viernes 27 de marzo de 2009

Jigoku Karaoke



I missed the plane,
oh, what a shame,
before you came,

Lo peor es que todos estamos perfectamente sobrios. Ése es el problema.

I missed the plane,
I missed the plane,
before you came,

Te ponen un vaso de agua cuando llegas. Un vaso de agua para toda la noche, para acompañar este plato de aperitivos más salados que el Mar Muerto. Cierran puertas y ventanas. Encienden todas las estufas. Te sientan en sillas de jardín, blancas, de hierro forjado, y te plantan la carta de canciones. Pero todas las canciones son la misma. La maldita «I missed the plane» de los Heaven Sucks. Una tras otra. Siempre.

Oh, what a shame,
I missed the plane,
I missed the plane,

No hay opción. Estamos condenados a cantarla y a escucharla a todas horas, sin parar. Y no digo que un poco no nos lo merezcamos. Especialmente yo, después de lo que hice. Pero creo que empieza a proceder una ampliación del repertorio. Otro tema, es lo único que pedimos. Acabaremos volviéndonos locos, demonios. He visto a hombres de dos metros perder sus tímpanos, literalmente, por torturas mucho menos crueles. Yo mismo he estado a punto de arrancármelos en un arrebato de lucidez o desesperación, pero ellos lo impidieron. Ellos, otra vez.

Oh, what a shame,
before you came,
before you came,

La jodida canción de los Heaven Sucks, ahí es nada. No podían habernos castigado con «My Way» de Sinatra, que también se presta. O con cualquiera de los Platters, aunque fuesen negros. No. Tenían que ser los Heaven Sucks. Joder. La banda más imbécil de los ochenta. Aquí se creerán que nos gustan porque son surfistas de California, pero no. En realidad, los odiamos tanto como ellos. Incluso bastante más.

I missed the plane,
oh, what a shame,
before you came,

He tenido que cantarla tantas veces en las últimas semanas que hasta me permito la licencia de improvisar en tonos más agudos, a veces más graves, buscando nuevos matices, desconocidos, por inaudito que parezca a estas alturas, en las texturas invisibles del sonido. Aquí donde me veis, soy un explorador temerario. Un renovador a conciencia de la ingrata música de garaje de los 80. A mis años.

Before you came,
before you came,
before you came,

Es lo primero que nos explican al llegar. Que éste es el castigo para los que jodimos a los de su especie. Y, cada vez que hacen hincapié en el verbo joder, los cabrones me miran con especial rencor. Joder, que han pasado más de sesenta años desde aquello. Estos putos japoneses no conocen el significado de la palabra perdón.

Oh, what a shame,
oh, what a shame,
oh, what a shame,

Entonces te llaman. Dicen: Paul Tibbets, a cantar. O, directamente, te empujan al escenario mientras suenan los primeros golpes de batería —caja, caja, platillo, caja. Caja, platillo— que indican que, una vez más, empieza la jodida pesadilla. Luces de colores: rojo, amarillo, azul. Rojo, verde, blanco. Al compás de cada línea. Por ese orden.

I missed the plane,
I missed the plane,
I missed the plane,

Dicen tu nombre, sí. Y entonces sabes que estás jodido. Mientras cantas se te pasan muchas imágenes por la cabeza. Yo pienso en todo lo que dejé allá abajo. En la primera exhibición. En niños corriendo detrás de nubes de caramelos. En la gloriosa bandera de los Estados Unidos de América. Son cosas que me ayudan, sí. Procuro no pensar en Hiroshima, pero estos cabrones se encargan de recordármelo cada vez que salgo a cantar. Son los malditos vídeos que acompañan a los créditos de la canción.

I missed the plane,
oh, what a shame,
oh, what a shame,

Pero, os digo una cosa: Nagasaki e Hiroshima, una broma de niños en comparación con esto. Aquello fue darle a un botón. No hay botón que pueda detener esta tortura. Y si lo hay, desde luego, no está a nuestro alcance. Hablo con conocimiento de causa. Lo hemos intentado en más de una ocasión.

Before you came,
I missed the plane,
I missed the plane,

Tengo que irme. Me toca otra vez. Sólo espero que en el infierno americano, a esos cabrones amarillos, hamburguesas de tofu, que arrasaron con Pearl Harbor, los estén friendo a cantar «Enola Gay».




* * *

lunes 23 de marzo de 2009

Es muy fácil decir que no lo harías



A partir de entonces, las cosas sólo fueron de mal en peor. Los McKenzie comenzaron a aprovecharse de mí de todas las formas que un hombre es capaz de imaginar. Aquellos dos se habían propuesto joderme la vida, lo tenía claro. Y en medio de aquel embrollo estaba yo, sin comerlo ni beberlo, siendo tristemente vejado y amedrentado por un maldito viejo violento y una zorra extorsionadora. Qué puta suerte la mía.

Borracho o no, Clarice me obligaba a follarla cada noche. Santísima pelleja. Tenía el coño tan dado de sí que sentía que podría meter dentro mi cabeza y un brazo entero y aún sobraría espacio. Dormido era inmenso y peludo, como un kiwi gigante. Despierto era algo espeluznante, un cráter del tamaño de Omaha. Con una acústica privilegiada, eso sí. El eco de mis pelotas retumbaba en toda la habitación como un trueno cada vez que la embestía. Mientras me movía en su interior con lo que tenía, sólo esperaba que los huevos no se me quedasen allí dentro.

El padre, por su parte, también sabía cómo joderme. Cada vez que veía peligrar su posición de poder, el cabrón hacía valer la fuerza de sus puños. Protegía su cara detrás del izquierdo y sacaba a pasear el derecho muy cerca de mi nariz, haciendo silbar los nudillos a dos o tres milímetros de mi tabique nasal. No había manera de mantener una conversación normal con aquel animal sin sentir la amenaza constante de un puñetazo.

Hablaba poco, pero recuerdo bien el día que sugirió que yo necesitaba un coche. Dijo:

—Necesitas un coche, Bob.

—Aquí no hay distancias.

Soltó su puño contra mi barbilla. Comprendí que necesitaba un coche.

—¿Qué coche? —le pregunté, cortándome la hemorragia con un taco de servilletas.

—Yo tengo uno.

—Lo supuse.

Acabé comprándoselo. Era un viejo Toyota Corolla de catorce años, blanco, destartalado. El viejo ya no lo usaba, había empezado a quedarse ciego. Sin embargo, me costó medio año de sueldo. Pago al contado, billetes verdes recién salidos de la parrilla del Rancho de Roy. Su capacidad para negociar estaba fuera de toda duda.

—Cuídalo bien —me advirtió al darme las llaves.

—¿Mejor aún?

Su derecha se estrelló contra mi nariz. Me rompió el tabique, el viejo de mierda.

—¿Se puede saber qué coño he hecho ahora? —pregunté desde la acera.

—Odio el sarcasmo.

—¡No hablaba con sarcasmo, joder!

—Mejor.

Mientras su hija, la puta filantrópica del Dixie’s, me llevaba a urgencias, tuve una soberana epifanía. Lo vi todo claro, de pronto. Como esa luz blanca que inunda el rostro a los moribundos un instante antes de palmarla: era más que evidente que los tres habíamos entrado en una dinámica jodida, sí. En una de esas espirales malditas. La pescadilla que se muerde la cola, toda esa mierda. Yo sentía que podía volverme loco en cualquier momento. No soportaba a aquella desgraciada que conducía el Corolla hasta el hospital, no había nada en ella, absolutamente nada, ni una miserable partícula, que me hiciese desear no estar solo, pero aquello, desde luego, era algo que ni se me ocurría mencionar. Y, por otro lado, estaba hasta los mismísimos cojones de encontrarme un puño en la cara cada vez que abría la boca. Yo sólo había insultado a Clarice aquel día, joder. ¿De verdad era necesario tanto ensañamiento?

Daba esa impresión, sí. Tendría que ponerle remedio pronto.




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jueves 19 de marzo de 2009

La revolución electrizante



«ELECTRA SE QUITA EL LUTO», SONIA FIDES
Ediciones Vitrubio, 2008


Reseñar un libro de poemas suele ser, casi siempre, un ejercicio estéril, tan absurdo y contingente como autopsiar a un hombre que respira. En el caso que nos ocupa, sin embargo, se hace completamente necesario. Necesario, como lo es descubrir a Sonia Fides (Madrid, 1969), probablemente una de las voces más aventajadas de su generación. Un torrente exagerado de poesía, una voz devastadora, capaz de fabricar emociones a ritmo de vértigo, una montaña rusa aniquiladora de convencionalismos.

Su segundo poemario publicado, «Electra se quita el luto» (Ediciones Vitrubio, 2008) supone la consolidación definitiva de su marca como poeta. Es la reafirmación rotunda de lo que en algún momento pretendió ser efervescencia. Sigue latente en sus versos toda esa vida, todo ese arrebato lírico y la promesa de constante crecimiento poético, pero se aprecia también una firmeza que sólo puede producir admiración y envidia.

Si la poesía fuese una ciencia exacta, —que tal vez lo sea—, podría decirse que Sonia Fides ha encontrado la ecuación perfecta. Leyéndola, es imposible no pensar en dos grandes voces del siglo pasado, Marina Tsvietáieva y Wisława Szymborska, de quienes ha heredado el pulso del lenguaje y un estilo marcadamente —deliberadamente— cotidiano y sofisticado al mismo tiempo.

También se dejan percibir en su poesía reminiscencias de las poetas norteamericanas contemporáneas, de las que ha bebido apasionadamente, y pinceladas de la intensidad serena y refinada de autoras como Sylvia Plath o Carmen Posadas, que es un referente constante en su obra, tanto en verso como en prosa.

Después de «Mirar y ser mirada» (X Premio de Poesía ‘Nicolás del Hierro’, 2006), otro poemario indispensable, «Electra se quita el luto» representa el despegue editorial de Sonia Fides como autora asentada y solvente. El comienzo de un largo viaje, vibrante y estremecedor, hacia el centro mismo de la poesía. La manifestación de una madurez sorprendente, aunque esperada, y el inicio de una pequeña gran revuelta que dará que hablar: la revolución electrizante, un acontecimiento que no se puede ignorar, porque ignorar a Sonia Fides es faltar al respeto a la poesía.



A veces la rutina escribe de manera discreta

A veces la rutina escribe de manera discreta
un punto y aparte
en este negocio casi en quiebra que es la vida.

Y aunque trate de no alinearme del lado del cinismo.
acabo ofreciéndome como un trago seco
en todas esas fiestas que nunca serán desconvocadas,
a pesar de que los listados de personas
que por distintas razones no respiran,
siguen alargándose como la sombra de un árbol
al que no persiguió nunca la mala intención de una tormenta.

Hubiese preferido ser cualquier vino espumoso del mercado,
algo suave, alguien que se sienta a esperar
como si sentarse a esperar llevase implícito
cualquier tipo de llegada
ahora que la paciencia ya no resulta
una provechosa atenuante para los débiles

Sin embargo,
desde que el Concorde se rindió a los caprichos de Isaac Newton,
la esperanza prefiere no viajar en avión
lo que convierte a esta ciudad en una fosa común
sin necesidad de que haya sido proclamada ninguna guerra.

Y es cuando llega el turno de los creyentes,
la temporada alta para cualquier tipo de plegaria
y la necesidad de que las matemáticas vuelvan a ser dóciles,
porque si lo que quieres es quitarle la razón
a los que se empeñan en que escribas dedicatorias
aprovechándote del llanto que provoca
su manera de arremangarse en los despachos
tendrás que ocultarles que la razón es una experta en transfuguismo
siempre avalada por un soberbio bufete de abogados.



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miércoles 18 de marzo de 2009

Buen intento, Bandini



«LOS ABANDONADOS», LUIS MEY
Factotum Ediciones, 2008


Mientras acabo de leer su libro, me digo en voz alta que Luis Mey (Buenos Aires, 1979) es un buen escritor. Un escritor notable que debe ser tenido en cuenta. Su primera novela, «Los abandonados», que edita Factotum, da sobradas muestras de ello. Es divertida hasta la extenuación, es ágil, ligera y está bien construida. Los diálogos son puros y frescos y la trama, aunque algo trillada, mantiene al lector vivo hasta la última página. Es, en definitiva, una muy afortunada ópera prima. Y Mey, que se mueve con soltura encomiable, una promesa de gran escritor rompiendo el cascarón a cañonazos.

En esta primera entrega de las aventuras de Maxi, un heredero natural —queremos pensar— de los clásicos antihéroes de la vieja escuela californiana, en la línea de un joven Hank Chinaski o del mismísimo Arturo Bandini, están presentes todos los clichés recurrentes del género. Hay buenas dosis de malditismo, de inadaptación social, de fracaso, de sordidez existencial, de tragedia conocida, de violencia gratuita, de sexo explícito, de filosofía underground, de pesimismo recurrente y de humor negro, ácido y corrosivo. Una crueldad amarilla y estrepitosa que es, con mucho, el aderezo más revalorizador de la prosa de Mey: un guiño cómico que nos transporta a otras lecturas.

No obstante, si de algo adolece la novela es, precisamente, del abuso constante de ese estilo tan familiar para tantos. El fantasma de Fante planea sobre ella como una de esas diminutas y molestas avionetas de aeromodelismo, con el mismo vuelo rasante y ensordecedor. Uno lee a Luis Mey y tiene la sensación permanente de estar leyendo una traducción argentina del norteamericano, con el consiguiente peligro de verse convertido —injustamente— en mal sucedáneo en versión porteña.

Y esto es una lástima, por supuesto, porque se adivina, tras ese ejercicio —quizás inconsciente— de mimesis del autor, una base sólida, una formación literaria extensa y muy interesante y un intento bienintencionado de continuar por la buena senda de otros transgresores recientes, como Palahniuk o Houellebecq, esfuerzo que el buen lector sabe agradecer y decide recompensar obviando los naturales altibajos.

Personalmente, pienso que sería aún más de agradecer que Luis Mey se esforzase ahora por encontrar su propia voz. Sin ampararse en los buenos y viejos totems de la Literatura. —que siempre estarán presentes, los invoquemos o no—, para acabar convirtiéndose, con el tiempo, en uno de ellos. Porque, por fortuna para él y también para nosotros, todos los indicios hacen presagiarle un futuro prometedor y brillante.




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domingo 15 de marzo de 2009

El día que conocí a «Toro» McKenzie



Sólo recuerdo haber deseado estar muerto cuatro veces en mi vida. Ésta es una de ellas.

Entonces estaba viviendo en Helendale, unas cuantas millas al sur de Barstow, muy cerca de Silver Lake. Pocas personas han oído hablar del lugar. Mejor para ellas. Sólo diré que si Barstow es el culo del mundo, Helendale son sus pelos. Un pozo mugriento. Uno de esos pueblos cabrones y miserables de los que uno sólo desea salir huyendo nada más llegar porque intuye, ya desde el primer momento, que nada bueno le puede suceder allí.

No hice caso a ese pálpito. Me quedé a vivir en Helendale un año entero. Con dos cojones.

Había encontrado un empleo en la cocina del Rancho Doble de Roy Rogers y no me iba mal dando de comer a aquellos gordos. Me defendía. Y eso que nunca he sido amante de los trabajos grasientos. Pero Roy no me trataba mal, me dejaba hacer y eso me gustaba. Pude haber sido feliz entre aquellos obesos mórbidos. Pero la cosa se torció.

Por decirlo de alguna forma, atravesaba una fase algo díscola. Cualquier mierda de búsqueda personal, qué sé yo. Necesitaba beber para encontrarme a mí mismo. Así que cada noche bajaba al Dixie’s, el único bar de copas del pueblo, en el cruce de Hudson con la Séptima, con el único fin de curtirme las tripas a golpes de whisky. No sé cómo lo harán los demás, pero yo soy de los que necesitan estar borracho para encontrarse.

Allí conocí a Clarice. La jodida Clarice McKenzie. El único ser viviente capaz de molestar a un tipo en pleno proceso de auto-búsqueda y reconciliación histórica y sentimental con la lejana Escocia a través de sus licores. Una auténtica mosca cojonera. La primera vez se sentó a mi lado en la barra para preguntarme:

—Oye, ¿qué tal si me invitas a un trago de esos que te estás tomando?

—Largo de aquí, mala zorra… —le indiqué con serenidad considerable, adornándolo al final con un portentoso eructo— Aprende a respetar la intimidad de los borrachos.

Aquel día fui con ella todo lo insolente que se puede ser con una mujer. No le importó. Estaba demasiado preocupada por cazar un rabo. No volvimos a hablar, pero cuatro noches después volvió hasta donde yo estaba para confesarse:

—Mira, me da igual lo gilipollas que te pongas. Me gustas.

—Para ser una vieja puta, no tienes mal gusto… —empezaba a enfadarme, lo único que pedía era beber tranquilo—. Pero no pienso pagar ni un centavo por echarte un polvo, así que vuélvete al puto agujero del que has salido y déjame en paz, mierda.

Seguro que no era la primera vez que oía algo parecido, pero se ve que aquella noche le cayó mal.

Fue la primera vez que vi a una puta llorar, lo reconozco. Hasta yo mismo me sentí un poco hijo de puta. Todo muy familiar. Tal vez por eso sentí aquel escozor en los ojos cuando la vi alejarse, indignada, y sentarse rota en mil pedazos en la mesa del viejo del fondo. Un viejo enorme de pelo blanco, de unos setenta y cinco años, que siempre estaba allí, observándolo todo, como un objeto de decoración. Un viejo al que, hasta aquella noche, jamás había visto de pie.

Se levantó aparatosamente y caminó hacia mí. Le miré a los ojos. Era Jack McKenzie. «Toro» McKenzie. El maldito boxeador retirado Jack McKenzie. Creí reconocerle en cuanto vi aquella cicatriz profunda, de unos siete centímetros de largo, surcando como una zanja su mejilla izquierda. Confirmé pronto aquellas sospechas, en cuanto me calzó la primera hostia. Un derechazo fatal en toda la cara.

Desde el suelo, el hijo de puta parecía aún más grande. Unas tres o cuatro veces más grande, por lo menos. Lo recuerdo porque alcancé a abrir un ojo, el que quedaba sano, antes de que me lo volviese a cerrar con un segundo golpe todavía más fuerte que el anterior. Me pareció un adorno innecesario. Si no en aquel momento, sí más tarde, cuando recuperé la consciencia.

No pude volver a entrar en el Dixie’s hasta que empecé a salir con su hija, la adorable Clarice McKenzie. Ciertamente, los caminos del amor son misteriosos.

jueves 5 de marzo de 2009

Primeros auxilios



¿Qué coño podía hacer? No importaba demasiado, me contesté. Hiciese lo que hiciese, estaba jodido. El error había sido hacerse cargo de semejante problema. Meter en casa a aquella maldita mujer. No tenía por qué haberlo hecho, pero la había rescatado del mundo como quien recoge a una mascota. ¿Quién coño era yo para salvar a nadie? Lo sabía. Sabía que era una estupidez por mi parte, un comportamiento inapropiado e intolerable. Pero, aunque acabase de partirle una botella en la cabeza, me sentía, inevitablemente, su protector. Empezaba a actuar como un verdadero gilipollas.

Frank se acabó su paja desde lo alto del retrete, ajeno a la gravedad de la situación. A saber si alguna vez había visto un coño tan de cerca. Supongo que ninguno, después del de su madre. Si el sexo está vetado para los gordos, aún lo está más para los enanos. Steve me observaba fijamente, quieto y en silencio, con los ojos muy abiertos, igual que un perro reclama la hora del paseo, aguardando una respuesta clarificadora que se hizo esperar.

—No lo sé, Steve —repetí, meneando la cabeza, mirando al suelo encharcado y después al infinito.

Cuando Frank saltó para acercarse a la bañera, me senté en la taza a pensar. Siempre he pensado mejor cuando aprieto las nalgas sobre la tapa de un váter. Intenté sopesar durante unos minutos las posibles consecuencias de cada decisión: podía abandonarla a su suerte, otra vez, en cualquier descampado a las afueras. Al fin y al cabo, su suerte parecía estar bastante más jodida que la mía cuando me la encontré casi inconsciente en mitad del desierto. Podía ser un poco más legal, claro, podía soltarla así delante de cualquier hospital de la ciudad. Aunque era más arriesgado, desde luego. Y podía quedármela, por qué no. Y complicarme la vida mucho más.

—Nos la quedamos —les dije a los hermanos.

—¿Cómo? —preguntó Steve— ¿De qué hablas?

—Te digo que nos quedamos a la chica. ¿Tenéis alcohol o vendas en casa?

—Sí, claro. Algo de eso tendrá que haber. Voy a buscarlo.

Steve salió corriendo de la casa. Pude escuchar sus diminutos pasos cruzando el jardín desde la ventana del cuarto de baño. Vigilé a Frank, que se había encaramado para tocar a la chica. Sus pequeños pies de gnomo bailaban en el aire. Me dolía la mano, pero preferí ignorarla para no encabronarme.

—¿Quieres tocarla? —le pregunté.

—¿Puedo? —le brillaron las letras en los ojos.

—Creo que no le importará mucho ahora —asentí.

Lo cogí en brazos y lo sostuve en peso a pocos centímetros de la chica. Llevó sus pequeñas manos hacia sus tetas maravillosamente redondas y firmes. Las tocó, las apretó, le pellizcó un pezón. Aquello era amor, no había duda. Estaba empezando a emocionarme el jodido enano con tanta ternura. No le dio tiempo a mucho más, de todos modos.

—¡Ay, joder! —protestó.

—¿Qué te pasa?

—¡Que me he vuelto a correr!

Me reí con él. Estaba bien. Al menos, alguien sacaba algo positivo de aquella mierda. Volví a dejarlo en el suelo y se cruzó con Steve en la puerta, cuando éste regresaba con su mini botiquín de emergencia.

—¡Tengo gasas, esparadrapo y agua oxigenada!

—Cojonudo —le dije—. Cojonudo, Stevie.

Curamos primero las heridas de la chica y después las de mi mano. Al acabar, Steve y yo le tocamos las tetas. Fue divertido. Como viajar gratis en la montaña rusa.




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domingo 1 de marzo de 2009

Bondad divina



Dios le puso al hombre
un corazón para rompérselo,
un par de manos que llevarse a la cabeza,
dos ojos con que verse envejecer en el espejo
y un par de piernas que cediesen con el tiempo.

Creó el amor para excusar la traición y la mentira.
Se inventó la justicia, fue una broma innecesaria.
Le prometió una familia, y un coche y una casa;
no le advirtió de los distintos ministerios
y se marchó por donde había llegado.




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