
Anónimos jueces
del tiempo suspendidos
contemplan en silencio
el final de esta función
del payaso envilecido
que agoniza devorado
por los tigres
del recuerdo.
Derrotado figurante
de fatídicas tragedias
poco o nada contenidas,
que sobreactuó, sin duda,
interpretando un papel
tan secundario
en la obra
de su vida.
Sobre escenarios perdidos,
abismados en memorias,
supo alcanzar su derrota
y almacenar su tristeza.
Ante un público de aire,
en mil auditorios vacíos,
representó su muerte.
Fue Tanizaki en Fenice,
arrasado por el fuego
del verano de Venecia,
tragedia griega y olvido.
Y ruinas enfermas
y páramos yermos,
mal epílogo haiku
de su último viaje.
El trágico histriónico
japonés torpe y malherido
tantas veces olvidado,
se maquilla esta luna
de agosto encanalado
una sonrisa ridícula
para ejecutar su
último acto.
Tanizaki
se consume
lentamente.
Fenice
arderá
con él.
del tiempo suspendidos
contemplan en silencio
el final de esta función
del payaso envilecido
que agoniza devorado
por los tigres
del recuerdo.
Derrotado figurante
de fatídicas tragedias
poco o nada contenidas,
que sobreactuó, sin duda,
interpretando un papel
tan secundario
en la obra
de su vida.
Sobre escenarios perdidos,
abismados en memorias,
supo alcanzar su derrota
y almacenar su tristeza.
Ante un público de aire,
en mil auditorios vacíos,
representó su muerte.
Fue Tanizaki en Fenice,
arrasado por el fuego
del verano de Venecia,
tragedia griega y olvido.
Y ruinas enfermas
y páramos yermos,
mal epílogo haiku
de su último viaje.
El trágico histriónico
japonés torpe y malherido
tantas veces olvidado,
se maquilla esta luna
de agosto encanalado
una sonrisa ridícula
para ejecutar su
último acto.
Tanizaki
se consume
lentamente.
Fenice
arderá
con él.
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