Me despertaron las señales horarias de las once y media sobre los gritos desgarradores de Screaming Jay Hawkins, que repartía embrujos desde su platea de onda corta. El eco de sus conjuros reverberaba dentro y fuera de mi cabeza como un mensaje venido de otro planeta. Me rasqué los huevos y me desperecé estirando el cuello en todas direcciones, como un avestruz, mientras intentaba despegar mi pobre culo del respaldo sudado del asiento.
El sol de la mañana había borrado ya el rastro de la lluvia y ahora se alejaba de mi camino en forma de cúmulos blancos, veloz y alegremente, como una señal divina, sobre el cielo azul eléctrico de Mojave. Azul y ocre: Mentía quien dijo que el infierno era de color rojo.
No había dormido tan mal a pesar de todo, pensé. Me froté los ojos en busca de legañas y me deshice con las dos manos de la capa de sudor que bañaba mi cara y cuello. Mientras me las limpiaba contra la tela del pantalón, palpé de nuevo los bolsillos. Sentí el abultado tacto del dinero y algo se encendió en mi interior. Decidí que ya era hora de mandar a la mierda tanta austeridad y dedicarme un homenaje.
La cafetería del área de descanso estaba abierta y había gente entrando y saliendo. Tipos con gorras rojas, con gorras verdes y amarillas, con gorras azules y naranjas, con gorras negras. Aquello parecía un jodido concurso de gorras. Varios camiones y furgonetas de reparto estaban aparcados a la puerta, presenciando el desfile. Moví mi coche hasta la zona de sombra y me bajé para desayunar algo.
Entré en el puesto de comidas. Sonaban banjos y violines, armónicas y acordeones, acompañados de maullidos nasales y estridentes repitiendo estribillos facilones sobre la carretera, el amor y el abandono. La música country, ese cáncer esplendoroso que impregna de tópicos estúpidos la cultura musical americana, apestaba allí con todo su encanto.
—¡Hola, vaquero! —Me saludó desde la barra la camarera, una infeliz de mediana edad teñida de rubio, a voz en grito— ¡Bienvenido a Carter’s!
—Hola —dije yo, indiferente, mientras buscaba un sitio donde sentarme.
Encontré uno bueno cerca de la ventana, a media sombra, desde donde podría vigilar mi coche. Me senté allí y empecé a ojear la lista de desayunos.
—Creo que tomaré el número 12… —le dije a la mujer cuando se acercó, señalando sobre la carta la fotografía de un plato de huevos fritos, salchichas con bacon y tortitas de maíz bañadas en sirope.
—Me temo que no va a poder ser, vaquero… —me espetó la muy vulgar, mascando su chicle de fresa con la boca abierta— Dejamos de servir desayunos a las once y media. Son las normas, ya sabes...
—Entonces comeré algo... ¿Puedo comer algo?
—Tendrás que esperar. No servimos comidas hasta la una del mediodía, vaquero...
—¡Oh, mierda, deja de llamarme vaquero! ¿Es que tengo pinta de vaquero, joder?
—Pues no... —contestó.
Rebusqué en mi bolsillo y saqué un billete de cien dólares. Lo agité en el aire y le dije muy serio:
—¿Ves esto? ¿Lo ves? Son cien dólares. Serán tuyos si me consigues algo de comer en menos de cinco minutos. Lo que sea. Me muero de hambre, joder.
La camarera se quedó callada un momento. Miró primero el billete bailoteando entre mis dedos y después me miró a mí. Me miró a la cara y se rascó la cabeza sin dejar de lanzar dentelladas a su chicle rosa, preguntándose si hablaba en serio.
—¿Me tomas el pelo?
—Te juro que no... —le contesté— Estoy hambriento. Dame de comer y estos cien dólares son tuyos.
—Bien... —respondió— Veré qué puedo encontrar para ti en la cocina.
Volvió al cabo de cinco minutos con una bandeja repleta de sobras: Restos de filete de ternera, buey a la brasa, patatas fritas, patatas cocidas, revuelto de huevos, huevos fritos, huevos cocidos, tortas con sirope, tortas sin sirope, una salchicha y un montón de mostaza a un lado del plato. La dejó caer sobre mi mesa con estrépito. Chirriaron los cubiertos contra el vaso y alguna comida cayó de su plato, pero no me importó.
—Gracias —le dije, entregándole su billete.
—Oh, mirad todos a quién tenemos aquí… —gritó sujetándolo en el aire con las dos manos— ¡Es el jodido Aristóteles Onassis!
Los camioneros sentados en la barra murmuraron insultos entre carcajadas. La chica se fue danzando por entre las mesas del bar con el billete aferrado a sus dedos amarillentos, antes de introducírselo en una de las copas de su sujetador. La masa amante del country, enardecida, se puso a silbar y a aplaudir. Al final sí que iba a ser verdad que estábamos en el jodido Oeste.
Despaché mi bandeja en menos de hora y media y, al acabar, eructé como un búfalo moribundo. Recibí aplausos. Después de eso, me desabroché el pantalón y pedí un café.