lunes 31 de diciembre de 2007

Tanizaki's Fenice



Anónimos jueces
del tiempo suspendidos
contemplan en silencio
el final de esta función
del payaso envilecido
que agoniza devorado
por los tigres
del recuerdo.

Derrotado figurante
de fatídicas tragedias
poco o nada contenidas,
que sobreactuó, sin duda,
interpretando un papel
tan secundario
en la obra
de su vida.

Sobre escenarios perdidos,
abismados en memorias,
supo alcanzar su derrota
y almacenar su tristeza.

Ante un público de aire,
en mil auditorios vacíos,
representó su muerte.

Fue Tanizaki en Fenice,
arrasado por el fuego
del verano de Venecia,
tragedia griega y olvido.

Y ruinas enfermas
y páramos yermos,
mal epílogo haiku
de su último viaje.

El trágico histriónico
japonés torpe y malherido
tantas veces olvidado,
se maquilla esta luna
de agosto encanalado
una sonrisa ridícula
para ejecutar su
último acto.

Tanizaki
se consume
lentamente.

Fenice
arderá
con él.





* * *

domingo 30 de diciembre de 2007

Sicilian Fair Play



Todo el mundo se sorprendió cuando Cédric Dadalian, mediapunta armenio del Rosenthal City, anunció en La Gazetta dello Sport su inminente fichaje por el Nuova Sicilia, un modesto equipo de la serie B que ocupaba el penúltimo puesto de la tabla.

Tres días antes de conocerse la noticia, Wolfgang Leichtmetallräder, el portero internacional más laureado de la historia, comunicaba en una escueta rueda de prensa que abandonaba el que había sido su club durante las diez últimas campañas, el Unabomber de Berlín. Su destino era Sicilia también.

Esto sucedió dos semanas después de que Eric LeSabre, el joven talento del Charleroi, apareciese asesinado junto a su padre en su mansión del sur de Valonia. Y sólo un mes después de la extraña desaparición de Julien Desandrouin, extremo izquierdo del Lyon.

A las asombrosas incorporaciones de Dadalian y Leichtmetallräder sucedieron las no menos insólitas de Antonino La Verghetta, capitán del Cartago Wonders, y de Malky McMurray, delantero centro del Highlands Pride.

Era así: Desde que el magnate de las telecomunicaciones Dalmiro Bonifacino aterrizó en el club a mitad de temporada, los sicilianos no habían dejado de incorporar futbolistas de renombre a su plantilla. El propio presidente solía viajar —siempre acompañado de su brazo derecho, el abogado Giuliano Dalmaso— para negociar personalmente las condiciones de cada contratación.

Markus Baumann, central del Dinamo Westfalia y Gareth Gardner, lateral derecho del Birmingham Sparks, se sumaron al incesante goteo de celebridades que salpicaba a la isla. Ambos coincidieron en el aeropuerto de Falcone-Borsellino, en Palermo, donde Dalmaso les esperaba para llevarles hasta la concentración del equipo en Punta Raisi.

Las seis incorporaciones del club debutaron el tercer día de febrero, en la jornada 21 del campeonato. El equipo de Ragusa se medía al Catania en el Angelo Massimino. La prensa gráfica de medio mundo se congregó en torno a las estrellas del Nuova Sicilia, que saltaron al campo con semblante abiertamente oscuro. Bonifacino, artífice del milagro, sonreía en el palco, mordiendo su puro. No fue un buen presagio su sonrisa: El duelo regional que enfrentaba a David y Goliat acabó saldándose con un decepcionante empate a tres goles.

Fue aquel el último partido que no ganaron. Desde la jornada 22 hasta la 37, el equipo que entrenaba Zoltan Mirkovic, resolvió con contundencia cada partido: 48 puntos en 16 encuentros y un promedio favorable de 67 tantos, lo que hizo que llegasen a la última fecha a sólo un punto del tercer clasificado, el Bergomi: Su pasaporte a la serie A.

El calendario quiso que el Nuova Sicilia se jugase el ascenso en su casa contra el Stella Azzurra —un rival que llegaba matemáticamente descendido— y que el Bergomi lo hiciese fuera, contra el Ascoli. Bonifacino llamó a Luca Cesaretti, portero del Bergomi y su equipo, como cabía esperar, cayó por un rotundo 3-0. También telefoneó a Cesare Pellacchia, entrenador del Stella Azzurra, pero, incomprensiblemente, el Stella Azzurra no se dejó ganar. Plantó cara durante todo el encuentro y empató, en el tiempo de descuento, un partido que iba perdiendo por dos a uno.

Los jugadores del Stella Azzurra jamás llegaron al aeropuerto de Fontanarossa. Su autocar se salió de la carretera, precipitándose por el acantilado de Villa Igiea. Y nada más se supo de Leichtmetallräder, La Verghetta, McMurray, Baumann, Gardner y Dadalian.


sábado 29 de diciembre de 2007

Hospital de día



Aquí es donde venimos
a beber la vida por gotero.

Aquí, donde viejos nonagenarios
alzan el puño, buscándose las venas;
aferrándose, como liendres, al
último resquicio de existencia.

Aquí, donde mujeres con peluca
absorben infusiones contra el cáncer:

A mi izquierda, melanoma.
A mi derecha, carcinoma.

En mi cabeza,
instintivamente,
el Adagio de Albinoni.

Zuecos de plástico verde
se arrastran por las baldosas:
Las enfermeras nos observan,
compasivas y saludables,
desde el mostrador.

Es lunes.
Pronto serán las once.

Aquí es donde,
lenta y silenciosamente,
bailan los días.

Aquí,
donde la muerte
se desliza solícita
bajo nuestras suelas.





* * *

viernes 28 de diciembre de 2007

Cavar un hoyo


A Lovecraft, porque sí.

Entre el portal de mi edificio y mi garaje hay unos cien metros. Cien metros y un parque donde nunca hay niños. Un parque con columpios donde yo llegué a jugar alguna vez, hace muchos años, cuando era niño. Cuando había niños.

Hay bancos de piedra alrededor, bajo los olmos, al abrigo de los bloques de viviendas de cinco alturas. Junto a ellos, crecen ortigas y viboreras.

Siempre atravieso el parque por el mismo lado. Bordeando, invariablemente, el semicírculo de verdín que rodea a los columpios. Sorteando las piedras de memoria, sin apenas mirar al suelo. Sin reparar en la calma que mece a los balancines.

Pero no el martes. El martes, las obras me obligaron a cruzar el parque por donde no acostumbro. Allí lo encontré: Era un gorrión de días, del tamaño de un mendrugo de pan. Piando desesperadamente. Pidiendo auxilio. El viento lo había arrastrado hasta allí desde algún nido.

No encontré rastro de sus padres. Me agaché con cuidado y lo recogí del suelo. Se acurrucó en mi mano sin ofrecer resistencia, me miró a los ojos y se calló. Seguí andando, con su pequeño corazón latiendo contra el mío, hasta llegar a casa.

Desde niño, siempre he querido ser un héroe. Aquel mochuelo diminuto me estaba brindando una oportunidad inmejorable para serlo. Le preparé una cama en la terraza y me informé sobre cómo cuidar a una cría de gorrión. No quiso comer, estaba cansado. Se quedó dormido y decidí no molestarle.

Al día siguiente hacía sol. Volvimos al parque, pero se negó a volar. Comenzaba a caerse hacia delante, como si no pudiese soportar el peso de su cabeza. Regresamos a casa y le di de beber por una jeringuilla. Sorbía cada gota de agua con el ansía de un bebé, pero seguía sin comer. Lo intenté de todas las formas posibles. No fue suficiente. Una hora después, se murió en mis manos, mirándome a los ojos.

Improvisé un féretro para él. Una cajita de cartón de su tamaño. Y bajé al parque a enterrarlo. Busqué el lugar exacto donde lo encontré y, con una pequeña pala, comencé a cavar un hoyo en la tierra. Siempre he odiado el olor a muerte que despide la tierra removida.

Un niño con cara de viejo, el único niño, se acercó a mí y se quedó mirándome.

—¿Estás buscando lombrices? —se interesó.

—No —le respondí—, estoy enterrando a mi gorrión.

—Yo tengo lombrices.

No le contesté. Seguí escarbando sin levantar la vista y el niño se fue.

Cuando consideré que el hoyo era lo suficientemente profundo, deposité la caja en su interior y la cubrí con tierra. Dos gorriones adultos se posaron en silencio en el travesaño del columpio y me observaron. Sin poder contener las lágrimas, les pedí perdón y me despedí de mi amigo. Me incorporé sobre mis rodillas y los pájaros levantaron vuelo. Desaparecieron de allí para siempre.

Volví solo a casa. El viento agitaba las ortigas.

jueves 27 de diciembre de 2007

«This is this easy disease»




El acantilado no daba al mar, sino a una escombrera llena de penes y jeringuillas.

Klaus fue el primero en caer. Se asomó de cuerpo entero al precipicio y apoyó los dos pies en el aire. Su alarido de terror fue su canto de cisne. “Auf Wiedersehen, auf Wiedersehen”. Y, al tercer día, era ceniza.

Los apóstoles, como cabe imaginar, no tardaron en seguirle:

Primero fue Michel, el filósofo. Más tarde llegó Rock, el actor. Michel se lanzó de cabeza. Rock saludó a cámara antes de saltar.

Liberace fue el siguiente. Llegó del brazo de John H. “He cambiado mi colección de pianos por el órgano más grande”, gritó intentando ser gracioso, aunque nadie escuchaba ya sus bromas. John se limitó a encogerse de brazos y a decir: “Pues bueno”.

Keith tardó algo más, es cierto, pero cumplió su promesa, como todos. “Tenía que acabarlo, —decía—, no me podía venir sin acabarlo”. Había restos de pintura roja bajo sus uñas. Muy apropiado, pensó.

Reinaldo llegó con una bolsa plástica en la cabeza, recitando versos. Unos propios, otros robados. Llevando los puños al pecho, preguntó: “Decidme, ¿dónde está el mar?”.

“Yo te diré donde está el mar —respondió Brad, que caía con él, lenta y pesadamente, al mismo abismo—: El mar ha quedado atrás”.

Freddie, después de desenrollar la alfombra roja sobre el suelo de grava, se dispuso a lanzarse desde el trampolín dorado. Mientras tomaba impulso, gritó al patio de butacas: “¡Puedo volar, puedo volar! ¡Mirad cómo se hace!”. Pero no era verdad; pronto lo supo.

Isaac no podía entenderlo. “Yo no tendría que estar aquí”, se repetía. “Yo no tendría”, se dijo, sin dejar de caminar hacia el vacío.

Los hubo, como Anthony, que negaron su culpa hasta el último estertor. “¡Castigad a esos enfermos! ¡Castigadlos a ellos, pero no a mí!”, dijo, señalando en todas direcciones menos en la suya propia. Denholm también fue una isla libre de culpa a sus enfermos ojos.

El último en llegar fue Rudolf. De todos, fue el único que oyó aplausos.

Se sentaron alrededor de la mesa roja de formica. Los que supieron rezar, rezaron. Los que tenían hambre, empezaron a comer sin esperar.

“Tomad y bebed —dijo Klaus— porque esto es lo que hay”.




* Klaus Nomi, Michel Foucault, Rock Hudson, Liberace, John Holmes, Keith Haring, Reinaldo Arenas, Brad Davis, Freddie Mercury, Isaac Asimov, Anthony Perkins, Denholm Elliott y Rudolf Nureyev perdieron la vida, víctimas del SIDA, entre 1983 y 1993.

martes 25 de diciembre de 2007

Pequeño prodigio ambulante



Sam
era un
pequeño
prodigio
ambulante.

De esos que,
en la vida real,
apenas sí se
manifiestan.

Tenía
algún talento,
decían los pocos
que lo conocieron.
Algún extraño e
incomprensible
talento.

En la calle,
el pobre Sam
el talentoso,
sólo inspiraba
cierta compasión
muy razonable.

Era un
prodigio
discreto.





* * *

lunes 24 de diciembre de 2007

La última noche



La última noche
la pasó escribiendo
y escuchando a
Serge Gainsbourg.

Incluso entonces,
persistía vanamente
en su cabeza
la romántica ilusión
de la conquista.

Escribió algunas
cartas de amor
desordenado
en servilletas de
papel reutilizadas.

Las introdujo
en sobres que
dejó en blanco,
vencidos sobre
el escritorio.

Se deshizo de su
colección de libros:
Los quemó en el jardín
para que nadie pudiese
tirarlos después
o malinterpretarlos.

Abrió los armarios
para ventilarlos
y dio de comer
jamón york
al gato.

Cerró
los ojos
y se hizo
la mejor
paja de
su vida:

Sólo pensaba
en viajar sin
equipaje.





* * *

domingo 23 de diciembre de 2007

Cathcart, el Magnífico



Yo, que conocí a Cathcart personalmente, les puedo asegurar que no fue ni la mitad de magnífico de lo que apuntan las crónicas. Cathcart fue un impostor de principio a fin, un embauque. Ahora que el destino se ha encargado de hacer justicia, me dispongo a desmontar, por propio derecho, su infame impostura.

Para empezar, ni siquiera se llamaba Cathcart. Su nombre real era Ricardo Ponce y era guatemalteco. Nos conocimos en el penal de Folsom en 1976. Ambos cumplíamos condena por asuntos que ahora no vienen al caso. En descargo de la verdad, debo decir que ninguno de los dos cayó en aquel agujero inmerecidamente.

Fue en la celda 212 de la prisión estatal de Folsom, como iba diciendo, donde Ricardo Ponce conoció de mis labios la historia del auténtico Cathcart; el único Cathcart para mí: Mi abuelo, Mark Cartwright Jr.

Hay individuos que nacen con un don; mi abuelo Mark era uno de ellos. Nadie podría haberlo imaginado, salvo su madre, cuando nació de forma prematura en 1887, víctima de una malformación congénita, convertido en un pequeño monstruo sin piernas. Su padre, que intentó sacrificarlo nada más conocer la noticia, nunca acabó de aceptar aquel castigo de la naturaleza. Alcoholizado, murió en 1888. Su viuda, Catherine, le sobrevivió siete años. En su lecho de muerte, explicó a su único hijo:

— Sabes que siempre has sido especial, ¿verdad?

— No, madre, no lo sé.

— Yo sí lo sé, pequeño... Tienes algo que nadie tendrá jamás: Un don que muchos desearían para sí. Y ése es un don que nadie te podrá arrebatar.

— ¿Y qué don es ése, madre?

Catherine Cartwright no tuvo tiempo de responder. La muerte fue más rápida. Pero el pequeño Mark, que creció, a pesar de todo, a su manera, nunca dejó de dar vueltas a aquellas últimas palabras. Descubrió, siendo ya adulto, que era dueño de cierta clarividencia. Descubrió, también, que podía sanar a otras personas. Comprendió, entonces, lo que su madre intentaba decirle. Como homenaje, sincopó su nombre y se llamó Cathcart. Con los años, con las milagrosas curaciones, llegaría a ser El Gran Cathcart.

Esta historia era mi único patrimonio. Ésta es la historia que Ricardo Ponce hizo suya.

Durante los dos años y medio en que fuimos compañeros de celda, mostró siempre una perenne indolencia cuando yo, inocentemente, compartía con él estas anécdotas. Una vez cumplida su condena, abandonó la cárcel en 1979. No volví a saber nada más de él hasta mi salida, en marzo de 1981.

El anuncio llegó volando hasta mis pies a bordo de una hoja de periódico que empujó el viento de Foothill Farms. Sobre la foto del mismo Ricardo Ponce que conocí en Folsom, ahora ostensiblemente más gordo que entonces, rezaba la siguiente leyenda: «Cathcart el Magnífico curará sus males: Sanación masiva el domingo 11 de marzo en Del Paso Park».

Mi abuelo Mark murió el 11 de marzo de 1931, en su rancho de El Paso, en Texas, a manos de un loco que acababa de fugarse de la cárcel del condado.

Fue sólo una casualidad que Cathcart el Magnífico muriese de la misma forma y el mismo día que El Gran Cathcart, cincuenta años después.

Ha sido sólo una casualidad que yo haya vuelto aquí, a la misma celda de Folsom, a la 212, donde le conocí, donde le presenté al auténtico Cathcart, cincuenta días después.

sábado 22 de diciembre de 2007

La promesse




Las piernas
separadas,
la razón
contrita.

El amor,
al compás
de las gotas
que se estrellan.

La música
de una promesa
que es la carne.




* * *

viernes 21 de diciembre de 2007

La ciudad y las hormigas



Cada mañana tomaba el metro en la estación de Juramento para cruzar la ciudad por debajo de sus faldas, atravesando sus entrañas, hasta llegar a General Urquiza y retomar el contacto, nuevamente, con la superficie alumbrada de Buenos Aires y su realidad resonante y estrepitosa.

Sebastián se sumergía en el subsuelo diariamente de buen grado, pues, como él mismo decía, prefería cien veces la tranquilidad vigilada y relativa de Bajos Aires que la agitación crispante de motores, voces y bocinas de la ciudad abierta.

(No se ha dicho, pero Sebastián llamaba ‘Bajos Aires’ al subterráneo de Buenos Aires)

A Sebastián le divertía soñar, mientras viajaba por Bajos Aires, que aquellas galerías subterráneas, atestadas de prisas y sudores, formaban parte de un gigantesco terrario experimental de hormigas humanas. Y se reía a carcajadas cuando se imaginaba con grandes antenas y cabeza de himenóptero a cuantos se cruzaban en su camino.

Sólo dejaba de reírse cuando algún cuello intrépido intentaba robarle el titular de la mañana. Pocas cosas incomodaban más a Sebastián que las intrusiones en su lectura de desconocidos oliscadores y arrimadizos. Por esa razón, se veía obligado muchas veces a leer su diario casi sin abrirlo, apretándolo con fuerza contra el pecho. “¡Qué manía de curiosear!”, se decía. Y plegaba el periódico de mala gana para guardarlo bajo el brazo.

(No se ha dicho, pero Sebastián era joven y librero. También caviloso y esquivo)

Sebastián se aburría de forma exagerada. Lo hacía siempre, pero especialmente durante la hora y media que duraba el trayecto desde su casa hasta la librería. En su abstracción, meditaba acerca de la condición humana y sostenía una teoría -bastante cuestionable- sobre el comportamiento que manifiestan los individuos al encontrarse bajo tierra.

Especulaba que todas las conductas, sin excepción, se conducían de distinta manera al ser sometidas al ambiente cerrado del subterráneo. Y así fue como dio en denominar ‘subpersonalidad’ a la segunda conducta, desarrollada exclusivamente al adentrarse en el vientre de la ciudad. No había descubierto nada, pero aquel pensamiento le hacía sentir casi importante.

Otras veces, Sebastián abandonaba la meditación filosófica y componía rimas estúpidas con los nombres de las estaciones, o encontraba metáforas obvias que a él no le parecían tan evidentes y se sorprendía de sus propias ocurrencias. Y se reía.

(No se ha dicho, pero Sebastián era algo retraído y de carácter complejo)

La mañana de aquel jueves, sin ir más lejos, le dio por convertir aquel viaje en metro en alegoría sexual. Y es verdad que todos los elementos coincidían: Aquel tren moderno y veloz, de apariencia tan brutalmente fálica, a modo de obelisco horizontal, reluciente y metálico, atravesando incesante e incansablemente los húmedos y oscuros pasajes, las húmedas y oscuras galerías, donde los efluvios y vapores antiguos se manifestaban todavía densamente ante el olfato, como el sexo de algunas mujeres.

Al llegar a este punto, Sebastián se detuvo un instante para calcular cuánto tiempo podía haber transcurrido desde la última vez que se acostó con una. Desistió pronto.

(No se ha dicho, pero Sebastián estaba solo, por muchas razones)

Entretanto, Flora se subió al mismo vagón en Scalabrini Ortiz y sacó a Borges de su bolso. Eran casi las ocho y media cuando lo abrió por la página 68. Sebastián no la vio entrar; pensaba en vagones repletos de pasajeros blancos y mínimos, como generaciones fugaces de espermatozoides, agolpándose contra las puertas y ventanas de sus coches. Y en estallidos verdaderamente memorables donde el tren descargaba su pasaje. En grandes poluciones como las de Tribunales, o 9 de Julio, o Catedral: Auténticas riadas de gente pugnando por salir al exterior.

Flora observó a Sebastián por encima de su libro. Sebastián la observó a ella por debajo de sus gafas. Ambos se sonrieron como por cortesía antes de volver a sus cosas.

Sebastián se miró por última vez en el espejo en que la oscuridad convierte a todos los cristales. Llegando a General Urquiza, comenzó a sentirse célula y experimentó un impulso irrefrenable de salir corriendo, o nadando, hacia la calle.

Otros pasajeros le siguieron. Cuando se abrieron las puertas, muchos lo intentaron. Otros se precipitaron. Los más, simplemente se rindieron. Unos pocos emprendieron la carrera.

Pero, aquel jueves, Sebastián sería el primero en fecundar el día.

(No se ha dicho, pero el hijo que espera Flora se llamará Sebastián)

jueves 20 de diciembre de 2007

Giros de virtud




La virtud se resquebraja
como el gélido aliento
de las arañas.






* * *

miércoles 19 de diciembre de 2007

Radiografía de un mosquito



«Insignificancia de un ácaro» podría resumir a la perfección el fundamento existencial del atormentado expresionista Edmund De Goeij, así como el leitmotiv de la mayor parte de sus últimos trabajos. Sin embargo, la crítica de arte ha convenido en destacar «Radiografía de un mosquito» como la obra definitiva del holandés.

A la hora de analizar la trayectoria pictórica de De Goeij, Franz Müller, editor de Art Review, señala la importancia esencial de dos elementos clave: El alcohol y los estupefacientes. Estos acompañarán al artista durante toda su vida. Buena prueba de ello es su último poema, escrito en el envés del lienzo de «Retrato ecuestre del hombre invisible». Dice así:

«Caballo rojo, caballo rojo,
alas de jabón, aguamarina.
Esperanto de mantequilla.
Las cucarachas no tienen
pelos en la espalda.
Palidez absurda del
caballo rojo,
caballo rojo».

No eran frecuentes estas poco comprensibles inmersiones en el proceloso mar de la poesía por parte de De Goeij. Sin embargo, todas ellas resultan devastadoras. En el más amplio sentido de la palabra.

La obra que centra nuestra atención, «Radiografía de un mosquito», puede y debe ser considerada, sin miedo a caer en la temeridad del juicio riesgoso, como el más auténtico y sincero manifiesto vital y artístico del siglo XX. Hans Bürger, el crítico de Das Licht, lo define con una sola palabra: «Hostia».

Hay mucho de verdad en el aparentemente somero análisis de Bürger: Los febriles preparativos de su opera magna ocuparon a De Goeij durante dos largos años, sin duda los más intensos de su azarosa vida. Supusieron cuatro intentos de suicidio, tres ingresos hospitalarios, dieciséis encarcelamientos por escándalo público y más de cien litros de pintura acrílica desperdiciada.

El 16 de septiembre de 1907, Edmund De Goeij logró, al fin, su objetivo. Durante la celebración en Munich de su exposición antológica, se encaramó, empapado en formol, a la terraza del tercer piso de la Galería Heinrich Thannhauser y se lanzó al vacío con un sobre en el bolsillo interior de su chaqueta. En el suelo le esperaba un lienzo de titánicas dimensiones, pintado de amarillo.

«Yo soy el arte, señor Juez. ¿Quién es usted?», decía la nota que contenía el sobre.

martes 18 de diciembre de 2007

Analfapatos



Los patos
no van a la
universidad
pero saben cómo
resistir al frío.

Nosotros
sí vamos
a la universidad
y hacemos paté
con ellos.

Recemos
por que nunca
se implanten
universidades
para patos.





* * *

lunes 17 de diciembre de 2007

06.06.2666



Cuando todo ocurrió, Yehuda preparaba la última hornada de knishes, minuciosamente, en un bajo del Lower East Side.

—¡Condenado schmuck! —le había gritado Yonah desde la calle, antes de bajar la persiana de amianto de la panadería— ¡Siempre escuchando esas ridículas grabaciones! ¡Es insultante! ¡No tiene conciencia histórica!

Por deseo de la Providencia, jamás llegaron semejantes reproches a oídos de Yehuda. Estaba absorto en la escucha de «Fausto» —la opera magna de Johann Wolfgang Von Goethe— en alemán, una lengua centroeuropea que llevaba muerta más de cinco siglos.

Und mich ergreift ein längst entwöhntes Sehnen —repetía para sí con entusiasmo— Nach jenem stillen, ernsten Geisterreich...

Saltó la luz de emergencia durante unos segundos. Yehuda Shimmer sintió un ligero estremecimiento y palpó con tres dedos la digitosfera láser implantada en su muñeca izquierda. Eran las seis y seis de la madrugada. Llevaba ya seis minutos de retraso.

Evitando toda angustia, se recompuso. Secó el sudor de su calva con el mandilón enharinado y apagó el horno antes de retirar los knishes. Se cambió de ropa y fichó mientras subía las escaleras. Cuando intentaba abrir la persiana de la calle recibió una sacudida intensísima, una descarga cerrada, como si un relámpago le atravesase.


Cayó rodando un par de peldaños hasta que consiguió asirse a la barandilla y se volvió a levantar. Indignado, abrió la persiana de un golpe y, ante sí, descubrió una escena insólita: Un taxi había invadido la acera y se había estampado contra una boca de incendio. Las puertas del coche estaban abiertas y sus ocupantes habían desaparecido. El único ruido que podía oírse era el exasperante zumbido que emitía la radio.


Yehuda miró a todas partes, todas las luces estaban encendidas —las de las ventanas, las de los escaparates, las del alumbrado público— pero no había un alma. Literalmente. Levantó la cabeza e intentó otear desde aquel punto lo que sucedía en la calle Hudson. El panorama era similar: Coches abandonados en mitad de la calzada, con los motores apagados y las luces encendidas. Vacíos. Y aquel silencio aterrador, infinito.

Volvió a palparse la digitosfera. Seguía marcando las seis y seis. Comenzó a agitarse y a sentir el deseo irracional de correr en todas direcciones, pero se contuvo. Respiró hondo y cruzó la calle hasta la tienda de holoplasmas de Jerome Lieberman. Las cadenas de medio mundo habían cancelado sus retransmisiones. Las que aún emitían señal, ofrecían planos desenfocados de estudios desiertos. Yehuda se pegó al cristal del escaparate, haciendo saltar la alarma, pero no importó.


Pensó en su familia. En Yonah, en Leiba, en Shemuel. Pensó en todos ellos mientras se rasgaba la camisa víctima de la ansiedad. Saltó a la calzada, completamente fuera de sí, y tomó una motocicleta abandonada para llegar cuanto antes a su apartamento. Sorteando obstáculos, atravesó la Tercera hasta llegar a Lafayette y atajó por Bond Street saltándose las prohibiciones. Cuando llegó a su piso en la Cuarta Avenida, descubrió que estaba tan vacío como el resto de las calles por las que había pasado.

No quedaba rastro de vida sobre la Tierra, pero era demasiado pronto para asimilarlo. O demasiado tarde. Yehuda volvió a bajar, llorando de desesperación, a la calle. Tomó nuevamente la motocicleta y se dirigió, movido por el instinto, a la iglesia de St. Marks. Se adentró en el East Village envuelto en el crispante ruido del motor de gasolina, el zumbido de un mosquito perdido en el Universo.


Al llegar a la entrada de la calle, lo entendió todo: Sobre el asfalto, —sobre las aceras también—, se apilaban altísimas montañas de cadáveres. Mujeres, niños, viejos, hombres adultos, todos muertos, extendiendo sus brazos desvaídos hacia la puerta del templo.

Yehuda comprendió entonces que ya no había lugar para la esperanza. Desprogramó su digitosfera y se tendió sobre una pila de cuerpos, a esperar a la Muerte.

domingo 16 de diciembre de 2007

Caligrama al galope



Catan cabales mi cabadura
calvas cabalistas acabadas.

Calentando el caliz calípico de calomelanos,
sin calumniar, ciclotímicas, a la calta.

Mastican cable calículo, confortablemente,
las calmas calles conquistadas por calípedes.

Caen caligráficas cascadas como
cal caliginosa en las casas. Qué cosas.

Los caciques de la caspa cardan
canciones cluecas en las cloacas.

Cabalgan caballeros con cáligas
caballos encabalgados en la calina.

¡Cuán cansada canta, cual Caruso,
la cabeza hueca del canario de carmín!


* * *

sábado 15 de diciembre de 2007

Milton Van Duzen: Una reseña



Milton Dieterich Van Duzen nació en Neumünster, una pequeña aldea al norte de Hamburgo, el 4 de Julio de 1829. Fue el segundo de quince hijos de Dieter y Gloria Van Duzen, un humilde matrimonio judío. Trece de sus hermanos murieron antes de cumplir un año. Esto provocó un efecto devastador en la personalidad y la obra del compositor, a quien la muerte y las hortalizas obsesionaron durante toda su vida.

Su padre, estibador de bodega, era popular en la región por su afición a la bebida. Solía agredir compulsivamente a su mujer e hijos con cebollinos. No obstante, era un hombre ambicioso, por lo que, a los pocos meses del nacimiento de Milton, trasladó a su familia a la ciudad de Hamburgo en busca de fortuna y purga de reputación.

Desde niño, Van Duzen sintió una profunda fijación por los rábanos y las rabanizas, filia que cultivó hasta sus últimos días. Es ya célebre la frase que el maestro pronunció en París, en su lecho de muerte, y que su sobrino, Otto Van Duzen, hizo inscribir en su lápida como epitafio: «¡Malnacido, qué rábanos me traes!».

Un acontecimiento accidental influyó decisivamente sobre el futuro del pequeño Milton: Descubrir, por azar, una flauta travesera en el desván de su tío Hans. Desde aquel día, este instrumento acaparó tanto su atención que su padre llegó a comentar: “Lo bueno de los rábanos es que, por mucho que uno los sople, jamás harán ruido”, sin llegar, siquiera, a sospechar cuanta razón comportaba esta sentencia.

A pesar de que la belleza del arte le resultaba bastante ajena, Dieter no vaciló en incentivar el talento musical de su hijo, tal vez movido por el aliciente de liberarse de sus interminables ensayos. Para ello, lo inscribió en el coro de la iglesia de Buchholz in der Nordheide, al sur de la ciudad. Allí fue discípulo de Johannes Vasijas, primer Kappellmeister del teatro, y de Jakob Götz, bromista del pueblo.

A esta etapa corresponden dos de sus piezas más significativas: El lied titulado “De rábanos y rabanizas viven los hombres más rudos” y una graciosa polka con marcha fúnebre introductoria a la que dio el nombre de “La Diurética”.

A la edad de 12 años, participó en un certamen de composición con su cantata “Die Rötten Radieschen” (El Rábano Rojo). Esperaba ganar el concurso para así poder mantenerse algunos meses. Sin embargo, no ganó, por lo que se vio obligado a iniciar una carrera como recolector de hortalizas para subsistir.

En 1845 contrajo matrimonio con Gloria Schrahder, una acordeonista treinta años mayor que él, hija de volatineros y viuda del marino Stilianos Nikopolidis. Fue una relación complicada, marcada esencialmente por la dificultad que Gloria encontraba en la dicción oral de la palabra ‘palimpsesto’.

En 1852 se le diagnostica la enfermedad del bronce. Esto, junto con una campaña de desprestigio iniciada en su contra por ciertos campesinos, lo lleva a desistir de su idea de cultivar también la remolacha. Gloria, consternada por la noticia, huye con un filibustero español llamado Tirso Del Toro.

Para paliar este desasosiego, Van Duzen vuelve a componer: Dos son las sinfonías que conforman su catálogo, si bien la última quedó inconclusa a su muerte y la primera no la acabó por falta de constancia. De las dos, sólo la Primera —“La Sonora”—, siguiendo el modelo establecido por Beethoven en su Novena, incluye voz humana. La Segunda —“La Silenciosa”—, de marcado carácter experimental, está interpretada íntegramente por un coro de rábanos.

Enfermo y acompañado por su sobrino Otto, viaja a París en 1867, donde fallece poco después de llegar al parque de Les Buttes-Chaumont, mientras intentaba yacer —sin éxito— con un trozo de pepinillo. Sus últimas, estremecedoras palabras fueron: «¡Apaguen los aspersores!»

viernes 14 de diciembre de 2007

Amor submarino



Dorian Carfax,
en la tienda de mascotas,
vendía acuarios.

Cuidaba de los peces
con denodado esmero,
limpiando a fondo sus peceras,
a diario.

«Es amor, sin duda
—se decía Dorian—,
lo que siento por estos
graciosos animalillos».

Era acuariófilo, sí;
eso nadie lo discute.
Pero esta propensión,
aparentemente tierna,
se tornaba harto enfermiza
a partir de las nueve de la noche.

Cuando cerraba la tienda,
Dorian Carfax, cual Cousteau,
buceaba en los acuarios
en busca de amor submarino.

Bailaba agarrado
a Molly Dalmata
las canciones que
sonaban en la radio
y besaba en los fríos labios
a Chanda Ranga
antes de esparcir
en su boca su semilla.

Su empleado,
Phidias Finn,
el narigudo,
asombrado descubrió,
a la mañana siguiente,
esta perturbadora escena:

Dorian Carfax
yacía en el suelo
con Chanda Ranga,
su amor, entre las piernas,
y Molly Dalmata,
perfectamente inmóvil,
como mimo,
los observaba desde
el cristal del acuario
con ojos de persona.






* * *

jueves 13 de diciembre de 2007

La Tercera Ley de Newton-John



Llegamos a casa al amanecer, con las primeras luces, bajo la fina lluvia de septiembre. Lorraine llevaba el pelo recogido y había azucenas en el alféizar. Ella hizo lo posible por pasar por alto este detalle, pero yo sabía que David Wittgenstein estaba detrás de todo aquello.

Fue su patológica insistencia por recobrar a mi esposa la razón por la que decidí inscribirnos a los dos en las «Jornadas Por El Amor Perpetuo y La Plenitud Conyugal En La Edad Madura». Lo hice movido por la angustia de perderla y también por mi inquebrantable fe en el matrimonio. Lorraine sólo aceptó venir porque admiraba a Olivia Newton-John y ella oficiaba las ceremonias, era la Suma Sacerdotisa de Baato.

—Deja esas flores ahí, Lorraine —le advertí, poniendo en práctica los consejos del Grupo.

—Frank, maldita sea... Aparca tu paranoia un rato —respondió ella, desoyendo cualquier enseñanza.

—Estoy intentando ser razonable —le dije—. Si aceptas ese ramo, estás introduciendo la semilla de la perdición en nuestras vidas, Lorraine.

—¡Es un jodido ramo de flores, Frank! ¡No pienso dejarlo pudrirse en la ventana!

—Tíralo. Sé valiente, Lorraine. Afronta el trance. Tienes que dar este paso.

—¡Maldito demente de los cojones!

Estábamos mejorando. En los últimos días la había notado fría y distante. Al menos, ahora era capaz de provocar cierta tensión entre ambos. Indudablemente, las Leyes de Newton-John comenzaban a operar en nosotros, a bucear en nuestro conflicto, como decía la Madre Olivia.

La Primera Ley de Newton-John es, precisamente, ésa: «Bucear en el conflicto». Era evidente que íbamos por el buen camino. La profundidad del conflicto no escapaba, a aquella altura, a ninguno de los dos.

La Segunda Ley de Newton-John aconseja «Sentarse a hablarlo». Un planteamiento contundente y lógico. Fue ése mi siguiente paso: Luchar por que la lógica se impusiese y salvar, de este modo, nuestro matrimonio. La senté en el sofá del salón y la forcé para que soltase el maldito ramo de azucenas, la representación material y última de nuestra desgracia.

—¡Jodido loco! —gritaba Lorraine— ¡Deja mis flores en paz!

Qué equivocada estaba. No había aprendido nada de Baato. Nada de disciplina interior, ni de amor dosificado, ni de vínculos de luz. Joder, ella sólo iba allí porque Grease era su musical favorito. Qué lástima me daba.

Pero yo sí me había aplicado en las Sagradas Enseñanzas de Baato. Y conocía a la perfección la Tercera Ley de Newton-John, la que dice: «Alejar la semilla del mal». Y eso fue lo que hice. En vista de que Lorraine no transigía en deshacerse del condenado ramo, decidí ir directamente a por Wittgenstein, el destructor de hogares, el germinador de la semilla de nuestro fracaso matrimonial.

Fui hasta el Starbucks donde trabajaba y le esperé en el coche. Eran las siete y aún estaba cerrado. Mientras acariciaba mi 32 mm, recordé la Cuarta Ley de Newton-John. La Cuarta Ley dice: «Celebrar el amor».

Celebrar el amor, me repetí. Y me imaginé los sesos de Wittgenstein estampados contra la persiana metálica.

miércoles 12 de diciembre de 2007

Rabo Munchnik y los cazadores de calabazas


Decididamente, no era buen día para dejar de fumar.

Ninguno lo había sido, en realidad, desde que Rabo aterrizó en la colonia Zino-Pad del Doctor Scholl’s. Después del desafortunado incidente del Insólito Carámbano, las cosas sólo habían ido de mal en peor: Maxwell no regresaba a la nave y la comida comenzaba a escasear. Por más empeño que ponía, Munchnik se veía incapaz de reparar los condenados sensores fototérmicos. Y eso que él era el mecánico.

No quedaba otro remedio: Tendría que abandonar el aparato si pretendía sobrevivir. Así que se armó de valor, cogió algunos pedazos de queso de la nevera y los envolvió en la manta sintética. Antes de salir, dejó una nota prendida del cristal de la escotilla por si Maxwell lograba encontrar el camino de vuelta. Era escueta. Decía: «Max, me he ido». Podría haber dicho más cosas, pero consideró que era un esfuerzo estéril.

Saltó al exterior con decisión, como si fuese a zambullirse en una piscina de fango. Un intenso olor a petróleo lo envolvía todo. Las zarzas anaranjadas de Zino-Pad arañaban ahora las botas del indómito viajero espacial Rabo Munchnik, que se abría paso entre la maleza, sorteando troncos y matojos, igual que una microscópica ladilla en busca de su meta. A lo lejos, las serpientes marinas silbaban amenazantes. El cielo era de color verde turquesa.

Rabo miró al suelo y descubrió una enorme huella en el barro, una huella redonda y zigzagueante, y se asustó un poco al comprobar que estaba menos solo de lo que pensaba. Consultó el cuaderno rojo de Maxwell sobre especies animales en busca de algún parecido y, en un arranque de arrojo inusitado, resolvió seguirla.

Se adentró en la espesura amarilla de la jungla de Titicos hasta llegar a una enorme madriguera que apestaba a pescado podrido. Activó el visor infrarrojo de su casco y, armado hasta los dientes, se dedicó a buscar su cena. Cuando llegó al final de la cueva los encontró durmiendo. Allí estaban, colgados de las paredes por sus ventosas: Vermecios membranosos babeantes, auténticos cazadores de calabazas, haciendo la digestión.

Munchnik no lo dudó un segundo: Encendió su sierra láser y cercenó sus verdes cabezas sin piedad. De sus vísceras comió la mejor confitura de calabaza que probó jamás. Ningún humano, pensó, puede disfrutar de esto. Y se rió estrepitosamente.

Ya llevaba tres días viviendo en aquella caja. No le faltaba mucho para volverse loco.

martes 11 de diciembre de 2007

Sobre el oficio de escritor



La maldición ha asaltado de lleno
tus poéticas entrañas, le advirtieron.
La oscuridad implacable del ladrido
se cierne ya sobre tu frente blanca.
Ahora estás solo. Fuera es de día.





* * *

lunes 10 de diciembre de 2007

In Caelum sunt



Obreros portugueses trabajan en la cubierta,
martilleando, obscenos, la vieja uralita.
El cielo anuncia descargas, allá en lo alto.
Por encima de sus cabezas,
aviones pequeños como libélulas,
los observan.






* * *