lunes 20 de abril de 2009

Dos golpes y medio



Dos golpes de suerte en menos de diez minutos eran demasiada suerte. Sobre todo, de aquella suerte. Hasta el más tonto sabe eso. Yo lo sabía también, pero me dejé llevar por el delicioso tufo de la victoria. Humano que es uno. Cierto es que las cosas se ven con otra perspectiva cuando tienes treinta de los grandes en una caja. Aún así, conservaba espacio suficiente en mi resentido corazón de fugitivo para el rencor. Volví la vista a la casa de Seymour McKenzie y le dije a Steve:

—Si tuviera un arma aquí mismo, dispararía en la cara a ese hijo de puta.

—El viejo hizo lo que habría hecho cualquiera —respondió desde el suelo, ajustando el enorme fajo de billetes, entero y sereno.

—¿Eso habrías hecho tú?

—Sí. Creo que sí.

—Eres un mamón.

No pudimos seguir con la discusión: Frankie el mentiroso, el encubridor salvaculos de Orange Avenue, entró bailando en la habitación, puño sobre puño, agitando y moviendo en círculos sus caderas de juguete. Parecía un muñeco embutido en sus pantaloncitos blancos. Se detuvo un segundo y, señalándose con los pulgares, nos preguntó:

—¿Queréis decirme quién es el mejor actor del condado de Yuma y alrededores?

—¡Charlie Brinley! —dijo Steve.

Todos nos reímos, claro. Teníamos motivos. Las cosas nos empezaban a salir bien y siempre es gracioso ver bailar a un enano. Y eso que él aún no sabía nada de lo del dinero. Entonces se habría reído el doble.

—¡Se lo creyeron! —siguió Frank, como si nada— ¡Los muy patanes! ¡Les dije que tenía el televisor muy alto y se lo creyeron!

—Eres un campeón, Frankie. Muchas gracias.

—Era lo menos que podía hacer, ya sabes…

Claro que sabía, pero daba igual. Podría haberme jodido bien si hubiese sucumbido al pánico azul del uniforme de los policías. En el fondo, también lo sabía, lo había hecho porque quería seguir viéndole las tetas a Vanish. Era un pequeño cabrón inteligente.

—Tengo una cosa para vosotros —les dije.

Arrebaté de las manos de Steve la caja de cromos de mi madre y saqué de su interior dos mil dólares. Nunca había conocido la generosidad hasta aquel momento. Les di dos billetes de quinientos a cada uno, por los servicios prestados, y les advertí:

—¡Ni se os ocurra despilfarrarlo en comida! ¡Sólo putas o alcohol!

Frank se río, pero podría haber aplaudido con los dientes. Steve frunció el ceño. Es posible que esperase mucho más de mí, pero yo no era el jodido Banco de Yuma. Tenía que ahorrar para los malos tiempos, nunca se sabe cuánta falta hace el dinero como cuando no se tiene.

—Y ahora dejadme descansar —les dije—. Llevo todo el día jugando a las muñecas.




* * *