viernes 1 de mayo de 2009

El día de la madre



Por la mañana me despertó un hambre atroz. Y los pájaros, sí, los putos pájaros también, cantando su cancioncita de amor en la ventana. El sol nos calienta a todos las pelotas, de acuerdo, pero a los pájaros les reblandece el cerebro. Se ponen a cantar en cuanto sale como si el mundo hubiese sido alguna vez un lugar bonito. Ignoran que existen hombres rudos y resolutivos, hombres como yo, que saben dónde comprar una escopeta. Los de mi ventana, pensé, no conocían aún el encanto de los Ochmoniak.


Les perdoné la vida, en cualquier caso, porque podía sentir las paredes del intestino delgado apremiando, pegándose igual que sellos las unas a las otras, gruñendo y rugiendo como leones recién enjaulados, las muy hijas de puta. Tenía que hacer algo con aquello, me dije. Así que, sintiéndolo mucho, comprobé que Vanish seguía sumida en su sueño eterno y la dejé allí, a su suerte, lidiando con Morfeo y las islas y los cocos, manchándome la funda de la almohada con su sangre parda, tranquilamente.

Cerré la habitación con llave y bajé al primer piso. No creía en los milagros, pero esperaba un guiño imprevisto, una equivocación de parte de la suerte, que me permitiese llevarme a la barriga algo de lo que había. Abrí una vez más cada armario, uno por uno, hasta llegar al de las latas de crema de champiñón Campbell’s. Habría por lo menos cincuenta latas apiladas. La más reciente, que era también la más cercana, llevaba la friolera de siete años caducada. Habían resistido intactas en vida de mamá, pero acabaron muriéndose con ella. Eran, de algún modo, supervivientes de despensa y también mi único vínculo con mi madre desde 1960, pero me moría de hambre.

Mientras buscaba algo con que abrirlas, casi la pude ver allí, frente a aquel mismo armario, escupiendo sangre sobre las baldosas. Yo no tendría ni dieciséis años. Papá acababa de romperle la nariz después de una de sus peleas. Algunas cosas son difíciles de recordar. Otras, no. Otras viven con nosotros hasta el último día en el infierno, igual que una lata de crema de champiñones. Podía recordar algunas de ellas, sí. Recordé a mi padre con total nitidez, gritándome en el jardín trasero de la casa:

—¡Maldito inútil! ¡Un hombre que no sabe pegar con las dos manos no es un hombre!

Aquel tipo de cosas me enfurecían. Bueno, ¿y a quién no? Sólo era un crío, vivía intentando agradar a mi padre. Sabía que yo representaba todo lo que él nunca había querido y me esforzaba por parecer todo lo que no era. Éramos jodidamente distintos, maldita sea. Pertenecíamos los dos a la casta de los perdedores, era más que evidente, pero, dentro de aquella maldición que nos unía, ocupábamos peldaños muy distantes. Y aquello era lo que nos hacía odiarnos, si cabe, con más fuerza.

—¿Se puede saber para qué coño tienes la izquierda, imbécil? ¡Aprende a pegar como los hombres!

Encontré a mi madre tendida en el suelo de la cocina. Después de molerla a golpes, mi padre siempre se iba al garaje. Tenía la costumbre de arreglar cosas. Era gracioso: las personas más habilidosas con las manos solían ser también las más hijas de puta. Allí lo encontré, en su mesa de trabajo, intentando arreglar un transistor con sus asquerosas manazas de cabrón.

No dije una palabra. Fui hacia él con todas mis fuerzas, agarré su cuello con los cinco dedos de mi mano derecha, apreté los dientes y, con todo el odio del mundo, comencé a atizarle con mi puño izquierdo hasta derribarlo. Recuerdo sus ojos desorbitados mirando los míos, inyectados en sangre, su nuca golpeando contra el suelo, el transistor emitiendo un zumbido similar al que se oía en el interior de mi cabeza cada vez que mi padre pasaba por encima de mi madre como un ciclón. Sí, recuerdo todas esas cosas.

Le golpeé y le golpeé hasta romperle la nariz. Era lo menos que podía hacer por mi madre. La cara le sangraba. Mi puño seguía encontrándola sin cesar. Supongo que me ensañé, no lo sé, ahora lo recuerdo así tal vez porque ya esté muerto, pero no me arrepiento ni de una sola de las hostias que le di aquel día. Me hicieron un hombre.

Luego huí. Mi padre contó a todos que me había echado de casa, pero no fue así. Me fui de allí porque sabía que mi madre no me perdonaría lo que había hecho. Ella era así de imbécil también. Y, de cualquier forma, prefería ser yo quien se fuese. A aquella edad era ya un pequeño hijo de puta orgulloso.



* * *

7 comentarios:

Hisae dijo...

Feliz día de la madre para ti también. Eres muy original recordando ese día.
Me queda una duda. ¿Por qué cerró la puerta del dormitorio con llave, dejando allí a Vanish encerrada?

June dijo...

Espero ver como será el día del padre...

June dijo...

Se me olvidó: ¿Continuará?

Amaia dijo...

Es tan complicado como lacerante Hugo, qué duda cabe que la violencia engendra violencia y tu relato lo pone de manifiesto.Y digo, complicado es entender que hay cosas que se repiten en el tiempo si no rompes la cadena, pero romperla amigo, ni fácil ni rápido.Pero más complicado resulta depender porque eso te esclaviza y te rebaja al barro.En fin, relaciones filiales y matrimoniales, lo dicho, compleja la mente humana!

Un saludo!

Miguel Baquero dijo...

Ah, estas fiestas tan entrañables siempre nos devuelven a los deliciosos tiempos de nuestra infancia... Espera que voy a cerrar la ventana y sigo; fuera están cantando los putos pájaros

aBi dijo...

Un extraña pero muy buena y original forma de decir "dia de las madres"

Un beso grande enviado por una madre....

VELPISTER dijo...

me gusta la sordidez de tus relatos.
un saludo
(el niño que aplaude)