Yo mismo

Quería un amor inmortal
y me encontré con la muerte
frente a frente. Y sin amor.

Demandaba un acto de fe
y me quedé sin fe y sin acción.
Sin una triste gota de nada.

Reivindicaba mi derecho
a ser yo mismo. Y ahora lo soy.
Soy yo mismo para nadie más.

Ella misma

Odiaba todo lo que la apartaba de mí,
pero lo único que la apartaba de mí,
ahora lo sé,
era ella misma.


«You're the only one with a knife»



With every sweet hello
there's a bitter good bye
With every happy song
there's the one to make you cry
With every traveled road
there's a curse that won't die
I know you're not the only one
You're the only one with a knife

Still you sing "here's one
here's one for the valley
here's one for your family"
there's never one for me
Still you sing "here's one
here's one for the tree
where your heart is buried"
there's never one for me
there's never one for me

The longing the alone
with a fall from a height
And now you've come and gone
must the whole of Europe die
We know that you inherit light
but for who does it shine
Oh 'cause now I've lost the right
to consider you mine

Still you sing "here's one
here's one for the valley
here's one for your family"
there's never one for me
and here I'm left to sing
oh you kissed so damn easy
did you show it just to tease me
the sweetest treachery
there's never one for me
there's never one for me.

Inventario de cosas que hacen daño

Se dejó olvidados:

–Un par de tijeras infantiles.
–Un albornoz deshilachado.
–Un arnés y dos juguetes para perro.
–Un pisapapeles con forma de zapato.
–Un costurero minúsculo lleno de hilos.
–Un poemario dedicado de Luis Felipe.
–Un disco doble de Luis Eduardo Aute.
–Un disco (rayado) de El Último de la Fila.
–Un disco (intacto) de El Fantasma de la Ópera.
–Una funda protectora de cartilla veterinaria.
–Un par de calcetines que me había prestado.
–Un mapa de la ciudad que iba a hacer suya.
–Dos felicitaciones por su 41 cumpleaños.
–Un manual de uso de su aspiradora.
–Una fiambrera llena de ambientadores.
–Una estrella de navidad de color rojo.
–Dos viejos llaveros con forma de estrella.
–Cinco años y medio de recuerdos.
–Tres gatas recogidas de la calle.
–Un hombre herido.

Nunca más

Ya podía estar muriéndome, le daba igual.
Me tenía reservada ya mi propia muerte.
Una mañana en el hospital, me dijo:
Nunca más te vuelvo a dejar solo.
Me dejó solo al mes siguiente.

Tienes las manos heladas

La cajera del centro comercial
se despidió de nosotros
diciendo hasta pronto
porque no sabía
que aquella iba a ser
nuestra última vez.

Volvimos al coche con la compra.
Llovía a mares, el día nos odiaba.
La llevé a casa y me despedí
de lo que quedaba de ella.
Me tocó las manos antes de irse.
Me dijo: Tienes las manos heladas.
Y lloró un poco. Pero yo ya
no me creía sus lágrimas.

Por la tarde la llamé para decirle
que la abogada nos recibiría el jueves.
Ella respondió con monosílabos,
me confesó que había bebido
y se había despertado
en el suelo del salón.
Pero yo ya no me creía
sus borracheras.

Serge Gainsbourg | Fuir le bonheur de peur qu’il ne se sauve

»Dis-moi que tu m’aimes encore si tu l’oses
j’aimerais que tu te trouves autre chose
de mieux

Hacía años que no leía un periódico, pero hoy he vuelto a hacerlo. He vuelto a leer uno, sin querer. Y de esta experiencia totalmente fortuita he obtenido una recompensa desproporcionada, una frase de Manuel Vicent que resume mi presente de un modo atroz. Dice: «Frente a cualquier futuro de terror, incluso la vida más vil es un regalo».

Es así. Una existencia en 14 palabras. La mía. Y, con ella, también la de Gainsbourg, de quien he venido a hablar, aunque me haya tomado la libertad de empezar hablando de mí mismo. Si me he permitido esta licencia ha sido sólo porque, hoy más que nunca, puedo entender como nadie el dolor de Serge cuando Jane lo abandonó.

Al igual que Birkin, mi mujer también se fue. Se ha ido. Hace una semana firmamos nuestro divorcio, el día de los enamorados. Volvió para recoger sus cosas y despedirse de mí para siempre, aunque en realidad ya lo había hecho hace mucho tiempo y ninguno de los dos se había dado cuenta. Creo que nunca podré perdonarla por eso.

Me habría gustado ser como Gainsbourg, como Lucien –el lado humano de Gainsbarre; no el hombre de la cabeza de col, no el monstruo fatal–,  el hombre real, derrotado, entrañable e incomprendido, el padre y esposo abandonado. Me habría gustado ser, como él, capaz de perdonar a mi ex mujer el agravio de haber dejado de amarme. Pero yo no soy Gainsbourg. Ni lo voy a ser.

En 1979, cuando Jane cogió a las niñas y se largó de casa, yo ni siquiera había nacido. Harta de las adicciones, la irresponsabilidad y la conducta autodestructiva de Serge, se fue a vivir a un hotel y lo dejó solo. Pero él, lejos de enfurecerse, comprendió que había hecho lo que debía hacer. Y se empeñó en sacarlas a las tres de aquel hotel en que se habían alojado y las hizo instalar en el Hilton de París. Para entonces, Jane ya estaba con Jacques Doillon, pero a Serge no le importó. Solía mandarle copas de champán con una nota: “Esto es para las vitaminas”.

A ojos de Birkin, la única venganza, pueril e irrisoria, de Gainsbourg fue permitir que Isabelle Adjani se pasase por su casa antes que ella a elegir temas para su álbum. Serge estaba escribiendo uno para cada una, pero, a medida que iba componiendo canciones, las llamaba a las dos. Primero a Isabelle, después a Jane. Cuando Jane llegaba a la que había sido su casa, Serge se sentaba al piano y le interpretaba, una por una, las canciones que había compuesto. Si Jane decía: “Ésta es bonita, Serge”, él siempre le respondía: “Lo siento, ésa es para Adjani”.

Pero eso era una tontería sin importancia. Su única venganza, su auténtica venganza, era su propio dolor. Un dolor sordo y constante que sólo él era capaz de sentir, porque jamás es el mismo el dolor del que se va que el del que se queda. El que se va se siente culpable pero libre, el que se queda se siente una mierda dependiente. Y Serge, que a pesar de todo era un viejo zorro, sabía que sólo había una forma posible de contagiárselo.

Las orquestaciones ya estaban grabadas. Unas semanas antes había ido a Inglaterra a supervisarlas personalmente. Ahora tocaba grabar las partes de Jane y, como era habitual, Serge llegaba tarde con las letras. Siempre las dejaba para el final. Alrededor de cualquier idea, del título que se le fuese ocurriendo para cada una, construía una historia en pocos minutos, horas. Se quedaba noches enteras componiendo, sin dormir, con la única compañía de sus inseparables Gitanes y algunos litros de café. A la mañana siguiente llegaba desencajado al estudio donde Jane debía grabar sus pistas de voz, con ojeras y aspecto desaliñado, y con unos papeles arrugados en la mano o en los bolsillos. Decía: «Aquí tenéis otras tres». Y se volvía a su hotel.

Jane lo explica mucho mejor que yo: «Una vez entró en el estudio y estampó sobre la mesa dos canciones que había escrito aquella noche, dos auténticas preciosidades, “Les dessous chics” y “Fuir le bonheur de peur qu’il ne se sauve”. Cuando me di cuenta de su significado y de lo que Serge decía en canciones como “Fuir le bonheur…”, me vi llorando en una punta de la cabina y a él llorando en la otra. (…) Entonces vi que lo que quería en el fondo era que yo cantara las letras inspiradas en su dolor y en la separación; lo que yo cantaba reflejaba su yo herido, su parte femenina, su cara B de Gainsbarre».

Aquel disco que Serge escribió para Jane, “Baby alone in Babylone”, fue disco de oro. También el de Adjani lo fue aquel año, pero Jane ganaría, además, el primer premio de L’Académie Charles Cros. Serge tuvo que ir a recogerlo en su nombre, con lágrimas en los ojos, y, probablemente, una honda satisfacción interior, y un dolor sordo y cada vez menos constante en su corazón canalla. La vida más vil le esperaba.

Su lado de la cama siempre llevará su nombre

Respetar su lado de la cama.
Besar la almohada donde dormía,
sentir el peso invisible de su cabeza de aire.
Atesorar las pocas cosas, insignificantes,
que se dejó olvidadas entre las mías
como si fuesen reliquias de alguna
guerra importante. 

Empezar a creer en la telepatía,
decirle cosas que ya nunca más podrá oír.
Enfadarme con ella, disculparme después,
hacerle preguntas, llorar, despertarse a las
tres de la mañana todos los días.

Recorrer con los dedos su ausencia,
la ausencia de todas sus cosas.
Culpar de todo a las alcayatas,
a las marcas que dejaron sus cuadros,
a su mesilla de noche, al color de las paredes.
Echar de menos los malos tiempos
que precedieron a este infierno
de soledad y silencio.

Y abrir el armario roto de par en par
y sentarse en la cama,
en su lado,
a observar sus perchas,
huérfanas de ella, de su ropa, de sus
ambientadores de canela y naranja,
raquíticas, inmóviles y desnudas,
colgando como esqueletos.

Carlos

A mi tío le quedaba una semana de vida y lo sabíamos. A juzgar por su estado, parecía que le quedasen horas solamente. Hacía meses que no podía caminar. Ya no podía valerse por sí mismo; tenían que desplazarlo de un lado a otro como si fuese una marioneta gigante. Tampoco podía hablar y, desde hacía un año, por culpa del avance inexorable de su enfermedad, vivía inmerso en una depresión muy profunda.

Lo único que le hacía feliz era jugar con una consola de videojuegos que mi tía había comprado para tenerlo distraído. Era también lo único que podía hacer. Sólo necesitaba una mano y sus dedos todavía respondían. Le distraía jugar al billar, sobre todo. Le hacía sentirse vivo. Se imaginaba jugando al billar de verdad, supongo. Moviéndose por la mesa, como si pudiese hacerlo, y eligiendo la fuerza de impacto de su palo imaginario, como si pudiese llegar a sostener un palo de billar de verdad con sus brazos enfermos.

La última vez que estuve con él me ofreció un mando y, con la mirada, me pidió que jugásemos una partida. Quería demostrarme que, a pesar de su estado, era mejor que yo. Que podía ganarme. Y yo acepté su desafío sabiendo que iba a darle esa satisfacción. Él no sabía que yo también tenía esa consola en casa y que el billar era mi juego favorito.

Empezó jugando él. Por el anquilosamiento de sus dedos su bola se iba siempre a donde no era y solía meter la blanca en lugar de cualquier otra. Yo trataba de sacarle importancia y, en mi jugada, cometía alguna torpeza similar, o fingía que el mando no me respondía, o que yo era simplemente malo jugando a aquella cosa.

Estuvimos jugando durante 15 minutos y sólo habíamos metido tres bolas. Dos él y una yo. Porque no contábamos las veces que metíamos la blanca, claro.

Mientras nos veía a nosotros mismos en el salón, nos imaginaba como en una película. Era una escena muy dramática. Yo sabía que era lo último que íbamos a hacer juntos y una tristeza inmensa me recorría el cuerpo, como una droga que se disuelve en la sangre, pero fingía una alegría desproporcionada, intentando que él no se diese cuenta.

A pesar de todo, se sentía feliz por haber sido capaz de meter una bola más que yo. Y ése era mi triunfo.

Pero entonces llegó ella, que no sabía nada. No sabía que yo me estaba dejando ganar, pero sí que él se estaba muriendo. Venía de la cocina, de hablar con mi tía y mi madre, y nos encontró jugando a aquello. Se llevó una alegría, porque su pasión eran los juegos y porque la consola que teníamos en casa, idéntica a la que tenían mis tíos en su salón, la había traído ella. Le encantaba aquella mierda.

–¡Oh, estáis jugando al billar!

Yo asentí sin mirarla. Y, aprovechando que era mi turno, volví a fallar y metí la bola blanca, otra vez, en otro agujero.

–¡Hala, cari! ¡Pero cómo fallas eso!

Y yo querría haberle dicho algo con la mirada, que ella supiera entender, para que comprendiese que sólo lo hacía por dar una última alegría al pobre Carlos.

Pero ella no aceptaba la compasión ni siquiera en casos extremos. Me dijo:

–Dame el mando, ya verás...

Le pregunté a mi tío si no le importaba jugar contra ella y él sonrió y asintió con la cabeza.

Perdió su turno y yo le di el mando a Esther.

En aquel turno metió todas las bolas. Una tras otra. Sin piedad. No sabía perder. No estaba programada para dejarse ganar por un discapacitado.

Yo no era capaz de mirar a mi tío. Un dolor inmenso hizo que desease romper a llorar allí mismo, de rabia, de tristeza, de indignación, por todo lo que le había pasado a Carlos, por lo injusta que había sido la vida con una persona tan buena, tan vital, tan cariñosa y alegre. Y también por lo que estaba pasando. Ella no entendía que aquella partida era un último homenaje. Que tenía que haber ganado él.

Su espíritu ganador le impidió entenderlo. Al acabar la partida, tres o cuatro minutos después de tomar el mando de la máquina, saltó de alegría y gritó: ¡OLEEEEE!

Dejó el mando en la mesita y se volvió a la cocina, con mi madre y mi tía.

Y nos dejó allí a los dos. Yo me quedé a su lado. Pude ver la decepción en su cara. Porque no era tan bueno como se creía y porque se dio cuenta de que yo me estaba dejando perder por pena.

Nos llamaron para comer y apagamos el aparato.

Murió a la semana siguiente. En abril hará cuatro años de eso. No dejo de pensar en él ni un solo día.

Por desgracia, tampoco en la última vez que estuvimos juntos.

Morir a los 28

Los árboles siempre
se quieren
tocar.

Morir a los 27

No consigo
recordar más
que mentiras.

Morir a los 26

Esta vez sí,
creía que lo iba
a conseguir.

Morir a los 25

Habría tenido gracia
morir de una forma
tan triste.

Morir a los 24

Sólo tú vivirás
siempre conmigo,
enfermedad.

Morir a los 23

Ni la traición
pudo conmigo.
No lo entiendo.

Morir a los 22

Echo de menos
la esperanza
de ser feliz.

Morir a los 21

Yo soy la cárcel y
yo soy la condena
y el juez y el reo.

Morir a los 20

Es imposible
ocultar nada
en esta casa.

Morir a los 19

Por donde paso
voy dejando un
rastro de sangre.

Recordaré esta vida como un mal sueño

En esta vieja casa donde ya no quiero entrar,
en esta casa vieja, encerraré a todos los fantasmas
de las personas que fuimos, que íbamos a ser,
que jamás supimos ser, que nunca más seremos
porque no tenemos ganas, ni tiempo, ni salud.

Los encerraré a todos bajo llave.

Me llevaré
conmigo
cuatro cosas.

Me las llevaré
conmigo
para siempre.

John Fante | El otoño es mejor que la primavera


John Thomas Fante no dejó un bonito cadáver. En lugar de eso, dejó uno minimalista, compacto; un cuerpo diminuto, sin piernas, sin vista, sin fuerzas. Y, aún así, le llevó su tiempo abandonar lo que quedaba de él. El suficiente para dictar una última novela a Joyce, su mujer. No sabemos por qué. Tal vez porque era un escritor de verdad. Y un escritor de verdad no sabe hacer otra cosa que no sea escribir  

1 

A lo mejor, morirse no está tan mal. 

Esto podría haber pensado cualquiera en la piel de Fante durante sus últimos años: un escritor maltratado en vida, un cabrón amargado, ninguneado por haber elegido el camino fácil; el de los estudios cinematográficos y la literatura barata de guión de producciones de serie B. Alcohólico, malcarado, despótico, maltratador. Despreciado y amado, a partes iguales, por una esposa y unos hijos que habrían de vivir bajo su sombra, incluso después de muerto. 

Un pobre resentido, ciego y huérfano de extremidades inferiores, del que Bukowski intentó apropiarse y alardear, igual que si fuese un juguete roto encontrado en la basura, y de quien quiso –y creyó– ser amigo. Pero la verdad es que Fante lo aborrecía con ganas. Aborrecía su éxito, aborrecía su personaje, y aborrecía, sobre todo, que Bukowski estuviese viviendo la vida que le correspondía haber vivido a él. Tampoco le gustaban demasiado las cosas que escribía, a excepción de sus poemas. Si hubiera conservado la vista y la salud, tal vez le hubiese dado una oportunidad a La senda del perdedor, aunque difícilmente podría haber cambiado su opinión sobre aquel cretino de Hank. Su prosa nunca le pareció lo bastante buena, ni su popularidad lo bastante justificable. 

Todo esto se lo llegaría a confesar veladamente el propio Fante a Ben Pleasants en la que habría de ser su penúltima conversación, en 1982, cuando la enfermedad hablaba más que la persona, así que tampoco sirve para hacerse una idea demasiado rigurosa de sus sentimientos hacia el hombre que consiguió, para su propia gloria personal pero también para la de Fante, rescatar del ostracismo el nombre de aquel viejo autor italoamericano que cambió el humo y la imprenta por el champán y los focos: el creador de Arturo Bandini, el primer esbozo, un poco tosco, de lo que sería Chinaski. Aquel pobre Fante, oxidado, olvidado y cargado de una ira atroz y necesaria contra un mundo que le resultaba implacable y hostil. Como su enfermedad.  

2 

Lo poco que quedaba de Fante terminó de consumirse en la Residencia Hollywood de San Fernando Valley, en Los Ángeles, hace algo más de treinta años, el 8 de mayo de 1983. Hacia el final de sus días se fue convirtiendo en un ser cada vez más melancólico y delirante. Un ejemplo: murió con la convicción de que un celador del centro intentaba cargárselo con un dardo envenenado. 

Esto lo sabemos porque ahora lo cuenta Ben Pleasants, quien, al contrario del resto del mundo –Bukowski incluido–, iba a visitarle a menudo. Hasta en seis ocasiones, como mínimo, durante su convalecencia. Le acompañaba su grabadora y, en alguna ocasión, también su pareja, Marlene Sinderman, que, como Fante, se estaba quedando ciega por culpa de la diabetes. Pleasants registraba todas sus visitas en cintas de audio, con el consentimiento del viejo. Aún hoy las conserva, a excepción de la última. La última era tan incoherente que lo más honesto que podía hacer era eliminarla. 

Y eso hizo. 

O eso dice.  

[Sigue leyendo]

Mi corazón no deja de latir donde no debe

Mi corazón no deja de latir donde no debe:
igual que una piedra, tirita dentro de mi oído.
Es alguien llamando a una puerta
que no pienso abrir.

Mi corazón respira ya fuera de mí.
Como un pez que aprendió a vivir
lejos del agua, no se cansa de salir a pasear.
Lo siento ahora en sitios donde jamás
lo había sentido. Lo siento bien.
Lo siento distraído. A veces
lo siento triste también.
Pero lo siento.

Años de perro

Ahora que sé
que voy a morirme,
ahora que mi cuerpo
se encarga de recordarme
que nada de lo que aquí pase
tendrá jamás la menor importancia,
ahora que, vete a saber por qué,
no consigo apartar la mirada
del cielo, no consigo vivir
sin apartarme.

Ahora que sé todo eso,
ahora que todo eso
se me ha hecho saber
tan burocráticamente,
ahora que sé lo que puedo
y no puedo conseguir.

Ahora
sé lo que quiero.

El cuestionario olvidado de Alberto Olmos



HUGO IZARRA (Vigo, 1980) es escritor y licenciado en Periodismo. Debutará con la novela “Prohibido tirar de la anilla” (Factotum, 2014). Ha escrito dos libros de poemas que pocos conocen y un libro de citas, a medias con Luis Felipe Comendador. En la actualidad, tiene piedras en la vesícula.

¿Fumador?  
Gracias. Buenos días para ti también. 

Primeras lecturas (infancia): 
Teleindiscreta, TBO y Super Pop. Luego me pasé a Mortadelo y Filemón. Y, de ahí, ya a Beckett, Faulkner y Joyce directamente. 

Uno de los libros de este año (uno nacional y otro extranjero): 
Nunca leo libros de este año. A menos que me paguen por hacerlo. En ese caso, sí lo hago. Pero nunca me suelen gustar. 

¿Alguna manía o autoimposición a la hora de escribir? 
No cometer más de cinco faltas de ortografía por página. No emplear demasiado la palabra palimpsesto.

Un mecanismo/una estrategia contra los bloqueos creativos: 
A mí me van muy bien el zumo de naranja y los lácteos, en general. Las lentejas también son mano de santo. 

Un deseo y una promesa.  
Deseo morirme en paz y prometo morirme.

Te inspira… 
La vecina del cuarto. En la oreja. Por las noches. 

Si hubiera un nexo, un eslabón que una tu obra hasta la fecha, ¿cuál sería? 
Intenso olor a caca fresca de perro. 

En tu caso, escribir es sinónimo de…/supone… 
Es sinónimo de vivir del cuento y supone pasar hambre.

Un escritor (o una novela/relato/ensayo/poemario) que te haya marcado profundamente. ¿En qué sentido?
Kurt Vonnegut (o Madre Noche/Madre Noche/Madre Noche/Madre Noche) en tres sentidos: vertical, horizontal y diagonal. 

Cuando enciendes la tele es para… 
Ver porno. 

Inventa un nombre para este “nuevos narradores españoles 1980-1989” (no tanto como vínculo literario –porque no existe una corriente- como cultural en un sentido más amplio). Te sientes la Generación…  
Espinete. Creo que “Generación Espinete” es donde mejor encajaría toda esta panda de gilipollas exhibicionistas, vacíos y sin vida. Los metería ahí a todos, sin excepción. No hay uno solo de estos tipos que salen hablando de sí mismos de los que no me gustaría poder decir: «Mira, por ahí va ese de la Generación Espinete». 

¿Cuántos libros tienes ahora mismo sobre la mesilla (empezados o pendientes)?  
Ninguno. Ya no tengo que presumir de libros en la mesilla. Estoy casado. 

Una librería, un bar y una cafetería. 
Y una mercería, un taller de coches y una funeraria. 

A la hora de escribir, ¿eres más nocturno o diurno? 
Soy saturno y taciturno. 

Aquello del “bookcrossing”… Juguemos. ¿Qué libro escogerías y dónde lo dejarías? 
Dejaría “El año en que me enamoré de todas”, de Use Lahoz, en los aseos de la Estación de Atocha, que nunca hay papel. 

¿Cuándo te dijiste (si es que lo has hecho) a ti mismo… “soy escritor” o “soy autor”?  
Me lo digo cada día. Es lo primero que hago al levantarme. Frente al espejo. Luego me acaricio y me digo a mí mismo que soy una mujer. Funciona. Cuando bebo me digo que soy un miserable y que no lo volveré a hacer, pero no funciona tan bien como lo otro.

En tu Madrid diario hay…  
Vivo en Vigo, Alberto. Aquí no hay nada. A ver si te vas a estar confundiendo de autor...

Una joya de tu biblioteca personal: 
Los cuentitos que escribía mi tío Carlos, a quien, por cierto, ninguno de vosotros conoce. 

Lo más “jodido” de ser un autor joven: 
Demasiado sexo. No te deja tiempo para casi nada. 

Como ciudadano madrileño, te alarma sobre todo: 
Que me consideren ciudadano madrileño sin serlo. Aunque más que alarmarme, me jode y me inquieta.

Tu cuenta en Twitter (o Facebook):  

Nos recomiendas seguir a…  
@sergibellver. Jajajaja, ¡NO! A nadie. Si necesitáis seguir a un gilipollas, seguidme a mí. 

Háblanos de ese puñado de sensaciones al ver publicado tu primer libro: 
Me cuesta muchísimo contabilizar las cosas por puñados, porque nunca sé cuándo se me va la cosa de las manos... 

¿Y en qué estás ahora? ¿Nos adelantas algo? 
Pues ahora mismo estoy en casa de mis padres. Os adelanto que luego me iré a mi casa.

Bohumil Hrabal | El viejo que daba de comer a las palomas

 
Dicen que lo último que vemos antes de morir es nuestra vida pasando veloz ante nuestros ojos, pero lo último que pudo ver Hrabal el 3 de febrero de 1997, durante los segundos que precedieron a su final, fueron las palomas y la acera nevada del hospital Bulovka de Praga, donde se fue a estrellar, medio desnudo, desde su quinta planta 


1

Aunque han pasado ya casi veinte años, las circunstancias de su muerte siguen sin estar muy claras. Las hipótesis se dividen entre los que creen que fue un simple accidente, que la mesa en la que se encaramaba para dar de comer a las palomas en la cornisa de su habitación cedió y lo dejó vendido ante la ley de la gravedad, y los que entienden que, a sus 82 años, habiendo escrito todo cuanto sentía que podía y debía haber escrito, enfermo y despojado durante más de una década de su amada Pipsi, Eliška Plevová, a quien vio morir envuelta en dolor y cáncer, sintió que su hora había llegado y decidió poner a la realidad a la altura de sus ficciones con ese punto final, ese final lírico y amargo, y, a su modo de entender la creación y todo lo demás, también necesario, a una vida puramente hrabaliana. La marca Hrabal definitiva.

Eran las dos y media de la tarde cuando se precipitó al vacío con sus mejores vaqueros azules y el torso desnudo, igual que un ángel de la tercera edad, desafiando al frío atroz del invierno praguense y al miedo más universal. En su caída libre, Hrabal, heredero natural de Jaroslav Hašek y antítesis de Milan Kundera, arrastró consigo al entrañable Hant’a de “Una soledad demasiado ruidosa”, se llevó también a Jan Díte, el inolvidable cretino reconvertido en hombre sabio de “Yo serví al rey de Inglaterra” y al Profesor irritantemente encantador de “Bodas en casa”, entre otros muchos, muchísimos personajes, extensiones de sí mismo y de los personajes que poblaron su vida –y más tarde sus historias– y sus propias anécdotas. 

Y es que toda la literatura de Hrabal, absolutamente toda, nació siempre de tres fuentes bien reconocibles: sus recuerdos, sus lecturas y su talento, innegable, a la hora de mezclar lo uno y lo otro, lo ficticio y lo real, y crear historias a partir de lo cotidiano. Su memoria prodigiosa, su sensibilidad y su capacidad narrativa hicieron el resto. Lo convirtieron en el mejor autor checo (y checoslovaco) de la Historia. Por encima de otros como Kafka, Klíma, Hašek, Havel o el propio Kundera. A veces, ser el mejor no significa ser el más reconocido. 

 

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Tenemos que hablar de Kurt



1

Anoche volví a soñar con Kilgore Trout. No había cambiado mucho desde la última vez que lo vi, pero estaba más inquieto que de costumbre.

Le pregunté qué le pasaba.

–Nada –dijo–. Es el viejo quien me preocupa.

«El viejo» es el apodo cariñoso con que Kilgore y yo solemos referirnos a Kurt Vonnegut Jr., el tipo de Indianápolis que nos presentó hace años.

–¿Qué le pasa ahora? –le pregunté.

–Se nos va. Se está apagando, igual que una vela.

No pude entender aquello. El viejo lleva casi siete años muerto. Uno no puede apagarse más que eso.

Kilgore intentó explicarme:

–¿Tú te acuerdas de "Las sirenas de Titán"?

–Vagamente –le dije–. Recuerdo que salía un perro llamado Kazak, y algo de unas margaritas del espacio… Era una novela de ciencia ficción. Le dieron el Hugo por ella. Nunca se me olvidaría, con ese nombre. Pero no me atrae mucho la ciencia ficción.

–¿Sólo recuerdas eso?

–Ahora mismo sí.

–Entonces es peor de lo que creía.

Cuando iba a preguntarle por qué, desapareció.


2

Otras veces, muchas menos, sueño con Kurt. Pero lo sueño joven, imberbe, con el pelo revuelto. Sale del matadero de Dresde donde, paradójicamente, salvó su vida. Tiene aún restos de escayola en la cabeza y sobre los hombros, escarcha en la nariz y en las cejas, y lleva un cuaderno en las manos, un cuaderno enorme. Lo abre para demostrarme que todas las hojas están en blanco. Siempre me dice:

–¿A qué estás esperando?

Aunque otras veces dice:

–¡Ni un punto y coma! ¡El punto y coma es un signo hermafrodita!

Y yo le doy la razón en todo, hasta en las preguntas. Le doy la razón todo el tiempo, como un tonto, porque su presencia me impone más que la de cualquier otro ser humano, vivo o muerto. Bastante más que la de Kilgore Trout, que es fruto de su imaginación y me visita a menudo.

Así que me despierto y lo primero que digo a mi mujer, antes incluso de darle los buenos días, es: «Ya no necesitamos el punto y coma».

Y nunca parece demasiado sorprendida.

La costumbre.
 
[...]
 

Cuéntaselo a ellos

Cuéntaselo a ellos,
a los periodistas muertos de asco,
mal pagados, cansados, dirigidos,
de redacciones inhóspitas y lejanas,
que cubren las páginas de sucesos,
que buscan erratas en la parrilla televisiva,
que se inventan los horóscopos,
que encuentran sus fuentes
en páginas de internet,
que procrastinan.

Explícales lo que hay,
no te dejes nada,
diles que te has quedado
sin trabajo hace mucho tiempo,
y que has estado pensando,
no sé, que tal vez, a lo mejor,
sería buena idea, quién sabe,
volver a picar notas de economía,
esperar teletipos hasta el cierre,
revisar, una por una,
las esquelas del día,
pagar por beber café de máquina,
volver a casa a la 1 de la madrugada,
como un autómata, gris y exhausto,
y distraerte la vida con todo eso,
con todo aquello, en realidad,
que ya probaste alguna vez,
ocuparte la vida, para olvidar
lo larga que es
la muy puta. 

A nadie le importa

A nadie
le importa
por qué estás mal;
ni siquiera les importa
saber si estás mal
o cómo estás,
    pero,
no te engañes,
    a ti
    tampoco
    te importa.
Lo que pasa
es que tienes
demasiado
tiempo libre
para preocuparte
por cosas
que a nadie
importan.

Pobre infeliz

Le diagnosticaron
cáncer
de algo que ya no recuerdo,
aunque era lo bastante grave
como para que no
se me olvidase.

Puede que de páncreas,
o tal vez fuese de pulmón,
pero me lo estoy inventando.
Algo fatal, en cualquier caso.

Le dijeron
con mucho tacto
que tenía los días contados,
pero no se molestó en contarlos:
para él, la muerte no se diferenciaba
tanto de aquello que llamaban vida.

Así que se
puso cómodo
y se sentó a esperarla,
¿qué otra cosa podía hacer
un tipo sin amigos?

Pero nunca llegó. Pasó de largo.
Ni siquiera la muerte lo quiso.
Ni siquiera ella, que jamás
se olvida de nadie,
se acordó de él.

Ahora y en la hora de nuestra muerte

Mirando más allá de los horribles edificios;
sorteando con la mirada sus horribles tejados y
a toda esa gente horrible que vive en su interior;
buscando un cielo azul en que poder extraviar
la mirada hasta encontrarse uno mismo
y comprender que la respuesta está
ahí, detrás de las cosas que nos
molestan, esperando por
nosotros, pecadores,
ahora y en la hora
de nuestra
muerte.

El aire fresco de la mañana

Respirar
el aire fresco de la mañana
y pensar que todo vuelve a empezar
una vez más,
que el mundo es otro lugar,
aunque siga siendo el mismo 
lugar de siempre
y sigan pasando las mismas cosas.

Respirar
el aire fresco de la mañana
–ya no hay niebla que caiga
como amenaza sobre esas cosas–
y olvidar que eres un día más viejo,
igual que el mundo,
y apartar la idea de la muerte
de tu cabeza
aunque sólo sea por unos instantes.

Respirar
el aire fresco de la mañana,
sentir envidia de los pájaros
y decirte: tengo que volver a escribir.
No sé por qué no estoy escribiendo
ahora, maldita sea.
Escribiré cualquier cosa,
aunque sea un poema
de mierda
como éste.

Parte

No digo
que no pueda
ser otra ridícula
coincidencia, pero,
desde que te has ido
no ha dejado de
llover ni un
solo día.

Y
  no 
     me
       gusta
         la lluvia.

Solœdad

No te hablo de cualquier tipo de soledad,
te hablo de la soledad más absoluta,
de la del hombre viudo y sin hijos
                               de 87 años
que habla con la televisión
que habla con la radio
que habla con los libros
pero vive en silencio
el resto del tiempo
en la cola del supermercado
en el asiento del autobús
en el pasillo del hospital
y llama a la compañía telefónica
                          de madrugada
para pedir que retiren su terminal
porque no espera llamada de nadie
ni le queda nadie a quien llamar

'The Only Living Boy In New York'

¿Será esto –al fin– la felicidad?

Un cielo brillante de color azul piscina
igual que un cuadro de David Hockney
–el sol en llamas, arriba en lo más alto–
atravesado por dos estelas blancas,
efímeras, como de algodón barato,
y yo, con mi diente roto,
mi estómago semilleno,
mi corazón tranquilo,
y Simon y Garfunkel
cantándome al oído:
'The Only Living Boy In New York'
'The Only Living Boy In New York'
como intentando encontrar
a toda esta soledad
que nunca busqué
su lado positivo,
su cosa alegre.

Ronda de noche


Lulu y yo bajamos
cuando salen las lombrices;
cuando las babosas y los caracoles
se atreven a atravesar, reptando,
la calle de lado a lado.

Así somos ella y yo,
igual que ellos, bichos huraños
que evitan a la gente y a los perros:
nuestra cuota de socialización
es francamente despreciable.

La luna ilumina nuestros pasos
–a veces es una luna redonda;
otras, afilada como un garfio–
y nos ayuda a caminar sin tropezarnos
ni pisar a los pobres caracoles
que emprenden su mudanza
como cada noche.

A veces se nos cruza algún gato
callejero, y nos quedamos muy quietos
y muy callados; le sonreímos los dos
para que vea que, a pesar de
la fama que nos precede, 
no somos nosotros
sus enemigos.

Todo lo que tienes es lo que no eres


Un día me iré,
me iré de verdad,
y no me llevaré nada.
Y todas estas cosas que amontono sin parar
se pudrirán sin remedio, acabarán en la basura,
y sólo servirán para que alguien se ría de mí
y de mi estúpida manía de coleccionar
cosas completamente inútiles,
aunque ya no esté.

La vida intensa de la Muerte

La Muerte se esconde en las casas vacías;
se cuela en su interior por debajo de las puertas,
después de limpiarse el barro de los pies
en el felpudo.

A la Muerte le gusta meterse en los armarios,
curiosearlo todo, probarse la ropa de los
que ya no están,
mirarse en los espejos, oler a naftalina,
guardarse en los bolsillos motas de polvo,
revolverse como un gato en los ceniceros,
hacer todas las cosas que, de una u otra forma,
le recuerdan a su pobre infancia.

Pero también hay cosas
que la Muerte no soporta:
los timbres y los teléfonos,
las cerraduras sensibles,
los vecinos ruidosos, los niños,
la luz del día, los bastones con
cabeza de pato, las marinas,
los abuelos centenarios,
los disfraces, las sonrisas, 
las familias numerosas.

La Muerte prefiere otras cosas:
el tacto brillante o rugoso de las fotos en papel,
las viejas cartas de amor abrasadas por el tiempo,
el olor de los licores añejos del mueble-bar,
las persianas cerradas de par en par,
la madera húmeda que se resquebraja a su paso,
el esqueleto marrón de lo que una vez fue flor,
las polillas, los ratones, los pececillos de plata,
los libros antiguos, salvo los de Círculo de Lectores
que son horribles como la vida de una lombriz,
o imaginar, también le gusta imaginar
viejos programas en blanco y negro en
los televisores que ya nadie
volverá a encender.

Sobrevivir

Sobreponerse al amor,
o a la ausencia de amor,
como quien supera
una enfermedad grave
de la que no espera salvarse,
pero se salva.

Salir al mundo otra vez,
del amor, del desamor,
con idéntico envoltorio;
con el mismo cuerpo,
las mismas manos,
el mismo ombligo,
la misma frente,
la misma boca,
pero la mirada
inocultablemente
de otro.

La mirada
inocultablemente
muerta.

Sobreponerse al amor,
o a la ausencia de ese amor,
al verdadero amor que sólo es una vez,
pero se muere, se muere, se marchita,
se muere y asesina
por dentro a quien lo mata.

Sobreponerse al amor
como quien supera
una enfermedad grave
de la que preferiría
no haberse salvado.

Todos mis amigos están muertos

En esta carrera
donde lo único que importa
                     es no perder,  
 yo he ido perdiéndolo todo             
                     alegremente.

Me he despegado del mundo
con la pericia del cosmonauta;
me he sentado a esperar su final
       llenando mis bolsillos con las
                                      manos.

Y aquí me quedaré,
                vigilante,
como el último dinosaurio
                sobre la Tierra
                    reclamando
         a destiempo
 su meteorito.


Todos los caballos tristes

Para Josetxo Lamy,
que hoy ha hecho huelga. 




Lo más cerca que he podido estar de ti,
Josetxo, lo llevo conmigo grabado a fuego.
Sé que, aunque no estés, nunca te irás del todo.
Seguirás viviendo en tus paredes, en el corazón
de los tuyos, en los ojos de Luis, en la sonrisa de Pipe,
en los suspiros de Concha, en la Sal y en la nieve,
en los caballos que rompen a correr con furia
para secar sus lágrimas de rabia
cuando alguien, como yo,
te nombra.

Manifiesto

Yo,
que siempre he sido un infiltrado,
un impostor, un paria, un cero a la izquierda,
un simulacro fallido de hombre libre, un traidor cutre,
un gordo obsceno, un apestado.

Que me crié entre católicos sin estar siquiera bautizado,
que renegué un millón de veces del dios al que rezaban,
que me agaché y guardé silencio y admití ser como ellos
aunque por dentro los odiase con todas mis fuerzas.

Que me fingí conservador por mantener un puesto de trabajo miserable,
hasta que me di cuenta de que la dignidad valía más que el miedo al hambre,
y entre los pobres que me quieren hago gala de un éxito que no me pertenece,
siempre que puedo, porque es más fácil mentir que decir lo que se siente.

Que, en vez de gritar y rebelarme, pagué con desdén a quien me dio desprecio,
que sobreviví huyendo del conflicto, de la responsabilidad, del compromiso,
que me hice el loco cuando hubo locas que decían amarme, aun sin amarlas,
que oculté mi enfermedad por temor a ser rechazado por los estúpidos.

Yo,
abanderado del fracaso, mentiroso, chantajista,
cobarde, rata inmunda, poeta infame, oportunista,
que no siempre confié en quien debí haber confiado,
que vendí barata mi integridad, porque era pobre y además imbécil,
y me estrellé contra muros que sólo existieron dentro de mi cabeza,
admito todos y cada uno de mis errores, uno por uno,
y no me arrepiento de ninguno, porque soy un necio.

Igual que un gato

Porque soy igual que un gato
ella me cuida igual que a un gato:

Me consiente. Me regaña.
Me acaricia la cabeza
cuando me porto bien.
Juega conmigo. Es paciente.
Me concede caprichos
que no merezco.
Llena la despensa.
Me lleva al médico.
Me regala, siempre,
mis buenas dosis
de independencia.
Me alimenta. Recoge mis
juguetes mientras yo duermo.
Se preocupa por mí cuando
me asomo a la ventana.
Limpia mi espacio.
Da sentido a mis días.
No me hace preguntas tontas,
ni me agobia, ni me molesta.
No pone a prueba mi paciencia.
Me deja dormir hasta tarde.
Me deja dormir a su lado.
Ella es la persona que
estaba buscando.

Porque soy igual que un gato,
vivo feliz, igual que un gato.

Ayer, anoche

Buscando la salida.
Intentando escribir un grito
sin perder la compostura
ni el aliento. Intentando
ser sincero hasta donde
la piedad consiente.

Sí, de eso se trata.

De responder cartas,
como en los años 90,
cuando recibía cartas.
Cerrar los sobres con
las dos manos. Mirar
el remite. Tocar las letras
por última vez, antes
de despedirse de
ellas para siempre.

Igual que ahora.

Y dejarlo todo escrito,
abandonarlo a su suerte
dentro de un buzón
que no entiende de
arrepentimientos:

«El mayor tesoro que me llevo
es todo lo que he perdido».

Hi-ho!

Para RODRI MARSHALL, 
amigo revelación 2001 y 2011

Bien. 

Olvidémonos por un instante del presente –que está para olvidarlo, francamente– y demos un salto en el tiempo. Uno grande y hermoso. Remontémonos al invierno, por decir algo, del año 2001. Podría ser noviembre perfectamente. Aunque también podría ser marzo, pero digamos, mejor, que era noviembre.

Viajemos hasta ese salón poco ventilado del primer piso del número 124 de la Avenida Príncipe de Asturias –hoy lugar de peregrinaje para nuestras hordas de seguidores– donde los hongos se confundían con los estudiantes como nunca hasta entonces lo habían hecho.

Uno de aquellos estudiantes era yo.

Otro de los que se pasaba por allí a menudo, después de las clases, era Rodrigo. Rodrigo tenía mucho mérito. Iba a la universidad todos los días, aunque venía de lejos, y asistía a las clases con ánimo constructivo. Esperaba aprender algo. Siendo, como ya era entonces, unos cuantos años mayor que yo, aquella voluntad suya no dejaba de sorprenderme. Siempre he admirado a las personas que escuchan.

En cuanto a mí, creo recordar que aún tenía pelo. Una calva incipiente comenzaba a asomar en mitad de mi coronilla, pero procuraba pensar en ello lo menos posible. Antes al contrario, me divertí mucho acelerando mi proceso alopécico con los tintes de los colores más aberrantes que encontraba en el Mercadona local. Se me viene un olor a la cabeza: amoníaco intenso. Y esa sensación pringosa de que veinte gaviotas se te hayan cagado en el pelo. Entrañable recuerdo, sí señor.

Como decía, Rodrigo se dejaba caer por casa con frecuencia. Supongo que le gustaba vernos. Nos ponía al día de las cosas que pasaban en el mundo, aunque no nos interesasen una mierda, y, cuando consideraba que ya había hecho suficiente por nosotros, se levantaba y decía “me voy”, y se iba. Algo que siempre nos pareció bastante lógico.

Un día apareció con un libro bajo el brazo. Normalmente no me fijaba en los libros que leía Rodrigo porque Rodrigo solía leer cosas demasiado interesantes como para interesarme, pero aquel libro era distinto.

–¿Qué libro es ese, Rodrigo?
–El desayuno de los campeones.
–Suena bien. ¿Qué tal está?
–Me está decepcionando un poco.
–Eso está bien. Me lo apunto.
–Pshé.

«El desayuno de los campeones», qué cabrón... Y lo decía como si tal cosa. Como si fuese un Murakami cualquiera. Un Saramago. Algo peor. Llevaba con él una puta joya, pero yo no lo sabía, aunque tuve el pálpito. No lo sabía, pero, un año después o el verano siguiente caí en una librería que pronto acabaría por morir. Una de las mejores de la ciudad, por cierto, que son casi siempre las primeras en desaparecer. Maxtor, se llamaba. Allí encontré uno de los últimos ejemplares vivos de «El desayuno de los campeones», también «Barbazul», y, aunque no tenía demasiado dinero, me lo gasté en aquellos dos libros, que eran más un presentimiento que una incógnita.

No me equivoqué. Aquel librito amarillo, «El desayuno», me acompañó sin tregua durante mis horas más amargas –que serían muchas entre 2003 y 2007– y, a pesar de todo, siempre era capaz de arrancarme sonrisas. Superé una enfermedad y dos traiciones, o más, envuelto en sus páginas. Llegué a quererle como a un padre. Como a la voz cercana de alguien querido. Muchas personas son incapaces de entender mi amor por algunos libros. Les molesta que los trate como si fuesen personas. O mejor que a las personas. Pero es así. Y, sinceramente, me importa poco que no lo entiendan.

Hace un mes o más, después de cometer la muy hostiable imprudencia de prestarlo, y aún a pesar de haber proferido las advertencias de rigor, supe que la última copia de «El desayuno de los campeones» (que Anagrama se niega a reeditar) había sufrido un terrible accidente acuático. (Como yo, nunca aprendió a nadar porque, en condiciones normales, nunca le habría hecho falta) Me derrumbé. Sonará estúpido, pero me vine abajo. Pude sentir cómo se moría una de las pocas cosas que me consoló y me hizo reir cuando peor estaba. Me sentí traidor por haberlo prestado como quien presta un mal disco, me sentí huérfano. No digo que ahora lo necesite como entonces, pero le debo muchas cosas a Vonnegut. Habrá mejores escritores que él, pero me cago en todos ellos. Yo hice mi elección.

Busqué el libro en librerías de segunda mano de toda España. Desde Pontevedra hasta Almería. Incluso, cosas del azar, llegué a descubrir que la valiente hija de puta que hace unos años me coló la mentira más grande y rastrera del mundo (hola, Sonia, loca de los cojones...) estaba buscándolo también en la misma librería de Barcelona. Ésa fue la nota grotesca. Pero ni siquiera la anécdota logró hacerme aparcar mi duelo. Estaba jodido. Aunque lo encontrase, ya no iba a ser lo mismo. No era “mi” libro.

El pasado fin de semana me reencontré con Rodrigo. Muy de vez en cuando, volvemos a vernos. Con más motivo ahora, que estamos metidos en lo de la revista. Va a ser padre pronto y, entre otras cosas, recordamos nuestras historietas de Madrid. Como el día en que, no sé si sobrio o no, le confesé con solemnidad que era mi amigo revelación del año 2001. O el día que, sin dar explicaciones, se pasó por casa a regalarme un libro de Óscar Hijuelos después de leerlo y pensar que podría gustarme.

Le expliqué mi incidente con «El desayuno», lo triste y jodido que estaba. Sabía bien que él podía entenderme, porque es de esos que, cuando leen, no abren los libros del todo para que no queden esas horribles estrías en el lomo. De los que, como yo, ordenan los libros por editoriales, autores, tamaños y colores, y los alinean todos a la misma altura. Quiere a los libros. Y yo le puedo entender, porque me pasa lo mismo.

Lo que Rodrigo no sabe es que yo descubrí a Kurt Vonnegut por su culpa. El autor que más me ha marcado, el que cambió por completo mi concepto de la literatura, de la escritura, el autor que me ayudó a superar mi empobrecedora adicción a Bukowski, me lo presentó él, con desgana, en el salón de casa, por pura casualidad.

Hoy por la tarde llamaron al telefonillo. Era un mensajero de SEUR. Me traía un paquete alargado, liviano, con remite de A Coruña. Firmé el recibí y lo abrí en el despacho. Era «El desayuno de los campeones». El mismo que, hace diez años ahora, se paseó delante de mis narices en aquel piso de Madrid. Intacto, resplandeciente. Con una minúscula huella de suciedad donde, el día que lo compró, venía la etiqueta con el precio. Insignificante, del tamaño de la uña de un meñique vulgar. Aquel libro. Aquel puto libro. Conmigo, aquí.

Emisión ininterrumpida

He puesto la silla frente a la ventana,
junto a la estufa y la cuna del gato.
La he apartado de la mesa. No tiene
sentido que se pase el día mirándome,
no tiene sentido que se pase el día
esperando por nadie.

Desde aquí puedo ver llover todos los días,
me relaja ver el agua resbalando por el tejado
de la iglesia como si fuese un tobogán.
Las gaviotas se detienen ahí y lloran fuerte,
desde lo alto, cuando hay tormenta.
Supongo que, como a mí, la lluvia
les recuerda un poco al mar.

Observo el tejado, distraído,
bebiendo el café de las cápsulas verdes,
el rico, el que me ha hecho adicto.
Nos estamos quedando sin café.

Observo el tejado y los ladrillos mojados
y me digo que tiene sentido sentarse aquí
a disfrutar de la programación de la tarde,
más sentido que desperdiciar horas en el salón,
por cómodo que sea el sofá, por grande que sea
la pantalla, si los programadores son incapaces
de mejorar esto.