Disneylandias del horror


La idea se me ocurrió hace años, cuando vi a un niño correr tras la cabeza recién arrancada de la estatua de Sadam. Varios hombres la arrastraban con cadenas por las calles de Bagdad y aquel niño, de unos diez años, la golpeaba sin parar con una alpargata. La caída de cualquier régimen totalitario debería ser siempre motivo de celebración, pero, en aquel momento, yo sentí pena por la estatua. Me puse en su lugar y me pregunté si de verdad tendría ella la culpa de tanto dolor.

Días antes, en Filipinas, alguien hizo explotar desde dentro el mayor monumento erigido en honor al dictador Marcos: un gigantesco busto de piedra tallado en lo alto de las montañas de Benguet, no muy lejos de Manila. La estatua reventó a la altura de los ojos. El resultado de la explosión fue devastadoramente hermoso. Lo hermoso, pienso, fue que la estatua encontrase en la muerte su verdadero contexto.

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