viernes 29 de febrero de 2008

Llegué tarde el día del fin del mundo



Vosotros
no lo habéis visto,
pero yo sí.

Yo he estado
en Ciudad Hostil
el día que las nubes
se descolgaron
del cielo.

He visto al sol caer
sobre la Cruz de los Caídos,
al anochecer, por detrás
de la Fábrica de Humo.

Pude verlo
estallar en mil pedazos,
hacer crash y desvanecerse.
Qué espectáculo.

Colecciono
postales del desasosiego
y ésta es la radiografía
exacta del Apocalipsis.

No importó
que llegase
tarde.




* * *

jueves 28 de febrero de 2008

Love on the road



Las parejas
de adolescentes
escogen hacer el amor

en las áreas de descanso.

Los valientes, no.
Ellos se enamoran
en el campo de batalla:
En las barras adherentes de los bares
o en los sucios baños de las gasolineras,
malolientes, rezumantes de miseria
disfrazada de ambientador
de pino silvestre.

(Bien mirado, los valientes
se enamoran en cualquier parte,
por eso les llaman valientes)

Los tenebrosos prefieren
los interminables trenes de lavado.
Esta aclaración es tan obvia
que puede resultar
impertinente.

Los indecisos,
aunque parezca extraño,
se encuentran mejor en las
tiendas de repuestos
para automóviles.
Nadie lo entiende.

Sólo los románticos,
cabrones miserables,
se citan en los moteles
con ruido de asfalto.

No tiene nada que ver,
pero Elliott Murphy
es buena compañía
para los viajes largos.





* * *

miércoles 27 de febrero de 2008

Los hombres tristes nunca miran a los lados cuando cruzan las calles de noche



Miradlo:
No importa que llueva o haga sol,
él siempre caminará por el centro de la calle
despreocupadamente, pisando los baldosines rotos
como si fuesen charcos,
cuando no lo son.

Miradlo:
Se creerá muy importante.
Probablemente piense que es el nuevo
Allen Ginsberg
fumando esos cigarrillos de importación,
tan largos,
creyéndose un beat con esa barriga inmensa,
(los buenos beat nunca podrán estar gordos)
robando viejos libros de autores extraños
que nunca leerá.

Miradlo:
Podrá parecer ridículo
—porque seguramente lo sea—
ese afán desmedido en seducir por igual
a las zorras y a las doncellas, con esa jerga
de galán de horrible telenovela venezolana.

Miradlo:

Ahí lo tenéis...
Presumiendo de distinto porque escribe
poemas de amor mientras conduce,
cuando todo el mundo sabe que aparca
su coche en plazas reservadas
para minusválidos.

Miradlo,
si queréis.

Miradlo:
Podéis odiarlo,
amarlo o ignorarlo.
Pero, por lo que más queráis, por dios santo,
nunca hagáis como hace el hombre triste.
Mirad siempre a los dos lados
antes de cruzar la calle.
No importa que el
semáforo esté
en verde.



* * *

martes 26 de febrero de 2008

La respuesta era no



Aquélla fue la relación
más breve que se recuerda.

Ella le dijo a él:
Prométeme que nunca
me prometerás nada.

Él contestó:
De acuerdo.

Ahí acabó todo.






* * *

lunes 25 de febrero de 2008

Kaputt in Liliput


Como vaticinaba, el agua, que ahora fluía como torrente, se enturbió nada más tocar la sucia piel de Gemiditos. Así que resolví no seguir mojando su cuerpo con ella. Apreté con el pulgar la boca del tubo y dirigí el chorro hacia las paredes de la bañera para barrer la mierda y deshacer los restos de telaraña. Después de eso, destapé el desagüe y dejé el agua correr.

—Nunca había tenido una mascota, ¿sabes? —le dije a Steve.

El enano no encontró graciosa mi aclaración. Enarcó las cejas y torció la boca, en un gesto de desprecio, esperando mi siguiente movimiento. El agua seguía corriendo, ajena a nuestros problemas, llevándose con ella toda la mugre. Con ese ruido de succión tan característico, parecido al que haría un tonto sorbiendo batido por una pajita.

—No has traído jabón —observó Steve.

—Y, ahora que lo dices, tampoco toallas.

Volví a cerrar el paso del agua tapando otra vez el sumidero. Le pedí a Steve que sostuviese la manguera mientras yo alcanzaba las ollas de agua caliente. Las vertí lentamente, con cuidado de no quemar a la chica, todavía humeantes, mezclándolas con el agua que salía del tubo.

—Tiene el cuerpo lleno de magulladuras —dijo.

—Aham.

—¿Has sido tú?

—¿Tú qué crees? —le contesté, un poco hasta los cojones.

El cuerpo de la chica comenzaba a tiritar. A contraerse. Se estremecía de arriba abajo. Los párpados, temblorosos, pugnaban por abrirse.

—¿Dónde coño se ha metido Frank? —pregunté a Steve.

—No sé —respondió, hundiendo la cabeza entre los hombros.

—Voy a tu casa a por el jabón. Espérame aquí.

—¡Estás loco si piensas que me voy a quedar aquí con ella!

El enano y yo salimos corriendo hacia su casa. Lo decidimos por el camino: Él se encargaría de coger las toallas y yo el jabón. Encontré en el fregadero de la cocina un frasco de cristal de Vanish quitamanchas. No seguí buscando. Steve llegó con dos toallas ridículas, una en cada brazo, con sus iniciales bordadas en verde.

—¿Crees que servirán? —preguntó.

—Para secarle las manos, sí.

Pasamos por alto el tamaño; no había tiempo que perder. De regreso a casa, mientras subíamos de dos en dos los últimos peldaños de las escaleras del primer piso, nos recibió un chillido desgarrador:

—¡AAAAAHHHHHHHHHHH!

—¡Mierda! —dije— ¡Se ha despertado!

Entré como un trueno en el cuarto de baño. Fue tal el ímpetu con que lo hice, que me desgarré una manga de la camisa con el manillar de la puerta. La manguera estaba ahora en el suelo, encharcándolo todo. Coño mojado se había encrespado como un gato, se aferraba con las manos llenas de uñas a los bordes de la bañera. Los ojos se le salían de las órbitas a la muy histérica.

—¡AAAAAAHHHHHHHHHHH! —gritaba— ¡AYUDAAAA!

—¡Cállate, hostia!

Frank estaba allí, lo tenía delante de mis narices. El muy gilipollas se había encaramado al retrete y se la estaba meneando alegremente, frente a ella, con los pantaloncitos por los tobillos.

—¿¡Qué coño estás haciendo, FRANK!? —gritó Steve, desde la puerta.

Corrí a cerrar la boca a aquella loca, pero me mordió la mano.

—¡AUXIIILIOOOOOO! ¡GMMMPPFF! ¡POOOLICÍAAAAAAA!

Por mucho que intentase explicarle la situación, no iba a creerme. Era muy consciente de ello.

—¡Por amor de Dios, cállate, joder!

—¡AAAARGGGHHH! ¡AYÚDENMEEEEEE!

Estaba fuera de sí. Nos iba a meter en un lío a todos, la muy hija de puta. La mano con que intentaba tapar su boca había empezado a sangrarme abundantemente.

—¡Maldita sea, joder! —grité a Steve— ¡Cierra la ventana, ciérrala!

—¡Pero tú eres gilipollas! ¡YO NO LE LLEGO A LA VENTANA!

Y, mientras tanto, la zorra seguía gritando:

—¡VIOLAAAACIÓÓÓN! ¡SOCOOOORROOOO! ¡POLICÍAAAA!

No pude más. Aquella situación me superó. Cogí el frasco de Vanish quitamanchas y se lo estampé en la cabeza. Cayó redonda, como una mosca. Inconsciente. Otra vez.

No quería hacerlo, pero no me quedó más remedio.

Frank seguía cascándosela sobre la taza como un poseso, ajeno a los gritos, enseñando los dientes. Estaba en estado de trance el maldito enano cabrón. Steve, torpemente, se acercó a mí chapoteando sobre el inmenso charco de agua y espuma y me preguntó:

—¿Qué vamos a hacer ahora con ella, Bob?

—No lo sé —le contesté, jadeando—. No lo sé.

domingo 24 de febrero de 2008

La hora del baño


Los hermanos seguían discutiendo encendidamente en aquel salón de juguete. Cualquier estupidez les servía para enfrentarse. Era agotador. Yo empezaba a estar ya un poco harto de toda aquella dialéctica liliputiense, pero guardé silencio por educación.

—¡Te digo que era la señora Yossarian la que nos hacía el pastel de arándanos! —vociferaba Frank, congestionándose, al borde de la embolia.

—¡Pero qué equivocado estás, cojones! —le corregía Steve— ¡El único pastel de arándanos que ha entrado en esta casa lo hacía la señora Belden! ¡BEL-DEN!

Yo me había sentado a beber en el único sofá normal de la habitación. El resto eran miniaturas. Mientras ellos tensaban la cuerda de su apasionante debate sobre quién hacía el pastel de arándanos, yo recorría con la mirada cada rincón, cada pequeño detalle. Hacía tiempo que había dejado de prestar atención, siquiera de fingir que lo hacía. En su lugar, me puse a recordar a los viejos Holcomb; Laura y Sal. Demasiado mayores para tener hijos, como se encargó de recordarles la naturaleza durante los últimos treinta años de su vida. No es que sintiese un especial cariño por ninguno de los dos, pero, en cualquier caso, era bastante más de lo que sentía por cualquiera de mis padres.

—¡Yossarian, cojones! —dijo Frank.

—¡Beeelden! —insistió Steve.

Llegados a este punto, intervenir se me antojó mortal de necesidad:

—¡Maroulis! —grité.

—¿Qué coño dices, Bob? —repusieron los dos, al tiempo.

—Maroulis —repetí, bajando la voz— Helen Maroulis. Era ella quien os hacía el jodido pastel.

Conseguí que se quedasen callados. Bendita calma.

—Ahora quiero que me escuchéis los dos —les dije—: Necesito algo.

—Tú dirás —dijo Frank.

—Agua caliente —expliqué—. Agua caliente y jabón.

—¡No me dirás que ahora también te duchas! —bromeó Steve.

—No es para mí, enano...

—¿Para quién es, entonces? ¿Para tu perro? —preguntó Frank.

—Algo así. Sí.

Frank y Steve se miraron. Se encogieron de hombros y saltaron de sus pequeños sofás como arañas. Corretearon hacia la cocina y Frank me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. Cuando llegué, Steve ya había empezado a sacar cacharros del armario. Su hermano acercó la escalerilla portátil a los mandos de la cocina y abrió la llave del gas. Mientras yo llenaba de agua las cacerolas, Steve fue a por las cerillas.

—¿Cuántos litros necesitarás? —preguntó Steve, con el fósforo a punto de quemarle la yema de los dedos.

—Unos cincuenta me llegarán.

—¡Menudo perro! —dijo Frank, con los pies de nuevo en el suelo.

—No lo sabes tú bien...

No me costó demasiado llegar a la conclusión de que, en aquellas circunstancias, sería imposible trasladar cincuenta litros en un día. Así que se me ocurrió una idea brillante:

—¿Tenéis manguera?

—Claro —contestó Frank, solícito—. Voy a buscarla.

Regresó del garaje con la manguera enrollada al cuerpo como una boa de caucho. La dejó caer en medio de la cocina, exhausto.

—Servirá —dije yo.

Organicé el plan del transporte del agua caliente: Frank y Steve portearían los cacharros hasta la puerta del baño mientras yo me las ingeniaba para colar la manguera al interior de la casa. No fue tan difícil como pensaba. Até a una piedra el extremo que quedaba libre y, al decimosexto o decimoctavo intento, logré hacerla entrar por la ventana.

—Dejad los cacharros en la puerta —les había advertido.

De nada sirvió. Subí corriendo las escaleras, todavía descalzo, y allí los encontré, en el cuarto de baño, inmóviles, mirando a tetas negras con los ojos abiertos de par en par, pestañeantes como aspersores.

—¿Se puede saber qué coño estáis haciendo? —grité.

—No, hermano... —dijo Steve— ¿Se puede saber qué coño estás haciendo tú?

—Es una historia difícil de creer.

—¿Te la has follado, Bob? —preguntó Frank, mientras se asomaba al bordillo de la bañera para verle el coño de cerca.

—Ni de coña —dije—. Me la encontré en el puto desierto, inconsciente. Estaba tirada allí. No dice una palabra.

Steve frunció el ceño, sin acabar de creerme, y se llevó dos dedos a la sien, en actitud reflexiva. Se daba golpecitos con ellos, como intentando sacudirse las ideas.

—No tiene buena pinta —concluyó.

Me encogí de hombros. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Frank, corre. Ve a abrir el grifo del jardín —ordenó a su hermano.

—Gracias, Steve —le dije, mientras Frank salía echando pestes.

Introduje la boca de la manguera en la bañera bajo la atenta mirada del enano. Un instante después, el agua empezó a brotar. Primero a borbotones, titubeante; después a bocajarro. Olía a manantial sintético, a puesta de sol desinfectante, a esperma reseco de cangrejo.

Culito moreno seguía respirando.

sábado 23 de febrero de 2008

Casa de muñecos



Me parecía indecente dejar a cara tiznada en pelotas sobre el frío esmalte aporcelanado, pero su baño tendría que esperar. Me descalcé y me senté en la taza para pensar. Cagué algo mientras me encendía un cigarrillo. No encontré papel higiénico, pero sí un viejo ejemplar del Yuma Sun de agosto de 1969. Me limpié el culo con la lista de los diez hombres más influyentes del condado y tiré de la cadena. El agua que quedaba en la cisterna era aún más marrón que la mierda que acababa de cagar.

Abrí la ventana para compartir mi esencia con el mundo y apoyé los codos en el alféizar, reflexivo, mientras fumaba. La niebla empezaba a caer, entre gemidos, como siempre cada noche. Todavía no se había puesto el sol, pero el rojo intenso de su cara anunciaba que le quedaban minutos de vida.

Estaba abstraído en esta metafísica cuando sentí voces abajo, en la calle. Fijé mi mirada en dos pequeños bultos de carne que correteaban por el jardín de la casa de al lado y no tardé en reconocerlos: Los hermanos Holcomb, Frank y Steve. Los jodidos enanos Holcomb. Allí estaban los dos, haciendo el indio como de costumbre, un cuarto de siglo después.

Bajé corriendo las escaleras y salí por la parte de atrás de la casa, como solía hacer:

—¡Saludos, terrícolas! —les grité, como cuando éramos niños.

—¡Salud y próspera vida! —respondieron al unísono, abandonando su carrera demente.

Me miraron los dos muy fijamente. Yo me había quedado con los brazos en cruz como el mismísimo Cristo, esperando que me reconociesen tal y como yo había hecho, pero se ve que mi fisonomía había cambiado más que la suya. Se miraron el uno al otro, rascándose el cogote con idéntico gesto: Duendecillos frente al espejo.

—Bob... —Tuve que aclarar— ¡Bob Ochmoniak, joder!

—¡Bobby! —dijo Frank— ¡Todos te creíamos muerto!

—Es verdad —añadió Steve—, no viniste ni al entierro de tu madre. ¡Qué bajeza de espíritu, por el amor de Dios!

—¿Pensáis seguir jodiéndome la existencia o vais a darme un abrazo de bienvenida, granujillas?

Los dos corrieron, meneando cómicamente las caderas, hasta llegar donde yo estaba. Me acuclillé para que nuestras caras estuviesen a la misma altura. Todo era igual que hacía treinta años. Lo único que había cambiado era yo.

—¿Dónde están vuestros padres? —les pregunté.

—¡Nuestros padres están muertos! —respondió Steve.

—Parece que esa frase se ha puesto de moda...

Los hermanos me pusieron al día de los cambios en la ciudad. Habían abierto un nuevo centro comercial y poco más. Triste balance. Pocos quedaban ya en el barrio que me conociesen, lo cual era un alivio. Ahora la mayoría descansaba en el Sunset Vista, a dos metros bajo tierra.

—Dinos, Bob —preguntó Frank— ¿Por qué no viniste al entierro de tu madre?

—Dudo que a los muertos les importen esas cosas, Frankie.

—¡Bobadas! —dijo Steve.

—Oh, mierda. Invitadme a beber algo, tengo sed.

Accedimos por la cocina a la vieja casa de los Holcomb. Todo era distinto ahora. Los hermanos habían adaptado el interior a su ridículo tamaño. Sentí una sensación extraña. Parecía como si las cosas hubiesen encogido con el paso de los años.

—¿Y a qué hora decís que llega Blancanieves? —les pregunté.

Frank se rió. Steve me dio un puntapié.

viernes 22 de febrero de 2008

La fiesta del ácaro


Del racimo de llaves de Barney’s Gas, era la púrpura la que abría la puerta de la casa. Comprobarlo me llevó ocho intentos. La última de todas, la llave morada, hizo girar al fin la cerradura.

Nada estaba como recordaba. El papel de las paredes era otro. Los muebles también. Estaban cubiertos por sábanas que sí me resultaban familiares, amortajados como cadáveres blancos. Eran víctimas y testigos del tiempo. Como yo, como cualquiera. Simples fantasmas carcomidos.

Los destapé. Rompí así, un poco tarde, su maleficio.

Las partículas de polvo flotaban en el aire y se posaban alegremente sobre cada milímetro de la habitación. No había luz, no suficiente, así que decidí abrir las contraventanas para que entrase un poco de claridad. No ayudó demasiado. La escena se me hizo aún más devastadora.

Entré en la cocina. Olía a óxido, a orín reseco y a desolación. Abrí, una por una, las puertas de los armarios. Allí estaban las latas de crema de champiñón, caducadas desde hacía más de siete años: La última broma de mi madre. Tendría que deshacerme de ellas también, inevitablemente.

—Bien por ti, mamá... —dije, mirando al techo de reojo.

Fue entonces cuando recordé que la bella durmiente seguía planchando oreja en el asiento trasero del Corolla. Me asomé a la ventana de la cocina y vigilé la calle desde allí: No había un alma. No encontraría mejor momento que aquél para meterla en casa sin llamar la atención.

Recogí del suelo de la sala una de las sábanas que cubrían los sofás y regresé al coche. Envolví con ella a mi buena obra del día y la saqué de allí lo mejor que pude, intentando proteger la sufrida tapicería en la medida de lo posible.

—Gggghh... —le oí gruñir mientras arrastraba su cuerpo por el caminito de grava del jardín.

—¡Ya estamos llegando, no protestes!

El cuarto de baño estaba en la planta de arriba. Para agravio de mi columna, no me quedó más remedio que subir aquellos cincuenta kilos de carne por las escaleras.

—¡Cómo pesas, hija de puta! —le reproché a la altura del séptimo peldaño, mientras hacía un descanso.

—Gggmmm... —respondió.

Entré al baño con ella en brazos. La dejé caer, babeante, en la bañera y, una vez dentro, le quité la ropa. La observé sin tocarla. Debajo de toda aquella mugre había una mujer.

Intenté abrir el grifo del agua caliente, en vano. Tampoco el del agua fría respondió. El óxido había hecho mella en los dos. Me incorporé y me acerqué al lavabo. Al girar la manilla del grifo comprobé que no había agua. Normal. Grace habría dejado de pagar los recibos. No podía culparla por ello; yo habría hecho lo mismo en su lugar. Habían pasado casi diez años desde que mi madre dejó de pagarlos para siempre.

Demasiado tiempo.

jueves 21 de febrero de 2008

El infierno es la memoria


A medida que me iba alejando del jardín, varias imágenes se abalanzaron sobre mí como caniches furiosos. Sin querer, recordé a mi madre. Casi la pude ver en la cocina de nuestra casa, preparando la jodida crema de champiñones que nos daba de cenar todas las noches. Me acordé también de tía Beth y de tío Frank. Más de ella que de él. Recordé la descomunal verruga que Frank tenía en la comisura de los labios; la vi agrietarse cada vez que bostezaba. Y la voz nasal de Beth, tan molesta, repitiendo incansable aquella retahíla de consejos elementales con que pretendía instruirnos a Grace y a mí en la conveniencia de una vida saludable, también pude oírla. Los imaginé muertos a todos. Se me hizo extraño.

Antes de subirme al coche, eché un vistazo al asiento trasero: Coño-sin-nombre seguía sin despegar los párpados. Ahora dormía. Lo hacía con la boca abierta, roncando igual que un manatí salvaje en época de celo. Abrí la puerta de atrás y me acerqué a ella, con cuidado, procurando no despertarla. Sin que se diera cuenta, retiré las asas de la bolsa de cartón de sus orejas. Estaba rebosante de aquel engrudo asqueroso. Apestaba a calamar podrido, a baba de camello, qué sé yo. Era terrible.

Anudé la bolsa como pude y busqué un lugar donde deshacerme de ella. Decidí que el jardín de Grace serviría. Me acerqué hasta el buzón de la entrada y la colgué allí. La dejé bailando en el aire, con el lema de los grandes almacenes bien visible, mirando felizmente hacia la calle: “¡Gracias por comprar en Wal-Mart!”, decía. Encontré la escena condenadamente graciosa. Me acordé de pronto del jodido cojo de Andrew Selznick y me reí. No pude evitar reírme, lo reconozco.

Mientras trataba de arrancar, volví a encender la radio. En una emisora local, el hombre del tiempo anunciaba temperaturas estables y cielos despejados. Bien, bien, me dije; por fin una buena noticia. Después de eso, la apagué otra vez y el coche se puso en marcha.

Regresamos a la ciudad atravesando West Wetlands, por el atajo de Carolina Drive. Torcí al llegar a la Cuarta, a la altura del First National Bank. Inexplicablemente, la gente seguía pareciendo la misma de entonces. Hombres y mujeres grises caminando sin rumbo, callada y maquinalmente, como si alguien los hubiese contratado desde hace siglos como figurantes vitalicios, como si una mano gigante e invisible les hubiese dado cuerda. Era verdad que nada había cambiado.

Los viejos recuerdos seguían asaltándome, implacables, mientras avanzaba por aquellas calles cargadas de pasado. Volví a ver a mi padre tendido en el sofá: Su cara de terror cuando la muerte le sorprendió. La mesita rota. La crema de champiñones derramada por la moqueta. El silencio.

Así, llegamos a casa. Al número 20 de Orange Avenue.

Me armé de valor y salí del coche.

miércoles 20 de febrero de 2008

Tu vida a las tres y a las nueve



La vida de algunos
es como un
telediario.

Las
malas
noticias
se suceden,
una tras otra,
continuamente.

Mi
vida es
un poco así
también, supongo.

Supongo
que
sí.




* * *

martes 19 de febrero de 2008

Por algo lo llaman hospitalidad


De alguna forma lo logramos. Llegamos a Yuma a media tarde, mientras el sol comenzaba a planear su retirada. Eran las siete. El horizonte se desgajaba a lo lejos como un pomelo maduro y los últimos rayos teñían de oro la cara sucia de los edificios de Maiden Lane. Veinticuatro años después, la ciudad seguía siendo la misma. Igual de etérea y anodina. Inconsistente y ajena. Yuma. Deberían anunciarse así en los folletos turísticos.

El amoratado par de tetas que llevaba en el asiento de atrás no dijo gran cosa en todo el viaje. Abrió la boca un par de veces. Primero para gruñir mensajes ininteligibles que ni me molesté en descifrar. Después, para vomitar a chorro aquel asqueroso líquido blanquecino y viscoso sobre la alfombra. En cuanto pude, detuve el coche en la acera y le colgué de las orejas una bolsa de cartón de Wal-Mart para evitar males mayores.

Intenté hablar con ella, pero fue inútil.

—Me vas a tener que decir cómo te llamas...

—Gggg... —balbuceó.

—Vale. Bien.

Volví a sentarme al volante mientras ella llenaba la bolsa con sus arcadas. Encendí la radio para distraerme un poco y podría decirse que en cierto modo lo conseguí. Sonaban los Temptations. El paisaje también ayudó. Durante unos minutos me sentí tranquilo. Extrañamente tranquilo. A pesar de lo insólito de la situación, del complicado e imprevisto cambio de planes, todo aquel vaivén de recuerdos y calles conocidas, aquella inmundicia infinita, tan familiar, me envolvía como una pátina de tiempo y me transportaba a los días de mi infancia y adolescencia. No es que recordase con especial cariño aquella época, pero al menos la recordaba. Y, aunque volver a casa me hacía sentir igual de perdido que entonces, era una sensación cómoda. No era un extraño allí. Sólo un gilipollas más sin saber qué hacer, como cualquier otro.

Avancé lentamente por Main Street mirando hacia todos lados. Algunos establecimientos seguían allí, a prueba de bombas, tal y como los recordaba. Era increíble. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido en aquel jodido lugar. Como si todas las cosas se hubiesen puesto de acuerdo. Como si hubiesen estado esperando por uno, pacientemente, durante siglos. Me paré en el semáforo del cruce con la Tercera. Una vieja sentada en un banco se me quedó mirando. No la reconocí. Disimulé y arranqué en cuanto la luz se puso en verde.

Al llegar a Giss Parkway me desvié por Prison Hill Road hasta tomar de nuevo la estatal 8, dirección Colorado, hacia la casa de tía Beth y tío Frank. Debía hacerlo si pretendía entrar en casa de mis padres sin forzar la cerradura. Ellos eran los únicos que conservaban una copia de las llaves desde que mamá murió. De eso hacía ya unos cuantos años.

Aparqué a pocos metros de la casa. Pude ver a Grace regando las plantas del jardín. No había cambiado mucho. Seguía igual de gorda y fea que siempre. Puede que un poco más gorda. De espaldas, parecía que el tiempo no hubiese pasado por ella. Se dio la vuelta en cuanto oyó mis pasos.

—¡Coño! —dijo.

—Hola, Grace —dije yo.

—No me lo puedo creer…

—Ya —dije.

—Tienes muchos cojones para presentarte aquí de esta manera… ¡Ni siquiera viniste cuando murió tu madre!

—Tienes razón.

—¿Qué coño pasa? ¿Es que te sigue la policía o qué?

—Pues algo así, sí.

—¿A qué has venido, Bob?

—A por las llaves de casa. Beth y Frank se quedaron el último par.

—Mis padres están muertos, Bob.

—Vaya... Lo siento.

—Veré si las encuentro.

—Bien.

Entró en casa y dejó la puerta entornada. La esperé fuera, clavado como un poste sobre el felpudo de la entrada, mirándome la punta de los mocasines. Descubrí restos de mierda seca en el zapato derecho. Inconvenientes de cagar en el desierto, ya se sabe. Con disimulo, ladeé un poco el pie sobre el empeine y me deshice de aquel pegote negro a la altura de la O de Bienvenido.

Grace volvió a aparecer con las llaves en la mano. Era un pesado racimo metálico colgando de un llavero de publicidad de Barney’s Gas. Me las tiró al pecho y se aferró a la puerta, cerrándome el paso.

—¿Cuántos años han pasado? —preguntó— ¿Veinte? ¿Veinticinco?

—Veinticuatro —dije yo.

—Eres un cabrón, Bob.

Meneó la cabeza en señal de desaprobación y después cerró la puerta con vehemencia. Retumbaron el marco y el felpudo. El jardín entero se estremeció con el portazo. Pude oír cómo pasaba el seguro desde el otro lado, torpemente. Pobre Grace. En el fondo no le faltaba razón.

Apreté las llaves en la mano y volví al coche.

lunes 18 de febrero de 2008

Sweet Home Arizona



El resto del viaje fue casi tranquilo. El sol me acompañó durante todo el camino. Primero en lo alto, redondo y blanco como una bombilla pelada en medio del cielorraso infinito y pintado de azul del desierto de Mojave. Después más bajo, mirándome de frente, cegador y amenazante como los ojos del mismísimo diablo.

Era más de mediodía. Ardía el volante. Infatigable, el viento del este barría sin cesar nubes de polvo naranja sobre la carretera y todas venían a estrellarse contra mi parabrisas. La carretera, un trazo viscoso y oscuro en mitad de aquel mar de arena color mostaza, surcaba humeante el desierto como un finísimo río de asfalto derretido.

Regresar a Yuma después de tantos años, lo sabía, era mucho más que dar un paso atrás. Era hundir las dos piernas en la mierda hasta la altura de las rodillas. Hasta los muslos. Pero no tenía otra opción. No estaba en disposición de encontrar mejor salida, ésa era la verdad. Tenía un par de miles de dólares robados a una vieja chivata y a la policía estatal siguiéndome los talones. Lo fundamental era abandonar California. Después, en Yuma o en cualquier otro lugar, a salvo de viejas y sirenas, ya tendría tiempo de decidir con calma qué hacer con mi asquerosa vida.

Me entraron ganas de cagar. Así que abandoné la meditación y la poesía de metáforas apocalípticas y me hice a un lado para dar gusto a mi maltrecho culo. Para variar, no encontré más papel en la guantera que los viejos recibos del seguro, un mapa de carreteras de California del año 72 y una publicidad roñosa a dos tintas, en forma de tríptico, de un restaurante chino llamado “Hong”.

Quizá más por práctica que por pudor, decidí cagar de espaldas a la carretera. Siempre es desagradable cagar a la intemperie, pero lo es más cuando el viento del este azota tu culo con ráfagas de polvo seco y caliente. Al contacto con la mierda fresca, la arena forma un engrudo del que es casi imposible deshacerse. Y no tenía yo el culo para fiestas. Desde luego que no.

Entrecerré algo los ojos para evitar que el polvo del desierto me dejase ciego con sus latigazos. Mientras la mierda caía implacable sobre las piedras ardientes del arcén, recorrí el paisaje con la mirada. El horizonte era una línea marrón bien definida que subrayaba el azul del cielo, eléctrico por momentos, diferenciándolo de los tonos ocres y azafranados que teñían las lejanas colinas y prácticamente la extensión entera de tierra. Había cactus amarillos y verdes que salpicaban la arena de sombras. Y el inevitable tendido eléctrico, por supuesto, como un raíl infinito impuesto por la mano de algún hijo de puta sin gusto. Y piedras, también. Miles de piedras de casi todos los colores y formas imaginables. A unos doscientos metros de mí, entre los cactus, descubrí un extraño bulto oscuro. Acabé de cagar y me limpié con dificultad, intentando arañarme el culo lo menos posible con aquel áspero panfleto del chino, antes de acercarme a ver de qué se trataba.

Lo hice. Era un cuerpo de mujer. El cuerpo harapiento y sucio de una mujer de unos treinta años, casi hermoso. Tenía la espalda y las piernas descubiertas, llenas de magulladuras y sangre seca. Acerqué la punta del zapato a su cabeza y le di unos golpecitos en la nuca, por ver si aún respiraba.

—Gggmpppf… —gruñó desde el suelo aquel despojo.

—Oye, ¿estás viva? —le pregunté

No contestó. Sin moverse, se limitó a emitir una mínima carcajada y después vomitó algo blanco sobre la tierra. Estaba bien jodida. Los dos lo estábamos.

Me volví para vigilar el coche. La carretera seguía desierta y no había casas allí cerca. Me agaché y cogí a la mujer del pelo para verle la cara. No era del todo fea. Conservaba aún algo de maquillaje bajo el polvo y los moratones. Tenía los ojos rasgados pero no parecía oriental.

—¿Cómo te llamas?

—Mmmmppff… —escupió, dejando caer un diente rojo junto al charco de vómito.

—No puedo dejarte aquí… —intenté explicarle.

—Gggg… —asintió ella, como pudo, antes de caer inconsciente.

—¡Me cago en los huevos de Dios!

Cogí a la chica por los brazos y la llevé a rastras hasta donde tenía el coche. La posé sobre el asfalto como una hamburguesa y busqué la manta que llevaba en el maletero para no manchar de sangre el asiento trasero. Faltaban diez millas para llegar a Arizona. No tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo.

La tumbé allí dentro, todavía dormida, y arranqué a toda leche con destino a Yuma. Todavía quedaban un par de horas antes de llegar. Todavía era un jodido fugitivo a ojos del estado de California. Lo que menos necesitaba era meterme en un lío así, jugarme el pellejo por una puta moribunda. Pero supongo que hasta los tipos como yo tienen sentimientos. Además, la cabrona tenía un buen polvo a pesar de todo.

La miré un rato por el espejo retrovisor mientras llegábamos a Arizona. Se le empezaba a asomar un trozo de teta por el pedazo de tela de saco que la cubría. Se me empalmó como un resorte y me reí.

domingo 17 de febrero de 2008

Un golpe de suerte



Mientras Darleene se secaba el pelo con la toalla de manos, aproveché para salir del cuarto de baño con el mayor sigilo. Dejé la puerta entornada tras de mí y me dirigí nuevamente a la barra para pedirme otro café con que librarme de aquel condenado sabor a salchicha deglutida.

Había un tipo grasiento tras el mostrador. Tan grasiento como mi desayuno. Era un enano calvo bañado en sudor, con la frente más arrugada que el culo de un septuagenario, que había hecho del ceño fruncido su tarjeta de presentación. Un culo estreñido, en otras palabras. Se llamaba Sam. Todos los camareros de bar de carretera se llaman Sam.

Me miró con cara de pedo y arrugando su nariz me preguntó con asco:

—¿Qué va a ser?

—Un café —le dije— Un café cargado.

Se restregó el sudor por la frente con la palma de la mano y afectó algo más su cara de cansancio antes de darse la vuelta y apretar el botón de la máquina de café. Su voz era la misma que minutos atrás reclamaba a Darleene desde el otro lado de la puerta del baño. Una voz demasiado grande para tan poca cosa, pensé. Lo miré de arriba abajo y no me costó hacerme cargo de la situación: Lo más probable era que aquel forúnculo seboso fuese su marido y que Darleene chupase pollas en los baños más por imperativos naturales que por lograr un sobresueldo con que comprarse collares de perlas.

El bar volvía a ser un hervidero de gorras multicolores y culos gordos. El ambiente se había cargado de un intenso olor a humanidad y vaquero mojado. La esencia de la ruta. Un gorila de unos cincuenta años se sentó a mi lado. Su gorra era verde y decía Mudanzas Greyhound. Tenía los brazos morenos. Todos los camioneros tienen los brazos morenos.

—¡Sam, compadre! —saludó efusivo Sam el camarero.

—¡Seguimos en la brecha! —repuso el camionero con nombre de camarero.

Era la hora de comer. Al olor a calcetín sudado se sumaban ahora los efluvios de fritanga que manaban de la cocina. Darleene salió del baño de mujeres con comprensible desasosiego. Sam sirvió una cerveza a su tocayo, el amigo de la quinta rueda, y luego se agitó como ala de mosca en medio de la barahúnda. La radio estaba sintonizada en una emisora local. Una emisora de noticias que hablaba de mí. Decía:

“La policía sigue buscando al hombre que asaltó y forzó sexualmente a Dorothy Gretchen Jenkins, dueña de la residencia Jenkins de Barstow. Por el momento, todas las investigaciones apuntan a que fue el principal sospechoso, Robert Wayne Ochmoniak, —caucasiano, varón, cuarenta y dos años, complexión fuerte, ojos castaños— quien robó y abusó de la mujer, dándose a la fuga poco después en un Toyota Corolla de color blanco”.

—¿Podría poner algo de música? —le pedí a Sam cara de pedo.

—¡Amigo, aquí soy yo quien decide qué se escucha! —respondió retomando su gesto habitual.

El camionero salió en defensa del calvo. Se sacó su gorra verde y dijo:

—Eso Sam. ¡Enséñale quién manda aquí!

Pandilla de imbéciles, me dije. Maldita pandilla de jodidos subnormales imbéciles, me repetí mientras Sam el capullo me servía el café de mala gana. Tenía que salir de California inmediatamente. La puta de la vieja había cantado como un estornino. Su rabia le impidió tomarse en serio mi amenaza, estaba claro. Ya encontraría la forma de joderla de verdad.

Miré por la cristalera del bar. Un poli motorizado acababa de dejar su moto junto a mi coche. Estaba inspeccionando su interior desde la ventana del copiloto.

—¡Mierda! —dije en alto.

—¡Eh, amigo! ¡Más cuidado con lo que dice! —protestó Sam cara de mierda.

Me callé y hundí la cabeza entre los hombros. De pronto mi vida se paseó ante mí como una puta barata, apestando a orina reseca, enseñándome alegre su dentadura podrida. Tenía que huir. De alguna manera tenía que lograrlo.

El poli entró y se sentó a la barra con Sam el gorra verde.

—¡Sammy! ¡Por aquí otra vez! ¿Cómo va eso? —le preguntó al camionero.

—¡Seguimos en la brecha! —respondió el otro como un contestador automático.

—Eso está bien.

Luego se fijó en mí y abrió los ojos de pronto. Yo intenté disimular lo mejor que supe, ocultándome tras el puño de la camisa. Se levantó de su taburete y caminó hacia mí con paso pausado y grave, como un puto ranchero.

—Oiga, amigo…

—¿Sí? —dije yo.

—¿Es suyo ese Corolla blanco de ahí fuera? —preguntó señalando con el mentón.

Me quedé en silencio, petrificado. Pude sentir cómo el café bajaba por mi garganta y atravesaba mi tráquea igual que lava ardiente. Sin mover el cuello, esperando lo peor, le respondí con voz temblorosa:

—Sí, agente. He venido en ese Corolla.

—Lo imaginaba.

Se llevó los pulgares al cinturón y se rió como un colonizador imperialista nada más desembarcar en una isla virgen.

—¡Dios santo, amigo! —dijo el poli— ¡Dígame dónde ha conseguido esa virguería de radio!

—¿La radio? —pregunté yo, sin llegar a creer del todo lo que acababa de oír.

—¡Sí, amigo! —intervino Sam, el transportista de Greyhound— ¡La radio, ya sabe, esa cosa que encaja en el rectángulo que va sobre el cenicero!

—Oh, —contesté agitando la cabeza— Verá… En realidad es un regalo de un buen amigo. No sé dónde la compró.

—¡Vaya! —se lamentó el poli— Llevo meses detrás de ese modelo y no he sido capaz de encontrarlo en ninguna parte.

Sonreí como un mono y pagué mi café. Les regalé una reverencia y busqué a Darleene en el horizonte, entre las mesas pobladas de gorristas, pero no estaba. Salí del local a toda leche y arranqué con tanta decisión que la humareda de polvo que levantaron los neumáticos todavía debe de ocultar hoy el letrero del puto Carter’s.

sábado 16 de febrero de 2008

Darleene, Darleene



Con el paso de los minutos, el bar se fue quedando vacío. Infernales ráfagas de aire caliente se deslizaban pesadamente hasta el interior del local cada vez que los hombres de las gorras multicolores abrían la puerta para marcharse, arremolinándose en torno a las sillas igual que pequeños torbellinos de vaho. Era el aliento del diablo.

La camarera se acercó a mi mesa con decisión, secándose las manos con el delantal. Llevaba un periódico mal doblado bajo el sobaco. Se sentó conmigo mientras tomaba mi café, invitándose a sí misma a disfrutar de mi encantadora presencia.

—¿Has leído lo que dice el periódico? —preguntó, señalando un titular que hablaba del milagro de la lluvia en Mojave— ¡Cuarenta y dos años desde la última vez que llovió! Joder, yo ni siquiera había nacido...

—Ya... —dije yo, indiferente.

—¡Para tu información, cumpliré treinta y seis el diez de septiembre!

—Interesante.

Ella seguía allí, frente a mí, como si fuese mi jodida esposa. Hojeando las páginas del periódico indiscriminadamente, haciéndolas crujir con sus dedazos torpes. Fingiendo un interés ridículo a veces, entremezclado con cierta mueca de sorpresa e indignación, abriendo exageradamente los ojos.

Me terminé mi café y empecé a moverme del asiento para levantarme. No iba a ser fácil después de haberme metido un kilo de restos bañados en sirope. Mi organismo tardaría aún unos días antes de asimilar tanta proteína, lo tenía muy claro. Ella dejó de prestar atención a su lectura y me miró fijamente.

—Eh, ¿tienes mucha pasta? —me preguntó en voz baja.

—Pues está mal que yo lo diga... Pero sí.

—Mira esto... —dijo abriéndose un poco el escote— ¿Te gustan mis tetas?

—Son bonitas —contesté— Sí, claro que me gustan.

—Espera... —me pidió mientras examinaba el terreno— Te diré lo que vamos a hacer: Entra en el baño de las chicas y espera hasta que llame tres veces. Entonces, me abres.

—El plan es fácil. Pero, ¿por qué en el baño de las chicas?

—¿Tú has entrado en el de hombres?

—No.

—Ah... —dijo ella con suficiencia, dándome a entender la respuesta— Será mejor que aproveches ahora que no te ve nadie. ¡Corre!

Hice lo que dijo. Atravesé el bar sorteando mesas y taburetes hasta llegar al baño de mujeres. Olía a pescado muerto perfumado con ambientador de pino. Cerré la puerta por dentro y me senté a esperarla sobre la taza del váter. Mientras no venía, aproveché para sacarme con la uña del meñique los restos de carne que se habían atrincherado entre mis dientes, inmisericordes. Ella no tardó mucho. A los tres minutos estaba golpeando la puerta. Le abrí.

—Cierra... —me urgió al entrar— ¡Nadie puede saber que estamos aquí!

—¡Vale, tranquila! —le dije mientras me sacaba la polla, todavía fláccida, de la bragueta.

—Me llamo Darleene —sonrió mientras tiraba a dos manos del rollo de papel higiénico, antes de usarlo como alfombra para no ensuciar sus delicadas rodillas de puta barata.

—Yo ya no sé ni cómo me llamo —contesté yo, divertido, tapándole la boca con mi precioso capullo sonrosado.

La chupaba como una verdadera profesional, la tal Darleene. No iba a ser un dinero mal invertido, me dije mientras le pellizcaba las orejas. Ella se apartaba el pelo de la cara para que pudiese disfrutar mejor del espectáculo. Llegaba con los labios hasta la mismísima base de mi polla. Me pregunté si también le entrarían los huevos en la boca, ya puestos.

Prodigiosa Darleene... Cada vez la mamaba más rápido y con más fuerza. Con el entusiasmo, un importante reguero de baba cristalina se le empezó a escurrir por la barbilla, salpicando de saliva sus redondas tetas. Su escaparate.

A veces le entraban arcadas y eso me emocionó un poco. No sabía si era mi capullo golpeando contra su campanilla o el olor que despedía mi entrepierna después de dos días sin bañarme. En cualquier caso, también me empezaron a entrar a mí. Sentí una náusea profunda, más profunda aún que la de Sartre, y comencé a sentir cómo mi estómago insistía en rechazar el último banquete.

La rubia de la lengua de oro seguía dándole a la flauta dulce. En cuanto sintió que mi respiración se aceleraba, se sacó la polla de la boca y continuó machacándola, apartándola ligeramente de su cara.

—¡En el cogote! —me dijo con el hálito entrecortado— ¡Quiero que te corras en mi cogote!

—¿En el cogote? —pregunté, extrañado.

—¡En el cogote! —gritó girando su cabeza hacia la puerta. ¡Nada me excita más que una buena corrida caliente en el cogote!

—Lo que tú digas... —respondí, sujetándome la tranca con una mano y su melena rubia con la otra— ¡Te voy a dejar bonita!

Fue dicho y hecho: Mi manguera de semen la bautizó en cuatro disparos. Pringué su pelo de zorra y también buena parte de su espalda, desnuda y blanca, aunque no más blanca que mi leche blanca. Me sentí un cerdo. Pero un cerdo feliz y satisfecho. Un cerdo con los huevos vacíos.

Mi esperma dibujaba un mapa del tamaño de África entre sus omoplatos. Me sobrevino una arcada de pronto, intensísima, que me hizo regurgitar lo último que había comido: Puré de torta con huevos revueltos y salchicha. Lo lancé también sobre su espalda. Solucioné el problema del hambre en el continente en cuestión de segundos. No tenía gracia, pero me entró la risa. Después vomité el resto —las patatas, los huevos y la carne roja— sobre su pelo teñido. Al acabar le pedí perdón y le di otro billete de cien dólares, para la tintorería.

Del otro lado de la puerta se oyeron golpes. Y la voz ronca de un hombre:

—¡Darleene, mierda! ¡Sal de ahí ahora mismo! ¡Es la hora de las comidas!

La hora de las comidas: A ella se lo iba a decir.

Volví a pedirle disculpas y le ayudé a lavarse el pelo.

viernes 15 de febrero de 2008

Desayuno continental


Me despertaron las señales horarias de las once y media sobre los gritos desgarradores de Screaming Jay Hawkins, que repartía embrujos desde su platea de onda corta. El eco de sus conjuros reverberaba dentro y fuera de mi cabeza como un mensaje venido de otro planeta. Me rasqué los huevos y me desperecé estirando el cuello en todas direcciones, como un avestruz, mientras intentaba despegar mi pobre culo del respaldo sudado del asiento.

El sol de la mañana había borrado ya el rastro de la lluvia y ahora se alejaba de mi camino en forma de cúmulos blancos, veloz y alegremente, como una señal divina, sobre el cielo azul eléctrico de Mojave. Azul y ocre: Mentía quien dijo que el infierno era de color rojo.

No había dormido tan mal a pesar de todo, pensé. Me froté los ojos en busca de legañas y me deshice con las dos manos de la capa de sudor que bañaba mi cara y cuello. Mientras me las limpiaba contra la tela del pantalón, palpé de nuevo los bolsillos. Sentí el abultado tacto del dinero y algo se encendió en mi interior. Decidí que ya era hora de mandar a la mierda tanta austeridad y dedicarme un homenaje.

La cafetería del área de descanso estaba abierta y había gente entrando y saliendo. Tipos con gorras rojas, con gorras verdes y amarillas, con gorras azules y naranjas, con gorras negras. Aquello parecía un jodido concurso de gorras. Varios camiones y furgonetas de reparto estaban aparcados a la puerta, presenciando el desfile. Moví mi coche hasta la zona de sombra y me bajé para desayunar algo.

Entré en el puesto de comidas. Sonaban banjos y violines, armónicas y acordeones, acompañados de maullidos nasales y estridentes repitiendo estribillos facilones sobre la carretera, el amor y el abandono. La música country, ese cáncer esplendoroso que impregna de tópicos estúpidos la cultura musical americana, apestaba allí con todo su encanto.

—¡Hola, vaquero! —Me saludó desde la barra la camarera, una infeliz de mediana edad teñida de rubio, a voz en grito— ¡Bienvenido a Carter’s!

—Hola —dije yo, indiferente, mientras buscaba un sitio donde sentarme.

Encontré uno bueno cerca de la ventana, a media sombra, desde donde podría vigilar mi coche. Me senté allí y empecé a ojear la lista de desayunos.

—Creo que tomaré el número 12… —le dije a la mujer cuando se acercó, señalando sobre la carta la fotografía de un plato de huevos fritos, salchichas con bacon y tortitas de maíz bañadas en sirope.

—Me temo que no va a poder ser, vaquero… —me espetó la muy vulgar, mascando su chicle de fresa con la boca abierta— Dejamos de servir desayunos a las once y media. Son las normas, ya sabes...

—Entonces comeré algo... ¿Puedo comer algo?

—Tendrás que esperar. No servimos comidas hasta la una del mediodía, vaquero...

—¡Oh, mierda, deja de llamarme vaquero! ¿Es que tengo pinta de vaquero, joder?

—Pues no... —contestó.

Rebusqué en mi bolsillo y saqué un billete de cien dólares. Lo agité en el aire y le dije muy serio:

—¿Ves esto? ¿Lo ves? Son cien dólares. Serán tuyos si me consigues algo de comer en menos de cinco minutos. Lo que sea. Me muero de hambre, joder.

La camarera se quedó callada un momento. Miró primero el billete bailoteando entre mis dedos y después me miró a mí. Me miró a la cara y se rascó la cabeza sin dejar de lanzar dentelladas a su chicle rosa, preguntándose si hablaba en serio.

—¿Me tomas el pelo?

—Te juro que no... —le contesté— Estoy hambriento. Dame de comer y estos cien dólares son tuyos.

—Bien... —respondió— Veré qué puedo encontrar para ti en la cocina.

Volvió al cabo de cinco minutos con una bandeja repleta de sobras: Restos de filete de ternera, buey a la brasa, patatas fritas, patatas cocidas, revuelto de huevos, huevos fritos, huevos cocidos, tortas con sirope, tortas sin sirope, una salchicha y un montón de mostaza a un lado del plato. La dejó caer sobre mi mesa con estrépito. Chirriaron los cubiertos contra el vaso y alguna comida cayó de su plato, pero no me importó.

—Gracias —le dije, entregándole su billete.

—Oh, mirad todos a quién tenemos aquí… —gritó sujetándolo en el aire con las dos manos— ¡Es el jodido Aristóteles Onassis!

Los camioneros sentados en la barra murmuraron insultos entre carcajadas. La chica se fue danzando por entre las mesas del bar con el billete aferrado a sus dedos amarillentos, antes de introducírselo en una de las copas de su sujetador. La masa amante del country, enardecida, se puso a silbar y a aplaudir. Al final sí que iba a ser verdad que estábamos en el jodido Oeste.

Despaché mi bandeja en menos de hora y media y, al acabar, eructé como un búfalo moribundo. Recibí aplausos. Después de eso, me desabroché el pantalón y pedí un café.

jueves 14 de febrero de 2008

Tarde o temprano tenía que suceder


Dejé atrás la ciudad como una cicatriz de cristal en la espalda y enfilé hacia Arizona por la estatal 40 en el desvío de Montara Road. Para cuando quise darme cuenta, había recorrido ya más de treinta millas sin enterarme. Estaba cruzando el desierto. El maldito desierto de Mojave a las cinco de la madrugada: La definición total de un desierto.

Llovía a ráfagas. El agua se mezclaba con el polvo formando una molesta cortina marrón, pegajosa e igual de espesa que el escupitajo de un gigantesco viejo tuberculoso. El coche entero era un escupitajo de barro. Tuve la impresión de estar viajando con una nube de flema sobre el capó destartalado.

La radio del coche viajaba en silencio por pura inercia. Acostumbrado a no tenerla, lo más fácil era ignorarla igual que al cenicero. La encendí por sentirme menos solo y también por despejarme un poco: Lo necesitaba. Llevaba casi un día entero sin descansar ni probar bocado. Y la promesa de un área de descanso donde poder hacerlo se presumía aún lejana e improbable. Un oasis de felicidad perdido en un océano de mierda.

Las marcas de pintura amarilla en el asfalto señalaban el camino de vuelta a casa. La dirección a Yuma. Cuando pisaba el acelerador a fondo se hacían una, como un rastro infinito de oro en la inabarcable inmensidad de la noche, invitándome maliciosamente a cerrar los ojos y dejar que el coche siguiese solo, igual que un jodido canto de sirenas. Sólo que en Mojave las únicas sirenas que sonaban eran las de las ambulancias y las del sheriff del condado. Y, en mis circunstancias, prefería no tener que oír ninguna de las dos.

Seguí conduciendo durante una hora, cabeceando como un borracho, saliéndome a ratos de la calzada. Con un ojo encima de la aguja del nivel del combustible, cada vez más temblorosa y cabizbaja. Si me quedaba sin gasolina allí, en pleno desierto, me podía dar por jodido. No vi más que un par de camiones en todo el trayecto. Ni un miserable coche. Ni una maldita casa dejada de la mano de Dios. Estaba yo y después estaba la nada.

Me recompuse al vislumbrar un infeliz cartelón empolvado, probablemente obsoleto, aunque eficaz, anunciando con timidez la distancia hasta la estación de servicio más próxima: National Trails Highway. Sesenta millas. Con un poco de suerte, llegaría.

Me encomendé a Satán y a todos los santos y recé una novena a San Patricio para que todo saliese bien por una puta vez y no me quedase tirado en medio de aquel desierto de arena y agua sucia. Y al parecer funcionó, porque el depósito aguantó el trayecto, renqueante, más por fe que por gasolina.

Reposté. Llené el tanque, muy satisfecho. Me hice a un lado en el arcén del área de descanso y me eché a dormir. Seguía lloviendo y aún no era de día.

Ya tendría tiempo de desayunar por la mañana.

miércoles 13 de febrero de 2008

Última llamada para Yuma


Me bajé del coche en el cruce de la calle Lovekin con Palo Verde para llamar a Candy desde una cabina. Hacía sólo cuatro horas que la había dejado en su casa y estaba seguro de que la despertaría, pero no podía dejar pasar mi última oportunidad alegremente. Antes o después me arrepentiría. Y ya estaba hasta los cojones de arrepentirme.

Tallulah descolgó el teléfono. Dijo:

—¿Uh?

—Tallulah, soy Bob. Pásame a Candy…

—¿Eres tú, papá?

—¡Qué coño papá! ¡Bob! ¡Bob Ochmoniak!

—Un momento… —balbuceó desde el otro lado de la línea— Un momento, por favor.

—Está bien.

Candy tardó más de cinco minutos en ponerse. Pude oír cómo el auricular del teléfono golpeaba contra algo, probablemente el suelo, antes de reconocer sus habituales juramentos en hebreo. La cabina iba devorando insaciablemente las pocas monedas que tenía: El tiempo se agotaba.

—¿Pero qué coño te has creído, pedazo de cretino, llamándome a estas horas? —me increpó, todavía medio dormida.

—Candy… —le dije— Tengo que hablar contigo. Es algo que no puede esperar.

—¡Gilipollas, sabes que mañana trabajo!

—Será sólo un momento, Candy… —le supliqué— Sólo un momento y te dejaré tranquila.

—Oh, mierda… Siempre dices lo mismo. ¡Me has despertado, joder!

—Se me acaba el dinero. Te espero en tu puerta…

Volví a meterme en el coche y apagué la radio para poder pensar con claridad. Conduje muy despacio hasta la casa de Candy Gallows, sigiloso como un susurro, como un felino de hojalata. Y, durante el cortísimo trayecto, me fui repitiendo mentalmente el discurso que había ensayado mientras cagaba a Ronald y Nancy, los mellizos mulatos.

Llegué a su casa. Ella esperaba en la puerta, con los brazos en jarra, cubierta por un camisoncito ligero y minúsculo que alcanzaba a taparle el coño de puro milagro. Tenía las piernas más largas y mejor hechas del jodido estado de California. Qué hija de puta, pensé. Mi barriga se escondió nada más verla. Fue un acto reflejo.

Salí del Toyota con cierta torpeza inoportuna y me metí las manos en los bolsillos, por aparentar una tranquilidad que habría deseado no tener que fingir. Recorrí los diez pasos que me separaban de sus fabulosas piernas rebuscando en mis pantalones algo con que poder compensarle. Levanté un poco la vista y me encontré de golpe con su cara de enfado. Así que cogí lo que más pesaba, y, antes de decir nada, se lo ofrecí:

—Ten —le dije satisfecho, con aquella cosa dorada refulgiendo en la palma de mi mano derecha.

—¿Qué mierdas se supone que es esto, Bob? ¿Te ríes de mí?

—¡No, joder! Es un regalo… —me encendí— ¿Es que no sabes aceptar un puto regalo?

—¡Un abejorro de lata bañado en oro! ¿A qué maldita vieja le has robado esta cagada hortera, Bob Ochmoniak?

—No se te escapa una… —contesté desencantado, pensando en lo distinto que era el discurso que había ensayado en el cagadero.

—No importa... Se lo regalaré a Tallulah. Ella podrá encontrarle alguna utilidad. Como pisapapeles, por ejemplo… —cerró la boca un instante antes de continuar, después volvió a abrirla—: ¿A qué coño has venido?

—Me voy —le dije—. Me voy y quiero que te vengas conmigo.

—Pero vamos a ver, Bob… ¿Tú me has visto cara de gilipollas o es que te aburres tanto que no tienes nada mejor que hacer que venir a despertarme sabiendo que me tengo que levantar en dos horas?

—Hablo en serio, Candy: Tengo el dinero y tengo el lugar… Deja la cafetería, deja este pueblo de mierda. Vente conmigo, abandonemos Barstow de una vez.

—¡Tú estás loco! —advirtió con gran clarividencia.

—¡Como una jodida cabra! —confirmé.

—¿Qué quieres que diga?

—No quiero que me digas nada: Empieza a hacer tu maleta. Tenemos algo más de una hora antes de irnos. Coge todo lo que puedas, deja lo que no sirva. Que se lo meta Tallulah por el culo.

—No puedo hacerlo, Bob...

Mentiría si dijese que recuerdo qué fue lo que respondí entonces. Sólo recuerdo que, como una señal, gotas de lluvia comenzaron a caer de nuevo sobre nuestras cabezas; pero esta vez quemaban como el azufre. Recuerdo la espalda, las pantorrillas, los pies descalzos de Candy, alejándose de mí a cámara lenta. Recuerdo el ruido que hizo su puerta al cerrarse. El silencio que vino después. La decepción.

Me quedé sentado en el escalón, desolado, sosteniendo la abeja dorada entre mis manos. La luz de su habitación se reflejaba insultante en la ventanilla de mi Toyota. Unos pocos minutos más tarde se apagó. Me levanté. Caminé hasta el coche y, un poco antes de llegar a la puerta, me volví hacia su casa, apreté con furia el avispón y lo lancé contra su ventana. La hice añicos.

—¡Que te jodan, Candy! —grité— ¡Que te jodan, maldita puta!

Me fui de allí. No dejó de llover en toda la noche.

martes 12 de febrero de 2008

Adiós, pueblo deprimente


La última fue una cagada heroica y apoteósica. De esas que le hacen a uno sudar y desgañitarse como una parturienta. De esas que lo envuelven a uno en preguntas metafísicas y amargas disquisiciones sobre el milagro de la vida y sus misterios. Cagué dos preciosos mellizos de chocolate con forma de cachimba y me sentí tan orgulloso de ellos que me faltaron arrestos para tirar de la cadena. Ya tendrían tiempo de conocer el mar más adelante.

Me limpié el culo con inhabitual esmero mientras pensaba en nombres para las criaturas. Las contemplé largo rato intentando encontrarles algún parecido hasta que me decidí, con ciertas reservas, por Nancy y Ronald. Los bauticé allí mismo con una buena meada que deshizo al instante sus diminutas cabecitas marrones. Después los cubrí de papel higiénico y les di las buenas noches antes de volver a la habitación.

Sobre la cama estaba mi maleta a medio hacer. La ropa arrugada, las latas calientes de cerveza, los cuadernos de notas maltratados por el paso del tiempo, los lápices raídos, los posavasos del Harlin’s y algunos libros que merecían no regresar jamás a la miserable biblioteca pública de Barstow. Y las joyas y el dinero, por supuesto, repartidos en todos mis bolsillos: 27,946 maravillosos dólares y un puñado de cachivaches dorados, robados de la pensión de la jodida ancianita acosadora. Mi recompensa.

Conseguí hacer entrar en la maleta la mayor parte de mis cosas. Abandoné a mi arrugada Mae West en el cajón del escritorio y oculté tras las cortinas un par de slips usados con las caras de Nietzsche y Jesucristo impresas en la culera. Una última muestra de afecto hacia la señora Jenkins. Mi regalo de despedida.

Bajé apresuradamente las escaleras y miré la hora en el reloj del comedor: Eran las cuatro menos cuarto de la madrugada. De pronto pensé en Candy, en el maricón de Chip Hodgson. Recordé al pobre Joseph Kanduriz, yacente como Marat en la bañera, y a Jack Henderson, el recadero del hacha, acudiendo como un héroe en su rescate. Reviví todas aquellas escenas que habían sucedido en la pensión de la señora Jenkins y me emocioné un poco. Tanto, que casi se me olvida dejar las llaves de mi habitación sobre la mesa del salón.

En la calle, Chip había aparcado su cochecito de maricona delante del mío. La ventanilla del copiloto estaba abierta hasta la mitad, con lo que no resultó muy difícil abrir la puerta. Rebuscando en su guantera encontré una cinta de Eric Burdon que me guardé en el bolsillo de la camisa. Todo lo demás era mierda del estilo Dolly Parton y The Carpenters. Lo dejé donde estaba. Me fijé en su radio último modelo, reluciente, y, aunque me pareció un abuso por mi parte, se la jodí también: Hacer un viaje tan largo sin música habría sido una tortura.

Salí del Polara con mi radio nueva y me quedé observando el coche un momento. Recordé el incidente de los huevos y el desayuno de la mañana siguiente, los cuchicheos de ama de casa con la señora Jenkins y todo eso. Lo pensé mejor y volví a abrir la puerta del copiloto. Desde fuera, solté alegremente el freno de mano y me senté a esperar en mi coche mientras el de Chip comenzaba a descender cada vez más rápido por la avenida, rodando amenazante como una inmensa bola de nieve metalizada.

Fue a estrellarse contra los recolectores de basura del final de la calle. Ni hecho a propósito, pensé. Sólo entonces sentí que todo lo que tenía que hacer ya estaba hecho. Mi misión en Barstow estaba cumplida. Podía irme.

Terminé de instalar la radio y probé en ella mi cinta de Eric Burdon. Sonaba de cojones la condenada. La puse a todo volumen y arranqué el coche pisando a fondo el acelerador, hasta llegar a la zona de las urbanizaciones.

Le debía una llamada a Candy.

lunes 11 de febrero de 2008

El oro de la bruja



La viuda esperaba en el comedor, medio desnuda, bebiendo cerveza. Se había sentado en el primer peldaño de las escaleras que conducían al primer piso, cerrándome el paso. Su trémulo pellejo de vieja golfa oscilaba fláccidamente sobre la moqueta.

—Hace calor, ¿eh? —le dije mientras cerraba la puerta.

—¿Ha traído mi dinero… Bob? —eructó ella, borracha.

—Todavía no. Mañana, tal vez…

—Está bien… Conmigo, entonces.

La seguí por el breve pasillo hasta su habitación con la misma resignación con que lo habría hecho un condenado a muerte. Ella se tambaleaba con alegría, con paso titubeante, balanceándose igual que un siniestro tentetieso de carne. Sujetándose a las paredes, a los marcos sombríos y polvorientos de los cuadros.

—¡Pase aquí! —me ordenó, señalando una puerta entreabierta.

Entré en la habitación sin encender la luz. La vieja siguió hasta la cocina, zigzagueando, en busca de algo de cerveza. Mientras la encontraba, me senté en su cama y me descalcé. Las plantas de mis pobres pies ardían en carne viva, podía sentir sus desgarradores chillidos de dolor recorriéndome por dentro. Froté mis ampollas contra la alfombra de pelo largo y sentí cierto alivio sordo.

La señora Jenkins volvió con una cerveza en cada mano. Se sentó a mi lado y, sacándose una teta del sujetador, me explicó:

—Será así por cada día que no pague su alquiler…

—Nada que objetar —respondí, práctico y magnánimo.

Me puso la teta en la boca y empecé a mamarla como un recién nacido. A cada sorbo, la vieja se estremecía y emitía ruidos cada vez más extraños. Parecía una grulla. Me detuve. La experiencia comenzaba a rozar la zoofilia.

—¿Por qué paras? —bramó la muy foca, tratándome de tú, sin el menor respeto.

—Necesito respirar, ninfa del bosque… —me justifiqué.

No estaba para razonar, pronto lo comprendí. Sujetó mi cabeza con más fuerza si cabe y la estrelló con vehemencia contra su enorme mamelón. Le respondí con un mordisco cargado de furia que, lejos de disgustarle, le entusiasmó. Empezó a aullar como una loba herida y se meó encima del gusto. O se corrió.

Un instante después, se desplomó sobre la cama. Cayó redonda. Su dentadura rodó sobre el colchón antes de llegar al suelo. Le medí el pulso en la muñeca: Todavía vivía. Sólo estaba inconsciente.

La enderecé un poco y la tapé con un mantón raído que cubría la mecedora. Parecía la abuelita de Caperucita la muy hija puta. Me fijé en sus tetas, gordas y blancas, cubiertas de cientos de venitas azules, desparramadas sobre sus brazos de carnicera retirada. Entre aquellos dos sacos gelatinosos descansaba el llavín que abría el armario de las llaves. De pronto, se me ocurrió una idea.

Descolgué con delicadeza el colgante de su cuello. Ni se enteró.

Salí del cuarto sin hacer ruido y crucé a oscuras el pasillo, de puntillas, tanteando las paredes como un ciego, hasta llegar a la salita en que se encontraba el armario. Introduje el llavín en la cerradura y lo hice girar hasta que se abrió con un clic. Sonreí de satisfacción.

Estaban todas las llaves de la casa, pero sólo una me interesaba: La que abría el enorme candado de la cómoda de su habitación. Recorrí con el dedo por encima de ellas, leyendo apresuradamente las inscripciones sobre las que descansaban. Sólo una no tenía leyenda. Una llavecita dorada, sencilla. Me decidí por ella.

Encendí la luz del pasillo antes de volver a entrar en la habitación a tientas. La vieja roncaba igual que una motosierra. Sentí la tentación de meterle un calcetín en la boca, pero, por suerte, logré contenerme. Me dirigí a la cómoda. Al gigantesco candado que destellaba reflejando la luz de la luna, provocativo. Metí la llave y recé. Cerré los ojos y la moví en su interior.

Hizo clic.

Al abrirlo, el cajón chirrió con estrépito, pero la vieja gorda seguía serrando troncos. Había libros viejos en su interior. Libros y sobres. Y también alguna joya recargada, mucha bisutería fina. Los sobres contenían fajos de billetes de cien dólares. No conté cuánto habría en total, pero era más que suficiente para salir de la ciudad y vivir holgadamente durante un tiempo.

Me llené los bolsillos con los sobres y cogí alguna que otra pieza de valor. No era ético robar a una vieja, lo sabía, pero tampoco lo era abusar de un inquilino desvalido y ella lo hacía. En cierto modo, no era exagerado afirmar que estaba cobrando por los servicios prestados.

Estaba cerrando el cajón cuando descubrí por azar su doble fondo. Lo levanté y encontré el secreto que guardaba la jodida vieja: Polaroids recientes de Kanduriz desnudo y amordazado en su cama. Una colección considerable. Cogí las fotos y me las guardé junto con los sobres del dinero. Serían mi mayor garantía. Por si las moscas, dejé una nota en el cajón a la muy zorra:

“Sé lo de Kanduriz: Hable con la policía y yo les enseñaré las fotos”.

Subí corriendo a mi habitación y metí mi ropa en la maleta.

domingo 10 de febrero de 2008

Ángel del infierno



Sí:
Hugo.
Mi nombre
es Hugo Izarra;
no Ángel
González.

Y
creo que
es mejor,
¿sabes?

Porque
él está
muerto
y yo no.



* * *

sábado 9 de febrero de 2008

Todas las mañanas, la misma mujer



Todas
las mañanas,
la misma mujer
[aún es de noche]
se acerca caminando
por la acera, en dirección contraria,
rebuscando en los bolsillos de su abrigo,
torpemente, con las dos manos,
mientras la luz de los
faros se pierde hasta
desvanecerse.


La viene a buscar
una ambulancia pequeña,
[lo descubrí el día que llegué tarde]
que la conduce efímera
a través de la autopista
hasta Ciudad Apocalipsis.

Quién sabe qué cosas
le sucederán allí.



* * *

viernes 8 de febrero de 2008

Capital Delirio



Así que,
de Ciudad Hostil,
tomé, inocente,
el primer vuelo
hacia Capital Delirio,
que más bien debería
haberse llamado
Ciudad Cementerio
(lo que viene a
confirmar que hasta los
grandes toponimistas
se equivocan)
con la inmunda
bolsa de viaje azul
que me acompaña
a todas partes.

Allí los taxistas,
sabedlo, apestan
a rustrido de ajo
y viven, exclusivamente,
de conducir a los extraños
por interminables
circunvalaciones
desconocidas.

El resto del viaje,
creo que es mejor
pasarlo por alto.

De vuelta en casa,
todo seguía como siempre.
Grandes grúas se deslizaban
amarillas y pesadas como orugas,
envueltas en destellos ambarinos,
hipnóticamente,
por las calles.



* * *

jueves 7 de febrero de 2008

Y ahora hablaré de Hans



Hans, pienso que
todo debe decirse, era
un empleado mediocre
con alma de vagabundo
que en sus horas de comer
salía al parque con seis
monedas en los bolsillos,
una bolsa de panecillos,
y el único propósito de
alimentar a las palomas.

Hasta el ujier del edificio,
al pasar por él, le miraba raro,
las chicas de personal también
decían que estaba loco,
pero yo creo que era el
único hombre cuerdo
de aquel maldito
lugar.



* * *

miércoles 6 de febrero de 2008

Una luz en la noche



Una luz en la noche
se derrama igual que un
vaso de leche en medio
de un mar de petróleo.

A veces
me pregunto
si es la luz o
la oscuridad
quien se derrama.

Al fin, acabo
comprendiendo
que es estúpido
hacerse este tipo
de preguntas.

Todas
las mentiras,
las más grandes
y también las
más pequeñas,
acaban cayendo
siempre por su
propio peso.




* * *

martes 5 de febrero de 2008

Así que eso era todo



Recuerdo bien cuando me hacía
robar para él libros de arte
de la Staatsbibliothek.
(Vivíamos en Berlín y el dinero
era escaso y las inquietudes tantas)
A cambio, siempre me guardaba
alguna tableta de chocolate con
inevitable sabor a alcanfor.

Pero Karl ya no está ahora,
y la historia es la de siempre:
La vida acaba todos los días.
Pero es verdad que, a veces,
se nota un poco más.

En mi cabeza,
para el resto de mis días,
su imagen en mitad de
la Potsdamer Strasse,
el coche detenido ante
el semáforo en verde,
y las lágrimas brotando
de sus ojos, infinitamente,
con las Cuatro Estaciones
de Vivaldi atronando
en la cabina del furgón.

De fondo, el rumor
invisible de las
bocinas.




* * *

lunes 4 de febrero de 2008

Una chaqueta elegante



Hay un hombre
sin piernas, moreno,
sentado sobre su culo
en el cruce de dos calles
concurridas de
Ciudad Hostil,
que jamás
sonríe.

Vive pegado a esa pared
permanentemente, igual
que un viejo sello de carne.
Se gana la vida con el sudor
de su gorra, de las monedas
que aterrizan dentro de ella.
Y viste como Bukowski
durante todo el año.

Pero hoy no,
hoy ha cambiado
su uniforme de trabajo.
A algún alma caritativa
se le ocurrió la feliz idea
de regalarle una chaqueta
de traje, de corte clásico
y color azul petróleo.

Y yo digo:
Dadle una
chaqueta elegante
a un hombre sin piernas
y ya no parecerá un mendigo,
parecerá un maniquí
abandonado a la
salida de un
comercio.




* * *

domingo 3 de febrero de 2008

Sangre, jeringuillas y hospitales



Esa mujer
le ha robado
la peluca
a Liberace.

Veo al hombre
que la acompaña
devorar con fruición
viejas revistas de bricolaje:
Por su cara, se diría que está
leyendo a George Steiner
disertando acerca de la
Nostalgia del armario
articulado. Tomo IV.

El viejo que está a mi lado
se niega a sentarse en su butaca
porque dice que todavía está caliente,
y yo no puedo dejar de escribir poemas,
como un poseso, sobre sangre,
jeringuillas y hospitales.

De vez en cuando, pasa
corriendo entre nosotros
una mujer hermosa
y pienso que sólo lo hace
para regodearse.




* * *

sábado 2 de febrero de 2008

Un puñado de verdades absolutas sobre los cajeros de los puestos de peaje



Todas las cajeras de los puestos de peaje
envilecen su belleza a medida que te acercas,
salvo esa chica de pelo negro y ojos rasgados
que nunca te mira cuando te da las vueltas.

Todos los cajeros de los puestos de peaje
son indolentes por naturaleza, salvo ese señor gordo
que siempre sonríe y te pregunta: ¿Quiere justificante?
Y tú le respondes no, gracias, mientras arrancas.




* * *

viernes 1 de febrero de 2008

Buscan a un hombre llamado Agapito



Por favor,
llamen a Agapito…
¿Lo ha visto alguien esperar
por mí en la sala de espera?

Es un hombre
con bigote y gafas
que a veces habla conmigo,
ya tenía que estar aquí,
su nombre es Agapito.

¿Es usted Agapito?

Quien lo pregunta
es la señora sin pelo.
Como creo que está ciega
o el cáncer ha empezado
a comerse sus recuerdos
le digo que sí, que yo
soy el gran Agapito.

Así que supongo
que hoy seré un
buen samaritano
llamado Agapito.




* * *