jueves 23 de abril de 2009

Uno de los dos estaba muerto



Los enanos volvieron a su casa con su dinero y yo me tumbé junto a Vanish en la cama de mis padres. Tenía gracia que la siguiese llamando así a los 42 años. La cama de mis padres. La miré desde mi lado del colchón mientras dormía, bajo los vendajes, disfrazada de mi madre, como si fuese alguna clase extraña de reencarnación. Algo diabólico, sin duda. Era mi madre en aquel momento. Mi madre joven.

Me descalcé con los pies y dejé caer los zapatos desde lo alto de la cama. El ruido al golpear la madera no la despertó. Me desabroché la camisa y los pantalones y me los quité. Mi calzoncillo olía a anchoas en vinagre. Me despedí de él mientras viajaba a la altura de mis rodillas y lo lancé sobre la cómoda. Acerté, sorprendentemente, sobre una vieja foto de mis padres. Tacoma, abril de 1953. Aquello podía ser una señal.

Estaba desnudo. Vanish respiraba fuerte. El sudor de mi cuerpo comenzaba a secarse gracias al polvo y a la legión de ácaros que lo devoraban como si fuese mantequilla. Era una situación bastante grotesca para todos. Vanish, los ácaros y yo, juntos y revueltos. Volví a mirarla, intenté hacerlo con otros ojos. Empecé a recorrer sus piernas llenas de magulladuras con la mirada, su pecho y su vientre inflamándose con cada inspiración. Debía, por lo menos, tocarle las tetas. Era la jodida llamada de la naturaleza. Necesitaba sentirme hombre en aquel momento. No me importaba que ella no estuviese consciente.

Así que desabroché los dos botones de arriba de aquel vestido amarillo, lleno de islas, cocos y palmeras, hasta descubrir sus tetas, sucias y redondas. Intenté ignorar que mi madre, después de reunir su pensión durante los últimos diez años de su vida, había muerto de cáncer en aquella cama. Hice lo posible por no imaginarla cuidando el jardín con aquel vestido horrendo. Escondiendo el dinero en aquella caja que ahora tenía en mis manos, bajo el tablón de la tercera pata. Harta de preparar y recalentar raciones individuales de crema de champiñones. Sirviendo dos platos, por si se me ocurría volver por sorpresa, cualquier noche.

Apoyé la caja en la almohada y me giré sobre la chica. Cerré los ojos para tocar sus tetas, pero no sentí nada. Cero. Lo mismo que si estuviese palpando un montón de ceniza. Probé a desabrochar su vestido por abajo. Metí el brazo entre sus piernas. Hundí mi dedo índice en su coño, hasta el fondo, pero tampoco sentí nada. Uno de los dos estaba muerto, pensé. Aquello no tenía mucho sentido, ni siquiera para un tipo como yo, de modo que desistí. Sin mover mi mano de donde estaba, apoyé mi cabeza en su hombro, respiré profundamente y me quedé dormido. Me sentía como si llevase años sin hacerlo.

Volví a soñar con Candy Gallows pero esta vez fue diferente. Volábamos desde lo alto del Golden Gate sobre un mar en llamas. Ella llevaba su vestido rojo. Yo no. En un arranque de romanticismo nada habitual, Candy me amenazaba con quitarse la vida. Entonces, le enseñaba el periódico del día, no recuerdo cuál, donde aparecían su foto y su esquela y le decía que no tenía que molestarse, porque ya estaba muerta. Me respondió que aquello no importaba, que las hijas de puta podían morirse todas las veces que quisieran. Y en eso quedó la cosa, porque, justo en ese punto, me desperté.

Al abrir los ojos descubrí que tenía dos problemas. No estaban ni la chica ni la caja.

Ya era de noche. Me incorporé rápidamente en la cama y salté al suelo. Salí de la habitación de mis padres a tientas, procurando no romperme nada. La única luz en la casa era la de la luna llena que se colaba a través de la ventana.

A pesar de los años y los excesos, mi memoria conservaba aún una buena referencia espacial de la segunda planta, porque conseguí llegar hasta las escaleras de la casa sin tropezarme. Comencé a bajar los escalones casi reptando, muy despacio, agarrándome con fuerza a la barandilla. Al llegar al séptimo escalón me topé con algo. Era su pie derecho. Vanish se había caído por las escaleras intentando escapar. Busqué su brazo, encontré de nuevo sus tetas. En su muñeca había pulso. Eso me tranquilizó. No pude localizar mi caja en medio de aquella oscuridad, así que me dije que la buscaría mejor por la mañana.

Tomé de nuevo por los brazos a la chica y la volví a arrastrar, escaleras arriba, hacia la habitación. Desde luego, no me lo estaba poniendo nada fácil la muy cabrona.




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