Luis Felipe Comendador: «El hombre es el peor enemigo del hombre»


«El verdadero éxito consiste en tener ganas de hacer cada mañana, en hacer exactamente lo que me salga de los cojones sin estar pensando en que debo adaptarme a una forma establecida para poder medrar o simplemente para que suene mi nombre»

Hablar de Luis Felipe Comendador (Béjar, 1957) es hablar de uno de los poetas españoles contemporáneos más queridos y, al mismo tiempo, más desconocidos. Su obra, vastísima y sobresaliente, no ha llegado a oídos de tantos como debiera porque no se le han brindado los cauces necesarios, porque tampoco él ha querido buscarlos. Alérgico al sistema y a la bajeza, su relativo ostracismo es el peaje que ha de pagar cada día por ser fiel a sí mismo. Pero eso, cuenta, es lo de menos. Ahora que lamentarse se ha convertido en deporte nacional, este “individualista absorto y positivo” insiste en mantener en pie su sonrisa haciendo lo que quiere, como quiere y donde quiere, en el lugar donde nació, donde lleva viviendo toda su vida y donde, si nada lo impide, algún día tendrá que morir. 

¿Nunca has deseado salir de aquí, de este Béjar cada vez más sórdido?
Siempre, desde que me recuerdo, he estado sopesando huir de esta ciudad. Se hace asfixiante con frecuencia. Que nos conozcamos todos hasta lo indecente quita a mi vida y a mi expresión una privacidad que me ahoga en demasiadas ocasiones... Pero, consiguiendo que Béjar no termine siendo su gente y sí un espacio paradisíaco con calidad de isla sumergida, resulta imposible salir de esta ciudad y su entorno. Aquí encuentro verdadera soledad y silencio cuando los necesito, algo fundamental para un tipo que se distrae con el vuelo de una mosca, como yo.

¿Es eso lo que te retiene aquí, comodidad más que sentimentalismo? 
Me retiene el variadísimo decorado que conforman su cielo, su paisaje de profundos cambios estacionales y cierta cosa medieval en su estructura social que me hace encontrar siempre caminos paralelos en los que perderme, caminos irreales que son aquí pura realidad diaria. Su espacio abierto, la soledad, el silencio, su peculiaridad social y un absoluto conocimiento del medio –andaría este espacio a ciegas– consiguen que no desee salir jamás de esta ciudad estrecha y casi deshabitada.

Pero eres consciente de que, de haber salido de aquí, las cosas habrían sido muy distintas... 
A veces he valorado intentos de cambiar de espacio para entrar en el mundo de las oportunidades creativas, pero la balanza siempre me indica con firmeza que debo seguir aquí. Y aquí seguiré hasta conseguir ser parte del humus local. Béjar me importa más que un statu, del tipo que sea. 

Algo que has demostrado no sólo quedándote, sino trayendo aquí lo más granado de la poesía... 
En ese aspecto siempre he buscado mi suerte, y esa suerte ha consistido fundamentalmente en que los buenos poetas que he conocido han empezado siendo buenos amigos antes que poetas admirados, amigos dispuestos a viajar hasta aquí para compartir unos días de poesía y conversación... Y eso me colma. Aún recuerdo las maravillosas horas bejaranas pasadas con Ángel González y Susana Rivera, Pepe Hierro, José Luis Morante, Antonio Gamoneda, Jesús Hilario Tundidor, Luis Alberto de Cuenca, Ángel García López, Jesús Urceloy, Fernando Beltrán, Herme G. Donis... Y también con amigos enormes que llegaron a Béjar cuando aún no tenían su primer libro: Abraham Gragera, Andrés Neuman, David Torres, Felipe R. Navarro, Manuel Moya... o tú mismo, entre otros muchos que han dejado en mi ciudad su impronta creativa sólo por amistad.

A Abraham Gragera, como a tantos otros, lo descubrí gracias a ti. 
Abraham es el mejor poeta contemporáneo que he leído... Precisamente estos días acaba de sacar nuevo libro en Pre-textos, una delicia absolutamente recomendable titulada “El tiempo menos solo”. 

¿Crees que algún día se hará justicia a tu obra? Y digo justicia de verdad. 
Cuando has decidido por voluntad propia vivir y crear en la periferia, es difícil que el trabajo prospere –en términos de reconocimiento–. El verdadero éxito consiste en tener ganas de hacer cada mañana, en hacer exactamente lo que me salga de los cojones sin estar pensando en que debo adaptarme a una forma establecida para poder medrar o simplemente para que suene mi nombre... El verdadero éxito personal consiste primero en no ser nunca de los otros, sino de mí mismo. Y esa justicia de la que tú hablas pertenece a los otros e implica subordinaciones, palabras falsamente pulidas, alguna que otra humillación y, lo peor de todo, tener que dejar de ser yo mismo. Considero que lo que tengo es más de lo que merezco, porque hay muchos creadores que, con más valor, tienen mucho menos que yo. Como estoy, me siento satisfecho. 

¿Dirías de ti que eres un tipo con suerte? 
Sí, absolutamente. Sé que mi suerte soy yo y me utilizo con verdadero placer y hasta con derroche. Mi suerte es que sopeso constantemente la posibilidad y que tengo cierta voluntad para seguir adelante en su juego. Mi suerte es que casi sé hacia dónde deseo ir e intento avanzar pasos cada día hacia ese lugar. Mi suerte es que ya sé que no me importa nada el medio si no es capaz de ofrecerme horizontes hacia los que echar unas brazadas. Y mi Suerte, mi Gran Suerte, la que se puede escribir con mayúsculas, son mis amigos verdaderos, los capaces de hacer de mí –un individualista absorto– un ser social en positivo capaz de crecer interiormente... Ellos hacen mi mierda muy digerible. 

Me llama la atención que te sigas considerando individualista, conociendo tus antecedentes: la labor que desarrollas al frente de SBQ Solidario, por ejemplo. ¿Dónde está ahí el individualismo, más allá de lo solo que te puedas sentir en muchos momentos? 
Durante bastantes años he trabajado sobre una idea de individualismo que no tiene que ver nada con el de sesgo neoliberal, y lo he racionalizado hasta hartarme –mi diario está plagado de entradas en busca de una nueva definición del individualismo positivo, en el que me autoubico con verdadero fervor–. Jamás he sabido llevar bien mi ‘yo’ social y estoy convencido de que no puedo trabajar en grupo de forma alguna, pero sí puedo aportar a lo social algunas cosas desde mi postura individual.

Mi necesidad de comportarme socialmente con fidelidad a mi pensamiento me llevó a crear una ONG unipersonal capaz de ofrecerme soluciones que no encontraba trabajando con otras personas y repartiendo responsabilidades que siempre hacían que se diluyese el esfuerzo. SBQ tiene más de curioso egoísmo que de otra cosa. Es un poco la praxis de ese individualismo positivo que busco. Hago lo que quiero y como quiero, y eso produce un beneficio al otro a la vez que me procura un beneficio a mí mismo, me hace sentir colmado y útil.
 


¿Y qué es lo que te jode en esta vida?
No sé por qué, pero lo que más me molesta es la ingratitud... Aunque lo que realmente me jode es la desigualdad y la mala organización del mundo del hombre al respecto. Me jode porque estoy seguro de lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo para que todos podamos tener una vida digna... Y es fácil, pero estamos empeñados en que no sea así. El hombre es el peor enemigo del hombre... No deja de ser una situación de ingratitud del hombre con su especie. Sí, me jode que el mundo del hombre sea una puñetera mierda gracias al hombre. 

¿Qué habría que hacer, según tú, para que el hombre dejase de ser un hombre para el hombre? 
Es cuestión de montar bien la educación de nuestros jóvenes, centrándola en crear una consciencia natural de la muerte y potenciando como troncal la preocupación por el otro y la denigración total del acaparamiento... Es tan sencillo como eso, que cada hombre sepa con tranquilidad que va a desaparecer, que le preocupe que su cercano no viva en buenas condiciones y le ayude a recuperarse con dignidad y que nadie tenga más de lo que se necesita en una vida. 

Me parece a mí que tienes demasiada fe en el hombre... 
No me queda otra. Si quiero vivir –y quiero vivir–, he de convivir; y, si he de convivir, tengo que mantener firme mi idea de que otro hombre es posible (esa posibilidad de la que antes hablaba). Sin esa idea latiendo no soy nada y, por tanto, lo más lógico sería que me autoeliminase... Así que persevero, no sólo en la cabeza y en el plano de las ideas, sino que intento acciones pequeñitas que son capaces de hacer asomar la luz de que otro hombre es posible. De esos intentos crecen personas a mi alrededor que entienden de forma algo transversal lo que intento y se van sumando, aunque hasta ahora compruebo que su acción no adquiere el valor de un continuo, lo que me obliga a insistir constantemente. Yo creo que si al personal le das algunos mimbres e insistes, al final se puede ir consiguiendo el cambio. 

Eres un optimista irredento. Háblame de alguna de esas pequeñas acciones reales. 
Las acciones más gráficas están relacionadas con mi ONG unipersonal, SBQ, en la que intento solucionarios que exigen muy poco esfuerzo de quien colabora si lo comparas con el beneficio que se obtiene. Me he dado cuenta de que el personal necesita siempre una recompensa a su esfuerzo de intención, sea pequeño o grande, y siempre busco que esa recompensa llegue de alguna forma tangible. Tenemos el ejemplo más claro en el proyecto de los carritos polleros, que tienen un coste ridículo comparado con su función de sacar a una familia de la pobreza extrema, algo que se consigue al primer mes de uso, por lo general. 

¿Y cómo se consigue? 
Primero intento que el personal se desprenda de sus cosas sobrantes –no que aporte dinero tangible– y lo hace con gusto. Me dan libros de segunda mano y multitud de objetos en buen estado, incluso hay artistas que me ceden obra... Yo lo monetarizo en cantidades irrisorias, vendo esos objetos a uno o dos euros y, con lo que obtengo, hago el carrito pollero y se lo entrego a una familia que lo necesita... En ese carrito destaco a alguna de las personas que han mostrado una reacción positiva, lo que hace que esas personas suban un poquito la intensidad de su implicación.

No será nada fácil lograr que la gente se implique, con la que está cayendo.
Si yo mantengo mi trabajo en el tiempo y procuro el contacto constante, esas personas mantienen su función colaborativa, pero, si yo decaigo, la colaboración se detiene y se pierde todo el camino andado... Me cuesta mucho conseguir que cada uno comience a caminar por su cuenta, que perciban el método y lo lleven a su entorno con naturalidad, tomando sus propias decisiones y sin tener que depender más que de sí mismos, que sería lo ideal. 

Eso es mucho pedir, me parece. 
Con mi sola intención y con el trabajo mantenido en un tono medio/bajo, en unos pocos años se ha conseguido ayudar a más de 400 familias en distintos niveles: carritos, camas, sanidad dental, juguetes, formación, obras de restauración de cabañitas... Y ahora el agua potable, que multiplicará el número de beneficiados por mil si todo sale bien... Si eso puede lograrse con un esfuerzo personal medio/bajo y una sola persona, ¿qué no se podría hacer si otras personas imitasen el proyecto bajo su propia responsabilidad? 

Nada. Pero estás dando por sentado que existen más personas como tú. 
Por supuesto, todos tenemos esa capacidad de hacer más o menos oculta. Sólo hay que conseguir que asome. 

Antes me decías que sería bueno que cada hombre asimilase con serenidad su propia desaparición. ¿Cómo te gustaría a ti ser recordado cuando desaparezcas? 
Más que recordado, me gustaría haber sido entendido, pero eso está difícil.

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