miércoles 29 de abril de 2009

Música para atravesar los túneles



Adheridos a la vida subterránea
involuntariamente, conducimos
con una sola mano en el volante,
los ojos en los espejos, a ritmo
de procesión, por las tripas del
centro de esas ciudades viejas.

Nos dejamos deslumbrar por la
música ambiental, que es aguda
y ambarina como luces de ambulancia,
y, aunque somos hacendados del silencio,
la canción de los motores nos obliga a
traicionar también estos principios.

No estamos dentro, le digo a Esther,
sino debajo. Y ella ríe y menea la cabeza.
Mira sus caras de satisfacción: se creen
importantes por tener un coche caro,
pero aquí todos vivimos sometidos
por el límite que marcan los radares.

Entramos huyendo de la noche y de la lluvia
en esta digestión de tres kilómetros y medio
triste y larga como la vida de los dictadores.
Recorremos las cañerías del mundo buscando
ese pedazo de luz que prometían las señales,
ignorando, ingenuos, profecías y diatribas.

En la calle, la tierra se amontona en las aceras
al borde de las zanjas, como montañas de azúcar.
Las putas salen, menean sus muslos ante la cáfila,
como siempre, en cuanto el sol nos abandona.
Tenemos nuestras reservas y la única respuesta
que brinda al hombre el oráculo de las entrañas:

Ahí fuera espera una muerte para cada uno.




* * *

lunes 27 de abril de 2009

La llave de todas las puertas



Con cada golpe que su culo daba en los peldaños emitía un sonidito esperanzador, un gemido sordo y breve, que me sirvió para recordar que aquellos casi cincuenta kilos de carne y vendas que porteaba de arriba abajo una y otra vez pertenecían a un ser vivo. Me sentí mejor cuando alcancé, por fin, la moqueta del rellano de la planta de arriba. No tenía la espalda para muchas fiestas, a decir verdad.

Llegué al cuarto y la dejé sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y la cabeza descansando en el colchón. El vendaje de emergencia había comenzado a desprendérsele y su cara, un moratón con ojos, asomaba por debajo del blanco de la gasa. Había sangre negra en su barbilla y en su nariz. La poca luz que llegaba hasta aquel punto era más que suficiente para entrever la carnicería provocada por la hostia que Vanish, la momia aventurera, había regalado a las escaleras.

—¿Qué coño voy a hacer contigo? —le pregunté.

No se inmutó. Estaba claro que su destino era permanecer en silencio y sin sentido durante el resto de sus días. Volví a mirarla, sentado en cuclillas sobre ella; no había ninguna recompensa en todo aquello. Comprendí que cuanto más intentaba hacer por ella, más acababa jodiéndolo. Habría sido el momento para abandonarla en la puerta de cualquier centro de emergencias, pero no lo hice. No lo hice, no.

En lugar de eso, me levanté de allí. Caminé hasta la puerta del cuarto y tanteé la cerradura en busca de un llavín que debería estar pero no estaba. En cualquier caso, pensé, si mi madre no había cambiado el sistema de bloqueo de las puertas —y era bastante probable que no lo hubiese hecho— cualquier llave de la casa serviría para correr y descorrer el pestillo de todas y cada una de las habitaciones.

Así que me acerqué hasta el baño. Con cuidado, una vez más, de no joderme la piñata como la pobre Vanish. Y en mitad de aquella ceguera la encontré. Estaba allí, resplandeciente, encajada en el interior de la cerradura, esperándome. Regresé con ella al cuarto de mis padres para probarla y, como había calculado, funcionó. Me sonreí. No estaba mal que alguna cosa saliese bien de vez en cuando.

Entré y cerré la puerta por dentro. Estaba infinitamente cansado y hambriento, pero en aquel momento sólo quería dormir. Dormir sin preocuparme por que Vanish, con sus peripecias, me dejase con el culo al aire.

La metáfora me sirvió para recordar que estaba desnudo y una ola inaudita de pudor me inundó de pronto. Imaginé la escena que vería al despertarse y preferí ponerme algo encima para no complicar demasiado las cosas. Rebusqué de nuevo en el armario de mi madre y, cuando encontré algo parecido a un calzoncillo, me cubrí mis vergüenzas y me volví para ayudarla a subir a la cama.

—Ya no tienes edad para andarte con estos jueguecitos —le recordé.

El silencio me devolvió mi propio reproche. Me pregunté si, en el fondo, no estaría hablando conmigo mismo. Yo también era mayor para andarme con mierdas del estilo. Si huí de Barstow y de California no lo hice para complicarme más la vida. Y mucho menos de aquella manera.

—Gmmmmpg… —apuntó, al caer sobre la cama.

—Eso es lo más inteligente que has dicho hoy.

Me había guardado la llave debajo del calzoncillo. Si Vanish la intrépida intentaba escapar de la habitación sólo podría hacerlo de dos formas: saltando por la ventana del segundo piso o rebuscando entre mis pelotas. De cualquiera de las dos formas tendría que enterarme.

Y, sabiendo esto, me dormí. Me dormí de verdad. No había dormido tan bien en siglos.




* * *

jueves 23 de abril de 2009

Uno de los dos estaba muerto



Los enanos volvieron a su casa con su dinero y yo me tumbé junto a Vanish en la cama de mis padres. Tenía gracia que la siguiese llamando así a los 42 años. La cama de mis padres. La miré desde mi lado del colchón mientras dormía, bajo los vendajes, disfrazada de mi madre, como si fuese alguna clase extraña de reencarnación. Algo diabólico, sin duda. Era mi madre en aquel momento. Mi madre joven.

Me descalcé con los pies y dejé caer los zapatos desde lo alto de la cama. El ruido al golpear la madera no la despertó. Me desabroché la camisa y los pantalones y me los quité. Mi calzoncillo olía a anchoas en vinagre. Me despedí de él mientras viajaba a la altura de mis rodillas y lo lancé sobre la cómoda. Acerté, sorprendentemente, sobre una vieja foto de mis padres. Tacoma, abril de 1953. Aquello podía ser una señal.

Estaba desnudo. Vanish respiraba fuerte. El sudor de mi cuerpo comenzaba a secarse gracias al polvo y a la legión de ácaros que lo devoraban como si fuese mantequilla. Era una situación bastante grotesca para todos. Vanish, los ácaros y yo, juntos y revueltos. Volví a mirarla, intenté hacerlo con otros ojos. Empecé a recorrer sus piernas llenas de magulladuras con la mirada, su pecho y su vientre inflamándose con cada inspiración. Debía, por lo menos, tocarle las tetas. Era la jodida llamada de la naturaleza. Necesitaba sentirme hombre en aquel momento. No me importaba que ella no estuviese consciente.

Así que desabroché los dos botones de arriba de aquel vestido amarillo, lleno de islas, cocos y palmeras, hasta descubrir sus tetas, sucias y redondas. Intenté ignorar que mi madre, después de reunir su pensión durante los últimos diez años de su vida, había muerto de cáncer en aquella cama. Hice lo posible por no imaginarla cuidando el jardín con aquel vestido horrendo. Escondiendo el dinero en aquella caja que ahora tenía en mis manos, bajo el tablón de la tercera pata. Harta de preparar y recalentar raciones individuales de crema de champiñones. Sirviendo dos platos, por si se me ocurría volver por sorpresa, cualquier noche.

Apoyé la caja en la almohada y me giré sobre la chica. Cerré los ojos para tocar sus tetas, pero no sentí nada. Cero. Lo mismo que si estuviese palpando un montón de ceniza. Probé a desabrochar su vestido por abajo. Metí el brazo entre sus piernas. Hundí mi dedo índice en su coño, hasta el fondo, pero tampoco sentí nada. Uno de los dos estaba muerto, pensé. Aquello no tenía mucho sentido, ni siquiera para un tipo como yo, de modo que desistí. Sin mover mi mano de donde estaba, apoyé mi cabeza en su hombro, respiré profundamente y me quedé dormido. Me sentía como si llevase años sin hacerlo.

Volví a soñar con Candy Gallows pero esta vez fue diferente. Volábamos desde lo alto del Golden Gate sobre un mar en llamas. Ella llevaba su vestido rojo. Yo no. En un arranque de romanticismo nada habitual, Candy me amenazaba con quitarse la vida. Entonces, le enseñaba el periódico del día, no recuerdo cuál, donde aparecían su foto y su esquela y le decía que no tenía que molestarse, porque ya estaba muerta. Me respondió que aquello no importaba, que las hijas de puta podían morirse todas las veces que quisieran. Y en eso quedó la cosa, porque, justo en ese punto, me desperté.

Al abrir los ojos descubrí que tenía dos problemas. No estaban ni la chica ni la caja.

Ya era de noche. Me incorporé rápidamente en la cama y salté al suelo. Salí de la habitación de mis padres a tientas, procurando no romperme nada. La única luz en la casa era la de la luna llena que se colaba a través de la ventana.

A pesar de los años y los excesos, mi memoria conservaba aún una buena referencia espacial de la segunda planta, porque conseguí llegar hasta las escaleras de la casa sin tropezarme. Comencé a bajar los escalones casi reptando, muy despacio, agarrándome con fuerza a la barandilla. Al llegar al séptimo escalón me topé con algo. Era su pie derecho. Vanish se había caído por las escaleras intentando escapar. Busqué su brazo, encontré de nuevo sus tetas. En su muñeca había pulso. Eso me tranquilizó. No pude localizar mi caja en medio de aquella oscuridad, así que me dije que la buscaría mejor por la mañana.

Tomé de nuevo por los brazos a la chica y la volví a arrastrar, escaleras arriba, hacia la habitación. Desde luego, no me lo estaba poniendo nada fácil la muy cabrona.




* * *

lunes 20 de abril de 2009

Dos golpes y medio



Dos golpes de suerte en menos de diez minutos eran demasiada suerte. Sobre todo, de aquella suerte. Hasta el más tonto sabe eso. Yo lo sabía también, pero me dejé llevar por el delicioso tufo de la victoria. Humano que es uno. Cierto es que las cosas se ven con otra perspectiva cuando tienes treinta de los grandes en una caja. Aún así, conservaba espacio suficiente en mi resentido corazón de fugitivo para el rencor. Volví la vista a la casa de Seymour McKenzie y le dije a Steve:

—Si tuviera un arma aquí mismo, dispararía en la cara a ese hijo de puta.

—El viejo hizo lo que habría hecho cualquiera —respondió desde el suelo, ajustando el enorme fajo de billetes, entero y sereno.

—¿Eso habrías hecho tú?

—Sí. Creo que sí.

—Eres un mamón.

No pudimos seguir con la discusión: Frankie el mentiroso, el encubridor salvaculos de Orange Avenue, entró bailando en la habitación, puño sobre puño, agitando y moviendo en círculos sus caderas de juguete. Parecía un muñeco embutido en sus pantaloncitos blancos. Se detuvo un segundo y, señalándose con los pulgares, nos preguntó:

—¿Queréis decirme quién es el mejor actor del condado de Yuma y alrededores?

—¡Charlie Brinley! —dijo Steve.

Todos nos reímos, claro. Teníamos motivos. Las cosas nos empezaban a salir bien y siempre es gracioso ver bailar a un enano. Y eso que él aún no sabía nada de lo del dinero. Entonces se habría reído el doble.

—¡Se lo creyeron! —siguió Frank, como si nada— ¡Los muy patanes! ¡Les dije que tenía el televisor muy alto y se lo creyeron!

—Eres un campeón, Frankie. Muchas gracias.

—Era lo menos que podía hacer, ya sabes…

Claro que sabía, pero daba igual. Podría haberme jodido bien si hubiese sucumbido al pánico azul del uniforme de los policías. En el fondo, también lo sabía, lo había hecho porque quería seguir viéndole las tetas a Vanish. Era un pequeño cabrón inteligente.

—Tengo una cosa para vosotros —les dije.

Arrebaté de las manos de Steve la caja de cromos de mi madre y saqué de su interior dos mil dólares. Nunca había conocido la generosidad hasta aquel momento. Les di dos billetes de quinientos a cada uno, por los servicios prestados, y les advertí:

—¡Ni se os ocurra despilfarrarlo en comida! ¡Sólo putas o alcohol!

Frank se río, pero podría haber aplaudido con los dientes. Steve frunció el ceño. Es posible que esperase mucho más de mí, pero yo no era el jodido Banco de Yuma. Tenía que ahorrar para los malos tiempos, nunca se sabe cuánta falta hace el dinero como cuando no se tiene.

—Y ahora dejadme descansar —les dije—. Llevo todo el día jugando a las muñecas.




* * *

lunes 13 de abril de 2009

La recompensa



Pensé en escaparme de allí. Por supuesto que lo pensé, no soy gilipollas. Lo último que quería era acabar dando con mis huesos en Prison Hill después de haber llegado tan lejos, después de evitar con éxito a todos los McKenzie, Selznick y Jenkins que se habían ido cruzando en mi camino. Ahora que empezaba a ser una buena persona, una jodida hermanita de la caridad, ahora que estaba intentando expiar todos mis pecados con una puta inconsciente por traumatismo cráneo-encefálico, no podían cogerme esos cabrones.

Mi padre era experto en huir. Tenía la costumbre de salir corriendo de todas partes cada vez que las cosas se torcían. Huyó cuando yo nací, se fue a Denver a vender coches de segunda mano y regresó al cabo de un año, alcoholizado y sin un centavo. Lo hizo de nuevo, dos meses después, cuando mi madre se quedó embarazada por segunda vez y sólo volvió cuando ella perdió al bebé. Huyó cuando mataron a su hermano pequeño, Wayne, en la guerra de Corea. Huyó cuando quebró Cosméticos Aihara. Fue la última vez. Nos dejó solos a mi madre y a mí. Se murió, como un cobarde. Supongo que de él lo heredé.

Sondeé brevemente mis posibilidades, tan reducidas, de salir de allí sin ser visto. El coche estaba aparcado en el frente de la casa. Si quería irme, tendría que llevarme a Vanish conmigo, volver a escapar hacia quién sabe qué jodida parte del país, abandonar el hogar una vez más, pero esta vez con dos órdenes de búsqueda y captura, una por cada estado. Y luego estaba el puto viejo Seymour, desde luego. Si había hablado una vez, volvería a hacerlo. Lo tenía muy claro. A los chivatos hijos de puta como él les encanta cantar, aunque no sepan una mierda de nada. Es el jodido afán de protagonismo de los viejos prostáticos ociosos.

Volví a asomarme tímidamente por la ventana de la habitación. Todo seguía en silencio. Ni rastro de Frank y los policías. Las luces estroboscópicas de la sirena del coche giraban todavía, mudas y frenéticas, en el jardín de los Holcomb inundando de azul la urbanización entera. Los segundos caían lentos, pesados como elefantes de barro sobre la espalda. Me giré para preguntarle a Steve:

—¿Crees que dirá algo?

—¿Con franqueza, Bob? —comenzó a responder frotándose sus manos de muñeco— Creo que sí. Si le conozco un poco, va a cantar como un jilguero.

Me lo decía Stevie, el tipo que acababa de mearse bajo mi cama. El muy cabrón. Me arrodillé sobre la alfombra de color vino, levanté la colcha y el edredón y metí la cabeza en aquel hueco. Seguía allí, agazapado, temiendo igual que yo que los policías entrasen en nuestra habitación en cualquier momento, furiosos como asesinos, blandiendo sus pistolas contra nosotros, atentos para derribar cualquier blanco móvil, sin importar cuál fuese su tamaño. Aquello podía ser una carnicería peor que la de los Manson. Y Steve lo sabía tan bien como yo. A pesar de todo, me crecí. Me inundé de falsa esperanza para decirle:

—Sal de ahí debajo, anda. Seguro que mi madre conserva mi ropa de cuando era niño.

Steve accedió con dignidad razonable. Extendió hacia mí los dos brazos y tiré de ellos como quien coge a un gato. Lo arrastré hasta traerlo a mi altura, pero entonces ocurrió algo que nos cambiaría la vida a todos. Se le soltó un jodido zapato. Sí, eso pasó. Lo dejó atrás y tuve que volver por él. Introduje el brazo otra vez bajo la cama y tanteé con la mano, intentando evitar la zona mojada. No conseguí encontrarlo, pero el vendaje de mi herida se quedó enganchado en un tablón que sobresalía considerablemente.

—Hazme un favor, Stevie. Vuelve a meterte bajo la cama.

—¿Estás de broma? —el enano no entendía nada.

—Métete bajo la cama, joder. He encontrado algo.

Hizo lo que le ordené. Volvió a entrar igual que un buzo. Sus piernitas parecían ancas de rana.

—¿Puedes ver dónde está mi venda? —le pregunté.

—Sí, joder. Claro que la veo. ¿Me haces volver aquí por tu venda?

—No grites, mierda. Levanta ese tablón. Haz fuerza. Tengo una jodida corazonada.

Steve hizo fuerza, mucha fuerza. Tanta que parecía que se estaba cagando. Tardó unos minutos hasta que, finalmente, se oyó exactamente lo que esperaba: estallido de madera, blasfemias y carcajadas.

—¡La hostia puta! —gritó el enano— ¡La hostia puta! ¡Somos ricos, joder!

Y aunque su forma de emplear el mayestático me asustó inevitablemente, comprendí que, una vez más, tenía razón. La suerte es una zorra caprichosa y a los tipos como yo nos sonríe enseñándonos los dientes de oro.

—Cógelo todo y sal a la superficie, Julio Verne.

Volvió con una vieja caja de cromos repleta de billetes. Allí podía haber más de 30.000 dólares. Mi madre había escondido bajo la cama 30.000 dólares. Maldita chiflada. Con eso tendría para pagarme unas cuantas fianzas, pensé.

Eufórico, volví a pegar la nariz en el cristal. Los policías estaban ya en el porche. Uno de ellos se despedía de Frank, el otro no quitaba ojo de la casa del chivato Seymour. Se metieron en el coche, apagaron las luces de la sirena y arrancaron lentamente, intentando no joder más el jardín de los enanos.

Cuando se fueron, Frank miró hacia la ventana donde estábamos y nos guiñó un ojo.

miércoles 1 de abril de 2009

Un toque de alcanfor



Después le vendamos la cabeza hasta acabar el rollo de gasa. La herida parecía al principio mucho más aparatosa de lo que era en realidad.

—Me había asustado, ¿sabes? —dijo Steve— Creía que la habíamos matado.

—¿Habíamos? Pensaba que fui yo quien le estampó el frasco en la cabeza.

—Bueno, Bob… —tartamudeó— Entiéndeme… Ahora me siento tan implicado en esta historia como tú. ¿No deberíamos avisar a la policía?

—No es buena idea. Todavía no.

El enano se quedó pensativo. Pensó largo rato sin desviar en ningún momento su mirada de las tetas de la chica. Frunció la frente y la boca y se encogió de hombros. Me miró.

—Óyeme, Stevie —le dije—, ayúdame a recoger un poco todo esto mientras llevo a la chica a su habitación, ¿de acuerdo?

Le pareció bien. Se quedó en el cuarto de baño esparciendo por el suelo toallas y hojas de periódico, las pocas que se habían salvado de limpiar mi sucio culo de fugitivo, y comprobó, sorprendido, que la capacidad de absorción del Yuma Sun era bastante superior al de sus toallitas de miniatura.

—¿Sabes? ¡Creo que voy a empezar a secarme con esto a partir de ahora! —bromeó.

Mientras tanto, cogí a la chica por los sobacos y me la eché encima del hombro igual que un saco. Su olor era una mezcla intensa de jabón, óxido y sudor. Pero, por encima de todos los olores, prevalecía el del maldito quitamanchas. Apestaba. Toda ella era un gigantesco estropajo de carne. Era la jodida chica del anuncio de Vanish, pensé. Así que, en aquel mismo momento, en los cuarenta segundos que me llevó transportarla desde la bañera hasta la habitación de mi madre, decidí llamarla así: Vanish. No por la película de Hitchcock, sino por su aroma. Vanish.

La dejé caer sobre la cama. Una inmensa nube de polvo se levantó cuando recibió su peso. Tosí. Me acerqué a la ventana del cuarto y la abrí de par en par para que entrase la luz y saliese la mierda y me dirigí al vestidor de mi madre. Toda su ropa seguía allí, impregnada en alcanfor, como si fuese a regresar de la tumba en cualquier momento. La imaginé así, emergiendo de la tierra como un árbol viejo y putrefacto, y sentí ganas de vomitar. Me sacudí aquella imagen de la cabeza y elegí el primer vestido de la izquierda: amarillo, veraniego, lleno de islas, cocos y palmeras. Mi madre siempre tuvo un gusto sublime para la ropa.

Enfundé a Vanish en aquel disfraz de jubilada de Sun City igual que si fuese un plátano. Menos mal que no era supersticioso. Ahora, con su cabeza pareciendo la de la novia de Tutankhamon y su cuerpo bajo trapo, la escena se me hizo aún más grotesca. Me pregunté qué coño estaba haciendo, pero Steve me bajó de la burbuja inmediatamente.

—Ya está —interrumpió entusiasta—. El suelo seco y las toallas recogidas.

Sonreí. Me apoyé en la ventana bastante satisfecho. Fuera, los pájaros cantaban. Parecía que, al fin, todo se iba enderezando. Pero no fue así. Cuando más relajados estábamos, volvió a joderse. Empezó a oírse una sirena cada vez más cercana. Los alaridos de la jodida Vanish habían hecho saltar la alarma. Un coche de policía entró pisando salvajemente el césped del jardín de Frank y Steve. De su interior bajaron dos agentes armados. Me dio tiempo a cerrar la ventana y agacharme. El cabrón de Stevie se había escondido bajo la cama. Estaba allí, era una mota de polvo con ojos, temblando.

—No te muevas de ahí —le advertí—. Estamos jodidos si se enteran de esto.

Estudié la situación desde donde estaba. Frank les abrió la puerta y salió al jardín con las manos en alto. Los policías le hicieron apoyarlas sobre el capó del coche para registrarlo. Tuve que llevarme una mano a la boca para tapármela, como si de aquella estúpida forma pudiese evitar que el enano hablase también.

Frank Holcomb volvió a entrar en la casa, esta vez con ellos. Sólo quedaba rezar. Me quedé muy quieto, mirando en todas direcciones, buscaba un signo de vida, una pista para saber quién había sido el hijo de la gran puta que había llamado a la bofia.

Un destello me cegó, era el reflejo del sol moviéndose en la ventana del primer piso de la casa de enfrente. Alguien acababa de cerrarla. Le pregunté a Stevie, que se acababa de mear encima:

—¿Quién coño vive ahí enfrente, Steve?

—Un viejo sordo llamado Seymour… Mierda… Seymour McKenzie.

Estaba claro, me dije. Era víctima de una jodida maldición.