada. Para perder el tiempo. Fíjate que aquí no hay tradición de cuento. Y, en cambio, continuamente aparece un señor o una señora que publica una novela de 800 o de 1.200 páginas y se queda tan fresco como una lechuga. En Cuba somos mucho más tajantes y directos y no nos andamos por las ramas. Pero además, yo fui periodista de agencia de noticias, y antes de radio y TV. Así que no puedes andar con soliloquios. ¡Al grano!

Mencionas tu experiencia como periodista y no puedo pasar por alto tu periplo de años en “Bohemia”. ¿Cómo se explica que, después de semejante trayectoria y habiendo alcanzado el éxito como escritor, te pusiesen de patitas en la calle?
En octubre de 1998 vine a España a presentar “Trilogía sucia de La Habana”. Tuvo una prensa enorme. Yo repetía que no tenía nada que ver con la política. Que era un libro de cuentos. Pero todos los comentarios eran sobre el matiz político del libro. Por supuesto, ningún escritor es inocente. Yo sé que es un libro del que se puede hacer una lectura política, pero es una simplificación. No obstante cada quien lee lo que quiere, o lo que puede. Cada quien reescribe su propio libro. De ese modo, las feministas me machacan, los antropólogos dicen que es antropología, los periodistas que sólo son memorias de los años del hambre en Cuba, y los funcionarios cubanos de la prensa vieron política a pulso en el libro. Cuando regresé a La Habana, en enero de 1999, me echaron a la calle. Sin explicaciones. Por suerte me defendieron en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Siempre hay gente honrada y con criterios propios. Me defendieron y uno de ellos me dijo: “Bueno, Pedro Juan, alégrate, ahora tienes todo el tiempo para escribir”. Y así fue. Veintiséis años de periodismo es demasiado. El periodismo hay que dejarlo a tiempo. O te come las entrañas. Así que a la larga les agradezco la gentileza que tuvieron.

Sí que es cierto que existe una tendencia bastante extendida a preguntarte acerca de política, como si en lugar de un creador de ficción, un novelista, fueses un analista o un politólogo.
Ya sabes: política, fútbol y consumo. El triángulo perfecto para imbecilizar a la gente. En el caso de América es el béisbol. Por eso a la mayoría de los políticos no les gustan los intelectuales, porque tenemos criterios propios y, generalmente, hablamos en voz alta y tenemos mucha gente que nos escucha. Un escritor es, ante todo, alguien que ayuda a pensar a los demás. Piensa él mismo porque está lleno de dudas y preguntas (sin respuesta casi siempre) y contamina a los demás con esas dudas. Por eso no hablo de política. Les haría el juego a los políticos con su enorme ego y arrogancia. Quieren que todos hablemos de ellos. Bien o mal. Les da igual. Lo importante es que nadie los ignore.

Regresando al tema del estilo, no deja de ser gracioso que, a pesar de que tus máximos referentes literarios son genios tan laberínticos como Kafka o Cortázar, te acabases decantado más por la senda que marcan los Carver, Fante, Bukowski, Dos Passos o el propio Anderson.
Es que son geniales. Kafka parte de una idea descabellada pero simple y escribe 200 páginas intensas que te dejan noqueado y Cortázar es el absurdo total. Mi librito “Melancolía de los leones” está dedicado a ellos dos. Pero los dioses se veneran en un altar y nadie intenta convertirse en dios. Así que no los voy a imitar, prefiero seguir mi camino, más cercano a esos americanos pragmáticos, que usan el lenguaje de un modo funcional y eliminan el merengue y los adornos, para no ser empalagosos. Me aterra repugnar al lector o engañarle dando vueltas que no conducen a ninguna parte. Por eso me siento tan bien en la poesía, porque destilas todo lo posible la idea. Escribo haikús. Y son deliciosos. Aunque prefiero leer los de Basho y los otros japoneses. Son mejores que los míos. En realidad, yo sólo imito a Basho. Es un juego.

Juguemos. ¿Cuál es el último poema que has escrito?
Tengo muchos escritos en las últimas páginas de mi libreta de apuntes (una especie de diario que me ayuda a organizarme cada día porque las ideas me aturden). Te leo uno:

LOS DADOS SIGUEN RODANDO
Pienso alejarme más aún.
Trabajar en el campo, en un barco de pesca.
Olvidar la poesía.
Desaparecer en la tierra.
Pero es inútil.
Los tiburones se mueven incesantemente.
Hasta dormidos siguen nadando.
El látigo a mi alcance. Y el whisky.
Se hace de noche. Oscurece y ya no veo
mi letra pequeña.
Insisto en el silencio y la lejanía, como un vicio.
Abajo mi mujer escucha música africana.
No se imagina
que yo de nuevo organizo una conspiración
mientras lanzo los dados sobre el tapete verde.

Juraría que, de cuanto has escrito, “El nido de la serpiente” es tu obra más autobiográfica. Siempre has reconocido que juegas a la confusión con tus personajes, que partes de un Pedro Juan ficcionado y dejas que sean los propios personajes los que enfrenten sus destinos. Pero hay demasiadas coincidencias con tu vida, con tu formación como escritor y tus recuerdos de hijo del heladero.
Sí, todo está calculado en mi deseo de mezclar arte y realidad de tal modo que nadie pueda separar los campos, confundir, enredar, burlarme del lector. Y en ese juego me burlo de mí mismo y el personaje se mete debajo de mi piel. Hay gente que me tiene miedo, traductores, periodistas, etc. Creen que yo soy un hijodeputa borracho, agresivo, furioso, indecente, maleducado. Y en realidad es todo lo contrario. Los traductores sobre todo me eluden. Supongo que suavizan mis textos pero como yo no puedo leer en hebreo o en alemán o en finlandés o noruego, etc., pues nunca me enteraré de que me traicionan y después no quieren conocerme ni mirarme a los ojos. Como si las traiciones fueran tan importantes. Todos traicionamos. Si no traicionamos, no avanzamos. Nos quedaríamos siendo fieles eternamente, en el mismo lugar.

Precisamente, la novela arranca con una cita de otro poeta, Charles Bukowski. ¿Te molesta que te comparen constantemente con él?
No me molesta. Lo he explicado cientos de veces: mi editor español inventó eso para poder introducir a un autor cubano, desconocido, con un libro tan brutal como “Trilogía”. Y ya. Todos lo repitieron. Pero no me molesta. Me gustan sus libros. Un tipo desenfadado, que convirtió su propia vida en una obra de arte perdurable. Y no lo reconocen en USA. En los medios académicos nadie lo considera. Murió en 1994. Por cierto, él murió en marzo de ese año, creo, y en septiembre yo empecé a escribir la “Trilogía sucia”. ¿Casualidad? Hace 16 años, y ahora es tan outsider como cuando estaba vivo. Así que es una obra perfecta. El escritor que no existe.

¿Sientes que la imagen que se pretende vender de ti en Europa se sigue orientando más hacia esa vertiente outsider por la que tantos os siguen asociando?
Nunca he pensado sobre ese tema de “imagen”. Lo que sí sé es que muchos editores (no sólo en Cuba) se asustan con mis libros. En Alemania unas ocho o diez editoriales rechazaron mis libros, hasta que salió una larga entrevista conmigo en “Der Spiegel” (y yo salí en una foto desnudo en la azotea de mi casa, la hizo Sven Creutzmann) y al otro día varias editoriales se disputaban los derechos, que finalmente se subastaron. Todo muy divertido. Yo me divierto mucho con los hombres de negocio. Y si son de los pesos pesados que usan trajes negros y viajan en primera en los aviones me divierten mucho más. La vida es una obra de teatro, como decía Calderón. En Suecia fue peor. Ocho editoriales los rechazaron. Ahora acaba de salir hace unos meses la primera edición de “Trilogía” en sueco. A mi plin de todos modos. Yo sigo en lo mío.

¿Eso quiere decir que te han levantado el veto allí, después de “Animal tropical”, el libro donde dejabas al descubierto las miserias morales de Suecia y de los suecos?
Así es. Y Agneta temblando en Estocolmo. Me llama nerviosa: “Oh, Pedro Juan ahora seguramente van a publicar “Animal Tropical”, ¿dónde me meto?” Y le digo que pida asilo político en Cuba. Personalmente, no creo que quieran publicar “Animal tropical”. En Europa gustan mis libros porque hablo de Cuba, ¿y si me empiezo a burlar de los europeos en su propio terreno? ¿Si empiezo a analizarlos al duro en algún libro? Bueno, pues ya lo estoy haciendo. No digo más. Ya veremos. Por ejemplo hay un libro titulado “Boarding home”, de Guillermo Rosales, publicado por Siruela como “La casa de los locos”, que habla muy mal de un asilo para gente mal de la cabeza en Miami. Bueno pues los cubanos de Miami no soportan ese libro y hacen como si no existiera. Léelo, es uno de los mejores libros de la literatura cubana.

Muchas feministas han mostrado también su malestar por cómo las mujeres suelen salir paradas en tus novelas.
Sí. Normal. Hay una feminista brasileña lesbiana estuvimos enamorados de la misma mujer, pero ella se acostaba conmigo y sólo jugaba con la feminista que ha escrito horrores de mis libros. Con mucho odio. Pero creo que en el fondo son celos y envidia porque yo seduzco más y mejor.

Olvidémonos de las feministas. ¿Qué te libera más, la pintura o la poesía? ¿Son, en algún caso, comparables?
Nunca había pensado en esos términos pero creo que las dos me liberan mucho. Desde ayer estoy pintando un cuadro. A cada rato subo, lo miro, le hago algo. O no le hago nada, pero le digo algo. O le pongo música. Ahora mismo le puse Beyoncé pa que baile un poquito. Y ahí lo tengo hasta que se seque bien. Los poemas los escribo casi siempre cuando algo me machaca mucho. Es otra cosa. Un cuadro es nada. No sé por qué ni cómo pinto. Pero los poemas siempre salen de la preocupación, de las obsesiones. Una novela no. Una novela es demoledora. Ahora estoy escribiendo una y tengo que cuidarme mucho porque esa gente está dentro de mí y no me suelta. Por eso no puedo darle mucho largo a las novelas. Seis meses ya es mucho. Escribiendo, porque pensando y tomando notas antes son años y años. Pero lo jodío es cuando empiezo a escribir. Por eso me gustan más los cuentos porque escribo un cuento de una sentada y en total preproducción y post serán 15 días a lo sumo, o una semana.

En tu caso, hay un momento en que poesía y pintura se entrecruzan y se funden. ¿Qué perdura hoy de aquel joven al que prohibieron ingresar en la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas y más tarde en la Escuela Nacional de Arte?
Lo que queda es otro Pedro Juan absolutamente distinto, pero conservo algo esencial: la capacidad para jugar como un niño, sin planes, sin objetivos. Es lo que hago con la pintura. Recojo pedazos de metal o de madera en la calle, un tablón viejo, un pedacito de soga. Y los dejo por ahí. Y en algún momento salen cosas. No sé de dónde, pero salen. Casi siempre fabrico mis cuadros. Pintar como pintar lo hago poco. Casi nunca. Hace unos meses vi unas pipas en El Rastro, recordé a Magritte. Compré dos y las dejé por ahí. No sabía qué hacer con ellas. Hasta que al fin, de repente, supe exactamente lo que iba a hacer y salió “Ce ne sont pas deux pipes” y después seguí: Eso no son piedras, esto no es un gallo, etc. Jugando. Me divierto y me río mucho.

¿Te queda algo por hacer en esta vida?
Sí, mucho. Aunque he vivido con tanta intensidad que a veces me parece que tengo 120 años, pero todavía quiero viajar un poco por algunos países que me interesan y no conozco. Quiero escribir dos o tres libros más y disfrutar del día a día: nadar, montar bici, caminar por los montes, mirar a las mujeres y hablar con ellas cuando se puede. Escucharlas. Escuchar a una italiana o a una brasileña es lo más sensual del mundo. Escuchar a una francesa puede provocar una erección. Es fascinante. Sobre todo las maduras. Cada vez me gustan más las mujeres maduras. Y envejecer lentamente. Poco a poco, con buena salud, como un viejo monje budista, solitario, silencioso, alejado, lento, escribiendo haikús.

Luis Felipe Comendador | «El hombre es el peor enemigo del hombre»


«El verdadero éxito consiste en tener ganas de hacer cada mañana, en hacer exactamente lo que me salga de los cojones sin estar pensando en que debo adaptarme a una forma establecida para poder medrar o simplemente para que suene mi nombre»

Hablar de Luis Felipe Comendador (Béjar, 1957) es hablar de uno de los poetas españoles contemporáneos más queridos y, al mismo tiempo, más desconocidos. Su obra, vastísima y sobresaliente, no ha llegado a oídos de tantos como debiera porque no se le han brindado los cauces necesarios, porque tampoco él ha querido buscarlos. Alérgico al sistema y a la bajeza, su relativo ostracismo es el peaje que ha de pagar cada día por ser fiel a sí mismo. Pero eso, cuenta, es lo de menos. Ahora que lamentarse se ha convertido en deporte nacional, este “individualista absorto y positivo” insiste en mantener en pie su sonrisa haciendo lo que quiere, como quiere y donde quiere, en el lugar donde nació, donde lleva viviendo toda su vida y donde, si nada lo impide, algún día tendrá que morir. 

¿Nunca has deseado salir de aquí, de este Béjar cada vez más sórdido?
Siempre, desde que me recuerdo, he estado sopesando huir de esta ciudad. Se hace asfixiante con frecuencia. Que nos conozcamos todos hasta lo indecente quita a mi vida y a mi expresión una privacidad que me ahoga en demasiadas ocasiones... Pero, consiguiendo que Béjar no termine siendo su gente y sí un espacio paradisíaco con calidad de isla sumergida, resulta imposible salir de esta ciudad y su entorno. Aquí encuentro verdadera soledad y silencio cuando los necesito, algo fundamental para un tipo que se distrae con el vuelo de una mosca, como yo.

¿Es eso lo que te retiene aquí, comodidad más que sentimentalismo? 
Me retiene el variadísimo decorado que conforman su cielo, su paisaje de profundos cambios estacionales y cierta cosa medieval en su estructura social que me hace encontrar siempre caminos paralelos en los que perderme, caminos irreales que son aquí pura realidad diaria. Su espacio abierto, la soledad, el silencio, su peculiaridad social y un absoluto conocimiento del medio –andaría este espacio a ciegas– consiguen que no desee salir jamás de esta ciudad estrecha y casi deshabitada.

Pero eres consciente de que, de haber salido de aquí, las cosas habrían sido muy distintas... 
A veces he valorado intentos de cambiar de espacio para entrar en el mundo de las oportunidades creativas, pero la balanza siempre me indica con firmeza que debo seguir aquí. Y aquí seguiré hasta conseguir ser parte del humus local. Béjar me importa más que un statu, del tipo que sea. 

Algo que has demostrado no sólo quedándote, sino trayendo aquí lo más granado de la poesía... 
En ese aspecto siempre he buscado mi suerte, y esa suerte ha consistido fundamentalmente en que los buenos poetas que he conocido han empezado siendo buenos amigos antes que poetas admirados, amigos dispuestos a viajar hasta aquí para compartir unos días de poesía y conversación... Y eso me colma. Aún recuerdo las maravillosas horas bejaranas pasadas con Ángel González y Susana Rivera, Pepe Hierro, José Luis Morante, Antonio Gamoneda, Jesús Hilario Tundidor, Luis Alberto de Cuenca, Ángel García López, Jesús Urceloy, Fernando Beltrán, Herme G. Donis... Y también con amigos enormes que llegaron a Béjar cuando aún no tenían su primer libro: Abraham Gragera, Andrés Neuman, David Torres, Felipe R. Navarro, Manuel Moya... o tú mismo, entre otros muchos que han dejado en mi ciudad su impronta creativa sólo por amistad.

A Abraham Gragera, como a tantos otros, lo descubrí gracias a ti. 
Abraham es el mejor poeta contemporáneo que he leído... Precisamente estos días acaba de sacar nuevo libro en Pre-textos, una delicia absolutamente recomendable titulada “El tiempo menos solo”. 

¿Crees que algún día se hará justicia a tu obra? Y digo justicia de verdad. 
Cuando has decidido por voluntad propia vivir y crear en la periferia, es difícil que el trabajo prospere –en términos de reconocimiento–. El verdadero éxito consiste en tener ganas de hacer cada mañana, en hacer exactamente lo que me salga de los cojones sin estar pensando en que debo adaptarme a una forma establecida para poder medrar o simplemente para que suene mi nombre... El verdadero éxito personal consiste primero en no ser nunca de los otros, sino de mí mismo. Y esa justicia de la que tú hablas pertenece a los otros e implica subordinaciones, palabras falsamente pulidas, alguna que otra humillación y, lo peor de todo, tener que dejar de ser yo mismo. Considero que lo que tengo es más de lo que merezco, porque hay muchos creadores que, con más valor, tienen mucho menos que yo. Como estoy, me siento satisfecho. 

¿Dirías de ti que eres un tipo con suerte? 
Sí, absolutamente. Sé que mi suerte soy yo y me utilizo con verdadero placer y hasta con derroche. Mi suerte es que sopeso constantemente la posibilidad y que tengo cierta voluntad para seguir adelante en su juego. Mi suerte es que casi sé hacia dónde deseo ir e intento avanzar pasos cada día hacia ese lugar. Mi suerte es que ya sé que no me importa nada el medio si no es capaz de ofrecerme horizontes hacia los que echar unas brazadas. Y mi Suerte, mi Gran Suerte, la que se puede escribir con mayúsculas, son mis amigos verdaderos, los capaces de hacer de mí –un individualista absorto– un ser social en positivo capaz de crecer interiormente... Ellos hacen mi mierda muy digerible. 

Me llama la atención que te sigas considerando individualista, conociendo tus antecedentes: la labor que desarrollas al frente de SBQ Solidario, por ejemplo. ¿Dónde está ahí el individualismo, más allá de lo solo que te puedas sentir en muchos momentos? 
Durante bastantes años he trabajado sobre una idea de individualismo que no tiene que ver nada con el de sesgo neoliberal, y lo he racionalizado hasta hartarme –mi diario está plagado de entradas en busca de una nueva definición del individualismo positivo, en el que me autoubico con verdadero fervor–. Jamás he sabido llevar bien mi ‘yo’ social y estoy convencido de que no puedo trabajar en grupo de forma alguna, pero sí puedo aportar a lo social algunas cosas desde mi postura individual.
Mi necesidad de comportarme socialmente con fidelidad a mi pensamiento me llevó a crear una ONG unipersonal capaz de ofrecerme soluciones que no encontraba trabajando con otras personas y repartiendo responsabilidades que siempre hacían que se diluyese el esfuerzo. SBQ tiene más de curioso egoísmo que de otra cosa. Es un poco la praxis de ese individualismo positivo que busco. Hago lo que quiero y como quiero, y eso produce un beneficio al otro a la vez que me procura un beneficio a mí mismo, me hace sentir colmado y útil. 

¿Y qué es lo que te jode en esta vida?
No sé por qué, pero lo que más me molesta es la ingratitud... Aunque lo que realmente me jode es la desigualdad y la mala organización del mundo del hombre al respecto. Me jode porque estoy seguro de lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo para que todos podamos tener una vida digna... Y es fácil, pero estamos empeñados en que no sea así. El hombre es el peor enemigo del hombre... No deja de ser una situación de ingratitud del hombre con su especie. Sí, me jode que el mundo del hombre sea una puñetera mierda gracias al hombre. 

¿Qué habría que hacer, según tú, para que el hombre dejase de ser un hombre para el hombre? 
Es cuestión de montar bien la educación de nuestros jóvenes, centrándola en crear una consciencia natural de la muerte y potenciando como troncal la preocupación por el otro y la denigración total del acaparamiento... Es tan sencillo como eso, que cada hombre sepa con tranquilidad que va a desaparecer, que le preocupe que su cercano no viva en buenas condiciones y le ayude a recuperarse con dignidad y que nadie tenga más de lo que se necesita en una vida. 

Me parece a mí que tienes demasiada fe en el hombre... 
No me queda otra. Si quiero vivir –y quiero vivir–, he de convivir; y, si he de convivir, tengo que mantener firme mi idea de que otro hombre es posible (esa posibilidad de la que antes hablaba). Sin esa idea latiendo no soy nada y, por tanto, lo más lógico sería que me autoeliminase... Así que persevero, no sólo en la cabeza y en el plano de las ideas, sino que intento acciones pequeñitas que son capaces de hacer asomar la luz de que otro hombre es posible. De esos intentos crecen personas a mi alrededor que entienden de forma algo transversal lo que intento y se van sumando, aunque hasta ahora compruebo que su acción no adquiere el valor de un continuo, lo que me obliga a insistir constantemente. Yo creo que si al personal le das algunos mimbres e insistes, al final se puede ir consiguiendo el cambio. 

Eres un optimista irredento. Háblame de alguna de esas pequeñas acciones reales. 
Las acciones más gráficas están relacionadas con mi ONG unipersonal, SBQ, en la que intento solucionarios que exigen muy poco esfuerzo de quien colabora si lo comparas con el beneficio que se obtiene. Me he dado cuenta de que el personal necesita siempre una recompensa a su esfuerzo de intención, sea pequeño o grande, y siempre busco que esa recompensa llegue de alguna forma tangible. Tenemos el ejemplo más claro en el proyecto de los carritos polleros, que tienen un coste ridículo comparado con su función de sacar a una familia de la pobreza extrema, algo que se consigue al primer mes de uso, por lo general. 

¿Y cómo se consigue? 
Primero intento que el personal se desprenda de sus cosas sobrantes –no que aporte dinero tangible– y lo hace con gusto. Me dan libros de segunda mano y multitud de objetos en buen estado, incluso hay artistas que me ceden obra... Yo lo monetarizo en cantidades irrisorias, vendo esos objetos a uno o dos euros y, con lo que obtengo, hago el carrito pollero y se lo entrego a una familia que lo necesita... En ese carrito destaco a alguna de las personas que han mostrado una reacción positiva, lo que hace que esas personas suban un poquito la intensidad de su implicación.

No será nada fácil lograr que la gente se implique, con la que está cayendo.
Si yo mantengo mi trabajo en el tiempo y procuro el contacto constante, esas personas mantienen su función colaborativa, pero, si yo decaigo, la colaboración se detiene y se pierde todo el camino andado... Me cuesta mucho conseguir que cada uno comience a caminar por su cuenta, que perciban el método y lo lleven a su entorno con naturalidad, tomando sus propias decisiones y sin tener que depender más que de sí mismos, que sería lo ideal. 

Eso es mucho pedir, me parece. 
Con mi sola intención y con el trabajo mantenido en un tono medio/bajo, en unos pocos años se ha conseguido ayudar a más de 400 familias en distintos niveles: carritos, camas, sanidad dental, juguetes, formación, obras de restauración de cabañitas... Y ahora el agua potable, que multiplicará el número de beneficiados por mil si todo sale bien... Si eso puede lograrse con un esfuerzo personal medio/bajo y una sola persona, ¿qué no se podría hacer si otras personas imitasen el proyecto bajo su propia responsabilidad? 

Nada. Pero estás dando por sentado que existen más personas como tú. 
Por supuesto, todos tenemos esa capacidad de hacer más o menos oculta. Sólo hay que conseguir que asome. 

Antes me decías que sería bueno que cada hombre asimilase con serenidad su propia desaparición. ¿Cómo te gustaría a ti ser recordado cuando desaparezcas? 
Más que recordado, me gustaría haber sido entendido, pero eso está difícil.