lunes 13 de abril de 2009

La recompensa



Pensé en escaparme de allí. Por supuesto que lo pensé, no soy gilipollas. Lo último que quería era acabar dando con mis huesos en Prison Hill después de haber llegado tan lejos, después de evitar con éxito a todos los McKenzie, Selznick y Jenkins que se habían ido cruzando en mi camino. Ahora que empezaba a ser una buena persona, una jodida hermanita de la caridad, ahora que estaba intentando expiar todos mis pecados con una puta inconsciente por traumatismo cráneo-encefálico, no podían cogerme esos cabrones.

Mi padre era experto en huir. Tenía la costumbre de salir corriendo de todas partes cada vez que las cosas se torcían. Huyó cuando yo nací, se fue a Denver a vender coches de segunda mano y regresó al cabo de un año, alcoholizado y sin un centavo. Lo hizo de nuevo, dos meses después, cuando mi madre se quedó embarazada por segunda vez y sólo volvió cuando ella perdió al bebé. Huyó cuando mataron a su hermano pequeño, Wayne, en la guerra de Corea. Huyó cuando quebró Cosméticos Aihara. Fue la última vez. Nos dejó solos a mi madre y a mí. Se murió, como un cobarde. Supongo que de él lo heredé.

Sondeé brevemente mis posibilidades, tan reducidas, de salir de allí sin ser visto. El coche estaba aparcado en el frente de la casa. Si quería irme, tendría que llevarme a Vanish conmigo, volver a escapar hacia quién sabe qué jodida parte del país, abandonar el hogar una vez más, pero esta vez con dos órdenes de búsqueda y captura, una por cada estado. Y luego estaba el puto viejo Seymour, desde luego. Si había hablado una vez, volvería a hacerlo. Lo tenía muy claro. A los chivatos hijos de puta como él les encanta cantar, aunque no sepan una mierda de nada. Es el jodido afán de protagonismo de los viejos prostáticos ociosos.

Volví a asomarme tímidamente por la ventana de la habitación. Todo seguía en silencio. Ni rastro de Frank y los policías. Las luces estroboscópicas de la sirena del coche giraban todavía, mudas y frenéticas, en el jardín de los Holcomb inundando de azul la urbanización entera. Los segundos caían lentos, pesados como elefantes de barro sobre la espalda. Me giré para preguntarle a Steve:

—¿Crees que dirá algo?

—¿Con franqueza, Bob? —comenzó a responder frotándose sus manos de muñeco— Creo que sí. Si le conozco un poco, va a cantar como un jilguero.

Me lo decía Stevie, el tipo que acababa de mearse bajo mi cama. El muy cabrón. Me arrodillé sobre la alfombra de color vino, levanté la colcha y el edredón y metí la cabeza en aquel hueco. Seguía allí, agazapado, temiendo igual que yo que los policías entrasen en nuestra habitación en cualquier momento, furiosos como asesinos, blandiendo sus pistolas contra nosotros, atentos para derribar cualquier blanco móvil, sin importar cuál fuese su tamaño. Aquello podía ser una carnicería peor que la de los Manson. Y Steve lo sabía tan bien como yo. A pesar de todo, me crecí. Me inundé de falsa esperanza para decirle:

—Sal de ahí debajo, anda. Seguro que mi madre conserva mi ropa de cuando era niño.

Steve accedió con dignidad razonable. Extendió hacia mí los dos brazos y tiré de ellos como quien coge a un gato. Lo arrastré hasta traerlo a mi altura, pero entonces ocurrió algo que nos cambiaría la vida a todos. Se le soltó un jodido zapato. Sí, eso pasó. Lo dejó atrás y tuve que volver por él. Introduje el brazo otra vez bajo la cama y tanteé con la mano, intentando evitar la zona mojada. No conseguí encontrarlo, pero el vendaje de mi herida se quedó enganchado en un tablón que sobresalía considerablemente.

—Hazme un favor, Stevie. Vuelve a meterte bajo la cama.

—¿Estás de broma? —el enano no entendía nada.

—Métete bajo la cama, joder. He encontrado algo.

Hizo lo que le ordené. Volvió a entrar igual que un buzo. Sus piernitas parecían ancas de rana.

—¿Puedes ver dónde está mi venda? —le pregunté.

—Sí, joder. Claro que la veo. ¿Me haces volver aquí por tu venda?

—No grites, mierda. Levanta ese tablón. Haz fuerza. Tengo una jodida corazonada.

Steve hizo fuerza, mucha fuerza. Tanta que parecía que se estaba cagando. Tardó unos minutos hasta que, finalmente, se oyó exactamente lo que esperaba: estallido de madera, blasfemias y carcajadas.

—¡La hostia puta! —gritó el enano— ¡La hostia puta! ¡Somos ricos, joder!

Y aunque su forma de emplear el mayestático me asustó inevitablemente, comprendí que, una vez más, tenía razón. La suerte es una zorra caprichosa y a los tipos como yo nos sonríe enseñándonos los dientes de oro.

—Cógelo todo y sal a la superficie, Julio Verne.

Volvió con una vieja caja de cromos repleta de billetes. Allí podía haber más de 30.000 dólares. Mi madre había escondido bajo la cama 30.000 dólares. Maldita chiflada. Con eso tendría para pagarme unas cuantas fianzas, pensé.

Eufórico, volví a pegar la nariz en el cristal. Los policías estaban ya en el porche. Uno de ellos se despedía de Frank, el otro no quitaba ojo de la casa del chivato Seymour. Se metieron en el coche, apagaron las luces de la sirena y arrancaron lentamente, intentando no joder más el jardín de los enanos.

Cuando se fueron, Frank miró hacia la ventana donde estábamos y nos guiñó un ojo.

9 comentarios:

aBi dijo...

Me gusta, de verdad me gusta venir a leer aqui, y pasar el rato perdiendome en estas ruinas...
Un beso

June dijo...

Buennnas....

O Meigallo Azul dijo...

Me ha sorprendido gratamente esta historia. Parece escrita por un autor americano, está muy guapo. Un saludo

Jeska dijo...

Vaya, esta lectura acompañó mi café de madrugada. Genial Hugo. Un beso.

Miguel Baquero dijo...

Me gustan estas historias a lo americano, Prison Hill, MacKenzies y tal, la jodida pistola, el jodido zapato... a lo mejor muchos "jodido" pero me divierten bastante

June dijo...

Lo siento amigo, pero tienes una putadita en June. Lo siento, de verdad, pero pasa por allí.

Ernesto dijo...

Bob Ochmoniak es un guarro. Lo sé muy bien.

Adso dijo...

Sigue gustandome

Quique dijo...

como al prota, "me jode que cortes por lo sano la puta historia a medio camino entre el humo y la escapada", que te den!

pero sigue escribiendo, no me dejes aquí