
Con cada golpe que su culo daba en los peldaños emitía un sonidito esperanzador, un gemido sordo y breve, que me sirvió para recordar que aquellos casi cincuenta kilos de carne y vendas que porteaba de arriba abajo una y otra vez pertenecían a un ser vivo. Me sentí mejor cuando alcancé, por fin, la moqueta del rellano de la planta de arriba. No tenía la espalda para muchas fiestas, a decir verdad.
Llegué al cuarto y la dejé sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y la cabeza descansando en el colchón. El vendaje de emergencia había comenzado a desprendérsele y su cara, un moratón con ojos, asomaba por debajo del blanco de la gasa. Había sangre negra en su barbilla y en su nariz. La poca luz que llegaba hasta aquel punto era más que suficiente para entrever la carnicería provocada por la hostia que Vanish, la momia aventurera, había regalado a las escaleras.
—¿Qué coño voy a hacer contigo? —le pregunté.
No se inmutó. Estaba claro que su destino era permanecer en silencio y sin sentido durante el resto de sus días. Volví a mirarla, sentado en cuclillas sobre ella; no había ninguna recompensa en todo aquello. Comprendí que cuanto más intentaba hacer por ella, más acababa jodiéndolo. Habría sido el momento para abandonarla en la puerta de cualquier centro de emergencias, pero no lo hice. No lo hice, no.
En lugar de eso, me levanté de allí. Caminé hasta la puerta del cuarto y tanteé la cerradura en busca de un llavín que debería estar pero no estaba. En cualquier caso, pensé, si mi madre no había cambiado el sistema de bloqueo de las puertas —y era bastante probable que no lo hubiese hecho— cualquier llave de la casa serviría para correr y descorrer el pestillo de todas y cada una de las habitaciones.
Así que me acerqué hasta el baño. Con cuidado, una vez más, de no joderme la piñata como la pobre Vanish. Y en mitad de aquella ceguera la encontré. Estaba allí, resplandeciente, encajada en el interior de la cerradura, esperándome. Regresé con ella al cuarto de mis padres para probarla y, como había calculado, funcionó. Me sonreí. No estaba mal que alguna cosa saliese bien de vez en cuando.
Entré y cerré la puerta por dentro. Estaba infinitamente cansado y hambriento, pero en aquel momento sólo quería dormir. Dormir sin preocuparme por que Vanish, con sus peripecias, me dejase con el culo al aire.
La metáfora me sirvió para recordar que estaba desnudo y una ola inaudita de pudor me inundó de pronto. Imaginé la escena que vería al despertarse y preferí ponerme algo encima para no complicar demasiado las cosas. Rebusqué de nuevo en el armario de mi madre y, cuando encontré algo parecido a un calzoncillo, me cubrí mis vergüenzas y me volví para ayudarla a subir a la cama.
—Ya no tienes edad para andarte con estos jueguecitos —le recordé.
El silencio me devolvió mi propio reproche. Me pregunté si, en el fondo, no estaría hablando conmigo mismo. Yo también era mayor para andarme con mierdas del estilo. Si huí de Barstow y de California no lo hice para complicarme más la vida. Y mucho menos de aquella manera.
—Gmmmmpg… —apuntó, al caer sobre la cama.
—Eso es lo más inteligente que has dicho hoy.
Me había guardado la llave debajo del calzoncillo. Si Vanish la intrépida intentaba escapar de la habitación sólo podría hacerlo de dos formas: saltando por la ventana del segundo piso o rebuscando entre mis pelotas. De cualquiera de las dos formas tendría que enterarme.
Y, sabiendo esto, me dormí. Me dormí de verdad. No había dormido tan bien en siglos.
* * *
Llegué al cuarto y la dejé sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y la cabeza descansando en el colchón. El vendaje de emergencia había comenzado a desprendérsele y su cara, un moratón con ojos, asomaba por debajo del blanco de la gasa. Había sangre negra en su barbilla y en su nariz. La poca luz que llegaba hasta aquel punto era más que suficiente para entrever la carnicería provocada por la hostia que Vanish, la momia aventurera, había regalado a las escaleras.
—¿Qué coño voy a hacer contigo? —le pregunté.
No se inmutó. Estaba claro que su destino era permanecer en silencio y sin sentido durante el resto de sus días. Volví a mirarla, sentado en cuclillas sobre ella; no había ninguna recompensa en todo aquello. Comprendí que cuanto más intentaba hacer por ella, más acababa jodiéndolo. Habría sido el momento para abandonarla en la puerta de cualquier centro de emergencias, pero no lo hice. No lo hice, no.
En lugar de eso, me levanté de allí. Caminé hasta la puerta del cuarto y tanteé la cerradura en busca de un llavín que debería estar pero no estaba. En cualquier caso, pensé, si mi madre no había cambiado el sistema de bloqueo de las puertas —y era bastante probable que no lo hubiese hecho— cualquier llave de la casa serviría para correr y descorrer el pestillo de todas y cada una de las habitaciones.
Así que me acerqué hasta el baño. Con cuidado, una vez más, de no joderme la piñata como la pobre Vanish. Y en mitad de aquella ceguera la encontré. Estaba allí, resplandeciente, encajada en el interior de la cerradura, esperándome. Regresé con ella al cuarto de mis padres para probarla y, como había calculado, funcionó. Me sonreí. No estaba mal que alguna cosa saliese bien de vez en cuando.
Entré y cerré la puerta por dentro. Estaba infinitamente cansado y hambriento, pero en aquel momento sólo quería dormir. Dormir sin preocuparme por que Vanish, con sus peripecias, me dejase con el culo al aire.
La metáfora me sirvió para recordar que estaba desnudo y una ola inaudita de pudor me inundó de pronto. Imaginé la escena que vería al despertarse y preferí ponerme algo encima para no complicar demasiado las cosas. Rebusqué de nuevo en el armario de mi madre y, cuando encontré algo parecido a un calzoncillo, me cubrí mis vergüenzas y me volví para ayudarla a subir a la cama.
—Ya no tienes edad para andarte con estos jueguecitos —le recordé.
El silencio me devolvió mi propio reproche. Me pregunté si, en el fondo, no estaría hablando conmigo mismo. Yo también era mayor para andarme con mierdas del estilo. Si huí de Barstow y de California no lo hice para complicarme más la vida. Y mucho menos de aquella manera.
—Gmmmmpg… —apuntó, al caer sobre la cama.
—Eso es lo más inteligente que has dicho hoy.
Me había guardado la llave debajo del calzoncillo. Si Vanish la intrépida intentaba escapar de la habitación sólo podría hacerlo de dos formas: saltando por la ventana del segundo piso o rebuscando entre mis pelotas. De cualquiera de las dos formas tendría que enterarme.
Y, sabiendo esto, me dormí. Me dormí de verdad. No había dormido tan bien en siglos.
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