
«LOS ABANDONADOS», LUIS MEY
Factotum Ediciones, 2008
Mientras acabo de leer su libro, me digo en voz alta que Luis Mey (Buenos Aires, 1979) es un buen escritor. Un escritor notable que debe ser tenido en cuenta. Su primera novela, «Los abandonados», que edita Factotum, da sobradas muestras de ello. Es divertida hasta la extenuación, es ágil, ligera y está bien construida. Los diálogos son puros y frescos y la trama, aunque algo trillada, mantiene al lector vivo hasta la última página. Es, en definitiva, una muy afortunada ópera prima. Y Mey, que se mueve con soltura encomiable, una promesa de gran escritor rompiendo el cascarón a cañonazos.
En esta primera entrega de las aventuras de Maxi, un heredero natural —queremos pensar— de los clásicos antihéroes de la vieja escuela californiana, en la línea de un joven Hank Chinaski o del mismísimo Arturo Bandini, están presentes todos los clichés recurrentes del género. Hay buenas dosis de malditismo, de inadaptación social, de fracaso, de sordidez existencial, de tragedia conocida, de violencia gratuita, de sexo explícito, de filosofía underground, de pesimismo recurrente y de humor negro, ácido y corrosivo. Una crueldad amarilla y estrepitosa que es, con mucho, el aderezo más revalorizador de la prosa de Mey: un guiño cómico que nos transporta a otras lecturas.
No obstante, si de algo adolece la novela es, precisamente, del abuso constante de ese estilo tan familiar para tantos. El fantasma de Fante planea sobre ella como una de esas diminutas y molestas avionetas de aeromodelismo, con el mismo vuelo rasante y ensordecedor. Uno lee a Luis Mey y tiene la sensación permanente de estar leyendo una traducción argentina del norteamericano, con el consiguiente peligro de verse convertido —injustamente— en mal sucedáneo en versión porteña.
Y esto es una lástima, por supuesto, porque se adivina, tras ese ejercicio —quizás inconsciente— de mimesis del autor, una base sólida, una formación literaria extensa y muy interesante y un intento bienintencionado de continuar por la buena senda de otros transgresores recientes, como Palahniuk o Houellebecq, esfuerzo que el buen lector sabe agradecer y decide recompensar obviando los naturales altibajos.
Personalmente, pienso que sería aún más de agradecer que Luis Mey se esforzase ahora por encontrar su propia voz. Sin ampararse en los buenos y viejos totems de la Literatura. —que siempre estarán presentes, los invoquemos o no—, para acabar convirtiéndose, con el tiempo, en uno de ellos. Porque, por fortuna para él y también para nosotros, todos los indicios hacen presagiarle un futuro prometedor y brillante.
* * *
En esta primera entrega de las aventuras de Maxi, un heredero natural —queremos pensar— de los clásicos antihéroes de la vieja escuela californiana, en la línea de un joven Hank Chinaski o del mismísimo Arturo Bandini, están presentes todos los clichés recurrentes del género. Hay buenas dosis de malditismo, de inadaptación social, de fracaso, de sordidez existencial, de tragedia conocida, de violencia gratuita, de sexo explícito, de filosofía underground, de pesimismo recurrente y de humor negro, ácido y corrosivo. Una crueldad amarilla y estrepitosa que es, con mucho, el aderezo más revalorizador de la prosa de Mey: un guiño cómico que nos transporta a otras lecturas.
No obstante, si de algo adolece la novela es, precisamente, del abuso constante de ese estilo tan familiar para tantos. El fantasma de Fante planea sobre ella como una de esas diminutas y molestas avionetas de aeromodelismo, con el mismo vuelo rasante y ensordecedor. Uno lee a Luis Mey y tiene la sensación permanente de estar leyendo una traducción argentina del norteamericano, con el consiguiente peligro de verse convertido —injustamente— en mal sucedáneo en versión porteña.
Y esto es una lástima, por supuesto, porque se adivina, tras ese ejercicio —quizás inconsciente— de mimesis del autor, una base sólida, una formación literaria extensa y muy interesante y un intento bienintencionado de continuar por la buena senda de otros transgresores recientes, como Palahniuk o Houellebecq, esfuerzo que el buen lector sabe agradecer y decide recompensar obviando los naturales altibajos.
Personalmente, pienso que sería aún más de agradecer que Luis Mey se esforzase ahora por encontrar su propia voz. Sin ampararse en los buenos y viejos totems de la Literatura. —que siempre estarán presentes, los invoquemos o no—, para acabar convirtiéndose, con el tiempo, en uno de ellos. Porque, por fortuna para él y también para nosotros, todos los indicios hacen presagiarle un futuro prometedor y brillante.
* * *



1 comentarios:
Publicado en el número de Marzo-Abril de Culturalia.
Publicar un comentario en la entrada