
Sólo recuerdo haber deseado estar muerto cuatro veces en mi vida. Ésta es una de ellas.
Entonces estaba viviendo en Helendale, unas cuantas millas al sur de Barstow, muy cerca de Silver Lake. Pocas personas han oído hablar del lugar. Mejor para ellas. Sólo diré que si Barstow es el culo del mundo, Helendale son sus pelos. Un pozo mugriento. Uno de esos pueblos cabrones y miserables de los que uno sólo desea salir huyendo nada más llegar porque intuye, ya desde el primer momento, que nada bueno le puede suceder allí.
No hice caso a ese pálpito. Me quedé a vivir en Helendale un año entero. Con dos cojones.
Había encontrado un empleo en la cocina del Rancho Doble de Roy Rogers y no me iba mal dando de comer a aquellos gordos. Me defendía. Y eso que nunca he sido amante de los trabajos grasientos. Pero Roy no me trataba mal, me dejaba hacer y eso me gustaba. Pude haber sido feliz entre aquellos obesos mórbidos. Pero la cosa se torció.
Por decirlo de alguna forma, atravesaba una fase algo díscola. Cualquier mierda de búsqueda personal, qué sé yo. Necesitaba beber para encontrarme a mí mismo. Así que cada noche bajaba al Dixie’s, el único bar de copas del pueblo, en el cruce de Hudson con la Séptima, con el único fin de curtirme las tripas a golpes de whisky. No sé cómo lo harán los demás, pero yo soy de los que necesitan estar borracho para encontrarse.
Allí conocí a Clarice. La jodida Clarice McKenzie. El único ser viviente capaz de molestar a un tipo en pleno proceso de auto-búsqueda y reconciliación histórica y sentimental con la lejana Escocia a través de sus licores. Una auténtica mosca cojonera. La primera vez se sentó a mi lado en la barra para preguntarme:
—Oye, ¿qué tal si me invitas a un trago de esos que te estás tomando?
—Largo de aquí, mala zorra… —le indiqué con serenidad considerable, adornándolo al final con un portentoso eructo— Aprende a respetar la intimidad de los borrachos.
Aquel día fui con ella todo lo insolente que se puede ser con una mujer. No le importó. Estaba demasiado preocupada por cazar un rabo. No volvimos a hablar, pero cuatro noches después volvió hasta donde yo estaba para confesarse:
—Mira, me da igual lo gilipollas que te pongas. Me gustas.
—Para ser una vieja puta, no tienes mal gusto… —empezaba a enfadarme, lo único que pedía era beber tranquilo—. Pero no pienso pagar ni un centavo por echarte un polvo, así que vuélvete al puto agujero del que has salido y déjame en paz, mierda.
Seguro que no era la primera vez que oía algo parecido, pero se ve que aquella noche le cayó mal.
Fue la primera vez que vi a una puta llorar, lo reconozco. Hasta yo mismo me sentí un poco hijo de puta. Todo muy familiar. Tal vez por eso sentí aquel escozor en los ojos cuando la vi alejarse, indignada, y sentarse rota en mil pedazos en la mesa del viejo del fondo. Un viejo enorme de pelo blanco, de unos setenta y cinco años, que siempre estaba allí, observándolo todo, como un objeto de decoración. Un viejo al que, hasta aquella noche, jamás había visto de pie.
Se levantó aparatosamente y caminó hacia mí. Le miré a los ojos. Era Jack McKenzie. «Toro» McKenzie. El maldito boxeador retirado Jack McKenzie. Creí reconocerle en cuanto vi aquella cicatriz profunda, de unos siete centímetros de largo, surcando como una zanja su mejilla izquierda. Confirmé pronto aquellas sospechas, en cuanto me calzó la primera hostia. Un derechazo fatal en toda la cara.
Desde el suelo, el hijo de puta parecía aún más grande. Unas tres o cuatro veces más grande, por lo menos. Lo recuerdo porque alcancé a abrir un ojo, el que quedaba sano, antes de que me lo volviese a cerrar con un segundo golpe todavía más fuerte que el anterior. Me pareció un adorno innecesario. Si no en aquel momento, sí más tarde, cuando recuperé la consciencia.
No pude volver a entrar en el Dixie’s hasta que empecé a salir con su hija, la adorable Clarice McKenzie. Ciertamente, los caminos del amor son misteriosos.



3 comentarios:
Parece el guión para la próxima de Clint Eastwood -Eastwood haría, por supuesto, de McKenzie.
Es una bonita historia de amor como las que ya no se hacen. Si en el fondo todos los canallas tienen un buen corazón...
Joder, qué bueno, qué bien ambientado y qué bien todo. ¡Queremos más! ¿Qué pasó un año después, cuando se fue de Helendale? (es una pregunta retórica, no sabía de qué otra forma decir que el cuento te deja un buen sabor de boca)
Hola, Hugo:
Hoy me pasé casi sin darme cuenta por mi pobre nenúfar a la deriva y encontré un comentario tuyo que no había visto, quién sabe desde cuando estaba ahí. Ahora vivo en Sevilla de nuevo, pero supongo que cuando aquel comentario tuyo se posó por aquellos mis antiguos lares yo andaba subiendo y bajando cuestas por Coruña, ya ves, tan cerca.
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