jueves, 24 de noviembre de 2011

Hi-ho!

Para RODRI MARSHALL, 
amigo revelación 2001 y 2011

Bien. 

Olvidémonos por un instante del presente —que está para olvidarlo, francamente— y demos un salto en el tiempo. Uno grande y hermoso. Remontémonos al invierno, por decir algo, del año 2001. Podría ser noviembre perfectamente. Aunque también podría ser marzo, pero digamos, mejor, que era noviembre.

Viajemos hasta ese salón poco ventilado del primer piso del número 124 de la Avenida Príncipe de Asturias —hoy lugar de peregrinaje para nuestras hordas de seguidores— donde los hongos se confundían con los estudiantes como nunca hasta entonces lo habían hecho.

Uno de aquellos estudiantes era yo.

Otro de los que se pasaba por allí a menudo, después de las clases, era Rodrigo. Rodrigo tenía mucho mérito. Iba a la universidad todos los días, aunque venía de lejos, y asistía a las clases con ánimo constructivo. Esperaba aprender algo. Siendo, como ya era entonces, unos cuantos años mayor que yo, aquella voluntad suya no dejaba de sorprenderme. Siempre he admirado a las personas que escuchan.

En cuanto a mí, creo recordar que aún tenía pelo. Una calva incipiente comenzaba a asomar en mitad de mi coronilla, pero procuraba pensar en ello lo menos posible. Antes al contrario, me divertí mucho acelerando mi proceso alopécico con los tintes de los colores más aberrantes que encontraba en el Mercadona local. Se me viene un olor a la cabeza: amoníaco intenso. Y esa sensación pringosa de que veinte gaviotas se te hayan cagado en el pelo. Entrañable recuerdo, sí señor.

Como decía, Rodrigo se dejaba caer por casa con frecuencia. Supongo que le gustaba vernos. Nos ponía al día de las cosas que pasaban en el mundo, aunque no nos interesasen una mierda, y, cuando consideraba que ya había hecho suficiente por nosotros, se levantaba y decía “me voy”, y se iba. Algo que siempre nos pareció bastante lógico.

Un día apareció con un libro bajo el brazo. Normalmente no me fijaba en los libros que leía Rodrigo porque Rodrigo solía leer cosas demasiado interesantes como para interesarme, pero aquel libro era distinto.

—¿Qué libro es ese, Rodrigo?
—El desayuno de los campeones.
—Suena bien. ¿Qué tal está?
—Me está decepcionando un poco.
—Eso está bien. Me lo apunto.
—Pshé.

«El desayuno de los campeones», qué cabrón... Y lo decía como si tal cosa. Como si fuese un Murakami cualquiera. Un Saramago. Algo peor. Llevaba con él una puta joya, pero yo no lo sabía, aunque tuve el pálpito. No lo sabía, pero, un año después o el verano siguiente caí en una librería que pronto acabaría por morir. Una de las mejores de la ciudad, por cierto, que son casi siempre las primeras en desaparecer. Maxtor, se llamaba. Allí encontré uno de los últimos ejemplares vivos de «El desayuno de los campeones», también «Barbazul», y, aunque no tenía demasiado dinero, me lo gasté en aquellos dos libros, que eran más un presentimiento que una incógnita.

No me equivoqué. Aquel librito amarillo, «El desayuno», me acompañó sin tregua durante mis horas más amargas —que serían muchas entre 2003 y 2007— y, a pesar de todo, siempre era capaz de arrancarme sonrisas. Superé una enfermedad y dos traiciones, o más, envuelto en sus páginas. Llegué a quererle como a un padre. Como a la voz cercana de alguien querido. Muchas personas son incapaces de entender mi amor por algunos libros. Les molesta que los trate como si fuesen personas. O mejor que a las personas. Pero es así. Y, sinceramente, me importa poco que no lo entiendan.

Hace un mes o más, después de cometer la muy hostiable imprudencia de prestarlo, y aún a pesar de haber proferido las advertencias de rigor, supe que la última copia de «El desayuno de los campeones» (que Anagrama se niega a reeditar) había sufrido un terrible accidente acuático. (Como yo, nunca aprendió a nadar porque, en condiciones normales, nunca le habría hecho falta) Me derrumbé. Sonará estúpido, pero me vine abajo. Pude sentir cómo se moría una de las pocas cosas que me consoló y me hizo reir cuando peor estaba. Me sentí traidor por haberlo prestado como quien presta un mal disco, me sentí huérfano. No digo que ahora lo necesite como entonces, pero le debo muchas cosas a Vonnegut. Habrá mejores escritores que él, pero me cago en todos ellos. Yo hice mi elección.

Busqué el libro en librerías de segunda mano de toda España. Desde Pontevedra hasta Almería. Incluso, cosas del azar, llegué a descubrir que la valiente hija de puta que hace unos años me coló la mentira más grande y rastrera del mundo (hola, Sonia, loca de los cojones...) estaba buscándolo también en la misma librería de Barcelona. Ésa fue la nota grotesca. Pero ni siquiera la anécdota logró hacerme aparcar mi duelo. Estaba jodido. Aunque lo encontrase, ya no iba a ser lo mismo. No era “mi” libro.

El pasado fin de semana me reencontré con Rodrigo. Muy de vez en cuando, volvemos a vernos. Con más motivo ahora, que estamos metidos en lo de la revista. Va a ser padre pronto y, entre otras cosas, recordamos nuestras historietas de Madrid. Como el día en que, no sé si sobrio o no, le confesé con solemnidad que era mi amigo revelación del año 2001. O el día que, sin dar explicaciones, se pasó por casa a regalarme un libro de Óscar Hijuelos después de leerlo y pensar que podría gustarme.

Le expliqué mi incidente con «El desayuno», lo triste y jodido que estaba. Sabía bien que él podía entenderme, porque es de esos que, cuando leen, no abren los libros del todo para que no queden esas horribles estrías en el lomo. De los que, como yo, ordenan los libros por editoriales, autores, tamaños y colores, y los alinean todos a la misma altura. Quiere a los libros. Y yo le puedo entender, porque me pasa lo mismo.

Lo que Rodrigo no sabe es que yo descubrí a Kurt Vonnegut por su culpa. El autor que más me ha marcado, el que cambió por completo mi concepto de la literatura, de la escritura, el autor que me ayudó a superar mi empobrecedora adicción a Bukowski, me lo presentó él, con desgana, en el salón de casa, por pura casualidad.

Hoy por la tarde llamaron al telefonillo. Era un mensajero de SEUR. Me traía un paquete alargado, liviano, con remite de A Coruña. Firmé el recibí y lo abrí en el despacho. Era «El desayuno de los campeones». El mismo que, hace diez años ahora, se paseó delante de mis narices en aquel piso de Madrid. Intacto, resplandeciente. Con una minúscula huella de suciedad donde, el día que lo compró, venía la etiqueta con el precio. Insignificante, del tamaño de la uña de un meñique vulgar. Aquel libro. Aquel puto libro. Conmigo, aquí.

9 comentarios:

Sal Duluoz dijo...

Muy bonito, joder. Estas cosas emocionan, incluso a lectores duros como yo...

Un poco cacofónico el nombre del Rodrigo ése, pero bueno, se lo perdonaremos.

Hugo Izarra dijo...

Eres la última persona a la que pensé que este textito podría gustar.

Sal Duluoz dijo...

Hombre, destila un rollo "soap-shower-gay" que no es lo mío. Por otra parte, Vonnegut es un pestiño infumable al que es pecado colocar en el mismo nivel que el gran Murakami.

Les reconozco a ambos autores, eso sí, que tienen apellidos con mucha fuerza, de esos que te llaman desde los estantes de la librería. Si tuviera que elegir entre dos libros, uno de Loureiro el Zombi y otro de Murakami, siempre escogería a Murakami, aunque sólo fuera por la musicalidad de la compra.

Hugo Izarra dijo...

Es verdad, y me sorprende tu intuición, que Rodri es de esas personas que ganan mucho cuando se enjabonan.

Como vuelvas a decir que Vonnegut es un pestiño infumable busco la forma de bloquearte el Blogger, pedazo de animal.

Loureiro no está mal como purgante. Murakami va bien para los que tienen problemas de sueño. Pero mis problemas con el sueño, precisamente, son por exceso, no por defecto.

Jesús Alonso dijo...

Me acaba de llegar un correo de la editorial Sexto Piso anunciando la edición de "Cuando los mortales duermen" un libro de relatos de Vonnegut. Supogo que ya lo sabes, pero por si acaso.

Hugo Izarra dijo...

¡Gracias, Jesús! Ya estaba al corriente. Mis amigos de Pequod me avisaron rápido. Y lo tengo reservado desde hace unos días, junto a su última novela, de 1997, que me han conseguido en catalán.

Los relatos que está publicando Sexto Piso son ciertamente menores. Me recuerda un poco al Bolañazo que lleva haciendo Anagrama desde que se quedó sin material decente. Es verdad que hay obras difícilmente digeribles en la bibliografía de Vonnegut (Birlibirloque, Rosewater, La pianola...) pero "Mire al pajarito", e intuyo también que éste último, no parecen ni escritos por él. La traducción tampoco ayuda demasiado. Le falta alma a esos engendros. Mucha.

Eso sí, hay un relato entretenido: El Key Club de Ed Lubby.


PS. ¿Te ha llegado algo al trabajo?

davidiego dijo...

hola,

riquísimas tus Gominolas, encontradas en Béjar (ContenedordeArte Notesalves) al juntar en una mis tres pasiones, a saber, hacer deporte, descubrir lugares (viajar) y leer.

cuando cito, e incluso reinterpreto, nunca espero que el autor me conteste. Una sorpresa!

es curioso también, que de las entradas que figuran en la columna de la izquierda, yo haya utilizado las dos primeras ilustraciones, si bien la segunda modificando el texto.

Un saludo, nos seguimos encontrando.

Espero.

Telma dijo...

Me gusta. Lo entiendo.

Un abrazo.

Telma

Magdalena DE LA FUENTE dijo...

TIERNO CONMOVEDOR UN LIBRO BUSCA UN EDITOR TÚ HUGO IZARRA ÉXITOS GENIO...MAGDALENA DE LA FUENTE
ESCRITORA GAVIOTA